martes, noviembre 24, 2009

Otra vez como ayer perdido el vuelo

A ella le gustaba mirar hacia el interior de las ventanas iluminadas. Cuando paseábamos al atardecer llevaba siempre un ojo puesto en las alturas, y cada luz llamaba su atención. La mayoría de aquellas viviendas eran liquidadas, tras apenas un vistazo, con una mueca de desprecio, pero cuando encontraba una de su agrado, la iluminación adecuada, una decoración afortunada, me apretaba con fuerza el brazo y decía "¡mira! ¡mira!", y su cara se iluminaba. Yo no acababa de entender qué era aquello que le llamaba tanto la atención, pero su entusiasmo resultaba tan contagioso que empecé a participar del juego, y pronto aprendí a reconocer las casas que más despertaban su interés, y si las divisaba antes que ella le decía "mira, ahí" y ella decía "¡sí! ¡sí!". Creo que en el fondo lo que le gustaba era situarse por un instante en su propio futuro, e imaginarse como habitante de esos hogares perfectos, marco, no podía ser de otra manera, de vidas a su vez perfectas.
Sus favoritos eran los áticos con grandes ventanales. Yo ahora vivo en un ático, y en ciertas ocasiones, en el marco de una resaca melancólica o en un atardecer de entretiempo o en un diciembre nefasto como todos los diciembres, me asomo al ventanal y me pregunto qué vería ella si estuviese ahí abajo. Seguramente le llamaría la atención la luz rotunda de alguna fiesta absurda o la luz tenue del día a día o los fogonazos a oscuras de un televisor encendido. Y vería las estanterías llenas de libros y discos, y las fotos enmarcadas, y la total ausencia de flora decorativa. Y todo le resultaría muy sugerente, seguro, y probablemente se situaría en ese futuro que jamás fue, y desde allí malinterpretaría una vida que de perfecta no tiene ni las ganas de serlo.
Últimamente no sé muy bien qué es lo que hago ni por qué, ni falta que hace.

lunes, noviembre 02, 2009

Cariño, me aburro

Para Diana el último ritual del día consiste siempre en poner en hora el despertador. Si es día de diario, esa preciosa redundancia, lo pone a las ocho, y si es fin de semana lo pone a las once, aunque no le hace falta porque los fines de semana siempre se levanta al menos una hora antes. Se levanta, se recoje el cabello con un pañuelo, pone música española y empieza a pasar el polvo. Algo que no sé si es ritual, rutina o manía, pero que me viene estupendamente, así que por mí bien.
Cuando suena el despertador intento alcanzarlo pero los brazos me pesan una tonelada. El malestar es total. Diana entra en la habitación y lo apaga, y yo emito varios sonidos guturales y después profiero un lamento.
- Dios, ¡me muero!
- Te jodes.
Me levanto a duras penas. Con una mano me sujeto el estómago y con la otra la frente, y abatido, casi a rastras, la viva imagen de la inutilidad, a cada paso una queja, llego hasta el baño. Salgo unos veinte minutos después. La transformación es formidable. De repente vuelvo a ser un ejemplar macho envidiable. La viva imagen del vigor. Me marco un baile breve pero intenso al ritmo de una canción de los Nikis. En medio del pasillo. En bolas. Diana se esmera con una escoba y un recogedor, y quedo hipnotizado ante el vaivén de su culito respingón encerrado en un pantaloncito amarillo. Exclamo: ¡Mujer! ¡Mujer! Se gira y sonríe.
- Anda, deja de hacer el idiota y vístete.
- ¡Mujer! ¡MUJER!
Me doy unos golpes en el pecho y empiezo a perseguirla por toda la casa, hasta que finalmente la acorralo en un extremo del salón. Me abalanzo sobre ella y la manoseo. Y ella me atiza con el palo de la escoba. Me llevo una mano al hombro.
- Joder, me has hecho daño...
- ¿Te he dado muy fuerte?
- Ya te digo...
Se acerca y me besa en la zona dolorida. Lo que sucede a continuación no es de su incumbencia.
Un rato después entra en el armario y saca unos pantalones grises y una camisa negra. Ponte esto, dice. Luego entro yo y le saco un vestido de cintura alta y unas botas marrones. Yo me pongo lo que ella dice. Ella se pone unos vaqueros. Bajamos a desayunar.
Cuando estoy solo desayuno en una cafetería y cuando bajo acompañado voy a otra distinta. En la que desayuno solo, a veces se producen pliegues temporales que me llevan a encontrarme conmigo mismo hace quince años o dentro de diez, y esa no es una visión que quiera compartir con otros. Así que con Diana suelo ir a otra cafetería en la que no hay pliegues temporales pero sí una gran variedad de bizcochos caseros. Diana pide un zumo de naranja y una tostada. Yo pido un café y un trozo de tarta de queso. La contemplo mientras extiende la mermelada por su tostada. Se da cuenta de que la estoy mirando y me sonríe. Sigo mirándola y se pone un poco nerviosa.
- ¿Qué?
- Cariño, me aburro.
- Pues coge un periódico.
- No, quiero decir que me aburro.
- No empieces...

jueves, octubre 22, 2009

Lo que me salve a mí también te salvará a tí

Pedimos unas cervezas y nos disponemos a pasar una agradable velada. Sin embargo, la conversación no acaba de arrancar. Nuestra amistad dura ya demasiado tiempo. Nuestros puntos de vista son similares. Echamos de menos el elemento sorpresa necesario para espolear cualquier intercambio. Nos cuesta hablar de fútbol. Nos cuesta hablar de mujeres. Nos cuesta hablar de cine.
- Qué a gusto se está sin una nueva película de Fernando León, ¿verdad?
- Sí.
Afortunadamente, al igual que para salvaguardar el matrimonio se inventaron el televisor y el sexo a oscuras, para salvaguardar la amistad se inventaron el alcohol y las drogas. Así que al cabo de unas horas la situación ha dado un giro radical. La conversación fluye con gracia. La compenetración es total. Cada ocurrencia del otro nos parece procedente de la mente de un genio. Hablamos de fútbol. Hablamos de mujeres. Hablamos de cine.
- Qué a gusto se está sin una nueva película de Fernando León, ¿verdad?
- ¡Amén, hermano!
Los momentos de complicidad se multiplican. Irradiamos una simpatía que emite un brillo cegador. Todo el mundo quisiera ser nuestro amigo. Los camareros comienzan a mirarnos mal. Nos vamos a otro bar.
En este bar no nos miran mal pero nos cobran el doble. Acabamos departiendo con dos señoritas que han decidido atizar su amistad haciendo uso de nuestra misma receta. Hablo con una de ellas, alta y esbelta. Me dice que trabaja en una tienda de ropa sita en Jorge Juan. Luego me pregunta por mi procedencia. Le digo que la última vez que miré podía pedir la nacionalidad en cuatro países distintos, y a ella todo eso le resulta fascinante, pero yo estoy harto de contar siempre la misma historia, así que introduzco hábilmente a JM en la conversación y empiezo a hablar con la otra, la rubia del pelo lacio. Aunque lo de hablar es mucho decir. Lo cierto es que no le entiendo ni una palabra. Su acento parece el resultado diabólico de unir en uno solo los de lo más profundo de las regiones de Murcia, Lleida y Badajoz. Trato de prestar más atención, pero nada, imposible. Así que decido recibir cada una de sus palabras con una sonrisa de empatía.
- El gato azul se metió a funcionario y acabó con el tabaco.
- (Sonrisa).
- Y la mañana complicada estuvo hablando con después de.
- (Sonrisa).
Al principio piensa que hemos conectado y gesticula feliz. Pero enseguida se da cuenta de que mis reacciones no casan con sus palabras y tuerce el gesto. Y comienza a preguntarme algo. "¿Están friendo un batín?". ¿Cómo que si están friendo un batín? Le pregunto a JM.
- ¿Qué dice?
- Dice que si te estás riendo de ella.
Me acerco, tomo su mano y mirandola fijamente a los ojos le digo: NO. Luego le pregunto si quiere jugar al futbolín. Acepta. Ponemos una moneda en el lateral de la mesa y esperamos nuestro turno. Cuando llega le damos la mano a nuestros rivales. Uno de ellos mira de manera poco elegante a mi pareja y le hago, los dedos bajo mis ojos, el gesto de "te tengo controlado". Él dice "¡tranqui tío!" y su compañero dice "¡no vale media ni guarra!". Empezamos a jugar. Resultamos ser bastante mejores de lo que cabría esperar. Nuestro juego es vertiginoso, vertical, explosivo. Celebramos cada gol con mucho alboroto y un cierto tono ofensivo. Yo levanto los brazos y grito "¡toma golazo!". Ella da saltos y también grita algo, pero no sabría decir qué.

jueves, octubre 15, 2009

Aitana Sánchez-Gijón

Si ahora mismo me preguntasen por mi mujer ideal, diría que es una mujer de belleza discreta, de vestir meditado aunque levemente conservador, en el ánimo la herencia de una infancia sin sobresaltos, apreturas ni exigencias fuera de lugar, la clase de mujer que cuando dan las once comienza a bostezar y para quien el sábado noche ideal consiste en ver una peli en casa con la cabeza apoyada en tu hombro mientras da cuenta de una cuatro estaciones. Sin embargo, un simple vistazo a mi trayectoria me encontrará junto a mujeres de apariencia cegadora, rompecuellos con gafas de Prada y cuarenta pares de zapatos, en el ánimo la herencia de una adolescencia traviesa y una juventud aventurera, la clase de mujeres que cuando dan las once preguntan "¿pillamos?" y para quienes el sábado noche ideal habrá de incluir el exhibirse, el medirse, el interactuar y el arriesgar todo lo posible. El por qué de esta diferencia entre lo que se desea y lo que se tiene quizás se halle en que uno no es tanto todo aquello que quiere ser como el anverso de todo aquello que no puede ser, aunque lo más probable, en mi caso concreto, es que el hecho de disponer de una personalidad fundamentada en principios morales tan livianos provoque el que me baste con contarme la misma mentira dos veces (mi mujer ideal es así) para que acabe por creermela.
O quizás esté siendo demasiado duro conmigo mismo. Alguien tiene que serlo.
Al hilo de todo esto, últimamente pienso mucho en esas personas que componen lo que se podría llamar la cara oculta de tu mundo. Seres que por circunstancias laborales, intelectuales y sociales no tienen la menor posibilidad de aparecer en tu vida, y que por ambiciones, ilusiones y modos acaban por conformar un negativo perfecto de tu persona. Gente que si tenemos la desgracia de encontrar frente a frente por medio de alguna de esas diabólicas puertas inter-mundos (una sucursal de La Caixa, una boda de acompañante, una desafortunada combinación de palabras en Google), nos hará constatar en cada una de sus virtudes el reflejo de nuestros mayores defectos, en cada una de sus habilidades el reverso perverso de cada una de nuestras taras. Todas nuestras verguenzas hechas persona. El horror. Nadie necesita que vengan a restregarle todo aquello que jamás podrá llegar a ser.

viernes, octubre 09, 2009

Ayer estaba depre y me compré una tele

De pequeño fui niño escapista. Aprovechaba el menor descuido de mis padres para escabullirme y desaparecer. Y no hablo de un hecho aislado, al contrario, la tontería me duró bastante tiempo, entre los diez y los doce más o menos. De hecho llegué a desarrollar una habilidad extraordinaria. En un restaurante desaparecí entre el postre y los cafés, mis padres sentados enfrente. En una tienda de ropa desaparecí de un probador, mi madre y la dependienta esperando fuera. Se trataba de dar los primeros pasos con extremo sigilo, y al burlar el radar echar a correr. Luego acababa en cualquier parte. Colándome en un estadio de fútbol, paseando por un centro comercial, en un parque jugando con otros niños. A veces algunos mayores se acercaban, pero en cuanto adivinaba la preocupación en su mirada echaba a correr y vuelta a empezar. Y tampoco hay que obviar los peligros que para un niño de once encierra la ciudad, todas las ciudades. En una localidad mediterranea unos chavales me asaltaron y me robaron la chaqueta y el reloj. En los grandes almacenes de una capital un viejo al cruzarse conmigo me tocó los testículos. No recuerdo, sin embargo, que todo aquello me asustase, si lo hubiese hecho supongo que habría dejado de escaparme. No, más bien lo que sentía era una intensísima excitación, los sentidos alerta, el qué viene ahora, ni rastro del aburrimiento. Después, al cabo de unas horas, me las ingeniaba para volver al hotel (en esa época vivíamos siempre en hoteles), y entonces mi madre lloraba y me abrazaba, y mi padre gritaba y me daba un bofetón.
Todo eso me vino ayer de nuevo a la mente, cuando después de una apasionada pelea con mi chica repleta de alaridos y mala baba (en tales lides ella es muy gritona y yo soy muy dañino) salí de casa dando un portazo y eché a andar y cuando me quise dar cuenta habían pasado dos horas y estaba tan lejos que tuve que coger un taxi para volver. Luego, ya de vuelta, llegaron las disculpas y la promesa de no volver a discutir, qué tontería, como si tal cosa fuese posible, y luego brillaron los besos, las delicias de la tarde, la cima de este poniente loco. Y fue todo muy bonito, ya lo creo, fue precioso. Pero no sé. Creo que me hubiera venido mejor el bofetón.

jueves, octubre 01, 2009

Todo esto lo hago antes de que despiertes

A Diana no le gusta salir con mis amigos. Dice que siempre se emborracha y acaba vomitando. Esta vez, sin embargo, hay un concierto de un artista que le gusta, y le digo que si se viene se lo presento, y ella dice "sí, seguro", pero aún así se viene. Cuando después del concierto el artista viene y me da un abrazo, Diana hace ese gesto suyo tan odioso de escenificar la sorpresa abriendo mucho la boca, y luego me dice "nunca dejarás de sorprenderme", y me hincho tanto que me paso el resto de la noche hecho un absoluto imbécil.
Más tarde vamos a un bar muy pequeño en el que suena muy buena música. Allí decimos paridas y reímos e interactuamos con otros seres humanos. A eso de las dos una borracha se me abalanza y Diana la espanta y luego me echa a mí la culpa y yo le digo que no he hecho nada, pero aún así acabo disculpándome. A eso de las tres un borracho se abalanza sobre Diana, y le miro y veo que es más fuerte que yo y seguro que me puede, así que hago como que no me entero, y es Diana la que tiene que espantarlo, y luego se me acerca y me dice "eres de lo que no hay", y me retuerce un brazo y se ríe. Después seguimos diciendo paridas y riendo e interactuando con otros seres humanos.
A eso de las cinco Diana sale del bar y vomita entre dos coches, así que paro un taxi y la llevo a casa. Le ayudo a desvertirse y se tumba en la cama y se queda frita. Hace poco me preguntó que era lo que más había echado de menos durante el tiempo en que estuvimos separados, y yo le hablé de su sonrisa y de su mirada, pero sólo lo hice porque a una mujer como ella no le puedes decir que lo que más te gusta es lo profundo que tiene el sueño. Pero así es. Me encanta que caiga redonda y no la despierte ni un terremoto. Porque entonces yo apago la luz y me siento a su lado y tomo su mano inerte. Y le cuento mis preocupaciones y mis dudas. Y le hablo de mis errores y de mis fantasmas. Y le hablo de ella. Y le digo que aunque esto parezca una cicatriz en realidad es una herida abierta, y que ya no sé qué más hacer para cerrarla. Que haga lo que haga no se cierra. Y que a mí todo esto me está matando.

viernes, septiembre 25, 2009

Bleed you dry

Ultimamente mi existencia es un jaleo. La musa no se nos aparece hasta las tantas, la muy zorra, y lidiamos con ella hasta el amanecer, y luego dormimos hasta que cae la tarde, y vuelta a empezar. En esas circunstancias no es fácil distinguirle las lindes a los días, pero juraría que esto sucedió hace unos quince días, era viernes.
Mi hermana tenía que hacer unas gestiones con las dos niñas, cosas de madres, así que me ofrecí a ocuparme del pequeño durante unas horas. Mi sobrino es para verle: un niño simpático, rubísimo, un caramelo de niño. Así que el plan consistía en llevarle a un parque y comprobar si es cierto eso que dice mi cuñado de que con un niño así se liga mucho. Y con esa idea me dirigí a un parque cercano dominado por una gran estructura semejante a un castillo atravesado por varios toboganes, uno de esos sitios en los que los niños pueden correr, saltar, caerse y llorar. Sin embargo, en cuanto llegué entendí que mi plan estaba condenado al fracaso. Allí la proporción sería de una madre por cada veinte abuelas, así que era evidente que no tenía nada que hacer frente el señor de la chaqueta roja, el abuelo de las gemelas. Asumiendo mi derrota me senté en un banco, y mientras veía corretear a los niños experimenté en primer lugar un intenso placer, a continuación un poderoso sentimiento de pertenencia a la especie, y finalmente una intensísima sensación de fracaso personal. Lo normal. Lo que ya no fue tan normal fue lo que acaeció a continuación. Una niña, a quien un hombre sujetaba de un brazo, daba alaridos aterradores. ¡Socorro, me secuestran! ¡Socorro, socorro, este señor me secuestra! Me quedé paralizado, sobrecogido. Todo lo contrario que un hombre mayor que haciendo gala de una inesperada agilidad y un considerable conocimiento de artes marciales se abalanzó sobre el secuestrador, y en un abrir y cerrar de ojos le arrancó la cría, lo redujo con dos movimientos de gran precisión, y lo inmovilizó, un brazo a la espalda y la cara contra el suelo. Aquello era un jaleo. El secuestrador gritaba desde el suelo, pero no se le entendía nada, tal era el barullo. Varían mujeres proferían insultos, otra marcaba el teléfono de la policía. Entonces me dí cuenta de que todos menos yo habían corrido a hacerse cargo de sus niños, por lo que mi sobrino se había quedado sólo, sorprendido, sentado en la base de un tobogán. Avergonzado, me acerqué a él, disimulando. No, que ya, que lo veo desde aquí, que no le he perdido de vista ni un instante, ¿no veis?, ya está. Afortunadamente, nadie juzgaba mi instinto. Había cosas más importantes en las que reparar.
Y en ese momento una voz se alzó sobre la del resto. Una mujer hacía aspavientos. ¡Pero qué haceis, soltadle! ¡Le conozco, es Ernesto, EL PADRE! El padre. De la niña. La mierda la niña. Todas las miradas se dirigieron de inmediato hacia ella, y al sentir el reproche se tiró al suelo y comenzó a patalear. Culpable. La niña de los huevos. El experto en artes marciales soltó a su presa. Intentó disculparse. Es que pensé que... El padre no le hizo ni caso, tan sólo se levantó y ante la mirada de todos se sacudió el polvo de la camisa, se acercó a la niña, la cogió de la mano, esta vez no se resistió, y abandonó el parque. La gente comenzó a reunirse en corrillos, todos comentaban la jugada. Y poco a poco retornó la normalidad. Los niños volvieron a los columpios. Los adultos se dispersaron. Y luego todos callaron. Unos se mesaban los cabellos, otros resoplaban. Todos dedicaban a los niños miradas llenas de temor e incomprensión. Entonces mi sobrino se me acercó corriendo. Mira, tito, como Fernando Torres. Y echó a correr con los brazos en cruz, rodeando los columpios, gritando gol. El viento agitaba su pelo rubio. El sol exageraba los colores de su camiseta. Gol. Gol. Todos le miraban. Nadie sonreía.

jueves, septiembre 10, 2009

Los inconvenientes de ser puro de corazón

A lo largo del presente año me estoy viniendo abajo de manera evidente. No hablo de un proceso lento salpicado de pequeñas efemérides desastrosas, hablo de un proceso que se desarrolla a todo trapo. Hoy soy yo, y mañana soy una caricatura de yo. Y no me refiero al plano emocional, sentimental o intelectual, si es que realmente dispongo de todas esas dimensiones, no estoy seguro, sino a otro muchísimo más importante: el estético. Antes iba al centro comercial y las adolescentes me miraban con lujuria. Ahora comienzan a hacerlo sus madres. No se rían, esto es muy serio. Para el vanidoso, para el auténtico vanidoso, una pandemia que se lleve por delante a media humanidad o una muerte en la familia son reveses, pero cuatro pelos en la almohada o un labio que se afina, ay amigo, eso es una tragedia griega, un desastre bíblico, el acabose.
Martina dice que lo que me pasa es que estoy demasiado delgado, y a continuación me propone toda una variedad de zumos y yogures. Como suena, zumos y yogures. Luego soy yo el que está tonto. También me dice que me apunte a su gimnasio, pero eso ha quedado descartado de inmediato, pues una vez estuve y aquello olía a gel de baño dermoprotector y suavizante con extractos de menta, que, por si no lo saben, es exactamente lo mismo a lo que huelen los sueños imposibles.
Así que he decidido quedar con Amaya, porque está en la ciudad y porque le debía un par de llamadas, soy lo peor, pero sobre todo porque es una persona bienhumorada y siempre predispuesta al halago, y un halago es algo que hoy me podía venir muy bien. Hemos quedado en su tienda, la tiene preciosa, este otoño se llevan el negro y el verde botella, y luego hemos ido a la cafetería pija de la esquina, y yo he pedido un café y ella un menta-poleo, y coqueto he procedido a desplegar toda mi simpatía, seguro de que mi halago, mi salvavidas, estaba al caer. Pero no ha habido halago. Qué va a haber.
- Tesoro, te veo raro, ¿no has dormido bien?
- ¿Por qué lo dices? ¡POR QUÉ LO DICES!

jueves, septiembre 03, 2009

En el escenario

Atendiendo al comportamiento que exhiben después de, cabe catalogar a las mujeres en tres grandes grupos. Supongo que lo mismo podría hacerse con los hombres, pero carezco de suficientes datos objetivos, así que optaré por no generalizar. En un primer grupo podríamos situar a aquellas mujeres que permanecen en absoluto silencio, la vista perdida en el infinito, a veces encienden un cigarro. Esas son mis favoritas. En un segundo grupo encontraríamos a aquellas a las que se les desborda la simpatía, las que cuentan anécdotas jocosas y se ríen todo el rato y de cuando en cuando te hacen cosquillas. Y en el tercer grupo quedarían aquellas que buscan desesperadamente el profundizar en la intimidad, aquellas que en voz baja te cuentan sus secretos más profundos y esperan que tú hagas lo mismo. A esas no las soporto.
Ésta, por supuesto, pertenece al tercer grupo. Se acerca y me agarra con fuerza el brazo, hasta el punto de que comienzo a sentir un cosquilleo, como no afloje se me va a dormir. Emite un suave ronroneo y con sus dedos dibuja figuras sobre mi pecho. Sé exactamente lo que va a hacer a continuación, pero no me da tiempo a reaccionar. El tejido cicatrizado ofrece una mayor sensibilidad, para que nunca olvidemos que debajo está la herida y que éstas nunca llegan a cerrarse del todo. Ella hace preguntas directas y yo respondo con metáforas. No reacciona con disgusto y preocupación, tampoco con ternura y comprensión, sino más bien con admiración. No se entera ni del nodo. Buscando cambiar de tema le digo que he tenido un mal día, que siento haber sido tan brusco y que me disculpe si le he causado alguna incomodidad, pero se ríe y dice que en absoluto. ¿Bromeas? Era justo lo que necesitaba. Sí, en otro tiempo habríamos hecho buena pareja. En otro tiempo le habría contado historias que no caben ni en la imaginación de los poetas y le habría dado dos meses de velocidad y pesadilla a los que podría agarrarse dentro de diez años, cuando el mayor vuelva del judo y las pequeñas vuelvan a pegarse por la nintendo y se pregunte si esto era todo. En otro tiempo, pero ahora no. Ahora cuando me siento a ver una película y pongo los pies encima de la mesa me quedo frito. No, ahora ya no.
Entiendo que la mejor forma de huir del interrogatorio es no parando de hablar, y es con esa intención con la que empiezo a explicarle que tengo una teoría sobre las mujeres y su comportamiento después de. Le digo que según mi experiencia cabe catalogarlas en tres grandes grupos. Se ríe. Le digo que en un primer grupo podríamos situar a aquellas mujeres que permanecen en absoluto silencio, la vista perdida en el infinito, a veces encienden un cigarro. En un segundo grupo encontraríamos a aquellas a las que se les desborda la simpatía, las que cuentan anécdotas jocosas y se ríen todo el rato y de cuando en cuando te hacen cosquillas. Y en el tercer grupo quedarían aquellas que buscan desesperadamente el profundizar en la intimidad, aquellas que en voz baja te cuentan sus secretos más profundos y esperan que tú hagas lo mismo. Esas, le digo, son mis favoritas.
Luego ya sólo hablamos de ella.

viernes, agosto 28, 2009

El padrino

- ¿Cómo que el padrino?
- Pues eso, el padrino. Del niño. En el bautizo. Lo hemos hablado y queremos que seas el padrino.
- ¿Queremos? No me hagas reir. Tú quieres que sea el padrino, tu chico quiere que me muera.
- Qué va a querer que te mueras, gilipollas...
- Vale, pero tampoco quiere que sea el padrino.
- Que sí que quiere.
- ¿Se lo has dicho?
- No, ya le damos la sorpresa en la iglesia. No seas imbécil, pues claro que se lo he dicho.
- No me lo creo.
- Pues llámale tú y se lo preguntas.
- Y a tí tampoco te veo muy convencida.
- Mira, no vas a conseguir cabrearme. Y vas a ser el padrino.
- Pero es que creo que no puedo.
- Por qué, a ver...
- Porque no soy católico y el cura no me va a dejar.
- No te van a hacer ningún examen, sólo tienes que estar allí y salir en las fotos.
- ¿Seguro? ¿Se lo has preguntado al cura?
- Se lo he preguntado al papa.
- Tú ríete, ya verás como luego no me dejen.
- Que sii, que te deejan.
- No sé. ¿Y qué tengo que hacer?
- El bautizo es el domingo a mediodía, tienes que pasar la noche del sábado en mi casa, te preparo una habitación.
- Anda. ¿Es una tradición de los bautizos?
- No es ninguna tradición, es que te conozco.
- O sea, que no te fías de mí, pero quieres que sea el padrino.
- Para unas cosas no me fío, para otras sí. Y mi hijo no se va a bautizar sin su padrino.
- Pues no me parece normal que por un lado estés diciendo que...
- Que no me marees. Vas a ser el padrino, y punto.