domingo, junio 04, 2006

Bienaventurados los queseros

Que la confianza es un bien que mejor es no dar nunca por descontado es algo que sé desde el día en que puesto a contabilizar el número de novias de amigos que a lo largo de mi existencia me habían tirado, en un momento u otro, los trastos, como resultado obtuve un porcentaje dramático (en el caso de las mejores amigas de mis novias tal porcentaje bajaba de forma considerable, pero aún así no dejaba de ser importante). El caso es que a pesar de los innumerables hechos prácticos que sustentan esta afirmación, nunca deja uno de sorprenderse con la poca estima que en general se le tiene a eso, la confianza, tanto a la que se merece como a la que se otorga. El considerar una virtud lo de ser de fiar está tan démodé como el formato VHS o las raquetas de madera. Y no es que a estas alturas uno se escandalice ya con nada, es sólo que, la verdad, a veces me gustaría borrarme de tanta marrullería y tanto hijoputismo que hay suelto, y ser un filósofo loco poseedor de un universo autosuficiente vedado al resto de la humanidad, o en su defecto el solitario habitante de un no lugar, qué sé yo, el hueco de un ascensor, la botonera del televisor, el cajón de los calcetines o un trastero, un sitio en el que las personas y sus miserias fuesen simple ruido de fondo.

Y como ahora que estoy en faena descubro que no me apetece una mierda hablarles del episodio que me mueve a escribir estas lineas, me limitaré a recordar una anécdota que ilustra bastante bien mis palabras. Seguro que cada cual tiene mil, así está el patio. Pues bien, en un viaje iniciático de juventud un grupo de colegas y un servidor, jugando a turistas de los de cámara de video y chanclas con hevilla, se adentraron en una iglesia florentina (primer día de estancia en la ciudad, al día siguiente descubrimos sus bares y, claro, se acabaron las catedrales), y nos fijamos en un grupo de mujeres de provecta edad que sentadas delante nuestro disfrutaban del sermón. En un momento dado, una de ellas se levantó para ir a recibir la eucaristía dejando su bolso en el asiento, y acto seguido descubrimos con pavor cómo sus acompañantes cogían el bolso y, furtivas, vigilantes, hurgaban en su cartera. En una iglesia, en plena misa. Pues eso.

Disculpen ustedes la foto de las gemelas Bush, no encontré en mi disco duro otra imagen más aterradora para ilustrar este complaint post...

viernes, junio 02, 2006

Placenta

Aquel día en la cama, tras hacer el amor, decidimos que el mundo no era para nosotros otra cosa que un estorbo, una distracción. Así que ante los tres días libres que se nos avecinaban decidimos que nos daríamos el gustazo de no salir, para poder así difrutar sin cortapisas el uno del otro. Compramos botellas de vino y latas de aceitunas, y alquilamos tres películas, una para cada día.

El primer día se presentaba perfecto: el vino a su temperatura, las aceitunas espléndidas y en el reproductor una película de terror. Nos sentamos cómodamente en el sofá, mi mano izquierda en el reposabrazos y su cabeza sobre mi hombro derecho. Cuando la película nos sometía a algún sobresalto, ella daba un pequeño respingo y luego reía a carcajadas. A menudo, cuando la situación amenazaba con alcanzar una gran tensión, nos hacíamos cosquillas y acabábamos enzarzados en un mar de simpáticos reproches. Aquello era la perfección, el paraíso. La felicidad hecha sofá.

Para el segundo día habíamos programado un drama. Aún siendo la adaptación de un libro, el guión estaba excepcionalmente resuelto, la acción gozaba de gran ritmo y las actuaciones eran muy sólidas. No costaba comprender por qué se consideraba aquel film la cima de su autor. Todo iba bien, todo iba estupendamente, pero más o menos al cabo de una hora comencé a notar una cierta incomodidad en mi postura. El sofá parecía estar fallando justo donde estaba situada mi espalda. Por otra parte, las aceitunas me sabían un tanto agrias y juraría que el vino estaba picado. Dí otro sorbo, me giré hacia mi acompañante buscando en sus ojos la confirmación de mi opinión, pero ella se limitó a sonreirme. Serían cosas mías.

Para el tercer día teníamos todo un clásico de la comedia. No era de esas películas que basan su éxito en una sucesión más o menos acertada de gags, sino en una trama que se enreda y desenreda con exquisito gusto. Sin embargo, desde el comienzo la ligera incomodidad del día anterior se había transformado en un cúmulo de horrores. El sofá ya no parecía un sofá sino la cama de un fakir. Por otra parte, esta vez el vino era espantoso y las aceitunas estaban avinagradas. Pero eso no fue lo peor, porque llegó un momento en el que comencé a constatar con horror que las paredes de la habitación se comprimían, e incluso comenzaban ya a desplazar el mueble de la televisión y el sofá, mientras el techo iba descendiendo de forma casi imperceptible pero constante, y amenazaba con aplastarnos. Busqué su mirada y ella sonrió. Entonces comencé a notar un persistente olor a gas. Busqué de nuevo su mirada y ella, de nuevo, sonrió. Dios, ¿es que no lo ve? ¿de qué demonios se ríe? Definitivamente angustiado, mentalmente extenuado, me levanté al fin del sofá y dije:

- Mira, qué te parece si dejamos ésto y salimos, no sé, a bailar...

Y ella contestó:

- Dios, sí, por favor, pensé que no me lo ibas a pedir nunca.

Fotografía de Alessandro Bavari.

jueves, junio 01, 2006

Mi sueño vive debajo de tus párpados

Ayer por la tarde, en el parque que hay a la vuelta, sentada en un banco de piedra había una muchacha llorando.

Tendría unos quince años y se encontraba junto a dos amigas que, situadas de pie y haciendo gestos a menudo excesivos, trataban de consolarle. Entre sollozos dirigía insultos repletos de rabia hacia el causante de su mal, insultos que de inmediato sus amigas jaleaban y apostillaban. Y entonces me vino a la mente una historia cuyo final aún me abate.

Hace tiempo estuve saliendo con una persona maravillosa, poseedora de una simpatía y bondad ilimitadas, durante unos cuantos meses, quizás incluso un año. Al cabo de ese tiempo, nuestra relación ya no iba a ninguna parte, y ambos lo sabíamos aunque ella parecía no querer aún darse cuenta. Así que un buen día me armé de valor y le dije que aquello no podía seguir, que era tan sólo tiempo perdido. Ella, tras soltar un par de reproches de los que hacen daño y un par de aprecios de los que hacen más daño aún, se vio tan derrumbada, tan sóla, que me abrazó y desconsolada lloró en mi pecho mientras balbuceaba recriminaciones para consigo misma. Soy idiota, siempre me pasa igual. Y es que se sintió tan abandonada, tan llena de pesar, que lo único que necesitaba era un pecho sobre el que llorar, aunque ese pecho fuese el del mismo demonio, el de la persona que causaba aquel dolor.

Mientras, en el banco del parque, una de las amigas decía "venga, tía, arriba, él se lo pierde", y ella respondía "ya, pero es que me duele aquí", y al decir aquí no se señalaba el corazón, como fingen algunos mentecatos, sino la boca del estómago, y recordé entonces que el momento más dificil en los primeros días de alguien que está aprendiendo a vivir no es aquel en el que descubre el desamor, sino aquel en el que comprende la finitud esencial del mismo hecho amoroso. No es el día en el que descubre que fulanito ya no le quiere, sino el día en el que comprende que no importa lo descomunal y maravilloso que sea su amor, que al final llegará otro día en el que el desequilibrio, la nube, la alegría desbordada, la pasión, pasen para siempre y en su lugar apenas quede un soberano vacio, una enorme nada.

Fotografía de Nick Knight.

miércoles, mayo 31, 2006

No molestar


Estoy (re)leyendo.

Sigo (re)leyendo.

...

martes, mayo 30, 2006

Manual de bondage básico elemental (I)

Señoritas, caballeros, reciban ustedes mi más cordial bienvenida a éste, su Manual de Bondage Básico Elemental. Este capítulo primero, nacido con sincera vocación de prólogo, se dedicará al a priori complicado pero a posteriori fascinante mundillo del nudo en todas sus acepciones. Sogas, ataduras, amarres... Sirva como aperitivo esta descuidada clasificación basada en criterios funcionales:

1. Los nudos básicos o nudos karada: el abc del asunto, los nudos más clásicos, toda esa variedad de nudos que acaban poblando la parte central de una cuerda. De los más sencillos a los más laberínticos, de los más sobrios a los más elegantes. En este grupo encontramos el nudo Philadelphia, el doble nudo japonés de una o dos lineas, el cruzado japonés, el nudo de mariposa o el nudo del pescador.

2. Las ligaduras: el elemento básico de cualquier repertorio bondage, cuando el nudo no amarra cuerda a cuerda, sino cuerda a miembro. Aquí, aquí es donde se juega el partido, en el roce áspero del cáñamo y el yute, en la delicadeza adictiva del nylon y el rayón. Ya lo cantaba aquel: "si estoy contigo, déjame atado a este amor". En esta categoría cabrían el as de guía francés invertido (ojo, mala idea utilizarlo en suspensiones), las esposas mejicanas, el as de guía Birmingham o el muy sensual nudo Foole's.

3. Nudos "a una mano": para ser llevados a cabo en escenas que incluyan simulación de resistencia, o, claro, para epatar a las visitas. Si eres de los que cuando quiso aprender a barajar cartas con una mano éstas siempre acababan en el suelo, amigo, quizás deberías pasar al siguiente epígrafe. Recuerda que aquí buscamos vías de placer, y que para cultivar frustraciones hay otros caminos mucho más efectivos: cortarse un brazo, pasear en Domingo por la Feria del Libro, casarse... A este grupo pertenecen el falconer, el highwayman, o el clásico presilla de alondra a una mano.

4. Los llamados nudos bight: son aquellos nudos en cuya elaboración no se utiliza el final de la cuerda, lo que les convierte en desaconsejables para manos inexpertas. Pero no teman, ya saben que la mano que es hábil para la fragua es hábil para la enagua, así que porfíen en perfeccionar su técnica, porfíen, que verán que carita se les queda a sus partenaires con tan sólo verles ensayar uno de estos complicados nudos. Aquí se encuadran la versión adaptada del famoso rotí de pavo o los nudos para doble miembro.

5. Nudos para azotadores: el nudo puede convertirse no sólo en instrumento de amarre sino también en el apéndice ideal para, por ejemplo, el extremo de un luminoso látigo de latex, que con esa sencilla adenda se tranforma en un magnífico multiplicador de placeres. Dejen cerca agua oxigenada y algodón y... a jugar! Ejemplo: el nudo lasca.

6. Nudos para el mobiliario: sillas, cabeceros, muebles de escritorio, puertas correderas, sujeta-televisores de pared, percheros, bicicletas estáticas... Todo un universo de posibilidades se abre ante el explorador cuando de lo que se trata es de caminar en pos del placer amarrando el miembro anudado a alguna pieza de mobiliario presente en el hogar. Para uno de esos días, aquí teneis un pequeño tutorial básico sobre cómo atar una cuerda a los barrotes de una cama. En esta categoría se podrían incluir el nudo llano, el vuelta de dos cotes, o el delicioso nudo prusik.

7. Nudos deslizantes: ideales para parejas primerizas o escenas en las que la confianza, sí, existe, claro que existe, cómo no va a existir si somos uno y entre nosotros no hay secretos, pero por si acaso... Aquí caben el seminal slipknot o el nudo del inglés.

8. Nudos gordianos: un tipo especialmente peligroso de bondage, ya que en vez de consentimiento utiliza sorpresa, y en vez de anudar cuerda anuda voluntades. Si alguna vez os enfrentais a uno no intenteis buscar cabos sueltos, y haced en cambio lo mismo que Alejandro Magno: sacad la espada, pegad un fuerte tajo al corazón mismo del nudo y clamad: "¡es lo mismo cortarlo que desatarlo!".

Bibliografía: Kinky Ropes, I Will Knot! y Agony & Ecstasy.

lunes, mayo 29, 2006

Psicoterapia existencial-fenomenológica

He soñado que iba andando por el metro, bajando unas escaleras mecánicas. Estando a mitad de bajada oía llegar mi tren e intentaba acelerar para cogerlo, pero no podía avanzar porque me lo impedía una señora gordísima que iba más despacio que yo y me impedía el paso. Cuando llegaba al final de las escaleras, y antes de poder iniciar la carrera hacia el vagón, éste cerraba sus puertas y abandonaba la estación. Yo miraba entonces a la señora gorda, a su espalda mejor dicho, con un odio casi irracional. De hecho, y tras comprobar que la estación estaba casi vacía, comenzaba a considerar la opción de andar hacia ella y empujarla, fingiendo un tropiezo o algo. Poco después, ya os digo que esto era un sueño, la señora gorda se ha convertido en ella, y aunque ahora sus rasgos eran dulces, bellos, conocidos, el odio y la rabia no desaparecían. Ella se giraba, me reconocía, esbozaba una sonrisa, me saludaba con la mano y comenzaba a acercarse, confiada, familiar. Pero yo, mientras, ajeno a la nueva realidad, seguía pensando en qué tipo de maniobra podría fingir para motivar ese tropiezo, ese empujón, para hacerle pagar el que me hiciese perder el tren: para devolverle la moneda.

Fotografía de Vlad Gansovsky.

jueves, mayo 25, 2006

Désormais on ne nous verra plus ensemble



Ahí arriba, donde mora Frank Sinatra, hay un hueco para Charles Aznavour, grande entre los más grandes, poseedor del magnetismo de las grandes personalidades (sí, a pesar de su físico, feo, pequeño, ojos diminutos y grandes orejas), y autor de canciones tan inolvidables como "La Boheme" (esto es interpretar una canción), "Que c'est triste Venise", "A ma fille" (qué preciosidad), "Emmenez-moi", o el maravilloso retrato de un homosexual que vive con su madre y se traviste en un espectáculo nocturno que es "Comme ils disent" (J'ai un numéro très spécial qui finit en nu intégral après strip-tease). Este brutal "Désormais" corresponde a un concierto en el Olympia parisino, año 1972, y es una interpretación plena de declamaciones al límite y cuerdas épicas que bien podría situarse junto a otras inolvidables monstruosidades como el "Jackie" de Scott Walker o el "Mathilde" de Jacques Brel. Palabras mayores, que diría un cursi.

A mí esto, aún hoy, sobre todo hoy, me pone los pelos de punta. Esa caja de resonancia perfecta que posee entre el esternón y la punta de la nariz, esos gestos rotundos, esa mirada que levanta al final de la actuación, abandono entre un mar de cuerdas... Y además, qué demonios, alguien capaz de subirse a un escenario con una chaqueta como esa, estampado de flores sobre fondo verde, está claro: no es de este mundo.

miércoles, mayo 24, 2006

Bajo el azul olvido

Esta mañana me ha llamado Eva:

- Oye, qué rica la cena de ayer, me tienes que contar cómo haces el relleno de los pimientos, estaban buenísimos.
- Dejas el bacalao desalado en un plato. Mientras, en una sartén con poco aceite echas un poco de ceboll...
- Vale. Por cierto, qué cariñosa tu novia. Y guapísima, muy bonita.
- No es mi novia.
- Vivís juntos. Te dice "pásame el pan" como si te fuese a pegar un mordisco en la ingle. Pero no es tu novia.
- Eso es.
- Lo que tú digas. Oye, acuérdate de felicitar hoy a papá.
- ¿Por? ¿Le ha tocado la lotería?
- Es su cumpleaños.
- ¿Otra vez?
- Sí, una vez al año y, qué casualidad, siempre por estas fechas.
- Pues yo tengo 35 y juraría que he celebrado unos 60 cumpleaños suyos ya.
- La mitad serían de la señora esa de ojos claros que vive con él. Tu madre. También los cumple una vez al año. Una manía suya. ¿Qué le vas a regalar?
- Ni idea, ¿qué le gusta aparte de no verme?
- No oírte. Ah, por cierto, ayer se me olvidó comentártelo. ¿Te acuerdas de aquel paciente que tuve, ese que sufría un problema de visión que le impedía ver el color azul, que todo lo azul lo veía gris? ¿Te acuerdas que me dijiste que aquella te parecía la peor enfermedad posible?
- ¿Dije eso? A veces tengo mis momentos poéticos.
- Sí, no veas, la poesía de un perchero. Pues mira, ayer me dijeron que este hombre sufrió hace poco un accidente gravísimo yendo en su coche, porque en la carretera habían puesto una valla azul y no fue capaz de distinguirla del asfalto, y, claro, se la comió enterita. Qué mala leche.
- ¿Las vallas no son todas amarillas?
- Parece ser que no, que también las hay azules. Y yo juraría que una vez ví una verde.
- Pues no me parece bien, habría que regular eso. ¿Tú que le vas a regalar a papá?
- Una botella de whisky. No se la robes.
- (...)
- Bueno, luego nos vemos. ¿Vas a traer a tu novia?
- No es mi novia.
- Lo que tú digas.

La Herzigova atadita, cortesía de Mondino.

lunes, mayo 22, 2006

Just Like Heaven

Ayer por la noche la okupa se plantó frente a mí con un DVD en la mano y me dijo que ahí estaba "Just Like Heaven, ¡con Reese Witherspoon y Mark Ruffalo!", que la viésemos. Yo respondí que de ninguna manera iba a malgastar dos horas viendo esa basura, y que además mi DVD está programado para rechazar películas de ese pelaje. Ella hizo un mohín y me acercó sus labios. Discusión acabada. Mi DVD tampoco dijo nada, el traidor. Me senté con la antología de cuentos de Richard Yates, y ella, la amante de las películas idiotas, se recostó en el sofá, con su cabeza en mi pecho y las manos en mi cintura. Play.

La película va de una mujer, workahólica y sin tiempo para el amor, que yendo en su coche se estampa contra un camión y comienza a aparecérsele como un fantasma al siguiente inquilino de su apartamento, un decorador de jardines afectado por una pérdida reciente. A partir de ahí, llega el descubrimiento de que la muerta no está muerta sino en coma, y una azucarada carrera por conseguir que alma y cuerpo vuelvan a juntarse antes de que desenchufen la máquina a la que la comatosa lleva tres meses enganchada. Huelga decirlo, llega también el amor. Suena mal, ya lo sé, pero la realidad es aún peor, tengan en cuenta que no les he mencionado todavía la espantosa versión que del "Just Like Heaven" de The Cure hace, para escarnio de cualquier espectador que a ambos lados de la cabeza tenga orejas y no lechugas, la insoportable Katie Melua. Y uno se pregunta qué pensarán las Blanchett, Winslet y demás sobre el hecho de que esta señorita sea la actriz mejor pagada del mundo, aunque supongo que les importará bastante poco, y se pregunta también cómo demonios ha podido ganar un Oscar alguien con su filmografía, quizás porque responda bastante bien al ideal de lo que los americanos califican como "girl next door". Aunque en esto de los Oscar, cuando uno piensa que De Niro no lo ganó con "Taxi Driver", la verdad, ya se puede esperar cualquier cosa.

A ver, que me voy por las ramas. Lo que me mueve a escribir estas lineas no es el oscuro mundillo de los premios cinematográficos sino el cómo, en el momento álgido de la proyección, ese en el que la comatosa vuelve a la vida pero ya no recuerda a su amado ni las peripecias con él vividas, y cuando me encontraba a punto de hacer un comentario sarcástico ingeniosísimo sobre tan babosa escena, he notado como mi acompañante, plenamente integrada en la emoción del momento, me ha abrazado la cintura con fuerza, a la vez que he sentido un par de lágrimas suyas resbalando por mi estómago. Y he pensado, qué coño, que a veces me gustaría ser así, y no ser tan resabiado, y ser un poco más ingenuo, y emocionarme cuando el chico pierde a la chica, y saber también encontrar en una película idiota de final de Domingo una buena excusa para dar un fuerte abrazo.

Fotografía de Gerard Rancinan.

domingo, mayo 21, 2006

Potaje de vigilia

Compraría un piso, enorme, y contrataría un decorador. No, mejor una decoradora, que tienen más instinto y van siempre tan elegantes. Se compraría un cochazo, no sabía aún cual, pero uno de los que hacen girar la cabeza a los transeúntes, eso seguro. Y les daría algo de dinero a su madre y su hermano. Bueno, a su hermano menos, quizá nada, aún lo tenía que pensar. Y se compraría ese televisor enorme que...

Sonó en el restaurante un teléfono y eso le hizo volver a la realidad. Pepa le estaba hablando. Siempre que miraba a Pepa constataba cuánta verdad había en el dicho "la cara es el espejo del alma", tan horrible era su aspecto y tan insoportablemente mediocre su personalidad. Le estaba hablando del último capítulo de un estúpido serial televisivo, y él tan sólo asentía, esperando a que aquella perorata acabase, sin querer apuntar que jamás había visto aquella serie ni tenía la menor intención de verla, ya que lo último que quería era alargar o ensanchar aquella conversación. Miró de nuevo el boleto de lotería, lo arrugó con gesto tenso, casi se hizo daño en la palma de la mano, y lo depositó en el cenicero. Héctor intervino entonces en la conversación haciendo lo que pretendía ser una broma, un comentario lamentable hecho con la dicción de, al parecer, uno de los personajes de la serie. Pepa rió. Héctor era de esas personas que aunque lleven traje y corbata siempre parece que van hechos un asco. Sus camisas nunca pegaban con el traje y, debido a su cuello, tan corto, tan gordo, siempre parecían mal cortadas.

Echó otro vistazo pleno de hastío al boleto arrugado y luego miró a su alrededor. Hector seguía con la imitación, pero Pepa había dejado de sonreir, ahora se arrascaba la nuca. A la derecha de Héctor estaba Víctor, bostezando, con la mirada perdida en la gaseosa que había sobre la mesa. A su lado estaban Esteban y Lucía, quejándose de algo que les habían ordenado hacer aquella mañana. Los dos hablaban, con una indignación que parecía compartida pero que no lo era porque en realidad ninguno escuchaba lo que decía el otro, sólo se escuchaban a sí mismos. Miró el reloj publicitario que había en la pared, eran las dos y media, y como siempre a esa hora se encontraba comiendo con la gente de su trabajo (mesa para seis, por favor) en el único restaurante de aquel horrible polígono industrial. El por qué se sentaban juntos ellos seis, no lo recordaba, tal vez sólo por inercia. Lo cierto es que no soportaba su trabajo ni soportaba a sus compañeros, no encontraba en su compañía el menor aliciente. Ellos eran aburridos, y ellas feas y aburridas. Aquellas comidas eran un sopor, todo un canto a la falta de ambición, a la ausencia de carácter, a la vejez prematura. Un muestrario de gente sin objetivos, de muertos vivientes.

Giró la vista hacia la mesa de al lado y reparó en alguien que estaba comiendo sólo mientras leía un periódico. Ese alguien levantó la mirada, le observó a él, y luego observó a sus compañeros. A Héctor y Pepa que ya no hablaban. A Víctor que bostezaba. A Esteban y Lucía que seguían hablando sólos. Levantó las cejas, resopló, bajó la mirada y siguió leyendo.

Fotografía de Gianni Candido.