Cuando Eva llega, Marta y yo estamos analizando la posible relación entre la lectura de los posos del café y la teoría de cuerdas. Ahí, con dos cojones y un platillo de churros. Eva ha llegado, decía, me ha dado dos besos, le ha echado un vistazo a Marta, y me ha dedicado una mirada de una enorme condescendencia. Luego Marta ha exhibido su acento, segurísimo y desapasionado, desafectado y libre de todo artificio, y la condescendencia ha desaparecido. No, vale, perdona, que ésta sí tiene coco. He comenzado a pensar que debe ser un fastidio vivir bajo tal presunción de idiotez, que eso a los hombres no les pasa, y a continuación me he elevado un par de metros sobre mi mismo, me he mirado de lejos, y me he dicho "ese de ahí abajo, el de la bufanda negra, ese, es gilipollas". Mírale, presa del truco más viejo del mundo, hechizado por la hermosura, transformado en un baboso. Y es que la belleza, por conmovedora, desborda atenciones y convoca sentimientos de solidaridad fuera de lugar hasta hacernos creer que los problemas de las guapas son más problemas precisamente por eso, porque son guapas. "Es que la gente me toma por tonta". Qué horror. Que cierren los centros comerciales. Que decreten el estado de excepción. Enseguida he vuelto a mi cuerpo, y Marta y Eva ya hablaban de regalos navideños. Mi hermana me ha dicho que, de mis sobrinos, el pequeño quiere un camión, la mediana una pizarra y unas tizas, y la mayor "la guitarra del tito". He dicho que vale, que bien, que podía comprar una de esas réplicas de bi-bi-bizac, pero mi hermana me ha dicho que nones, que la niña quiere una de verdad, y no cualquiera: quiere "la que tiene los dibujos así". Así que problema habemus. Porque esa guitarra me costó un riñón. Así que a ver qué hago yo ahora, con lo cabezona que es, para convencerla de que le viene mejor algo más modesto. No sé. Igual aprovecho y para financiar el desembolso empeño esa reliquia de maderas y tallados que me contempla desde la estantería como si fuese un santo antiguo o la foto de un hijo emigrado, ese trocito de recuerdo sin el cual mi vida sería hoy, sin duda, diferente y, seguro, mucho más sencilla.
sábado, diciembre 22, 2007
Pero las pierdo de vista porque pasan deprisa
Cuando Eva llega, Marta y yo estamos analizando la posible relación entre la lectura de los posos del café y la teoría de cuerdas. Ahí, con dos cojones y un platillo de churros. Eva ha llegado, decía, me ha dado dos besos, le ha echado un vistazo a Marta, y me ha dedicado una mirada de una enorme condescendencia. Luego Marta ha exhibido su acento, segurísimo y desapasionado, desafectado y libre de todo artificio, y la condescendencia ha desaparecido. No, vale, perdona, que ésta sí tiene coco. He comenzado a pensar que debe ser un fastidio vivir bajo tal presunción de idiotez, que eso a los hombres no les pasa, y a continuación me he elevado un par de metros sobre mi mismo, me he mirado de lejos, y me he dicho "ese de ahí abajo, el de la bufanda negra, ese, es gilipollas". Mírale, presa del truco más viejo del mundo, hechizado por la hermosura, transformado en un baboso. Y es que la belleza, por conmovedora, desborda atenciones y convoca sentimientos de solidaridad fuera de lugar hasta hacernos creer que los problemas de las guapas son más problemas precisamente por eso, porque son guapas. "Es que la gente me toma por tonta". Qué horror. Que cierren los centros comerciales. Que decreten el estado de excepción. Enseguida he vuelto a mi cuerpo, y Marta y Eva ya hablaban de regalos navideños. Mi hermana me ha dicho que, de mis sobrinos, el pequeño quiere un camión, la mediana una pizarra y unas tizas, y la mayor "la guitarra del tito". He dicho que vale, que bien, que podía comprar una de esas réplicas de bi-bi-bizac, pero mi hermana me ha dicho que nones, que la niña quiere una de verdad, y no cualquiera: quiere "la que tiene los dibujos así". Así que problema habemus. Porque esa guitarra me costó un riñón. Así que a ver qué hago yo ahora, con lo cabezona que es, para convencerla de que le viene mejor algo más modesto. No sé. Igual aprovecho y para financiar el desembolso empeño esa reliquia de maderas y tallados que me contempla desde la estantería como si fuese un santo antiguo o la foto de un hijo emigrado, ese trocito de recuerdo sin el cual mi vida sería hoy, sin duda, diferente y, seguro, mucho más sencilla.
martes, diciembre 18, 2007
In a life built out of only goodbye...
Tan pronto me sirve el café comienza a darme conversación.- Se nos ha echado el invierno encima, así, de repente.
- ¿Disculpe?
- El frío. Hace un frío que pela.
- Pues sí.
Y no deja de hablar, a pesar de que mis contestaciones son en extremo protocolarias. Supongo que toma por timidez mi escasa participación. Y habla mientras pasa un trapo húmedo por la barra, habla mientras limpia la cafetera y habla mientras friega unos vasos. Habla, habla y habla. De cualquier cosa.
- ¿Las navidades? Nada, un invento de las grandes superficies, para sacarnos los cuartos.
- Pues sí.
Mientras habla trato de imaginarle vestido de paisano. Tirado en su sofá, dando un paseo con su mujer, llevando al cine a sus hijos. Un ejercicio que suele resultarme complicado cuando de quien se trata es de alguien que trabaja uniformado, pero que en este caso no lo es tanto. De hecho, no me cuesta nada imaginarle de vacaciones en un Benidorm cualquiera, gastando las tardes con su señora en la terraza de una freiduría, tratando desesperadamente de entablar conversaciones de camarero con los trabajadores locales.
- Las vacaciones de un futbolista me gustaría a mí tener.
- Pues sí.
Se equivoca conmigo. No volveré a este bar. Jamás. Porque mi lugar de desayuno favorito es aquel en el que tras un par de días sean capaces de detectarme la rutina. No es difícil, siempre pido lo mismo y en el mismo orden. Un lugar en el que sepan adivinar que aprecio no tener que hablar, y que sobre todo aprecio que no me hablen.
- Y eso sí, en cuanto a educación y buenas maneras esos nos dan sopas con honda.
- Pues sí.
Detesto mantener conversaciones insustanciales. Y detesto conocer gente. Ya conozco demasiada. De hecho, si pudiese desconocería a unos cuantos. Si pudiese, me encerraría en casa y no mantendría contacto más que con la gente de verdad imprescindible: los que se encuentran al otro lado del teléfono en el Telechina Express y el Telepizza. Y no saldría más que para llevar a cabo las tareas logísticas más básicas. Eso haría, pero no puedo. Porque los demás me llaman, y quedamos, y bebemos mucho y mal, y me presentan a sus amigas -nunca a sus hermanas-, y éstas se empeñan en confundir sarcasmo con sentido del humor y oligofrenia con simpatía. Y se ríen. Y a partir de ahí todo se complica.
- Y luego resulta que nadie lo ve. Claro, ¡será que a esa hora estamos todos viendo los documentales!
- Pues sí.
Dios, cómo detesto el género humano. Sobre todo cuando voy de resaca. Si se pudiese transformar en flujo eléctrico el odio al prójimo que soy capaz de generar con la cruda, tan sólo harían falta dos más como yo para iluminar todos los putos adornos navideños de esta ciudad.
jueves, diciembre 13, 2007
La receta de la pularda rellena de no sé qué
Me llama Eva y me dice que este año la cena es en su casa y que ni se me ocurra hacer una de las mías. Me he hecho el tonto, claro, y ella entonces ha pasado a recitar una lista interminable de agravios y espantadas. Algunas ni las recordaba. Que si el año pasado tuvo que ir Héctor a sacarte de casa, que si hace diez nos pasamos la noche en un hospital. Dice que este año va a hacer pularda y que lleva un mes ensayando para que le quede rica, y que ya casi lo tiene, y que hermano no me jodas que con mis pulardas no se juega. Eva lo hace mucho, eso de ponerse prosaica, toda pies en el suelo y bolso a juego con los zapatos, pero yo sé bien que en su nuca lleva la marca del diablo y que cuando todas las luces se apagan algo en su interior se licua y desata tormentas generosas en aparato eléctrico. Porque las maldiciones son hereditarias, todas las maldiciones. Y no como el color de ojos o la propensión al despiste, que con las maldiciones no hay salto generacional que valga. Las maldiciones son un sí o sí, y son un hoy sí y mañana mucho más. En todo caso, este año trataré de ser obediente y no faltar a la cita, aunque sólo sea porque su marido es muy alto y me puede. En otro orden de cosas, también podría comentarles que ayer acompañé a Marta a hacer sus compras navideñas, y que en un entrañable momento de escaparate le confesé que le tengo echado el ojo a un conjunto de lencería que seguro le queda divino. Pero ella respondió que está muy feo eso de hacerse regalos a uno mismo en la persona de otro, y que regalarle lencería a una mujer es como regalarle a una madre una máquina de coser o a un hijo un scalextric. Y, demonios, me pareció muy bien visto. Hay días en los que uno sale al huerto para tan sólo cosechar derrotas.
lunes, diciembre 10, 2007
Un mal día lo tiene cualquiera
- Perdona, ¿qué has dicho?- Digo que si te vienes a mi casa y echamos un polvo.
- Yo alucino.
- ¿Por qué? Tampoco es tan raro...
- Me conoces desde no hace ni dos minutos, ¿y me pides que me vaya a tu casa a echar un polvo?
- Es que tras estos dos minutos ya sé que no me apetece descubrir qué más tienes en la cabeza, pero aún sigo queriendo echarle un vistazo a lo que tienes más abajo.
- Me habían contado muchas cosas de tí, pero se les olvidó decirme que eras un gilipollas.
- ¿Eso significa que no?
- Vete a la mierda.
Mujer.Extremadamente.Guapa se aleja, enfadadísima. Amigo.Extremadamente.Borracho se acerca.
- Joder, vaya chine lleva. ¿Qué le has dicho?
La música que suena en este infierno en el que ardo hoy es especialmente detestable. Me fijo en las sillas que hay junto a la barra, sillas altas, de asiento metálico. Unas sillas muy bonitas, muy modernas. Me gustaría agarrar una y emprenderla a golpes con la cristalería.
- Le he preguntado si se venía a mi casa a echar un polvo.
- Tú estás tonto.
- Es que me estaba cayendo fatal.
- ¿Pero tú has visto cómo está la tía?
- Ya, pero es idiota.
- Repito: ¿PERO TÚ HAS VISTO CÓMO ESTÁ LA TÍA?
Mujer.Extremadamente.Guapa se acerca de nuevo. Amigo.Extremadamente.Borracho la ve llegar y se aparta unos metros. Creo que piensa que me va a pegar, o quizás que me va a tirar encima su copa. Yo también lo estimo posible.
- Mira, no me gusta dejar las cosas así... Creo que deberíamos empezar otra vez de cero.
- Por mi bien.
- Yo no insisto más en que me parece que estás un poco triste y tú no insistes en que nos acostemos.
- ¿Nunca?
- Por favor...
- Venga, de acuerdo. Empieza tú.
- Vale. Hola, me llamo Marta y... y me encanta la navidad. ¿Y a tí?
viernes, diciembre 07, 2007
El secreto de la inmortalidad
Dos años antes de la grabación de "Respect" o "Chain Of Fools", tres de la de "I Say A Little Prayer" y "Lady Soul", una Aretha Franklin de apenas 23 años, aún una semi-desconocida, se abalanza sobre el "Sweet Bitter Love" de Van McCoy, la amarga historia de un amor recién frustrado, y lo transforma en un crescendo que asciende apoyado en una demostración no de técnica sino de sensibilidad, sutileza e intuición, hasta redondear una pieza, casi un aria, que enseña tanto de la exhuberancia del gospel como del aprecio por la mesura y los silencios de la música pop. Al empezar la canción Aretha nos dice, contenidísima, "sweet, sweet bitter love, what a joy you taught me, and what pain you brought me", y enseguida comprendemos que esto va a doler. Luego Aretha se eleva un poco más y entre un mar de cuerdas nos dice "why have you awakened and then forsaken a trusting heart like mine", y sabemos que todo está a punto de saltar por los aires. Y cuando Aretha, allá por el segundo minuto de canción, nos dice "where there was hope there's an empty shell", entonces ya no hay duda, entonces comprendemos que ya no está cantando: está haciendo magia. Una de las frases mejor interpretadas de la historia de la música, y aún diría más: en la manera que tiene Aretha Franklin de trasladar el aire del diafragma a las cuerdas vocales en el preciso instante en el que ese empty muta en ese shell, ahí, justo ahí, juraría que he llegado a atisbar, en ocasiones, el secreto de la inmortalidad.Yo me declaro siempre que puedo un gran admirador de la Ella de los songbooks y Berlín, de la Dusty que volvió de Memphis o de la ternura infinita de las cantantes francesas de los 60. Pero esto... esto es otra cosa. Esto no es una buena canción, joder, esto es el hombro de un amigo.
Aretha Franklin - Sweet Bitter Love (Columbia, 1965)
lunes, diciembre 03, 2007
If you got a throat, I got a knife
¿Nunca os ha sucedido que al despertar habeis creído, durante un instante, que aún estabais en vuestra cama de adolescencia, en el hogar de vuestros padres, en esa habitación de la cual llegasteis a memorizar cada rincón? Pues yo hoy he despertado y he creído, durante un instante, que estaba en la UVI, con un tubo en el brazo izquierdo y una máquina monitorizando mis constantes vitales. Así que no he tenido más remedio que volverme hacia Raquel y decirle que si esto fuese Marzo y yo no hubiese pasado tanto tiempo convocando precipicios ahora le permitiría que me transformase en lo que ella quisiese. Pero que no, que es Diciembre, y ahí está el violín en su caja y está el tablero vacío y está la muerte, y que por todo eso es necesario que se vaya. Ya. Ahora.Mientras recogía sus cosas juraría que le he vislumbrado en el rostro una mueca de alivio.
Después he ido a devolver el regalo que le compré ayer, el que el arrebato no me ha dejado entregarle, y con ese dinero me he comprado una chaqueta príncipe de gales con forro color magenta. Luego he llamado a estos para quedar, pero ninguno estaba disponible, así que me he ido sólo al concierto de Two Gallants. Y allí me he encontrado con Diana. Y al principio nos hemos saludado con frialdad, pero tras un par de frases hemos recobrado sin esfuerzo la complicidad que siempre tuvimos. Y luego hemos ido a un bar cercano y allí hemos estado hablando de mis naufragios y de sus proyectos, de mis ausencias y de su madre, de mi tendencia al razonamiento circular y de su predisposición a la ternura, de mis tránsitos y de su trabajo.
¿Te acuerdas de que vivíamos juntos cuando me contrataron?
Más tarde, a la salida del bar, nos hemos despedido con un abrazo muy largo, muy bondadoso y muy sincero. Y después he echado a andar y tras un par de intentos fallidos he conseguido detener un taxi. Y afortunadamente no ha sido hasta que he cerrado tras de mí la puerta de casa que ha comenzado a desatarse la tormenta.
jueves, noviembre 29, 2007
Sigamos siendo noche
Quedo con JM y Sebas para celebrar el cumpleaños de este último y bla bla blabla bla blabla bla bla y acabamos en un puticlub. Aunque pueda resultar paradójico, lo hacemos porque hoy no nos sentimos con el ánimo necesario para interactuar con el otro sexo. Tememos que si vamos a un bar al uso podamos encontrarnos allí con la mujer de nuestros sueños, y que ésta nos vea en tan deplorable estado. Abatidos, aburridos, dementes, sin chispa. Fatal. Así que preferimos convalecer en un lugar más caótico, uno en el que igual te cruces con una mirada asesina que con un cuñado, en el que igual asistas a una reyerta con dos muertos que a una despedida de soltero.Una vez instalados (mesa de cristal tintado, sofás de skai, mosaicos de espejos en las paredes, todo en orden) pasamos a compartir nuestras inquietudes. El primero en tomar la palabra es Sebas, y lo hace con todo un clásico: "cuando pasen estas navidades, me retiro". Mientras habla, una señorita rubia llega, se sienta en sus rodillas y le atusa el flequillo. Sebas sigue hablando, totalmente ajeno a su presencia, y nos cuenta que hace poco estuvo en casa de los padres de su chica y que mientras hablaban de muebles de cocina, zas, su suegro se quedó dormido. Y que le pareció una imagen preciosa, tanto que él desde ahora quiere ser ese hombre, ese que come con su nuero y habla de muebles de cocina y se sienta en el sofá y se duerme. JM y yo le miramos como diciendo "no cuela", y la rubia le dice "cariño, tú lo que necesitas es un buen polvo". Nos reímos. Luego JM nos comenta que han pasado ya tres meses desde que decidió hacerse vegano, pero que empieza a preocuparse porque de repente se le pasan por la cabeza cosas muy raras, como que debería comprarse un perro, o hacer un viaje a Túnez, o, incluso, acudir a votar en las próximas elecciones generales. Sebas y yo le miramos como diciendo "pues sí que es grave lo tuyo, sí", y la rubia le dice "cariño, eso te lo arreglaba yo con un buen polvo". Nos reímos. Y a continuación yo les digo que estos días ando apostando por un nuevo enfoque con el que tratarme el naufragio sentimental. Yo hasta ahora conocía a una mujer que me gustaba, y a continuación, durante el tiempo que durase la relación, horas, días, meses, me dedicaba a sacarle defectos. Pero estos días, en cambio, vivo con una mujer que no me gusta, con la idea de, según pasen los días, ir encontrándole virtudes. Sebas y JM me miran como diciendo "nada, no tienes arreglo, estás tontísimo". La rubia, también.
martes, noviembre 27, 2007
De polvos y lodos
Me dice que necesita darle otro rumbo a su vida, y se acerca y se encoge de hombros y baja la voz, elevando sus palabras a la categoría de confidencia. Dice que se siente atrapada en su trabajo, en sus amistades, en su ocio y hasta en sus rutinas. Dice que le gustaría cambiarlo casi todo, pero que en el entorno actual no le es posible, porque no se atreve, porque la conocen demasiado bien, porque hay cosas que solo puedes cambiar si no existe nadie que se crea con el derecho a cuestionarte. Dice que le gustaría empezar de cero. Pienso en decirle que yo he empezado de cero unas cuantas veces y que no, que al final no cambia nada, porque en el fondo somos lo que somos y el problema son los otros. Pero no le digo nada, pues a estas alturas ya he descubierto que no necesita conversación sino atención. Y le dejo que siga hablando de su ciudad ideal, de su trabajo ideal o de su vida soñada, aunque en sus maneras adivino que hay tantas posibilidades de que se atreva a romper con todo como de que yo empiece mañana a despachar en una frutería. Comprendo que esto no es una declaración de intenciones sino un exorcismo, y yo no tengo inconveniente alguno en ejercer de agua bendita.Al final la cosa acaba como acaban siempre que llevas una buena mano.
Existen dos tipos de mujeres dependiendo de su comportamiento el día después: las que se van y las que se quedan. Las primeras son las inteligentes, las que te intuyeron la maldición y se visten en silencio y al irse te dan un beso en la frente y te desean buena suerte mientras tú te haces el dormido. Las segundas se levantan y se ponen a barrerte la casa, no sé muy bien por qué, supongo que será un marcar territorio, un mear cada árbol. A mí las que me gustan son las primeras. La mujer que quiere cambiar su destino es de las segundas. Hoy al levantarme la he encontrado en el salón, plumero en ristre.
- ¡Buenos días, dormilón!
Entonces he pensado varias cosas. He pensado en decirle que he quedado a comer con mi agente de la condicional, he pensado en decirle "ese ragout que hay en la nevera no es de ternera, Clarice", y he pensado en enviarla a comprar algo y en el intervalo cambiar la cerradura. Pero no he hecho nada de eso. En cambio, me he acercado, la he lanzado contra el sofá y he comenzado a hacerle cosquillas. No sé por qué he actuado de esa manera. No todo ha de tener un por qué.
viernes, noviembre 23, 2007
Prayers on fire
Estos días apenas paro en casa. Estos días voy con el portátil a la oficina y allí pido un café y mientras desvalijo un wifi me detengo en las piernas de las camareras, el largo de los abrigos de los transeúntes o el olor a fritanga que desprende la cocina, cualquier cosa que me permita ausentarme de la tiranía de las fechas de entrega y los compromisos acordados. Luego cae la noche y participo en debates en los que vehemente defiendo cosas que me importan demasiado poco, y asisto a conciertos que disfruto pero que al día siguiente olvido. Y trato en todo momento de evitar a los seres que me quieren, y acabo durmiendo vestido en casa de desconocidos. E imagino catástrofes íntimas y corazones a romper mientras acumulo tareas para ayer. Y sólo soy capaz de hacerme gracia cuando me reconozco insignificante, y sólo soy capaz de soñar cuando me sé trivial. Ayer soñé con una mujer de corazón puro y mirada sincera, alguien a quien nadie en su sano juicio dejaría escapar, y cuando desperté esa mujer estaba a mi lado. No es licencia poética, es que en efecto estaba a mi lado. Y al verla recordé la primera mirada y la primera sonrisa y la primera palabra y el último suspiro, y por suerte apenas me costó nada el comenzar a odiarla. Hoy en cambio he soñado con un gato, un gato gordo que dormía a los pies de mi cama. Pero esta vez cuando desperté el gato no estaba. Ni el gato ni la mujer de la mirada sincera. Allí tan sólo había, sobre la mesilla, una botella medio vacía, un vaso manchado de carmín y restos de farlopa barnizando el anverso de una fotografía en la que una pareja sonríe y dice "patata" y hay una noria detrás. No es metáfora, tan sólo una foto vieja. Fotos viejas brotando de los cajones, tiradas por el suelo, clavadas bocabajo en la pared. Por eso estos días apenas paro en casa, y por eso estos días soy ese que acecha a tu novia apostado en una esquina y ese que le ofrece caramelos manipulados a tu hijo y ese que introduce tuercas en sus guantes antes de salir a boxear. Ese que cuando quiso dejar de añorar descubrió que ya era demasiado tarde. Ese.
martes, noviembre 20, 2007
Una noche en la ópera
"¿Qué hacemos en este pueblo de mierda?". Nos hacemos la misma pregunta una y otra vez, no como expresión de una duda -sabemos perfectamente qué hemos venido a hacer a este pueblo- sino de una certeza: este pueblo es un auténtico estercolero, arquitectónico, climatológico y humano. ¿Qué coño hacemos en este pueblo de mierda? Nos lo preguntamos al llegar y nos lo seguimos preguntando cuando, ya de noche, el barman nos comunica que hemos acabado con todo el whisky que había en el hotel. Entonces nos vamos a una discoteca. Una discoteca de mierda en un pueblo de mierda.En la discoteca nuestra presencia es como un faro. Allí nuestros modos de urbanita están de más y nuestra actitud hace presagiar un fin de velada agitado. De los altavoces brota un worst of de música infame que los lugareños -allí el que no tiene una tara tiene tres- bailan como si se hubiesen dado un golpe en la cabeza. Nos reimos. No deberíamos. Un grupo de crías se acerca y comienzan a bailar a nuestro lado. Una de ellas se sitúa frente a mí, apenas a un metro. No aparenta más de quince años y su aspecto es desastroso: camiseta escotada dos tallas menor de lo aconsejable, pantalón de pana de un color imposible y botas de montaña. Sin embargo hay algo que hace que el conjunto resulte coherente, y ese algo es una mirada que luce, amén de una evidente ingesta de estupefacientes, la seguridad de quien sabe sin la menor duda lo que quiere, de quien nada se cuestiona, de quien se sabe dinamita. De repente esa chiquilla me resulta la presencia más real posible. Y eso me lleva a cometer el error: le sonrío. Bingo. Inmediatamente, un troglodita se acerca.
- ¿Estás ligando con mi hermana, payaso?
En estados de peligro inminente el cuerpo humano genera adrenalina. Es un mecanismo de defensa a través del cual se subliman los reflejos necesarios para hacer frente a la amenaza, o en su caso esquivarla. Bien. Yo carezco de ese mecanismo. Ante la inminencia de un cuerpo a cuerpo yo me veo incapaz de hacer algo que no sea reír. Especialmente cuando he bebido. Y no lo hago como reacción nerviosa, todo lo contrario, lo hago porque de verdad esas situaciones me resultan hilarantes. La fanfarronería, la amenaza, todo. Y me río, y entre risas no dejo de decir incongruencias, las cuales tan sólo consiguen enervar aún más al adversario.
- Qué, ¿te hace mucha gracia?
- Eso no me lo dices a la cara.
- ¿Cómo que no te lo digo a la cara...?
- Venga, suelta la espada y pelea como un hombre.
- ¿Q-qué espada? ¿Te estás riendo de mí?
- ¡Que sueltes la espada!
Si gozase del mecanismo de defensa que mencionaba el desenlace podría ser otro. Pero, como no lo tengo, aquello acaba como era de esperar: con un sopapo que me deja sentado en el suelo. El cavernícola no aguanta más y me lanza una mano. Sus nudillos tan sólo me rozan, él también ha bebido, pero de pasada me alcanza en la frente con su antebrazo. Me quedo sentado en el suelo, aturdido. Levanto la vista y veo una montonera: los míos, los otros, los de seguridad de la discoteca. Y no puedo parar de reír. Me gustaría reaccionar, pero las carcajadas me lo impiden. En medio de ese océano de mandíbulas apretadas y miradas afiladas veo a la niñata que ejerció de cebo. Ella es la única que no bracea. Ella tan sólo ríe. Como yo. Y cuanto más nos miramos más reímos. Finalmente se hace paso entre la multitud, llega hasta mí y se agacha para hablarme.
- Tío, estás como una puta cabra, ¿lo sabes?
- Pues anda que tú.
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