viernes, marzo 10, 2006
Superstition
"When you believe in things that you don’t understand,
Then you suffer,
Superstition ain’t the way".
En cuestión de gustos musicales el mundo se divide entre aquellos a los que les gusta Stevie Wonder y aquellos a los que no. Entre aquellos que tienen en un pedestal discos como "Talking Book" (1972), "Innervisions" (1973) o "Songs In The Key Of Life" (1976), y aquellos que no. Este video pertenece a una actuación de la primera mitad de los 70 para el programa alemán Musik Laden, y nos muestra a un cantante en estado de gracia rodeado por músicos excepcionales. La sección rítmica a cargo de Reggie McBride (bajo) y el gran Ollie Brown (eso es un batería), y en las guitarras Marlo Henderson y Mike Sembello, quien en los 80 gozase de gran fama tras componer el conocido "Maniac" de Flashdance. Esto es rock'n'roll, coño, esto es rock'n'roll.
jueves, marzo 09, 2006
Quiero ser tu perro

Esta mañana al salir de la ducha se me han cruzado la trócola y el ocipucio, he perdido pié, y rodando he ido a parar a la base del bidé. Hablando en plata, me he dado un hostión, y además me he descalabrao. Al ver la sangre en el suelo he comenzado a pensar en aquella novia vampira que tuve, aquella que cuando me veía derrotado por los alucinógenos sacaba un alfiler, me pinchaba, y se ponía a sorber. No me digan que no es una bella muestra de amor. Pero, bueno, supongo que todos hemos tenido una novia vampira, y además no es de eso de lo que quería hablar. De lo que quería hablar es del por qué del fallo motriz, y es que he de reconocer que desde ayer me manejo como un zombi, y voy por la calle chocando con los transeúntes y metiendo el pie en cada alcantarilla. El motivo no es otro que el haber visto en un bar, surgiendo espléndida de entre una marisma de cuerpos y vapores, a la dependienta de la tienda de ropa de la esquina, tocada con un vestidito de seda estampado de flores en tonos pastel, vestidito que se desparramaba como una poesía sobre sus descomunales caderas. Verlo y entrar en estado catatónico fue todo uno, y, eso, que aún no me he recuperado. De hecho, mi primera reacción a tan celestial visión consistió en hacer, básicamente, el ridículo. Reuní mis mejores frases, las infalibles, le dije a los míos que me deseasen suerte, y a por la rotunda morenaza que me fui. Cuando atraje su atención y comencé mi speech, lo único comprensible que salió de mi boca fue un "hola", porque todo lo demás fueron tartamudeos y frases inconexas que ella recibió con una sonora carcajada. Yo le dije entonces, consciente del fracaso de la misión, "bueno, reina, mejor lo dejamos para otro momento", y ella respondió "sí (risas), vale (risas), mejor otro día (risas)". Y no, que de ninguna manera se me van de la cabeza sus caderas, y aquí estoy sepultado entre las mil cosas acumuladas que requieren mi atención inmediata y, nada, que soy incapaz de concentrarme. Y encima tengo la cabeza abierta como un centollo. Esta primavera, señores, ay, esta primavera va a ser un dolor.
La ilustración pertenece al hentai Bible Black, vía Bakunyuu.
miércoles, marzo 08, 2006
Los gemelos Ibáñez
No sé si habreis leído la noticia de las dos gemelas colombianas que según la prensa local han fallecido el mismo día, a la misma hora, del mismo mal, en lugares diferentes. Yo la leí ayer e inmediatamente vino a mi memoria la historia de los gemelos Ibáñez. Bueno, les llamábamos gemelos pero eran mellizos, iguales como dos gotas de agua. Los gemelos Ibáñez vivían en mi barrio, y eran bien conocidos no sólo por que los gemelos no abundan sino también porque eran hijos de la peluquera, y bastaba con llegar al vecindario para verles siempre en la calle. Hay que decir que para los gemelos Ibáñez su condición de gemelos era una anécdota más, ya que en su familia era algo habitual: su madre y su tía eran gemelas, como también la madre de su madre y su hermana. Lo que ya no era una anécdota era el cómo éstos se odiaban, cómo parecían vivir tan sólo para causarle el mal a su hermano. Así, se gastaban bromas pesadísimas, se agredían con saña, se robaban los bienes personales, incluídas las novias, y no paraban de lanzar falsos rumores sobre el otro. Yo durante un tiempo frecuenté a uno de ellos, pero en general traté de mantener una distancia prudencial ya que me resultaba un tipo escalofriante, con quien bastaba pasar unos minutos para que te comentase lo muchísimo que deseaba que su hermano sufriese, para que te mostrase cómo respiraba a través del odio a su gemelo. Aquello, como comprendereis, resultaba aterrador, ya que si una disputa con un hermano ya tiene un algo de masoquismo, de infligirse daño a uno mismo, esto llegaba a ser más bien como contemplar a alguien lanzando piedras hacia su propia imagen reflejada en un espejo.Hace un tiempo me encontré a un viejo amigo del barrio y estuvimos hablando del pasado y, claro, surgió el tema de los gemelos Ibáñez. Me contó que había oído que uno de ellos sufrió años después una grave enfermedad renal, por la que se hacía necesario realizarle un trasplante. El médico al enterarse de que tenía un gemelo le dijo a su mujer, que por otra parte había sido antes prometida del otro, que aquello podía ser su salvación ya que si recibía un riñón de su hermano evitarían todo riesgo de rechazo. Ella a pesar del miedo que le tenía a su cuñado reunió fuerzas y de la mano de la madre de los gemelos fue a verle, ya que aunque no tenía la menor duda sobre lo que el otro respondería ni sobre lo mucho que les odiaba, pensó que al menos merecía la pena intentarlo. Cuando le contaron toda la historia, y para sorpresa incluso de su madre, él les dijo que por supuesto que lo haría, que le debían haber avisado antes, y que, es más, iría al hospital en ese mismo momento. Sin embargo, al hacerle las numerosas y exhaustivas pruebas previas a la delicada intervención los médicos descubrieron que padecía la misma enfermedad que su hermano, y que esta, aún en estado embrionario, era ya irreversible. Y también me contó este viejo amigo que quien les ha ido a visitar les ha visto en la misma habitación, conectados a una máquina para sobrevivir, peleando por el mando de la televisión, lanzándose la comida a la cara, y hablando cada uno de ellos sin el menor reparo de lo encantados que están de poder ver al otro en tan lamentable estado.
martes, marzo 07, 2006
Los muertos odian el número dos
Se conocían a consecuencia de los eternos veranos gastados en pandilla adolescente y, al interesarles desde siempre cosas parecidas y disfrutar de un sentido del humor muy parejo habían tratado de mantener el contacto a lo largo de todos estos años, y lo cierto es que lo habían logrado. Ahora disfrutaban de una agradable amistad salpicada de complicidad, que mantenían viva él invitandola de cuando en cuando a acompañarle a algún concierto, y ella invitándole a alguna de esas fiestas que organizaba como modo de ganarse la vida. Hacía poco que se habían visto por última vez, por lo que a él le sorprendió oír un mensaje suyo en el contestador diciendo que la llamase. Lo hizo, y fue entonces cuando ella le comunicó que se casaba, así que tras la primera explosión de risas decidieron quedar el día siguiente para tomar algo y celebrar así el enlace.Ese día se acercaron a un bar y rieron con las viejas bromas de siempre, luego decidieron alargar la tarde acudiendo a cenar a un restaurante cercano, y al final acabaron en un club imaginando el futuro con ironía, hablándose muy alto por el elevado volumen de la sala y muy despacio por el abundante alcohol consumido. Al salir de aquel bar, él le dio dos besos y con una sonrisa le dijo "bueno, nos llamamos antes, ¿vale?", pero ella con gesto gélido respondió "¿eso es todo?". El dijo entonces "no entiendo" y ella con un movimiento brusco dió media vuelta e iniciando una carrera le espetó un "vete a la mierda". El la alcanzó, y agarrando su hombro preguntó "¿qué ocurre?" y ella se giró y tratando de contener las lágrimas le replicó con una dicción nerviosa "chico, con lo listo que pareces para unas cosas, hay que ver lo tonto que eres para otras". El bajó la mirada, se otorgó unos segundos de silencio, y al levantar sus ojos dijo de nuevo "no lo entiendo...", y ella sentenció: "yo sin embargo ahora ya lo entiendo todo", para a continuación alejarse colocándose incómoda el abrigo, del que de repente se sentía extranjera. En verdad, de repente se sentía extranjera de todo. Esta vez, él no hizo la menor intención de ir detrás de ella, sino que encendió con parsimonia un cigarrillo y se sentó en un escalón a preguntarse qué hubiera sido de su vida si...
Título extraído del 'Pequeño poema infinito' de Lorca ("pero el dos no ha sido nunca un número, porque es una angustia y su sombra..."). Fotografía de Erin Frost.
lunes, marzo 06, 2006
Crash
Frecuenté hace un tiempo a un tipo que opinaba que lo de acertar la lotería no era cuestión de azar, sino de ser capaz de desearlo lo suficiente. Cada sábado se acercaba a una administración de lotería, guardaba el boleto sin mirarlo, y al día siguiente al comprobar en el periódico los números premiados se concentraba en que aquellos números fuesen los suyos. Antes de sacar el boleto del bolsillo resoplaba, y cuando no acertaba ni uno se culpaba por no haberlo deseado con suficiente empeño, o recordaba haber mostrado una ligera duda en el momento de la compra. Cuando los dos primeros números que comprobaba coincidían con los suyos, pero no así los demás, se culpaba por haberse desconcentrado, por haberse sumergido con demasiada anticipación en la alegría del éxito. Y no es que le otorgase a ese deseo una característica en absoluto parapsicológica, no, todo lo contrario: aquello formaba parte de su manía por humanizarlo todo, por darle a cada cosa una explicación que se dirigiese siempre de dentro a fuera. Para él, palabras como azar y destino significaban por tanto bien poco, e incluso cuando se refería al amor, ese gran misterio, lo explicaba mediante teorías que hablaban de complicados procesos químicos y conductas adquiridas.Y me gustaría acabar esta historia dándole un giro fantástico, un final sorpresa, hablando de un día en el que sus deseos hubiesen traspasado la barrera de la lógica. Pero la realidad, siempre tan prosaica, nos deja un final bien diferente, y el comienzo de este fin se remonta a una mañana de sábado en la que nuestro hombre conduce hacia un pueblo costero acompañado de su hija y su mujer. Esta abre la guantera del coche y saca el boleto que su marido ha comprado esa misma mañana, y éste al verlo aparta unos instantes la vista de la carretera para decirle que no mire los números, al mismo tiempo que un conductor cansado que circula por el carril contrario se duerme y provoca el violento impacto de ambos vehículos. Nuestro hombre sale despedido por una ventana y resulta milagrosamente ileso, pero mujer e hija fallecen atrapadas en un amasijo de hierros. Dicho fin se cierra con nuestro hombre, tras mes y medio de atención psicológica, cerrando las ventanas de su cocina y poniendo toallas bajo las puertas, para después abrir al máximo la llave del gas. Y yo, aquí, sigo dándole la razón en cuanto a que hay cosas que se pueden explicar hablando de algo más que azar y destino. Pero también creo que hay otras que no, no se pueden conseguir, por mucho que uno las desee lo suficiente.
Fotografía de Floria Sigismondi.
domingo, marzo 05, 2006
Your ex-lover is dead!
"When there's nothing left to burn,
you have to set yourself on fire".
Stars. Canadienses, de Montreal. Del mismo sello que Broken Social Scene, con quienes comparten no sólo el gusto por las voces mixtas y el pop luminoso, sino también algún que otro miembro. Tienen tres discos (recomendables los dos últimos) en los que no se averguenzan de proclamar referentes tan obvios como Smiths, New Order o Momus. Este "Your ex-lover is dead" es el tema que abre su último LP "Set yourself on fire", un canción en la que las voces de Torquil y Amy se funden de forma milimétrica bajo una preciosista sinfonía de cuerdas, una canción que consigue ser pop sin necesidad de incrustar un estribillo. El primer single del mismo disco, el eufórico "Ageless Beauty", lo pueden ver aquí, y el último, el prefabsprouteado "Reunion", acá.
Y si este rollo les seduce, no dejen de echarle un ojo a otra canadianada como Metric, y esta actuación en la que su cantante dice que se aburre, y que quiere que le pongan en televisión a bandas como Stars, Dears, Unicorns...
viernes, marzo 03, 2006
Ghetto blaster
Me llevó a su casa, y tras pasar junto a la habitación de su hermana, de donde salía una música infame a volumen excesivo, entramos en la suya y me dijo: "es ahí". No, no se me asusten, que no les voy a distraer con una de esas cochinaditas que de cuando en cuando les arrojo, que esta vez estoy hablando de mis catorce años, cuando el instinto predador resistía agazapado en estado latente. Vamos, que no les voy a soltar un rollo genital sino analógico. Porque estamos de acuerdo en que lo contrario de lo analógico no es lo digital, sino lo genital, ¿verdad? Bueno, yo sigo. Ella dijo: "es ahí", señalando la escena del crimen, una doble platina marca AIWA con sistema Dolby de última generación y botones grandes como manzanas, todos negros menos el de grabar, que era rojo, como mandan los cánones, y con un botón para el play y otro para el pause, que entonces aún no se llevaba lo de ahorrar en menudencias. Me había dicho "tú que sabes de música, a ver si lo puedes arreglar", y lo que había que arreglar era nada menos que una cinta que se había enrrollado en el cabezal del aparato. Comencé por abrir la tapa y soplar, que queda siempre muy elegante, y le dije que me trajese un cuchillo, pero de poco filo, que no queríamos que la cinta sufriese. Me trajo uno de pescado y asentí: "espléndido", y luego le dije que sujetase con mucha suavidad de ambos extremos de la cinta y que, a mi orden, tirase con suavidad. Introduje el cuchillo en el cabezal, y la cinta quedó liberada de su ratonera. Ella suspiró de alivio pero le tuve que decir que aún no había que cantar victoria, que había una sección excesivamente dañada que amenazaba con volver a enrrollarse, y que habría por tanto que extirparla, y que en todo caso debíamos en primer lugar de cambiarle la carcasa ya que ésta ejercía una excesiva presión sobre las bobinas, que no giraban con comodidad, facilitando la avería. Avisté entonces sobre la estantería una BASF virgen tipo C-90 y le dije que me la alcanzase, y sacando un destornillador de estrella la destripé con exquisita precisión. Ella al ver su interior dijo "ooh", y yo, crecido, le solicité que sujetase el plastiquillo de dos agujeritos transparente, que lo íbamos a necesitar, y después con un par de movimientos de gran pericia sujeté las bobinas de la cinta original, que había abierto anteriormente con mucha menos delicadeza (¿por qué las originales iban pegadas y no atornilladas?), y las trasladé a la BASF, donde procedí a girar las ruedas hasta dejar la doble pista en el sitio adecuado, para luego permitir a la chavala que devolviese a su sitio el plastiquillo inutil, hazlo tú, para que se sintiese partícipe del éxito de la operación, por profundizar en la socialización del momento. Después hubo tan sólo que alinear la tapa superior, cerrar y atornillar. La muchacha estaba realmente fascinada y su cara adquirió un tono definitivamente entregado cuando le dije: "ahora traeme unas tijeras y esmalte de uñas". Corté entonces la zona dañada, y apliqué el esmalte sobre uno de los extremos seccionados para después con una ligera presión montarlo sobre el otro. "Ahora hay que dejarlo secar unas horas y mañana habrá recuperado su funcionalidad". Ella, alucinada, me preguntó cómo había aprendido a hacer aquello, y yo le dije que eso era una larga historia. Aunque ya sabemos todos que a esas edades aún no existen las historias largas.* Moraleja número uno: aprende a hacer muchas cosas por tontas que parezcan, que siempre puede haber cerca una damisela en apuros.
* Moraleja número dos: no te alegres demasiado de tu pericia en una labor determinada, porque es posible que en unos años no te sirva absolutamente para nada.
* Corolario: si eres demasiado joven y no has entendido nada de lo que he dicho, visita en la wikipedia los términos cassette y analógico.
La imagen pertenece a este museo de la boombox.
jueves, marzo 02, 2006
En volandas
Se acercó con decisión hasta mi mesa y sin dedicarme una sóla mirada introdujo un papel doblado en el bolsillo de mi camisa. He visto como me miras, tú también me gustas, quiero que me tires del pelo, te espero en los servicios. Eso ponía, así que me acerqué y allí estaba, aguardando sentada sobre la taza, mascando chicle, con su pelo tan liso, tan largo, tan negro, tan brillante, cayéndole sobre los hombros. Sin decir ni una palabra me bajó los pantalones, y agarrando mis caderas comenzó a sincronizar sus latidos a los míos. Yo recogí con la mano derecha el pelo que caía sobre su hombro izquierdo, y con mi izquierda el de su derecha, y sujetando aquellas improvisadas coletas comencé a balancear su cabeza en un movimiento pendular de deliciosa regularidad. Sí, era cierto que me gustaba, desde aquel día en que encaramados a la barra de ese mismo bar perpetrando una conversación de inenarrable estupidez ella me dijo: por quién me tomas, no soy ninguna cría, tengo 23 años. Distraído en el recuerdo de su voz solté su pelo, y ella se levantó y dándome la espalda puso las manos sobre el lavabo. Así que esta vez recogí su cabello desde la nuca y tiré de él, por lo que su cara quedó enfrentada al espejo. Me miró a través de él, sin apenas parpadear, y supongo que sería mi contaminado torrente sanguineo unido al rítmico ir y venir de sus ojos lo que hizo que comenzase a descubrir en su cara rasgos de otras, otras a las que hacia tiempo que no veía. Al denotar la confusión en mis ojos se incorporó y con un ademán delicioso pegó el chicle en el cristal, en el mismo sitio que hace unos instantes reflejaba su mirada negra, para después, tras un salto perfecto, obligarme a llevar en volandas aquella complexión tan liviana, tan perfecta, sus brazos en mi cuello, mis manos en sus nalgas. Comenzó entonces a debatirse en una lucha interior en la que una parte de ella parecía querer decirme algo y la otra se lo impedía, y se acercaba temerosa para después alejarse entre gestos de negación, y así continuó hasta que con un gesto de abandono y rendición puso sus labios en mi oreja y recogiendo todas las fuerzas que le quedaban me dijo: "Sí".Ilustración de Yock (ojo, que duele), vía El Blog Rarito.
miércoles, marzo 01, 2006
A pasos de cebra

En la vida uno se topa con dos tipos de día: por un lado, están esos en los que vas con prisa, casi corriendo, y al llegar a cada paso de cebra el semáforo está siempre en rojo. Y luego existen esos otros en los que vas con prisa, casi corriendo, y al llegar a cada paso de cebra el semáforo está siempre en rojo, pero no vienen coches por ninguno de los lados.
Ilustración de Sas Christian.
I saw him playing chess with Death yesterday
No sé ustedes, pero yo el siempre delicado despertar posterior a un desengaño suelo gastarlo echándome una partida de ajedrez de incierto resultado, ya que la juego en simpar duelo igualado, yo contra mí mismo. Y no se rían, que seguro que por aquí hay alguno de los que se dedican a barrer la casa oyendo a Gloria Gaynor o a atiborrarse de Haagen Dazs mientras ven 'Cuatro Bodas y un Funeral'. Bingo, ¿eh?. En fin, les diré también que en el transcurso del juego a lo que me dedico es no tanto a ganar(me) como a visualizar derrotas, a saborear las mil formas de morir, algo que encuentro extremadamente placentero y relajante. Es esta una costumbre que adquirí hace años, cuando en competición la partida se presentaba sencilla hasta el sopor. Entonces me entretenía no ya en buscar las diferentes formas de llegar a la victoria, como dicta el manual, sino las múltiples de encaminarme al despeñadero. Si no ataco ahora su caballo, perdería en siete movimientos. Si hiciese este sacrificio contra siciliana la derrota estaría clara en cinco. Cosas de ese estilo. Este ritual nace, como casi todo, de una casualidad, en forma de una partida en la que juventud y suficiencia se unieron para jugarme una mala pasada, en la que un exceso de confianza me llevó hasta una situación de clara derrota. Tras los primeros instantes de pavor, de recriminación, de intentar encontrar un resquicio para llegar a las tablas, y al fin consciente de que nada era ya posible, tan colosal había sido mi error, encontré un cierto deleite en la simple espera del fin. Sí, me pareció una bonita experiencia la de visualizar la propia muerte, la de conocer su hora exacta y saber sin atisbo de duda el cómo se habría de producir. Era una metáfora fascinante: el tablero, el blanco y el negro, el reloj, el jaque, la muerte. Luego, cuando mi oponente opuso a mi juvenil error otro infantil que me volvió a meter en la partida hasta el punto de llevármela sin mayores complicaciones, he de decir que junto a la alegría de la victoria inesperada sentí algo aún más fuerte: la nostalgia de la desesperanza, una nostalgia que después he vuelto a sentir en numerosas ocasiones, y ya sin tableros de por medio. Y vamos a dejarlo aquí, que me estoy poniendo demasiado cáustico y coñazo. Me voy al bar.Fotografía de Steven Ian.
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