lunes, junio 19, 2006

Saneamientos Oliva, dígame (IV - suministros)


Es broma, es broma...


Chorrada patrocinada por Weather Underground, la Internet Movie Poster Awards, la galería parisina Magda Danysz y el RSSSF Archive.

domingo, junio 18, 2006

Saneamientos Oliva, dígame (III - recepción)

(Viene de acá, un acá que a su vez venía de acullá).

Había sido un viernes típico, sin apenas visitas a la oficina, por lo que había pasado la mayor parte del tiempo hablando por teléfono, con su madre, con amigas, como por otra parte solía hacer cada viernes. El único incidente reseñable había consistido en unas voces que a media tarde habían llegado desde la planta de arriba, fruto de alguna discusión acalorada. Más tarde la subdirectora de contabilidad le había dicho que los que habían discutido eran uno de logística y otro de contabilidad, al parecer por una tontería. Daba la casualidad de que aquellas dos personas eran con diferencia las que peor le caían de toda la oficina. El de logística era un tipo muy serio y muy seco y muy feo con quien jamás había cruzado más de dos palabras. Cuando se marchaba por las tardes y pasaba junto a su mesa le solía dedicar un gruñido incomprensible, y a veces ni eso, por lo que desde el principio ella, al no estar segura de si aquel sonido significaba un adiós o un muérete, había decido no responderle. El otro, el de contabilidad, era todo lo contrario: un chulo y un prepotente. Siempre se le estaba insinuando y haciendo bromas subidas de tono. Ella trataba de seguirle el juego porque su posición en la empresa no estaba como para jugársela sacándole los colores a un compañero, y por ello se limitaba a aguantar el chaparrón con el mejor talante posible. Ya llegaría el momento de zanjar aquello.

Volvió de sus pensamientos cuando vislumbró un gran revuelo un poco más adelante, frente a la puerta de una papelería, con un coche de policía y una ambulancia y gente arremolinada tras unas vallas. Es increíble lo morbosos que somos, pensó, y se cambió de acera. Nada más hacerlo se le acercó una muchacha de unos catorce años que le pidió tabaco. "¿No crees que eres demasiado joven para fumar?", le dijo, y mientras se alejaba oyó como la muchacha le respondía: "¿y tú quién te crees que eres, mi madre?". Si fuese tu madre no saldrías a la calle con esa pinta, fue lo que pensó, pero prefirió no decirlo. Metió entonces la mano en el bolso para sacar su móvil y hacer una llamada, y topó con su viejo monedero, una pieza de marroquinería con tachuelas plateadas formando una espiral sobre un fondo color vino burdeos. Lo sacó y al mirarlo recordó el día en que su mejor amiga se lo había regalado, que fue más o menos un año antes de que se acostase con su novio y, claro, dejase de ser su mejor amiga. Pedazo de zorra, se dijo en voz baja mientras se detenía junto a una tienda de complementos. Entró, y vio a un hombre que hablaba casi a gritos por un móvil. Se preguntó por qué no lo hacía fuera del establecimiento, qué ganas de dar la nota. También se quedó mirando a una muchacha morena con una mochila a la espalda que por las miradas de reojo que echaba a derecha e izquierda tenía toda la pinta de querer robar el bolso que sujetaba entre sus manos. Siguió caminando hasta el mostrador y una vez allí la dependienta oriental, quien tampoco le quitaba ojo a la chica de la mochila, le preguntó: "¿qué desea?". Ella respondió: "verá, creo que ha llegado el momento de cambiar de monedero".

Fotografía de Herr Buchta, vía Fleshbot.

viernes, junio 16, 2006

Saneamientos Oliva, dígame (II - departamento de contabilidad)

(Viene de aquí)

Introdujo su ficha en el casillero y se despidió de la recepcionista. Esta le preguntó por sus planes para el fin de semana y se echaron una risas. Siempre estaban flirteando, cuando él bajaba a por café, cuando ella le pasaba una llamada... Era algo que aún se movía en el terreno de lo símplemente travieso, pero sabía que en cualquier celebración de empresa, sonrisas y vino mediante, aquello tenía todos los visos de desatarse. Cuando salió se encontró con el director de su departamento y la subdirectora de contabilidad. Le invitaron a tomar una cerveza en el bar de enfrente, y allí recordaron el incidente que había marcado el día, su disputa con un compañero por un informe de ventas. No soportaba a aquel hombre, el cómo farfullaba excusas, o el cómo cuando veía que sus argumentos eran abatidos levantaba mucho la voz y remataba a voces su propia humillación. Esa tarde, nada más acabar la discusión, se había sentado en su mesa y había mirado alrededor: sus compañeros le hacían gestos cómplices, un guiño, un pulgar en alto. Luego había mirado a su oponente, quien tenía la mandíbula muy apretada y una mano temblorosa sobre una grapadora vacía. Trató de sentir pena por él, e incluso trató de sentirse culpable, pero no pudo. En el bar, la subdirectora de contabilidad decía "no soporto a la gente que suda tanto".

Salió del bar y se dirigió hacia su coche, aparcado al otro lado de la calle. Antes de cruzar se quedó mirando a unas muchachas que, apoyadas en un portal, fumaban. Quedó hipnotizado por el ombligo de una de ellas, visible sobre un cinturón rojo enorme y bajo una camiseta negra corta de tirantes. La muchacha reparó en su mirada y le sonrió, él le devolvió el gesto y cruzó la calle. Pasó junto a una pequeña papelería, y en ese momento le vino al recuerdo la grapadora vacía de su oponente. Se detuvo, introdujo la mano en su maletín, y de allí, tras apartar los cables de su PDA y un manojo de llaves, extrajo el revolver Smith & Wesson Model 9 Magnum, el favorito de su padre. Vaya mierda de herencia me dejó el muy cabrón, pensó. Cruzó entonces la puerta de la papelería, dejó el maletín en el suelo y, con absoluta naturalidad y ante la sorpresa de los allí presentes -la dependienta oriental, un hombre que hablaba por un móvil y una muchacha morena con una mochila a la espalda- agarró el cierre metálico de la papelería y, desde el interior del establecimiento, lo bajó.

Fotografía de Herr Buchta, vía Fleshbot.

Saneamientos Oliva, dígame

Introdujo su ficha en el casillero, balbuceó un adiós a la recepcionista que ésta, nada cordial, no contestó, y salió de la oficina casi a la carrera. Una vez en el exterior se desató el nudo de la corbata y resopló. Sudaba casi hasta la nausea pero renunció a despojarse de su chaqueta ya que debajo llevaba una camisa azul que, era evidente, estaría empapada, y ya bastante ridículo había hecho aquel día. Había tenido una disputa sobre un informe de ventas con un compañero y éste le había humillado delante de los demás. No era la primera vez, y ya sabía lo que tocaba ahora: horas de insomnio meditando una respuesta implacable, y el deseo incontenible de que el duelo se repitiese para entonces echar mano de su infalible argumento. Pero, claro, esa disputa nunca se repetiría, sino que mutaría en otra de muy distinta naturaleza que igualmente acabaría perdiendo, como perdía todas.

Caminó hasta que hubo de detenerse en un paso de cebra y se entretuvo contemplando a unas jovencitas que fumaban apoyadas en un portal, y que hablaban muy rápido y muy mal. Una de ellas advirtió su presencia y le largó un ¿tú que coño miras?. Fingió no haber oído nada y bajó la vista. El semáforo se puso en verde y cruzó. Cuando llevada caminando unos cincuenta metros reparó en alguien que iba andando casi a su lado, apenas medio metro detrás suyo, a su misma velocidad, y que hablaba por teléfono con su novia o su mujer o su amante. ¿Por qué demonios clavaba su paso, por qué no aceleraba, o frenaba? ¿No entendía cuan irritante era eso? ¿No tenía aquel tipo ningún respeto por el espacio de los demás, por su intimidad? Aquello era algo que odiaba sobremanera, que no podía soportar, así que paró, fingiendo subirse un calcetín, y el hombre pasó de largo, rozándole. Le dejó unos metros de distancia y comenzó a andar tras él, durante un par de minutos, hasta que el hombre del teléfono se adentró en una pequeña panadería. Se detuvo frente a aquel establecimiento, urgó en el fondo de su maletín, levantó su doble fondo, y de allí extrajo el rotundo machete con motivos suizos de imitación bastante pobre que hace años le regalase su ex mujer. Vaya mierda de regalos me hacía la muy zorra, pensó. Cruzó entonces la puerta de la panadería, dejó el maletín en el suelo y, con absoluta naturalidad y ante la sorpresa de los allí presentes -la dependienta oriental, el hombre del móvil y una muchacha morena con una mochila a la espalda- agarró el cierre metálico de la panadería y, desde el interior del establecimiento, lo bajó.

Fotografía de Herr Buchta, vía Fleshbot.

miércoles, junio 14, 2006

Vuela la noche antigua de erecciones

Tengo un amigo que dice que está tieso de pasta y que por ello se ve obligado a darse de baja de uno de estos dos lujos: el Digital + o la linea adsl. Me pide consejo. Dice mi amigo que el Digital + lo utiliza para ver series americanas y alguna que otra película, y la linea adsl, básicamente, para ver porno. Bueno, hace tiempo mantuvo un blog, pero lo dejó al poco tiempo de empezar porque opina que eso de los blogs es para gente que vive en pareja, ya que a la gente que vive sóla, como es su caso, tan sólo le sirven para quitarles tiempo del bueno, el que se dedica a navegar entre moster cocks, mega tits, orgías interraciales multitudinarias del tipo MMMMMF o MMMFFF, y hordas de pre-universitarias con coletas, gafas y un desmedido gusto porque les meen en la cara. Creo que en eso estoy de acuerdo con él. Yo le digo a mi amigo que se borre del Digital +, que siempre se puede comprar un descodificador de esos piratas que te lo abren todo, y que además las series y las películas se las puede bajar de la red, pero él ese extremo ni lo contempla porque, dice, "eso es ilegal". Hay que decir llegados a este punto que mi amigo es el típico producto de uno de esos centros educativos tan populares en los primeros 80, elitistas y muy progres, de esos en los que lo más importante no era la asimilación de diversos conceptos, sino que el alumno fuese capaz de identificar espiritualmente su YO, para a partir de ahí interactuar bajo la paz del equilibrio cósmico con los OTROS. Como era de esperar el resultado es un desastre, y al pobre si llega a salir más tonto habría que regarle. Dice que si comete un acto ilegal como bajarse una serie o piratear la señal televisiva da por hecho que el suelo del salón se abrirá y del agujero surgirá el mismísimo averno, con policías cachas que le esposarán sin miramientos mientras sus familiares, decepcionados por su comportamiento, le escupen a la cara. Yo al oír eso le he dicho que se quede con la adsl, que me diga qué series le gustan que yo se las grabo, y que tengo una hermana psicóloga que le puede resultar de gran ayuda.

La de la foto es Shoko Nakagawa, vía K's Lounge.

lunes, junio 12, 2006

Soul


Sam Moore, poseedor de una voz volcanica y la kamikaze personalidad de tantas estrellas negras de los sesenta y setenta, tan sobradas de ilusión como carentes de cultura, tan inocentes, tan manipulables, clamaba junto a su amigo Dave Prater I'm a soul man, y juntos lograron en un momento dado exprimir hasta el tuétano a la gran estrella del soul de aquellos días, Otis Redding, quien tras tocar con ellos en una serie de 37 conciertos organizados por su agente dijo "estos hijos de puta me están matando, no me volvais a meter en el mismo programa jamás".

A Diana le gusta que le hable de Sam & Dave, y de James Carr, y de Wilson Pickett, y de Esther Phillips. Cada día cuando salgo agarra mis discos de soul y los escucha, y lo hace más por empatía que por disfrute, más por profundizar en mis aficiones que por genuino interés. No me digan que no es precioso. Cuando vuelvo, me anuncia sus progresos de forma titubeante pero decidida, y me inquiere por pequeños detalles, de los artistas, de las grabaciones, de sus vidas. Ayer surgió el nombre de Sam Moore, y yo de forma instintiva recité una formación con la que grabó en solitario, ya sin Dave a su lado: Eric Gale y Cornell Dupree, guitarristas, Bernard Purdie batería, Chuck Rainey bajo, con Donny Hathaway y Aretha Franklin a los teclados y King Curtis en los controles. La crema del soul neoyorquino. Diana abrió mucho los ojos y asombrada preguntó cómo había sido capaz de memorizar aquellos nombres. No me acuerdo, respondí.

A Sam Moore le dijo alguien hace unos años que se habían encontrado las cintas originales del disco que grabó en solitario con King Curtis, cintas que, se pensaba, habían desaparecido en un incendio, y él respondió ¿Qué disco?, sin demasiada convicción, sabedor de los efectos que causaba el cóctel de alcohol y drogas que se desayunaban en los 70 tanto él como Dave, quien incluso llegaría a ser encarcelado por intentar vender crack a un policía vestido de paisano. "¿En serio grabé un disco? No me acuerdo", contestó. Pero, no sé, yo pienso que quizás tan sólo se hacía el olvidadizo, que quizás sabía bien que a menudo hay recuerdos que es mucho mejor no compartir. Como el de esos Gale, Dupree, Purdie, Rainey, Hathaway, Aretha y Curtis escritos en una espalda desnuda por mi dedo juguetón mientras una voz de caramelo me recita la contraportada de un amarillento disco de soul, banda sonora de una noche de manos traviesas y sonrisas cómplices hoy tan lejana como difícil de olvidar.

Fotografía de Eugeny Kozhevnikov, via Exigeant.

viernes, junio 09, 2006

Supervivientes 2.0


Bueno, creo que ya (casi) puedo asegurar que (casi) todo pasó. Prueba (casi) superada.

jueves, junio 08, 2006

Brainstorming

Salgo del cajón y reconozco, aquí y aquí, que disfruto con el viejo "Pa mi genio" de Carmen París, por eso de "tantas lágrimas me cuesta la pena que me estás dando, que me estoy muriendo de agua". Me encanta eso de morirse de agua. Nunca he sido capaz de confiar en los hombres que visten camisetas sin mangas ni en las mujeres que usan zapatos con cordones. Si alguna vez me han dado un buen consejo, ese fue "por mal que te vayan las cosas, jamás desees que pase el tiempo, que hay poco". Me confieso anónimo lector constante, y por tanto trato siempre de tener cuidado ahí fuera. Daría mi vida sin dudarlo un sólo instante porque mi camarera favorita tuviese un sólo segundo más de felicidad. Es mi camarera favorita porque en cierta ocasión le conté un chiste y me dijo "sos lindo". Mi ciudad favorita sigue siendo Berlín. Hace un par de días alguien me dijo "la soledad es algo que siempre se halla dentro, nunca en lo que te rodea" y, no sé, me gustó. En cierta ocasión tuve que ayudar a hacer una mudanza a la mujer de mi vida (ella no sabía que lo era, claro, creo), que se iba a vivir con su novio. Me hice toda la mudanza con la boca seca, creo que incluso hubiera podido morir de agua. Y no, no sé conducir, ni puta falta que me hace.

Ilustración de Arthur de Pins, vía Mira y Calla.

martes, junio 06, 2006

Porque era mía

El día me había dejado exhausto y llegué a casa sin ganas de nada. Entré en el cuarto de baño, mojé mi cara en el lavabo, y antes de secarme me contemplé detenidamente en el espejo. Una mosca se posó entonces en mi mano derecha. Hice un giro de muñeca y la mosca voló, hasta posarse en mi mano izquierda. Sacudí la mano y la mosca levantó de nuevo el vuelo, dibujando una trayectoria indescifrable. La oí revolotear alrededor de mi cabeza, frente a mis ojos, en mi nuca, junto a mis oídos. Aterrizó en mi nariz. Intenté cazarla. Fallé. Me golpeé. Me hice daño. Se posó en el espejo, un tanto a mi derecha. Cogí sigiloso la toalla que usaba para secarme las manos y aticé a la mosca contra el espejo. Cayó fulminada, entre el desodorante y el bote de cuatro agujeros para guardar cepillos de dientes, donde antes había dos huecos libres y ahora había tres.

Fui a la cocina y preparé un sandwich con una loncha de jamón, otra de queso, un tomate pelado y un poco de mahonesa. Lo puse en un plato, lo llevé al salón, me aposenté en el sofá y encendí la televisión. Un documental histórico. Cambié y apareció una película de acción con numerosas explosiones. Volví a cambiar y surgió un debate dominado por chillones de diferentes grados de alopecia y tendencia política. Pensé entonces en la mosca, en lo desmesurado de mi reacción, en el desequilibrio entre causa y efecto, en la gratuidad de la agresión, en la indiscutible vileza del episodio. Me sentí pobre.

Volví al cuarto de baño. Contemplé el cuerpo que yacía estático, frío, entre el desodorante y el bote de cuatro agujeros, tres libres. Acerqué el dedo índice al cuerpo inerte, me concentré, temblé, sudé, y a continuación la mosca, tras un severo espasmo, se alzó y comenzó a volar. Durante unos instantes contemplé con una sonrisa su aletear. Luego apagué la luz y entré en mi habitación.

Estaba cansado, el día en general no había resultado agradable, ni mucho menos, y tenía ganas de descansar. Me acosté y encendí la tenue luz de la mesilla, aunque esa noche en verdad no me apetecía demasiado leer. La mosca entró entonces en la habitación y comenzó a revolotear a mi alrededor. Tuve la impresión de que me quería agradecer aquella segunda oportunidad, ya que en su aleteo se adivinaba un ánimo diferente, una determinación mayor, una pasión nueva. Tras un par de maniobras de exhibicionismo caligráfico se posó junto a mi mano derecha. En ese preciso instante cogí cuidadoso la almohada y la estampé con fuerza contra la mosca, contra el colchón, y después con el dorso de la mano expulsé el cadaver de las sábanas.

Aquella noche dormí a pierna suelta, y soñé con cepillos de dientes de doble mango.

La fotografía juraría que es de Helmut Newton, y la he visto en La Orgía Perpetua.