martes, mayo 02, 2006

La procesión va por dentro

Dos niños abrazados a un enorme perro negro que con paciencia infinita aguanta sus achuchones. Una pareja en chandal y zapatillas que camina, cogida de la mano, con sus enormes bolsas de tenis a la espalda. Dos chavales que ensayan mates y alley-hoops sobre una canasta imaginaria. Tres adolescentes sentados en un banco que ríen y se dan codazos al pasar delante de ellos una señora de imponente escote. Una mujer de largo pelo rubio rizado, con gafas de montura roja, que lee un libro de pequeño tamaño sentada en una terraza frente al parque. Tres amigas caminando muy despacio, mientras charlando animadas empujan los carritos de sus bebés.

Escenas como de anuncio de colonia barata, escenas de un día festivo cualquiera, un día en el que acudo a esa cafetería a la que solías ir en mañanas como ésta, y en la que hoy no estarás porque te encuentras a 579 kilómetros de aquí.

Como un calcetín, dado la vuelta como un calcetín.

Fotografía de Eric Martin.

viernes, abril 28, 2006

El festival de los complementos

Disculpen que no les escribiese ayer, pero es que tuve un día la mar de ajetreado. Verán, resulta que iba caminando y al pasar junto a un banco me dije "voy a renegociarme la hipoteca", así que entré. Allí me recibió una señorita a la que comuniqué mi deseo de hablar con el director de la sucursal. Ella le llamó a su teléfono y se lo dijo, y el director respondió "no me jodas Manoli, díle que he salido, que no estoy". Para su bochorno, la secretaria había dejado puesto el manos libres, el típico error de novata, pobrecilla, qué nerviosa estaba, por lo que escuché todo y él, por el ridículo más que nada, se vio obligado a recibirme. Una vez me hizo pasar a su despacho le dije que quería renegociar mi hipoteca, y le hice un boceto de mi situación financiera. No le puedo renegociar nada, pero si domicilia usted aquí su nómina tenemos unas cuberterías preciosas, me dijo. No quiero una cubertería, dije yo. También tenemos decantadores en cristal muy resistente, insistió. Que no quiero cuberterías, coño, ni quiero decantadores, ni quiero nada, respondí, y ya definitivamente cabreado (no sabeis lo que me jode lo de los regalitos de los bancos), saqué una media que llevo siempre en el bolsillo, por si se me ocurre atracar un banco, una media divina en color crema, 50% algodón y 50% lycra, y le dije: y además ya me has cabreado, me cago en tu padre, manos arriba, esto es un atraco, y ni se te ocurra pisar la alarma. El contestó: pues vaya, ya la he pisado, perdona, es que tardaste tantó en ponerte la media...

Así que me limité a esperar a que llamase la policia. No llevaba ningún arma, pero lo de la media parecía bastar para mantener a raya al director de la sucursal. Sonó al fin el teléfono y lo cogí dispuesto a plantear de forma contundente mis condiciones, pero resultó que el que llamaba era un señor mayor que quería información sobre unos fondos de inversión mixtos, 25% en variable y 75% en fija. Le expliqué así por encima la rentabilidad del producto, y le hablé también de la cubertería y del decantador, y al final le dije que se lo pensase y llamase más tarde, que estaba esperando una llamada importante. Colgué, y al minuto volvió a sonar el teléfono, lo cogí, esta vez si era la policía: le tenemos rodeado, lo mejor es que se entregue, cuales son sus reivindicaciones, dijeron. Yo respondí que quería, no se me ocurrió otra cosa, una micra de heroína, un helicóptero y una pizza de esas nuevas que funden la cremosidad de la carbonara y el sabor de la barbacoa de siempre. Iba a decirles también que a cada media hora mataría a un rehén, pero ya me pareció llevar aquello al terreno de lo personal, y no era plan.

Ante mis exigencias, decidieron enviarme un negociador, un tío majísimo que empezó a emplear métodos muy efectivos, de veras, de los de esfuerzo-recompensa y todo eso. Tras una charla muy distendida y agradable él me convenció a mí de que no me llevase el helicóptero y yo le convencí a él de que me dejase irme sin más, que tampoco había sido para tanto. Ante nuestro acuerdo, el director de la sucursal protestó: "si las autoridades no nos defienden, los ciudadanos no tendremos más remedio que tomarnos la justicia por nuestra mano". Yo le miré de soslayo y le dije "tú qué te vas a tomar, pringao", y el negociador, muy enfadado, le dijo a su vez: "ya estamos como siempre, otro listo. Venga, si sabes hacerlo mejor, hazlo tú. Total, tienes la preparación adecuada, listillo, ¿no has estudiado psicología y sociología? Ah, no, quita, que tú has hecho económicas y un cursillo CEAC de impuesto de sociedades...". Vaya chine tenía el tío, y según iba hablando se iba cabreando más y más, hasta que al final en un arrebato agarró una grapadora y se la tiró a la cabeza al director de la sucursal. Este se levantó entonces con una ceja abierta y en apenas unos segundos ya estaban los dos rodando por el suelo, dándose puñetazos y tirándose de los pelos. Así que me quité la media, salí del despacho, y abandoné la sucursal bancaria.

Una vez fuera me dirigí a un policía que llevaba un megáfono, por lo que deduje que era el que organizaba aquello. Le dije que el director de la sucursal y el negociador se estaban pegando, que al final se iban a hacer daño. El me preguntó por el atracador y yo le respondí: "nunca se sabe, podría ser cualquiera". Entonces comenzó a dar diferentes ordenes y consejos a sus muchachos "vosotros dos, por la escalera de incendios", "vosotros tres, coged los botes de humo y las mascarillas, y entrad por la puerta principal", "que nadie dispare, repito, que nadie dispare hasta oír mi señal", "no sabemos lo que vamos a encontrar ahí dentro, podría ser un escenario dantesco, tened mucho cuidado, hijos, en casa nos esperan nuestras mujeres", y cosas así. Yo le pregunté si me podía ir ya, y el me dijo que no, que primero me pasase por aquel coche, para que me tomasen declaración, pura rutina. Y esa sí que fue buena, la declaración en aquel coche, madre mía, la bomba. Ya os lo cuento otro día.

La de la foto es Brandi Phillips, creo.

miércoles, abril 26, 2006

La vida es un sudoku de luz y de color

Necesitaba estirar las piernas, por lo que he decidido tomarme un descanso y asomarme a la ventana. Abajo he visto a una adolescente, con unos pantalones vaqueros acampanados que apenas dejaban ver unas zapatillas rojas de suela blanca, a la que estaban atosigando otras tres chavalas de similares edad y apariencia. La más beligerante de las tres parecía no conformarse con los improperios que lanzaba ni con la indiferencia que ante ellos mostraba la destinataria de los mismos, así que se ha acercado a ésta, le ha agarrado de los pelos, y le ha pegado una bofetada. Animada por el atrevimiento de su amiga, otra que parecía más tímida se ha acercado cobarde y le ha dado un puntapié en el trasero, por lo que la agredida ha soltado un par de manotazos al aire hasta que se ha zafado del acoso, y las agresoras, tras lanzar una nueva ración de para mí novedosos insultos, se han ido, dejando a la otra magullada, llorosa y sentada en el escalón de entrada al portal que hay enfrente de mi ventana. Aquí hay una que se ha enrollado con el señorito inadecuado, he pensado.

En ese momento me ha llamado Eva y me ha dicho que mi sobrina de seis años cogió ayer por la tarde del revistero una recopilación de sudokus y resolvió la mitad. Mi hermana me ha comunicado entonces que si tiene la desgracia de encontrar otro par de características en su hija que le recuerden a cómo era yo cuando tenía esa misma edad promete asesinarla, cosa con la que, por supuesto, me he mostrado en total acuerdo, e incluso he sugerido un par de métodos que me han resultado adecuados para llevar a cabo el filicidio. Después me ha invitado a comer el fin de semana en su casa y también me ha contado no se qué de una tubería rota y un techo con goteras.

Mientras, en la calle, la agresora beligerante ha vuelto, sóla, con un ánimo que he intuído diferente, y ha comenzado a hablar con la agredida, aún sentada en su escalón. Esta al principio no ha hecho caso alguno a lo que por los gestos he tomado como alguna suerte de disculpa, pero al rato ha levantado su mirada empapada y es entonces cuando la agresora ha extendido una mano que la agredida ha cogido hasta incorporarse, para a continuación enfrascarse ambas en un beso de tornillo humedísimo que ha dejado alucinados a numerosos viandantes y al que esto escribe. Instantes después se han ido caminando cogidas de la mano hasta desaparecer de mi campo de visión, y es en ese momento cuando me ha llegado, no sabría aclarar su procedencia, un intenso y reconfortante olor a Mayo.

La fotografía es de Voyages Interieures, vía ToucheSexy.

martes, abril 25, 2006

Idioteque

Hubo un tiempo en el que me fascinaba mi sangre. No me refiero a mi ascendencia, ni a mis raices, no, cuando digo sangre me refiero a eso, la sangre, densa y roja. No entraré en demasiados detalles ya que si bien ustedes ya saben que me muevo entre elementos ligeramente metaforizados, tampoco es cosa de espantarles, pero sí que diré que en esa época de la que hablo, la época en la que me hipnotizaba mi propia sangre, recuerdo que pensaba a menudo en la suerte que tenía de que el objeto de mi embrujo fuese MI sangre, y no LA sangre. Menos mal, por suerte tan sólo me seducía la mía, pero lo cierto es que el hechizo era tan intenso que me costaba pensar en otra cosa.

Hacía tiempo que no pensaba en aquello, es curioso cómo sepultamos determinados recuerdos, pero hay un par de cosas, que no vienen al caso, que me han hecho recordar aquellos días, unos días en los que me sumergía en aquella fascinación hematológica en compañía de una simpática trabajadora del Zara (os sorprendería saber la cantidad de gente que anda en las mismas, no en lo del Zara, sino en lo de la sangre), que si bien andaba inmersa en aquella misma obsesión, en su caso lo que buscaba no era tanto el deleite en matices cromáticos y luminosidades, como el disfrute de la erosión y su consiguiente padecimiento. Y tengo un recuerdo concreto de toda esa historia, por lo demás razonablemente olvidada, que trata de cómo cada sábado, que era el día que nos veíamos, nunca otro, tras levantarnos de la cama exhaustos, finalizadas aquellas sesiones sexo-sanguifacientes, bajábamos mi dependienta del Zara y yo a una cafetería cercana y allí nos enseñábamos extasiados párrafos subrayados de libros de viejos poetas franceses que a ambos nos embelesaban, y así, doloridos, coagulantes y maravillados, gastábamos horas y más horas. Y recuerdo que yo, mareado por la cicatrización a la vez que embrujado por aquellos sofismas mágicos, de cuando en cuando me decia para mis adentros: Dios mío, todo esto es raro. Todo esto es MUY raro.

La fotografía es de Paul Buceta, y la modelo es JustLinda.

lunes, abril 24, 2006

No esperes hoy la tormenta de ayer

El pasado viernes estaba en un bar y a lo lejos vi a alguien a quien me pareció conocer. Mujer, treinta y tantos, pelo negro rizado, mirada lenta, muy buen cuerpo, trabajado como lo está el de una deportista o una bailarina. La estuve mirando durante un tiempo sin caer en quién era, por más que lo intenté. Ella en cambio sí me reconoció en cuanto no pude evitar que nuestras miradas se cruzasen por primera vez. No me digas que no me reconoces, B, dijo cuando llegó hasta donde yo estaba. Entonces caí: era Paula, alguien con quien trabajé hace mil años, cuando andábamos embutidos en la noche cultivando ella su vanidad y yo mi aburrimiento. No es que entonces tuviésemos una relación demasiado especial, pero sí que nos caíamos bien, lo suficiente para compartir risas y alcóholes mientras trabajábamos juntos, pero no como para mantener viva la relación una vez que nuestros caminos se separaron. Joder, Paula, cuanto tiempo, ¿que ha sido de tu vida?, pregunté, un poco porque eso es lo que se pregunta en estas situaciones, y ella me respondió que ahora llevaba un gimnasio del centro, tras unos años trabajando de relaciones públicas en un hotel, y que antes de todo eso se había dedicado durante cinco años a la prostitución.

Dos reflexiones al respecto. La primera, dado que ésto no es la primera vez que me sucede, es preguntarme si tengo cara de confesor. "Señor, le acabo de decir esto, pero sepa usted que me debe la confidencialidad del abogado (o del médico, o del cura, qué se yo)". No, no es que las mujeres aparezcan y me comuniquen a las primeras de cambio su condición de lupas (que tampoco es ésta la primera vez que me sucede), sino que ante una conversación que considero casual, de la que no espero sino un par de minutos de intrascendencias, van y me hacen revelaciones de tal calado. No es normal. "Yo fui puta" no es lo primero que se le dice a alguien a quien hace más de diez años que no ves. ¿Acaso no es ese el tipo de confesiones que una mujer reserva para su amigo el gay? ¿Cómo he tratado yo a la gente con la que me he cruzado, siquiera de forma tan puntual, para que me hagan esto? ¿Qué tipo de imagen he transmitido, por qué tanta sinceridad? ¿Debo sentirme agradecido? No sé, a veces preferiría que se limitasen a volver con su gente y dijesen "bah, ese sólo buscaba llevarme a la cama"...

Y la segunda reflexión tiene más que ver con el hecho de que me soltase aquello y yo sintiese un arrebato de, no sabría explicarlo, ¿lástima?. No, quizá lástima no sea la palabra, pero sí que sentí que la persona que aquello me decía, a pesar de lucir una sonrisa sincera y un aspecto más que saludable, necesitaba algún tipo de ayuda, de consejo, de apoyo. Pero, ¿de verdad era ella la que necesitaba todo eso? ¿De dónde nos llega esa urgencia de dar pésames no solicitados, allá donde ni hay muertos ni hay pena? ¿Qué nos hace pensar que sufrir mil desengaños, perder un miembro o ejercer la prostitución durante cinco años sea peor que pasar esos mismos cinco años sentado en una silla, con el mando a distancia en una mano y una cerveza en la otra?

La fotografía es de Looknsee.

viernes, abril 21, 2006

Si yo tuviera una escoba

Recibí un mensaje de M. Te echo mucho de menos, decía. Tengo un montón de cosas que contarte, decía. A ver si un día nos vemos, decía. No contesté.

Recibí un mensaje de M. ¿No te llegó mi mensaje?, preguntaba. ¿Estás enfadado conmigo?, preguntaba. Necesito que me hables, decía. No contesté.

Recibí un mensaje de M. Dime algo por favor, necesito oír tu voz, decía. Necesito tu amistad, decía. Dime qué tengo que hacer para que volvamos a reirnos juntos y lo haré, cualquier cosa, decía. ¿Cualquier cosa?, pregunté entonces. No contestó.


Se me está quedando un Abril palabroso y melancoloide. Cualquier día me lo borro. ¿Confirma que desea enviar "Abril" a la papelera de reciclaje?. Sí. Vaciar papelera de reciclaje. ¿Está seguro de que desea eliminar "Abril"?. Sí. La entrada en prisión de mi dealer me ha sentado fatal. Es broma. Quiero que me devuelvan mi Febrero.

Ultimamente despierto viendo imágenes de pelirrojas de cabello ondulado y pequeñas gafas cuadradas. Vaya ñoñería, estoy preocupado, yo antes solía despertarme viendo imágenes de rubias, neumáticas y bondageadas. Abril.

La de la fotografía es Lily Cole, desfilando hace poco para Hermes.

jueves, abril 20, 2006

Soberbios y melancólicos borrachos de sombra negra

En ciertas ocasiones, el tiempo se encoge. Pierde periodicidad y constancia, y mengua de forma dramática. En tan sólo unos instantes es capaz de someterte a cosas que deberían tomar toda una vida, un desengaño, una pérdida, un odio y una nueva ilusión, y entonces descubres que las rutinas perezosas que antes te permitían capear el temporal ya no sirven de nada, y que no hay tránsito ni liturgia que valga. El tiempo se comporta en esas ocasiones como un boxeador experimentado, como un púgil muy perro, que dedica los primeros asaltos a dejarte sin corazón, los del intermedio a vaciarte el alma, y que después, cuando ya te tiene donde quiere, te plantea un combate muy técnico, del que no puedes escapar si no es desaletargando todas y cada una de tus capacidades, sin lugar posible para aspavientos ni lamentos inútiles. Luego, al llegar los últimos instantes de combate, cuando todo lo que deseas es que acabe el castigo e ir a lamer tus heridas y recuperarte como un gato, reduciendo tu actividad al mínimo posible, entonces el tiempo te plantea una encrucijada, una decisión vital, y te dice que en esa decisión estará encerrado tu futuro, y que tienes tan sólo tres segundos, uno, dos, y tres, para decidirte. El tiempo encogido. La decisión.

Si alguna vez les invitan a una fiesta en una casa, y ven que su salón está presidido por una foto de Bobby Fischer como esa de ahí arriba, de dos metros de largo, en ese caso no se corten, vayan y saluden al anfitrión, que soy yo.

martes, abril 18, 2006

Una palabra, tres historias

Me encontraba situado frente al gran ventanal del salón, con la nariz apoyada en el cristal, dedicado literalmente a ver llover, y prestando atención a cosas a las que habitualmente no presto ninguna: el gris magnífico de un cielo encapotado o la luz tenue y tranquilizadora de un atardecer nublado. Alcancé entonces en un ataque de melancolía el móvil y marqué el número de Laura. Cuando oí el familiar 'hola' al otro lado del hilo dije, sin más preámbulos: "en estos días lluviosos no pienso en el patio encharcado del colegio de mi infancia, ni en aquel viaje en tren que hicimos juntos por centroeuropa. No, la verdad es que no pienso en nada de eso, sino en cuando en días como éste nos matábamos a polvos".

Fue cuando al otro lado escuché la primera palabra cuando comprendí que ese hola había sido, sí, eso, familiar, pero no certero, y entonces fui consciente del error, del ridículo. Porque no era Laura quien había descolgado, sino su hermana Lidia. Hola, B, querrás hablar con Laura, supongo, dijo, alargando hasta el infinito ese "supongo", acompañándolo de una sonrisa, y encerrando así en su significado toda una historia.

Porque en la ese rotunda del comienzo deslizó un reproche a mi relación con su hermana, una relación que perdura de una forma u otra tan sólo porque se sabe efímera, y que funciona no como suma de entregas sino de egoismos. En la forma de alargar hasta el infinito cada vocal dejó caer por otra parte el recuerdo de aquella noche oscurísima que pasamos juntos, de aquel fogonazo furtivo, de aquel error tan descomunal, constatando toda la intimidad que provoca la inconfesabilidad de aquel secreto. Y, por último, la casi dolorosa forma de suspirar el final de la palabra quiso significar un guiño ya conocido, el mismo que me hizo en aquella fiesta en la que celebraba su primer papel protagonista en una serie televisiva, cuando ligeramente borracha, agarrándome del brazo, apartándome del resto, de su hermana, de su novio, de todos, me dijo: "yo no te olvido, recuerda por favor que yo no te olvido".

domingo, abril 16, 2006

Te busqué debajo del colchón, y en el polvo de la habitación

Vacaciones y puentes. Regla número uno: la víspera de los mismos ni se te ocurra coger el teléfono si quien llama es alguien a quien añoras, porque si lo haces acabarás siendo incapaz de disfrutar como tenías pensado ese puñado de días libres, esos que tanta falta decías que te hacían, esos que menos-mal-que-han-llegado-creí-que-no-aguantaba-más.

Ese puente digamos que empieza un jueves, y el miércoles por la tarde, mientras estás desprevenido, pensando en qué variante de la pereza utilizarás para quemar el ocio que se avecina, suena tu móvil y descubres que quien llama es ese "alguien a quien añoras". No lo cojas, haz como que no lo oíste. Entra en el registro de llamadas del móvil y bórrala, y luego entra en tu registro mental de sucesos y sepúltalo también, allí donde entierras aquello de lo que jamás quisieras acordarte. Porque si coges el teléfono ese alguien primero te dirá que ayer te echó mucho de menos, y luego te preguntará si tienes pensado ir a alguna parte durante esos días (si llegaste a este punto, ésta es tu última escapatoria, así que miente, dí que sí que te vas, donde sea, aunque tu única intención sea quemar sofá), y para acabar ese alguien destrozavacaciones te dirá que genial, que te llamará, mañana o pasado, para tomar un café o algo. Y así nos vemos, jo, qué ganas.

Y entonces verás cómo transcurre el primer día y no te llama, y luego caerá la tarde del segundo y tampoco lo habrá hecho. Y cuando llegue el tercero descubrirás que trastocaste todo tu horario para dejar hueco a una llamada que jamás se produciría, y que hubo un puñado de cosas que tenías pensado hacer pero no hiciste porque pusiste toda tu rutina a disposición de esa llamada. Y el lunes ese "alguien a quien añoras" te llamará y te dará una explicación plenamente convincente de por qué no te llamó, pero ya será demasiado tarde para todo, y esos días que tanta falta te hacían no habrán servido para nada. Y todo porque eres idiota, porque cogiste ese puto teléfono que supiste desde el principio que no debías coger.

En fin, vamos a dejarlo, que ésto más que un post parece una columna de Carrie Bradshaw. No resulta tan ridículo como titular un post con una frase de Mecano, ni como escribir de un tirón algo tan lamentable como "sumido en mis superficialidades y descifrando íntimos avatares", pero casi. Así que para que la cosa no quede en simple latigazo nazareno procedo a dejarles este enlace, el cual les llevará al blog de Gonzalo Hidalgo Bayal, un escritor espléndido que les animo desde aquí a descubrir, si es que aún no lo han hecho. Lean su "Paradoja Del Interventor", recién reeditada por Tusquets, y denme las gracias, almas de Dios. Y ya que estamos, santifico y despido este escrito animándome a tentar su ayuno eucarístico con esa foto de ahí arriba, obra de Jean-Paul Four, vía Las Insólitas Aventuras Del Pez.

viernes, abril 14, 2006

El Cristo de los desamparados

No os lo vais a creer. Ayer iba caminando, sumido en mis superficialidades y descifrando íntimos avatares, cuando al detenerme en un semáforo y presa de un abatimiento psicoafectivo constaté que no me importaría en absoluto cambiarme por cualquiera de las personas que en ese momento se encontraban a mi alrededor. No digo cambiarme por alguien, sino por cualquiera: una abuela de seis nietos, un ebanista marroquí o un reponedor del Ikea, cualquiera. Sin conocer ni una sóla de sus realidades cotidianas, sin necesidad siquiera de verles. El asunto, que estareis conmigo en que ya de por sí es un tanto triste, alcanza lo preocupante si hablamos de alguien como yo, capaz de demostrar una vanidad y un egocentrismo que en ocasiones llegan a rozar lo cómico.

Lo que sucedió a continuación es, ya os digo que no os lo vais a creer, algo extraordinario, ya que de repente, y fruto de alguna pirueta cosmoemocional, me encontré extrapolado a una adolescente de unos catorce años situada al otro lado del semáforo, una chavala que contemplaba el escaparate de una tienda de ropa junto a una amiga. De repente pasé a habitar su cuerpo, y aunque mi mente seguía siendo mi mente lo era tan sólo de una forma vaga y menguante. Sí, de alguna manera yo aún seguía siendo yo, pero era a la vez aquella chica, y no pude, aunque lo intenté, reprimir el que de mi boca saliesen expresiones tan ajenas como "chachi que sí" o "no me jorobes, tía". Durante unos instantes yo fui ella, y disfruté sumergido en ansiedades y goces nuevos, nadando en un mar de obsesiones y anhelos inmaduros, asistiendo al nacimiento de ilusiones e inseguridades desconocidas.

Tan magnífica experiencia, aquel colapso astral único, no duró sin embargo gran cosa, apenas unos instantes, y sospecho que ello atiende a dos razones fundamentales: en primer lugar, a que comencé a echarme de menos, prisionero de un cierto temor a no volver a ser ya nunca yo mismo. Y en segundo lugar, a que pensé que si yo estaba allí era muy posible que ella estuviese aquí, y, claro, me agarró una intensísima sensación de pudor. Chachi que sí.


Fotografía de Chad Michael Ward, vía Erotismo Gráfico.