jueves, febrero 26, 2009

El traje del emperador

Si tuviese tetas podría pasar por una de las protagonistas de Sex & The City. No hablo de la costumbre de emparejarse con personas de mentira. No hablo de la facilidad para protagonizar conversaciones desastrosas. Hablo de la ropa. Yo compro de día y compro de noche, compro por catálogo y compro por teléfono, compro online y compro en persona, e incluso, memoria de otros tiempos, a veces me la regalan. Demonios, tengo un armario en cuyo interior se puede caminar. Así de grave. En ese sentido soy como una tía, una tía tonta, se entiende, que tampoco quiero ofender a nadie que no sea a mí mismo. Y no es que el asunto me cause graves complicaciones económicas, pues aunque gasto mucho en esas y otras felicidades artificiales, luego no tengo gastos de persona mayor. Ni hipotecas, ni seguros, ni letras; no cargo con más deudas que las sentimentales. No, no es el dinero. Es sólo que a veces pienso que si hubiese dedicado a la investigación todo el tiempo que he malgastado decidiendo si esta camisa va bien con estos pantalones, esta chaqueta con este calzado, a estas alturas ya podría haber descubierto la vacuna del sida, o al menos la de la estupidez.
Y bla bla bla. Ahora, si ustedes llevasen por aquí poco tiempo, probablemente se dirian: "ay, qué simpático vanidosillo". Pero, claro, ya no. A estas alturas ustedes ya han descubierto que este mago sólo tiene un truco, el de intentar hacer pasar sus virtudes por defectos, y sus defectos por virtudes. Y, claro, las diez primeras veces el truco hace gracia, pero luego empieza a cansar. Mira, otro conejo, pues qué bien.
Entonces por qué. Bien. Llegados a este punto es importante que sepan que esto lo hago por prescripción facultativa, y que ustedes no pintan nada. No lo digo por molestar, sólo a título informativo. Me explico. Muchos de los blogs que leo se estructuran a partir de la considerable falta de autoestima de sus autores, pero éste, en cambio, lo hace a partir de lo contrario. Yo en el 3D estoy acostumbrado a que se me trate por lo que parezco y no por lo que hago, lo cual tiene sus ventajas para alguien que de alguna manera ha hecho de la impostura su estilo de vida, pero también acarrea numerosos efectos secundarios. Algunos muy serios. Así que para combatirlos vengo aquí, escribo cuatro chorradas pensando que estoy dando con la fórmula de la coca-cola, y luego me releo y me digo "menudo subnormal", y así me desinflo el ego. Exacto, a eso vengo: a pincharme el globo, entusiasmado de paso con el hecho de que mientras lo hago lo que se me vea no sean los ojos, sino las manos. Porque los ojos son lo que parecen, pero las manos son lo que hacen.
Y mira. Otro conejo. Pues qué bien.

martes, febrero 17, 2009

Brunoisse

Me fijo en los adornos magnéticos que hay en la puerta del frigorífico. Una Sofía Loren de curvas exageradas, un guerrero ninja en posición de ataque, un Ringo con un polo de fresa en la mano. Abro la puerta y saco los ingredientes que necesito. Una cebolla, un pimiento verde, dos tomates. Pongo una sartén al fuego y añado un poco de aceite de oliva. Agarro el cuchillo. Pico la cebolla y la incorporo a la sartén. En mi cabeza resuenan una y otra vez sus palabras.
(A tí lo que te pasa es que eres un cobarde. Un cobarde).
Agarro el cuchillo. Pico el pimiento. En brunoisse. También pico un diente de ajo. Lo añado todo a la sartén. Doy vueltas al sofrito con una cuchara. Bajo el fuego, está demasiado alto. Entonces me doy cuenta de que olvidé sacar un ingrediente, así que vuelvo hasta el frigorífico, la puerta, la Loren, el ninja, Ringo, y saco un calabacín.
(Te faltan agallas. Eres un cobarde).
Agarro el cuchillo. Pico el calabacín en trozos pequeños, prefiero que los trozos sean pequeños. Lo añado al sofrito. Habitualmente silbo mientras cocino, lo que sea, una marcha fúnebre, la sintonía de un noticiario, lo que sea, pero hoy no silbo, hoy sólo musito palabras inconexas.
(Un cobarde. Sin agallas. Un cobarde).
Agarro el cuchillo. Pelo los tomates, separo el corazón y las semillas, y después los pico, mucho, hasta casi hacerlos puré. Espero unos instantes a que el calabacín tome color, y cuando lo hace agrego al fin el tomate. Añado un poco de sal, pimienta, una rama de tomillo y una pizca de azúcar. Sus palabras, sus putas palabras, no se me van de la cabeza.
(Un cobarde. Un cobarde. Un cobarde).
Agarro el cuchillo. Agarro con fuerza el cuchillo.

jueves, febrero 12, 2009

Espejito, espejito

Cuando las mujeres se acercan a los cuarenta comienzan a... No, es broma, qué voy a saber yo lo que hacen las mujeres, ni cuando se acercan a los cuarenta ni cuando se acercan al ultramarinos. Y no es porque uno sea de los que tira de latiguillos perezosos como el de "a las mujeres no hay quien las entienda", que supongo que todo será cosa de prestar un poco de atención. No, para nada, yo si veo exactamente lo mismo en una niñata con tres para septiembre que en una divorciada con dos hijos es tan sólo porque lo que hago no es mirarlas a ellas, sino a mí mismo a su través. Lo que se conoce como un egocéntrico, vamos.
Los egocéntricos no siempre se llevan bien consigo mismos. Hace muchos años, y en otras tierras más inhóspitas, pertenecí durante un breve espacio de tiempo a un cuerpo de voluntarios encargado de prestar atención psicológica a familiares de víctimas de grandes tragedias: catástrofes naturales, accidentes con muchos muertos y cosas así. Esto sí que no se lo esperaban, ¿eh? El cuerpo en cuestión estaba compuesto en su mayoría de asistentes sociales y psicólogos, obviamente, pero para atender casos con determinadas particularidades existía una breve representación de sacerdotes, por un lado, y de individuos como yo, por otro. Enfrentados a una pérdida inesperada, violenta, los hay que necesitan creer que su ser querido, el fallecido, se encuentra en un lugar mejor, en buenas manos, bien acompañado, lo bonito de la fe. Pero otros necesitan justo lo contrario: necesitan creer que el desastre ha sido fortuito, que las cartas no están marcadas, que no existe una razón ni un responsable, que hay cosas que, simplemente, suceden. Y a mí aquello se me daba bien pues, aunque en estas lineas luzca como un gilipollas, en la distancia corta resulto bastante convincente, además de que se me tiene por persona que sabe escuchar, no sé si con razón, supongo que a veces se confunde el saber escuchar con el saber callar. Pero sí, aquello se me daba bien, bastante bien, aunque lo acabé dejando, y no porque me afectase la exposición a tanta pena, sino precisamente por lo contrario, porque apenas lo hacía. Y todos albergamos en nuestro interior zonas oscuras, zonas que es mejor no transitar.
Y sirva todo esto tan sólo para ilustrar la idea de que no existe el amor perfecto, pues ni siquiera lo es el que el egoista se profesa a sí mismo.

jueves, febrero 05, 2009

I get no kick from champagne

Cuando los hombres se acercan a los cuarenta comienzan a hacer el gilipollas. No es algo que tenga que ver con el deterioro, sino más bien con una sensación de pérdida, de que se te arrebata algo que te parece importante aunque no sepas exáctamente lo que es. Cuando se acercan a los cuarenta a unos les da por pedirle perdón a aquella chavala del instituto, disculpa que te arruinase la vida, es que estaba borracho, a otros les da por aprender a disparar, y a los casados les da por apuntarse a un gimnasio y flirtear con las chicas de personal. En mi caso a lo habitual se añaden algunas particularidades. Por un lado se le ha de sumar el que arrastre una vanidad de proporciones ciclopeas, que les voy a contar que no sepan, y por otro se le ha de restar esta permanente conciencia mía de que aquel día debí ser yo quien cayese, si es que en realidad no caí, para lo importante seguro que sí, y que lo demás es tiempo prestado. Y todo unido hace que la enfermedad se me manifieste en términos extraños. Hace unos días me detuve a pensar en mi futuro, ¿y acaso me planteé el cómo me ganaré la vida el día en que todos descubran al fin que mi talento es una engañifa?, ¿acaso me pregunté si no estaré condenado a envejecer en soledad, atravesado por dolores insoportables en la cama de un hospital de provincias? De eso nada, lo único que me planteé es que si quiero dejarme un buen bigote he de darme prisa, pues cuando mi pelo torne canoso el bigote lucirá aristocrático y sin gracia. Así que al final me he dejado un bigote humilde, no me es posible otro, un bigote que parece pedir perdón por serlo, y he descubierto que si me peino así, y añadido al gesto éste tan estúpido que tengo pintado en la cara, parezco un actor porno de los setenta, que por otra parte es uno de esos aspectos que siempre quise tener. Y cuando voy al bar el bigote me sirve para echarme unas risas con los amigos, y la farmacéutica me dice que me queda muy bien, pero no se dan cuenta, los unos y la otra, de que así no ayudan.
La farmacéutica. Creo que ya les hablé de la farmacéutica, pero si no da igual, total para lo que va a durar. A mí siempre me han gustado las farmacéuticas porque uno si es hábil puede acabar manteniendo con ellas deliciosas conversaciones de prospecto repletas de términos fascinantes. Pero resulta que a ésta no le gusta llevarse el trabajo a casa. Mejor hablemos de otra cosa. Vaya chasco. En fin, al menos es mona, y muy elegante, una elegancia callejera, de esas que con lo mismo pueden ir al cine o a una pelea de gallos, a comer con tus padres o a una bacanal.
En fin. A través del cristal de la cafetería veo ahora a dos chicas que charlan de manera desapasionada, con la frialdad de quien se conoce desde hace ya demasiado tiempo. Una es alta y tiene las piernas torcidas. Viste pantalón de chandal y lleva una bolsa de deporte. La otra es muy pequeña y tiene un culo bonito, pero las piernas demasiado cortas. Son feúchas. Lo que más me llama la atención es que en ningún momento reparan en las personas que pasan a su lado, toda su concentración está en sí mismas y lo demás no existe. Y pienso que ahora mismo me cambiaría por cualquiera de las dos sin dudarlo un sólo instante.
Mejor subo a afeitarme.

viernes, enero 30, 2009

Gente sencilla

Hoy he quedado con Martina para merendar, que es para lo que quedan las madres con carrito. Ni para vernos ni para tomar café: para merendar. Y si bien siempre resulta todo un placer quedar con ella, he de reconocer que ahora me da un poco de miedo. Antes quedabas con Martina y llegaba y te abrazaba y con ello te daba de comer la fantasía durante un mes. Ahora llega, te abraza, y al que da de comer es a tu traumatólogo.
Cr-cr-crack.
Cuando las mujeres embarazadas dan a luz desencadenan todo tipo de procesos, normal, la responsabilidad, el cambio radical, la trascendencia, la hormona, circunstancias que irremediablemente afectan a su comportamiento, hasta el punto de que incluso las hay que generan un odio irrefrenable hacia el vástago, una cosa horrible. Pero a un nivel menos dramático todas se entregan de una forma u otra a decisiones de lo más diverso. Las hay, muchas, a las que les da por cortarse el pelo a media melena, en algo que dicen tiene que ver con la prisa pero que sospecho tiene también que ver con muchas otras cosas. Otras se entregan al coleccionismo de cosas absurdas, a la lectura de trilogías mastodónticas o al restablecimiento de relaciones con familiares de segundo grado y viejos compañeros de colegio. Y luego está lo de Martina, atrapada en lo que llamo el síndrome Madonna: tras el embarazo te ves con unos quilitos de más, y te propones recuperar la forma y se te va la mano y acabas como el puto Terminator. Las mujeres que en un momento dado han vivido de su cuerpo son capaces de una disciplina para con el mismo que a muchos les puede parecer excesiva, pero que en el fondo tampoco dista mucho de ese maltrato recreativo al que algunos nos sometemos día sí, día también. Y a ese algo espartano se suman en el caso de Martina un carácter nada amigo del andarse con rodeos y una aversión indisimulada hacia esa actividad tan maravillosa llamada "perder el tiempo", y así llegamos a este punto, en el que le ha dado por correr, nadar, hacer pilates, y a saber qué más. Y la chica, que es de músculo largo, ahora se te acerca a la mesa y parece que está talonando para saltar dos diez. Y mueve el carrito del niño, niño duérmete, y el niño en vez de dormirse parece que va a salir volando. Y hace ese gesto suyo de reírse y darte un golpecito, y te empotra contra la puerta. Da miedo.
Y, en fin, creo que esto es todo. A continuación podría hacer un esfuerzo por tratar de explicar cómo me siento, pero total para qué, si la canción que hay ahí a la derecha en el player lo explica mejor de lo que pudiera hacerlo yo con un millón de palabras. La lentitud exasperante, la molicie y tan a gusto, la melancolía que sí pero no, la melodía que cambia tan sólo para acabar siendo igual. Estoy ahí dentro. Yo hoy estoy ahí dentro.

viernes, enero 23, 2009

Pero ir en avión sí que me gusta

Pongamos que alguien abre al fin los ojos y decide premiarles por su estupendo trabajo cotidiano. Pongamos que deciden concederles el Gran Premio del Jurado a la fotocopia más nítida, al parterre mejor nivelado o al mejor guión original. Por ejemplo. Pongamos que les anuncian que la entrega del mismo se les hará en la maravillosa ciudad de Berlín, donde les instan a acudir en estancia de cinco días con todos los gastos pagados. Por ejemplo. ¿Cómo vivirían el proceso? Radiantes, por supuesto. Porque son ustedes personas completas, personas de verdad. Yo en cambio lo viviría instalado en una centrifugadora emocional. Recibiría la noticia con disgusto, transitaría los días previos al viaje en estado colindante con la pura enfermedad, y al llegar a mi destino me comportaría como un demente, mareado y tartamudo, incapaz e irreconocible. Porque yo detesto viajar. Es importante aclarar este punto.
Cuando suena el despertador llevo dos horas despierto. He dormido fatal, atrapado en cien sueños microscópicos poblados de personas inconvenientes. Mientras me ducho trato de controlar la náusea. El dolor de estómago es considerable, así que apenas desayuno. Hago la maleta -siempre el mismo día, nunca antes- y salgo de casa. Hasta tres veces me atrapa la certeza de que olvido algo importante, y las tres veces vuelvo para de nuevo volver a salir. Tomo el metro. El vagón está medio vacío, así que me siento, pero enseguida me levanto y decido que mejor de pie, mucho mejor de pie. Frente a mí hay sentada una pareja. La comunicación es inexistente, pero van tomados de la mano. A mi izquierda se sientan dos chavales con pantalón de chandal y chaqueta vaquera que contemplan sin demasiado interés la pantalla de un teléfono móvil. Cuando llegamos a la siguiente parada sube una madre con dos hijos, la parejita, dos niños adorables, guapos y simpáticos, que hacen que todo el pasaje esboce un gesto de ternura. Yo considero la idea de irme a otro vagón, pero finalmente la desecho. Se sientan a mi lado, a mi derecha la niña, más allá su hermano. La niña mira a la chica de la pareja que hay enfrente, y ésta le devuelve un gesto divertido y a continuación aprieta con fuerza la mano de su novio. Después la niña clava sus ojos en mí. El dolor de estómago se hace insoportable. Trato por todos los medios de evitar su mirada, a ver si se aburre, pero no ceja en su empeño, así que finalmente trato de dedicarle yo también un gesto amable, aunque lo único que me sale es una mueca lamentable. Y a continuación la niña me habla. Señala mi maleta y me pregunta qué llevo dentro. Y le respondo que llevo a Harry Potter descuartizado. No sé por qué digo eso, en cuanto las palabras abandonan mi boca me arrepiento, pero ya es demasiado tarde. El rostro de la niña vira de la alegría a la congoja a lo largo de unos instantes que se me hacen eternos. Y finalmente rompe a llorar. La madre me mira con una mezcla de incomprensión y miedo. La chica de enfrente me mira con puro odio. Su novio se tapa el rostro con ambas manos. Los chavales del móvil se ríen, a carcajadas. La madre trata de consolar a su hija, pero cada palabra que le dedica consigue tan sólo exacerbar el llanto. Luego comienza a recriminarme. Cómo se puede ser tan mala persona y tan desagradable y no sé qué más. Trato de disculparme. Le digo que no pretendía hacer llorar a la niña, que sólo pretendía hacerle una broma, que hay días que no estoy para nada. A estas alturas ya todos se fijan en mí. La madre me dedica un insulto antiguo y elegante, toma de la mano a sus hijos y se va un poco más allá. El tipo de enfrente se ríe y su novia le da un golpe y le dice que no lo haga, pero al final ella también se ríe. Los chavales del móvil se dan golpes y gritan "¡y pocoyó descuartizado!" y cuando les miro me señalan con el dedo y dicen "¡qué punto!". Llega la siguiente parada y aunque no es la mía me bajo. Me quedo paralizado en el andén. Respiro hondo. Aún voy bien de tiempo. Mientras espero el siguiente tren rememoro la escena una y otra vez, pero por muchas vueltas que le doy no consigo que me resulte ajena. Harry Potter descuartizado. Seré gilipollas.

miércoles, enero 14, 2009

(En las cuevas) todos los gatos son grises

Hoy he despertado junto a una pelirroja, como en los viejos tiempos. El déjà vu ha sido terrorífico, aunque sólo ha durado un instante, lo que he tardado en recordarlo todo. Pero no se preocupen, que sé lo que les molestan estas indiscrecciones, así que no entraré en detalles. Y además tampoco sabría como hacerlo. Últimamente sobrevivo a medio gas, con el cerebro a fuego lento y sumido en una parálisis que en ocasiones tomo por inquietud aunque en realidad sea tan sólo tristeza, una tristeza infinita que lo envuelve todo hasta conseguir que las cosas acaben pareciendo todas iguales, igual de grises. Dios, esto parece el diario de una adolescente tonta. Qué mediocridad. En fin, yo tan sólo quería excusarme apuntando a una tristeza que no casa demasiado bien con un sitio como éste, pues la tristeza te empuja siempre hacia el realismo y esto es en su mayor parte, como bien saben, una obra de ficción.
La tristeza, si no la atas en corto, a la que te descuidas te hace un destrozo. Ayer me encontraba en un club de decoración infame y luces de neón, de los de música nefasta y ecualización criminal, poblado por pasantes en cena de empresa y modelos a medio book, un asco de club, el club de mis sueños, y en un momento dado, mis amigos en el baño, sólo, apoyado en una columna, sentí que de repente algo fundamental sucedía en mi interior. Y no quiero decir que algo hubiese cambiado, sino que algo se había roto. Para siempre. De repente me sentía la persona más mediocre del lugar, de repente me sentía menor, desdeñable, aburrido, feo, material de tercera mano. Y decidí que tenía que salir de allí lo antes posible. El "¿pero ya te vas?" de una desconocida alta de pelo corto y la sonrisa amable de la chica del ropero apenas mitigaron la caída. Decidí volver andando a casa, y mientras caminaba pensé que algo muy parecido debió de sentir la cigarra del cuento al ver caer el primer copo de nieve. Un la hemos cagado y un ya qué más da. En la puerta del VIPS la muchachada se entregaba a los juegos de seducción de siempre. Ellas ensayaban miradas de fingido desprecio y ellos reían a gran volumen. Entré y cogí un sandwich, uno cualquiera, y mientras pagaba me fijé en una pelirroja muy delgada con unas botas enormes. Ojeaba una revista, ajena al bullicio. Miró a un lado y otro, y se guardó la revista bajo el jersey. Después reparó en mi mirada y, sin mostrar el menor sonrojo por haber sido descubierta, me sacó la lengua, como una cría traviesa. Yo en otras circunstancias le habría hecho algún gesto de complicidad, pero ya digo que aquel no era mi mejor día, así que me limité a seguir mirándola, inmóvil, mi vista clavada en sus diminutos ojos color crema. Ella hizo un mohín de fastidio, se dio la vuelta y se dirigió hacia la salida. Y una vez atravesó el arco de seguridad se giró, me enseñó sus dedos índice, y a continuación comenzó a saltar, los brazos en alto, como Rocky en la escalera. Salí detrás de ellá. Al verme echó a correr. Y yo detrás. No sé por qué, supongo que tan sólo porque pensé que con esas botas la alcanzaría enseguida. Y la alcancé. Y luego pasaron muchas más cosas, pero no se preocupen, que sé lo que les molestan estas indiscrecciones, así que no entraré en detalles. Y además tampoco sabría como hacerlo.

martes, diciembre 30, 2008

Demonios los tuyos

Que no, que no hay ningún misterio. Yo soy ese que queda con un amigo para al día siguiente ir a montar en bici (¡no te preocupes, yo te dejo una!), y excitado por la perspectiva de ocio diurno y vida sana se acerca al Corte Inglés y se compra unas nike con tecnología de ajuste perfecto, y unos pantalones de costuras ergonómicas y un porciento de elastán, y un chubasquero fino y elegante, y ya de paso una camiseta a juego, porque uno es como es, y luego sale a tomarse una copa y se lía y al día siguiente despierta a cuarenta kilómetros, y tiene que cancelar el paseo. Ese. Ese soy yo. Y no hay más. De ahí que no entienda esa obsesión de algunos por adjudicarme una suerte de emocionalidad opaca y retorcida. No conciben el que la gran mayoría de cosas de esta vida me importen una mierda, no, lo que sucede es que no exteriorizo mis sentimientos. Por eso cuando cometo el error de, confundido por una resaca peculiar, enseñar a quien no debo la pena que no debo, estoy perdido. "¡Eh, qué os dije, ahí lo teneis!", dicen. Y ya no me dejan en paz. Yo escabulléndome soy realmente bueno, pero mi hermana juega sucio. Me dice "tu sobrina está triste porque no le enseñas a tocar villancicos", y allá que voy. Y me llama por teléfono y me pregunta dónde estoy y me pilla desprevenido y le digo que estoy en casa y dice "¡a-há!, pues yo estoy en la cafetería de enfrente, subo". Juega muy sucio. Y yo sé que en lo que hace hay un genuino cariño, cosa que me enternece, pero también sé que está esa manía de los casados de al mismo tiempo exagerar su calma y tu zozobra, de respirar por tus heridas, de convencerse de la conveniencia de su estabilidad a partir de tus vaivenes.
En fin. Qué se le va a hacer. Se acaba el año, a la mierda Diciembre ya. ¿Son ustedes de los que hacen propósitos de año nuevo? Yo creo que este año haré dos. En primer lugar, el de pasar más tiempo despierto, y no en el sentido de dormir menos sino en el de pasar menos tiempo dormido. Y en segundo lugar, el de quedarme calvo. Y no por herencia genética sino por justicia poética. Y porque querer es poder.

lunes, diciembre 22, 2008

I can't remember my own name but I do remember yours

En la cama con la farmacéutica lamento el que un inorportuno tirón en la planta del pie (me sucede a menudo que hago así y se me encasquilla la planta del pie, no sé qué coño me pasa) me esté hurtando el pleno disfrute de la fabulosa melancolía que sucede a los fuegos artificiales, momento de extrema lucidez y escenario de las más grandes decisiones. Mi acompañante, sin embargo, parece tener melancolía para los dos, y por ello agarra con fuerza mi brazo y comienza a decir "si supieras lo bi-bi-bi...", pero no es capaz de terminar la frase porque se pone a llorar. A cántaros. Me llora un río. Al principio trato de consolarla y qué te pasa y venga no llores, pero enseguida alcanza aquello tal dimensión que me veo obligado a traer un par de cubos y empezar a achicar agua.
Mientras lleno cubos pienso en lo peculiar que soy para según qué cosas. Toda la gente que conozco cuando llega a una fiesta se fija en primer lugar en los ejemplares más bellos y a continuación en los más felices. Los estados de ánimo como bálsamo. Yo, en cambio, cuando llego a una fiesta me fijo en primer lugar en los ejemplares más bellos, y a continuación en los náufragos. La felicidad me resbala, prefiero el desamparo del náufrago. Adoro su compañía, y tanto da si fueron rescatados en helicóptero o si acabaron en una playa dónde-estoy, si les atrapó el temporal en un crucero o si hundieron el barco a propósito para cobrar el seguro. Me seduce su mirada tormentosa, la calma chicha de sus maneras, la debacle en cada gesto, la duda, el futuro, el ahora qué, el Dios mío ahora qué. Y no hablo de sexo, para nada. De hecho el sexo con náufragos es siempre un desastre, un caos compuesto de mil dudas de quinceañeros y demasiadas cosas que demostrar. Un absoluto desastre.
Al cabo de unos minutos la farmacéutica deja al fin de llorar, y resopla y me mira avergonzada y sonríe y se disculpa.
- Lo siento, no sé qué me ha pasado.
- No te precoupes.
Pienso que la culpa quizás la tenga el calzado que uso, que me hace apoyar mal el pie o algo.
- En serio, lo siento mucho, ahora pensarás que soy idiota.
- No te preocupes.
O quizás es la consecuencia de que apenas haga ejercicio. Sí, seguro que es eso. Que te siente bien un pantalón no quiere decir que estés en forma.

miércoles, diciembre 10, 2008

Sin quererlo, lentamente, como todas las cosas de la vida

- Mañana vienes a comer a casa.
Mi hermana nunca te pregunta si puedes, si te apetece o si tienes otros planes. Eva tan sólo te dice mañana vienes, y mañana vas. La excusa esta vez es la de decidir dónde vamos a cenar en estas fechas tan señaladas y hablar de los regalos de los niños, pero en realidad lo que quiere es atarme en corto, y por eso a continuación me hace una serie de preguntas que pudieran parecer protocolarias pero que procedentes de alguien que se dedica a excavar en la cabeza de los demás no lo son tanto. Así que respondo con evasivas y digo mañana nos vemos y cuelgo.
Enseguida vuelve a sonar el teléfono, y pienso que será otra vez Eva, quizás haya olvidado decirme algo, pero no es Eva sino JM que me recuerda que he quedado en acompañarle a una fiesta de no sé qué, la cual me anuncia repleta de niños de papá, profesionales liberales, trepas y barra libre. Lo había olvidado, y mi primer impulso es el de inventarme una excusa para no ir, pero estos días no ando muy bien de reflejos, así que no se me ocurre nada y quedamos a eso de las nueve.
En el bar en el que se celebra la fiesta las barras son de metacrilato y la decoración abunda en tonos fríos. Hablamos con unos, bebemos, hablamos con otros y bebemos. Todas las personas me parecen la misma y las conversaciones resultan poco exigentes. Finalmente, cuando la fiesta se acaba, alguien habla de una casa en la que podemos seguir, y allá vamos, a una casa enorme en la que todos parecen compartir un significativo grado de euforia.
Despierto pasadas las doce de la mañana en un sofá. A mi lado hay otras dos personas, pero afortunadamente todos estamos vestidos. Me duele bastante la cabeza, lo que considero una excelente noticia, pues no se tiene resaca cuando aún se está borracho. Trazo un plan de emergencia bien sencillo: me lavaré un poco, iré a una farmacia a comprar analgésicos, luego a comer con mi hermana, aguantaré unas horas como pueda, y finalmente iré a casa a dormir veinte horas seguidas. Me apresto a poner el plan en marcha y me incorporo. Unos metros más allá veo a JM que charla con una morena que no parece hacerle el menor caso. Me acerco para decirle que ya va siendo hora de irnos, pero en cambio lo que sale de mi boca es:
- Dale lo que quieras, pero no olvides que siempre hay que guardarse algo.
No sé por qué he dicho eso. No tiene sentido. JM me mira como si no me conociese, y la morena levanta la mano para dar su opinión al respecto, pero finalmente no dice nada. Entonces veo al anfitrión de la fiesta y me acerco para preguntarle dónde está el baño. Pero lo que sale de mi boca esta vez es:
- E incluso en los días más lluviosos no ves otra cosa que fogonazos de color.
El anfitrión se ríe, y yo también, pero en realidad comienzo a preocuparme. ¿A qué viene todo esto? Cuando finalmente encuentro el baño paso unos minutos mirándome al espejo, intentando coordinar lo que quiero decir con lo que digo. Pero no hay manera. Pienso "cepillo de dientes" y digo "Praga". Pienso "teléfono" y digo "idiota". Estoy a punto de sufrir un ataque de pánico. ¿Qué pasa si se me ha roto algo por dentro? ¿Qué pasa si ya nunca más soy capaz de controlar las cosas que digo?
Lo primero que hago es plantearme el faltar a la cita con Eva, pero desestimo esa opción pues sé que ese es un cartucho que necesitaré utilizar más adelante. Así que respiro profundamente, me tranquilizo, me lavo un poco y abandono la enorme casa. Será un efecto secundario de la borrachera, igual sí que es posible tener resaca y estar borracho a la vez, pero en cuanto me de el aire se me pasará, ya verás. Subo al metro y en él decido las que habrán de ser mis primeras palabras al encontrarme con Eva. Me diga lo que me diga yo le responderé con un "¿qué tal todo?". Eso es, sólo tres palabras, es sencillo, sólo tengo que concentrarme. Y parada tras parada bloqueo cualquier otro pensamiento. No pienso en lo que pasó ayer, la fiesta, el sofá, no pienso en lo que pasará mañana, sólo pienso en mis tres palabras. Qué. Tal. Todo. Me diga lo que me diga. Luego todo irá mejor.
Llego a mi parada, camino un par de manzanas y finalmente llego a casa de mi hermana. Llamo al timbre. (Qué-tal-todo, qué-tal-todo). Eva abre y me mira con gesto de evidente preocupación.
- Chico, qué mala cara traes.
- Eva, no te imaginas cuánto la echo de menos.