lunes, marzo 06, 2006

Crash

Frecuenté hace un tiempo a un tipo que opinaba que lo de acertar la lotería no era cuestión de azar, sino de ser capaz de desearlo lo suficiente. Cada sábado se acercaba a una administración de lotería, guardaba el boleto sin mirarlo, y al día siguiente al comprobar en el periódico los números premiados se concentraba en que aquellos números fuesen los suyos. Antes de sacar el boleto del bolsillo resoplaba, y cuando no acertaba ni uno se culpaba por no haberlo deseado con suficiente empeño, o recordaba haber mostrado una ligera duda en el momento de la compra. Cuando los dos primeros números que comprobaba coincidían con los suyos, pero no así los demás, se culpaba por haberse desconcentrado, por haberse sumergido con demasiada anticipación en la alegría del éxito. Y no es que le otorgase a ese deseo una característica en absoluto parapsicológica, no, todo lo contrario: aquello formaba parte de su manía por humanizarlo todo, por darle a cada cosa una explicación que se dirigiese siempre de dentro a fuera. Para él, palabras como azar y destino significaban por tanto bien poco, e incluso cuando se refería al amor, ese gran misterio, lo explicaba mediante teorías que hablaban de complicados procesos químicos y conductas adquiridas.

Y me gustaría acabar esta historia dándole un giro fantástico, un final sorpresa, hablando de un día en el que sus deseos hubiesen traspasado la barrera de la lógica. Pero la realidad, siempre tan prosaica, nos deja un final bien diferente, y el comienzo de este fin se remonta a una mañana de sábado en la que nuestro hombre conduce hacia un pueblo costero acompañado de su hija y su mujer. Esta abre la guantera del coche y saca el boleto que su marido ha comprado esa misma mañana, y éste al verlo aparta unos instantes la vista de la carretera para decirle que no mire los números, al mismo tiempo que un conductor cansado que circula por el carril contrario se duerme y provoca el violento impacto de ambos vehículos. Nuestro hombre sale despedido por una ventana y resulta milagrosamente ileso, pero mujer e hija fallecen atrapadas en un amasijo de hierros. Dicho fin se cierra con nuestro hombre, tras mes y medio de atención psicológica, cerrando las ventanas de su cocina y poniendo toallas bajo las puertas, para después abrir al máximo la llave del gas. Y yo, aquí, sigo dándole la razón en cuanto a que hay cosas que se pueden explicar hablando de algo más que azar y destino. Pero también creo que hay otras que no, no se pueden conseguir, por mucho que uno las desee lo suficiente.

Fotografía de Floria Sigismondi.
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