viernes, junio 02, 2006

Placenta

Aquel día en la cama, tras hacer el amor, decidimos que el mundo no era para nosotros otra cosa que un estorbo, una distracción. Así que ante los tres días libres que se nos avecinaban decidimos que nos daríamos el gustazo de no salir, para poder así difrutar sin cortapisas el uno del otro. Compramos botellas de vino y latas de aceitunas, y alquilamos tres películas, una para cada día.

El primer día se presentaba perfecto: el vino a su temperatura, las aceitunas espléndidas y en el reproductor una película de terror. Nos sentamos cómodamente en el sofá, mi mano izquierda en el reposabrazos y su cabeza sobre mi hombro derecho. Cuando la película nos sometía a algún sobresalto, ella daba un pequeño respingo y luego reía a carcajadas. A menudo, cuando la situación amenazaba con alcanzar una gran tensión, nos hacíamos cosquillas y acabábamos enzarzados en un mar de simpáticos reproches. Aquello era la perfección, el paraíso. La felicidad hecha sofá.

Para el segundo día habíamos programado un drama. Aún siendo la adaptación de un libro, el guión estaba excepcionalmente resuelto, la acción gozaba de gran ritmo y las actuaciones eran muy sólidas. No costaba comprender por qué se consideraba aquel film la cima de su autor. Todo iba bien, todo iba estupendamente, pero más o menos al cabo de una hora comencé a notar una cierta incomodidad en mi postura. El sofá parecía estar fallando justo donde estaba situada mi espalda. Por otra parte, las aceitunas me sabían un tanto agrias y juraría que el vino estaba picado. Dí otro sorbo, me giré hacia mi acompañante buscando en sus ojos la confirmación de mi opinión, pero ella se limitó a sonreirme. Serían cosas mías.

Para el tercer día teníamos todo un clásico de la comedia. No era de esas películas que basan su éxito en una sucesión más o menos acertada de gags, sino en una trama que se enreda y desenreda con exquisito gusto. Sin embargo, desde el comienzo la ligera incomodidad del día anterior se había transformado en un cúmulo de horrores. El sofá ya no parecía un sofá sino la cama de un fakir. Por otra parte, esta vez el vino era espantoso y las aceitunas estaban avinagradas. Pero eso no fue lo peor, porque llegó un momento en el que comencé a constatar con horror que las paredes de la habitación se comprimían, e incluso comenzaban ya a desplazar el mueble de la televisión y el sofá, mientras el techo iba descendiendo de forma casi imperceptible pero constante, y amenazaba con aplastarnos. Busqué su mirada y ella sonrió. Entonces comencé a notar un persistente olor a gas. Busqué de nuevo su mirada y ella, de nuevo, sonrió. Dios, ¿es que no lo ve? ¿de qué demonios se ríe? Definitivamente angustiado, mentalmente extenuado, me levanté al fin del sofá y dije:

- Mira, qué te parece si dejamos ésto y salimos, no sé, a bailar...

Y ella contestó:

- Dios, sí, por favor, pensé que no me lo ibas a pedir nunca.

Fotografía de Alessandro Bavari.
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