miércoles, marzo 22, 2006

3 kilos 360 gramos

Esta mañana ha sonado el móvil, y era Eva que me ha contado que ayer en el metro vio a cuatro personas sentadas en fila: un negro que leía a Agatha Christie, una rubia guapa con zapatos plateados que leía algo de Isabel Allende, una adolescente bajita con "El guardián entre el centeno", y una señora gorda de mediana edad con el último de Pérez-Reverte, ese brasas. Me ha dicho que en cuanto les escrutó con la mirada supo de inmediato que podían parecer muy diferentes, cada uno un estereotipo, pero que todos eran la misma persona. Y yo me fío, porque Eva sabe bien que lo que vemos de las personas, sus ojos, su piel, sus facciones, es el reverso de lo que de verdad son. Que aquello que vemos son personas vueltas del revés. Entonces me he preguntado qué hubiera visto en mí, sentado en el metro horas antes, leyendo "Los conspiradores" de Daniel Sueiro y con un reproductor mp3 de 20 gigas con una sóla canción, "14:31" de Global Communication, repetida en modo infinito. Otro estereotipo, supongo.

Luego, casi al despedirse, Eva ha añadido "ah, por cierto, hace tres horas he tenido un hijo, enhorabuena, eres tío", así, como si su gestación hubiese sido imaginaria y el parto simple trámite administrativo. Me ha dicho que lo había tenido en un suspiro y que eso le habia decepcionado, que si lo llega a saber no va, que habría mandado a su marido a tenerlo, que ella está muy ocupada para esas menudencias. Yo le he dicho que se calme, que a ver si iba a sufrir el síndrome ese de las recién paridas, y ella me ha respondido elevando la voz "tú sí que dices paridas... que soy psiquiatra, gilipollas, qué síndrome ni qué hostias". Yo le he preguntado luego si le habían puesto la epidural, y ella ha contestado en un nuevo reproche "ele mi niño, tú siempre a lo tuyo", y ha apuntado que en estos casos lo que se pregunta no es eso sino el peso del recién nacido. Será psiquiatra, sí, pero para mí que estaba demasiado tensa. Así que no le he comentado que a mí una vez me pusieron la epidural, da igual a cuento de qué, y que me quedé frito, y que soñé con una charca llena de rinocerontes azules. Y que cuando desperté, en el postoperatorio, estuve jugando a variar el ritmo de mis latidos, por despistar al monitor al que estaba enganchado, por competir, y que una vez estuve a punto de conseguirlo. Era buena, muy buena, aquella máquina. Tan buena como caras las tiendas Prenatal.

La fotografía, de Brian McCarty, vía Mira y Calla.

martes, marzo 21, 2006

Everything you do is a balloon

Wrapped
Desde luego, hay semanas en las que no está uno para nada...

lunes, marzo 20, 2006

Una historia de violencia


Nos conocimos en esas largas sesiones en las que formando un círculo y sentados en incomodas sillas de madera tratábamos de distinguir si lo que sentíamos tras la tormenta era paz o era vacío. Un escalofrío me paralizaba cuando sonaba su voz, tan pausada, tan madura, y sé que los demás sentían lo mismo que yo, así de difícil era de creer que aquella presencia tan menuda, apenas metro cincuenta y cinco, poco más de cuarenta kilos, hubiera sido capaz de hacer lo que ella había hecho, y así de inexplicable resultaba que tras pasar por todo aquello su rostro no hubiese perdido esa expresión tan dulce, tan bella, tan inocente. Inocente, qué ironía.

Dejamos el grupo juntos, el mismo día, y también juntos y el mismo día decidimos precipitarnos en la efímera eficacia del dolor. No diré que caímos porque uno sólo cae cuando cae, no cuando se tira, y lo nuestro fue una decisión tomada, si no en las mejores circunstancias, sí de forma plenamente consciente. No fueron días fáciles, en absoluto, y el amargo final de la historia anima a enterrar su memoria, pero aún recuerdo con cierto cariño cómo nos encerrábamos cada noche en nuestra pequeña habitación iluminada con velas, y cómo allí tras inyectarnos demerol en los tobillos llorábamos abrazados, de alegría, de lo afortunados que nos sentíamos por haber tenido la suerte de dar el uno con el otro.

Fotografía de Gottfried Helnwein.

sábado, marzo 18, 2006

I'll never glow the way that you glow


"You'll say you understand, but you don't understand
You'll say you'd never give up seeing eye to eye
But never is a promise, and you can't afford to lie".


Porque ella también tenía los ojos de ese color azul verdoso. Porque cuando recogió sus cosas se dejó olvidada su copia en vinilo del "Tidal". Porque ahora llueve y está oscuro. Y porque sí.

jueves, marzo 16, 2006

Enlarge my penis!



Andaba navegando al pairo, soslayando mis obligaciones, cuando en andreaxmas he dado con el enlace a esta página, página coronada por un logo que no me resisto a enseñarles. Qué fusión más atinada de spam, diseño e ingenio, ¿que no?

Ojos de gata

Hoy al llegar a casa me he cruzado con una rubia que lucía un ojo de cada color, pero no a lo Bowie, verde y azul, sino más heavy: azul y negro. Y entonces he recordado a una chavala con la que tuve un lío hace unos años. Porque con aquella no puedo decir que salí, ni que tuve una historia, ni un rollo, ya que lo que tuve fue eso, un lío, un lío de tres pares de cojones. Pero a lo que iba, que esta rubia me ha recordado a la morena de entonces, quien poseía como rasgo característico y turbador lo albino de las pestañas de su ojo derecho. Pelo moreno, cejas morenas, pestañas de ojo izquierdo negras, pestañas de ojo derecho albinas. Era una cosa ciertamente hipnótica, ya que dependiendo de qué perfil contemplases te parecía que hablabas con una persona u otra. Entendereis que en la piltra aquello llegaba a resultar fascinante, asemejándose la experiencia a un menage a trois.

He subido, he cogido el teléfono, he llamado a Laura para quedar este fin de semana, y se lo he contado. Luego le he contado que ayer estuve analizando el color de voz de George Michael y he llegado a la conclusión de que es el reverso absoluto, en cuanto a tonalidad, cromatismo y luminosidad, de la de Rod Stewart. Y también le he dicho que estoy preocupado ya que estos días voy por la calle tarareando una canción del soplapollas de Nacho Cano, esa que tiene una estrofa en la que dice "y llegará un día en que las almas se confundan enunmis moco razón", y no se si esto tiene cura. Laura ha soltado un par de ¿en serio?, y ha metido otro par de risillas, por lo que no me ha costado deducir que no me estaba haciendo ni puto caso. Y ahora que lo veo escrito, la verdad, no me extraña. Vaya sarta de chorradas.

En fin, que no les distraigo más, sigan, sigan con lo que estaban haciendo. Suelten un par de enserios y otro par de risillas, y circulen. Y no se preocupen por mí, que estoy divinamente. Es sólo que llevo ya demasiado tiempo en que cuando me asomo a la ventana me parece que la ciudad es siempre Segovia, y que el mes es siempre Diciembre. Y que cuando miro el reloj son las dos, las dos, siempre las dos.

Fotografía de Stephane Bourson.

miércoles, marzo 15, 2006

Sofronia

"La ciudad de Sofronia se compone de dos medias ciudades. En una está la gran montaña rusa de ríspidas gibas, el carrusel con el haz estrellado de sus cadenas, la rueda con sus jaulas giratorias, el pozo de la muerte con sus motociclistas cabeza abajo, la cúpula del circo con su racimo de trapecios colgando en el centro. La otra media ciudad es de piedra y mármol y cemento, con el banco, las fábricas, los palacios, el matadero, la escuela y todo lo demás. Una de las medias ciudades está fija, la otra es provisional y cuando ha terminado su tiempo de estadía, la desclavan, la desmontan y se la llevan para trasplantarla en los terrenos baldíos de otra media ciudad.

Así todos los años llega el día en que los peones desprenden los frontones de mármol, deshacen los muros de piedra, los pilones de cemento, desmontan el ministerio, el monumento, los muelles, la refinería de petroleo, el hospital, y los cargan en remolques para seguir de plaza en plaza el itinerario de cada año. Ahí se queda la media Sofronia de los tiros al blanco y los carruseles, con el grito suspendido de la navecilla de la montaña rusa invertida, y empieza a contar cuántos meses, cuántos días tendrá que esperar antes de que la caravana regrese y la vida completa vuelva a empezar".


Relato de Italo Calvino, perteneciente a "Las Ciudades Invisibles". La fotografía de Lou Jacobs, vía clownplanet.

martes, marzo 14, 2006

No mueras más en mí, sal de mi lengua

Ha llamado Roberto y me ha soltado que deje de escribir insustancias de tres minutos, y que o le entrego el texto que le debo antes del viernes, o viene y me corta los brazos a la altura de las costillas. También me ha dicho que si yo no fuese yo me daría una semana más, pero que por ser yo tengo hasta el viernes a las doce, y ni un minuto más. Qué tiempos aquellos en que los editores eran seres de elevado instinto maternal, yonkis del mecenazgo y amigos de sus amigos. Ahora en cambio adoran ponerte en la tesitura de un Kirk Douglas remando en galeras, tanto como disfrutan encarnándose en el romano de malas pulgas de la escena. Por situar el asunto en su adecuado contexto hay que decir que el tal Roberto, ese pedazo de cabrón, está organizando un librillo que pretende aglutinar diferentes relatos cortos cuyo hilo conductor sea "el amor que se padece". Interesante idea la del amor como potro de tortura, no en vano siempre ha sido preferible la pasión ciega a la razonada, por el componente enfermo que incorpora, de la misma forma que el amor que se padece, esto es impepinable, llega a alcanzar unos niveles de intensidad que en modo alguno podrían ser igualados por el amor que, simplemente, se disfruta.

Así que dispuesto a escapar de esta molicie que me atenaza he sumergido el ánimo en los fondos abisales de mis discos duros, y allí, de entre las notas y bocetos que pudieran resultar de un interés siquiera tangencialmente literario, he dado con material organizable en tres categorías: bazofia, insustancia y escombro. Y también he dado con la historia de una niña del medio oeste americano que no sale nunca de casa, ni siquiera para asistir a un colegio, ya que es educada por sus progenitores. Una niña que ama a sus padres, por supuesto, pero que no acaba de entender qué enfermedad será esa que le han dicho que sufre en virtud de la cual le está vedado el traspasar la valla de su jardín, y que les obliga (hija, lo hacemos por tu bien) a atarle a su cama cada noche, a azotarle con una fusta cada viernes, y a servirle comida siempre fría y escasa. En fin, que le he dado unos retoques, he atado un par de cabos, y se lo he mandado a Roberto. Poco después he recibido un mensaje suyo cuyo contenido transcribo: "¿Qué coño es eso de "El roce asténico de una descarnada ira que silenciosa besa su anorexia sudorosa, blanquísima, sublime"?... Tú me tomas por gilipollas, o qué te pasa ahora. Tú lo que quieres es que me de un infarto, cabronazo. Envíame algo decente ya, coño, y adjetiva como es debido, o voy a tu casa, tiro la puerta de una patada, te cojo del pescuezo, y te despeño por la terraza. Siempre te quiere, tu Roberto".

En fin, que ahora tengo miedo, y sufro por mi integridad. Así que ya lo has conseguido, malnacido: me va a salir una historia de terror sicalíptico, con visceras putrefactas arremolinándose a cada toque de palanca de carro. Luego no te me quejes, boquerón.


Ilustración de Trevor Brown (ojo, que duele).

lunes, marzo 13, 2006

Escapistas

No iba a hacerlo porque le abrumase la soledad ni tampoco por el horror de un desengaño. De hecho, su vida social sería calificada por cualquiera de envidiable, y la amorosa estaba exactamente donde él quería que estuviese. No, si lo iba a hacer era porque padecía un aburrimiento mortal. Ya no se le ocurría nada de nada, se había quedado sin objetivos, sin ilusiones. Trataba de pensar y a su mente no llegaba ni un sólo pensamiento nuevo. Ni uno. Nunca. Estaba seco. Y se aburría, se aburría hasta sufrir un dolor insoportable, tan insoportable que ni dolía. Durante unos días el fantasear con el suicidio le había dado un motivo, algo con lo que era capaz de sobrevivir, de tal modo que incluso llegó a caer en la cuenta de cuan irónico era que el planear un suicidio fuese lo que le servía para evitarlo. Pero ya incluso eso había dejado de funcionar, así que allí estaba, en lo alto de aquel puente, mirando las luces de la ciudad reflejadas en el río, con la decisión tomada. Y ni tenía prisa por hacerlo ni pretendía demorarlo. Como tampoco le apenaba ni le alegraba. No sentía nada, y lo iba a hacer por inercia, simplemente porque ya no se le ocurría qué otra cosa hacer.

Estaba decidido a saltar y de hecho llegó a poner un pié sobre la barandilla, pero en ese momento escuchó unos pasos que se acercaban. Era el sonido de unos tacones. Como tampoco quería causarle ningún mal a nadie, decidió esperar a que aquella mujer atravesase el puente hasta quedarse de nuevo a solas. Levantó entonces la mirada hacia el origen de aquel sonido y no pudo creer lo que vio. Porque lo que vio fue ni más ni menos que un ángel, sin duda era un ángel, y si lo supo con total certeza fue no ya por sus alas, grandes, moradas y brillantes, balanceándose a cada paso de su portadora, sino por su forma de caminar. Parecía que se deslizaba. O mejor dicho: parecía que volaba.

Cuando la mujer, el ángel, llegó a su altura, él hizo un gesto para que se detuviese, y preguntó:

- ¿Has venido a salvarme?

y la mujer, el ángel, respondió:

- ¿Cómo dices? ¿Yo? Yo no he salvado a nadie en mi vida.


(Continuará. O a lo mejor no).

Ilustración de Vera Brosgol.

domingo, marzo 12, 2006

Tu madre baja con el cesto y saluda

Desde el mismo momento en que se había levantado aquella mañana había tenido una sensación extraña. No sabría decir por qué, pero todo le había resultado diferente, la luz, el olor, todo. Era como en una de esas películas en las que salía una pareja riéndose con alguna tontería y entonces ya sabías que algo grave les iba a suceder. O esas otras en las que un niño le dice a su madre un te quiero, lo que viene a significar que le van a secuestrar. Por eso él nunca le decía a su madre que la quería, y cuando se reía mucho con alguna tontería siempre sentía un escalofrío.

Aquella mañana de Domingo, tras desayunar, había salido de casa con su padre y habían hecho lo habitual: ir al parque. Alli, mientras su padre leía el periódico sentado en un banco, él daba unas vueltas con su bici. Después se habían acercado al bar de siempre y allí su padre se había sentado en la mesa de siempre con su amigo de siempre, y tras pedirle a él una coca-cola habían comenzado a jugar al dominó, como hacían siempre. Y pronto sus sospechas de que aquel no iba a ser un día cualquiera se confirmaron al escuchar a su padre y al amigo de su padre conversar tranquilamente sobre la primera vez que habían matado a alguien. Aquello le preocupó mucho, ya que algo no encajaba. Era como en sus series favoritas de la televisión, cuando te dan el capítulo navideño estando en pleno mes de Marzo, y los regalos y la nieve y los villancicos te resultan tan ajenos. Esto era igual, porque normalmente su padre y el amigo de su padre no hablaban nunca del primer hombre al que habían matado. Normalmente hablaban del último.

Ilustración de Jinyoung Shin.