Se enfada porque me pide que la agarre del pelo y la llame puta y le digo que no. Se enfada, se tumba dándome la espalda, y cuando le pongo la mano en el hombro se levanta y entra en el baño dando un portazo. No es que yo tenga nada en contra de tales prácticas, todo lo contrario, aquí se han llegado a utilizar materiales que requerían de una concienzuda esterilización previa, y alguna mañana, al volver la vista atrás, hubiera podido afirmar que esto se asemejaba más al escenario de un crimen que a un lugar de descanso. Pero en esta ocasión no me ha parecido que estuviese ante un jugar o un experimentar, sino ante un darse una bofetada con la mano de otro, y al imaginar el final de la escena no he visto una sonrisa cómplice sino una lágrima, una mujer desnuda llorando, el infierno.
Me levanto y voy hasta la puerta del baño.
- ¿Estás bien?
- Déjame en paz.
Si estuviésemos inmersos en una larga relación se le podría encontrar a todo esto alguna explicación, cuando un silencio significa un reproche, cuando un gesto torcido adelanta un vaticinio. Pero apenas nos conocemos desde hace cuatro horas, aún no es tiempo de conjeturas. No entiendo nada, y lo que de verdad me apetecería ahora es vestirme y largarme, pero no parece lo más inteligente dado que estamos en mi casa.
- Venga, sal y te doy una patada en la rodilla si quieres.
Pego el oído a la puerta. Nada.
- O asoma los dedos y te los pillo con la puerta, va.
Nada. También se me ocurre que quizás haya malinterpretado las señales, claro. Que tal vez me encuentre ante una persona que ha necesitado reunir todo su valor para pedir lo que quería, ante lo cual yo, siendo como no soy, la he tratado como la habría tratado cualquiera. Y de repente me pica la espalda y no me apetece otra cosa que hundir la cabeza en la pared, y no sé si es porque estamos en Diciembre o porque me siento la mar de decepcionante. Ella ha puesto todo lo que tenía y yo no he puesto nada. Y me siento en deuda, una deuda que no se paga con dinero de otro. Así que me siento y apoyo la cabeza contra la puerta. Y luego le cuento lo del accidente.
lunes, diciembre 26, 2011
jueves, marzo 10, 2011
Lovesong
Me despierta el sonido de la alarma del teléfono. Sin embargo, según voy recuperando la consciencia me doy cuenta de que lo que suena no es la alarma sino una llamada. Cojo el teléfono, para ver quién llama, y el telefono me dice que quien llama es ella. Suelto el teléfono, aterrado. Los ojos como platos, el corazón a doscientos. ¿Qué demonios pasa aquí? Respiro profundamente, vuelvo a mirar el teléfono, y no, lo que suena no es una llamada, sino la alarma. La apago. Poco a poco me voy calmando y me convenzo de que el paso del sueño a la vigilia me ha jugado una mala pasada, nada más. Miro alrededor y no reconozco nada. Es lo que siempre me pasa, a pesar de que llevo casi diez años despertando regularmente en el mismo sitio. Más tranquilo, voy reestableciendo mis coordenadas espaciales. Ahí la puerta, a la derecha el baño, a la izquierda un pasillo, luego el salón. Me incorporo y miro el reloj. Las diez. Voy hasta el salón, luego hasta el equipo, pongo un disco, me dirijo al baño, me lavo la cara y vuelvo a la habitación. Miro el reloj. Las once. No puede ser. Eran las diez no hace ni cinco minutos. Pero no oigo música, y el disco que acabo de poner debería seguir sonando. A no ser que haya pasado una hora. Algo no va bien. Algo no va nada bien. Vuelvo corriendo al baño y me examino antebrazos y muslos. Nada. Apoyo la cabeza contra la pared más cercana y doy varios golpes. Piensa, piensa, piensa. La angustia me cierra la garganta. Piensa, piensa. Vuelvo al salón, pongo otro disco, extiendo la alfombra y me dispongo a hacer mi tabla de ejercicios matinal. Esto debería ayudar. La tabla se fundamenta en ejercicios de pocas repeticiones y gran intensidad, con especial atención al apartado postural, organizados a partir de varios módulos. El primero trabaja el tercio medio, los siguientes el tren superior e inferior, vuelta al tercio medio, y un último módulo dedicado a estiramientos. Total, alrededor de media hora. La inquietud me impide respirar con facilidad, lo cual dificulta determinadas maniobras, pero acabo completando el programa sin mayor problema. Recojo la alfombra y voy al baño a darme una ducha. Estoy mucho más calmado, pero aún así evito mirarme al espejo, evito mirar hacia la ventana y cuando entro en la ducha evito mirar el sumidero. Dejo que el agua caiga directamente sobre mi cara, mientras lentamente recupero el aliento. Luego abandono el baño y vuelvo a la habitación. Miro el reloj. Las doce. No puede ser. Eran las diez no hace ni cinco minutos. Pero no oigo música, y el disco que he puesto debería seguir sonando. A no ser que hayan pasado dos horas. Algo no va bien. Algo no va nada bien. Vuelvo corriendo al baño.
viernes, diciembre 31, 2010
Unos zapatos negros
La voz que sale de los altavoces sentencia: "once more the sound of crying is number one across the earth", y mi vista, dueña de sí misma, se eleva sobre el libro que estoy leyendo y queda fijada en ese pobladísimo espacio que habita entre la lectura y ninguna parte. Entonces, vete a saber por qué, me da por pensar en la colección de oxfords de Marta. Le recuerdo unos bicolor, en crema y marrón, que solía ponerse en días nublados. Estos zapatos se llevan con paraguas, decía. Recuerdo también unos burgundy con doble hebilla y punta cepillada que le gustaba llevar con unos pantalones de espiga grises cogidos justo por encima del tobillo. Y recuerdo sobre todo aquellos Church's en negro pulido, unos zapatos espectaculares, de verdad preciosos. Diana, que estos días se dedica a aprender a hacer punto, repara en mi presencia ensimismada, suelta las agujas y pregunta.
- ¿En qué piensas?
- En zapatos.
- ¿No tienes suficientes?
Pienso en los pies de Marta. Una mujer muy alta, piernas infinitas, pies grandes. Pienso también en los de Diana, siempre descalza en casa, pies finos y suaves pero de tendones poderosos, de nadadora experta. Y luego pienso en los de ella, y recuerdo un día en la playa, ella corriendo delante de mí y salpicandome de arena. Pero en realidad no sabría decir si es un recuerdo o el recuerdo de una fantasía. Cada vez me pasa más a menudo. Miro una fotografía y pienso que fue tomada un día determinado, y recuerdo el día entero, un viaje, unas vacaciones, una boda. Pero al final no estoy seguro de si ese viaje fue así, de si esas vacaciones existieron, de si alguna vez fuimos juntos a una boda. Y así todo. El verdadero dolor llega cuando ya no recuerdas qué era exactamente lo que te dolía. Se llama vacío. Estamos a 31 de Diciembre y aún no he roto nada. Feliz año.
- ¿En qué piensas?
- En zapatos.
- ¿No tienes suficientes?
Pienso en los pies de Marta. Una mujer muy alta, piernas infinitas, pies grandes. Pienso también en los de Diana, siempre descalza en casa, pies finos y suaves pero de tendones poderosos, de nadadora experta. Y luego pienso en los de ella, y recuerdo un día en la playa, ella corriendo delante de mí y salpicandome de arena. Pero en realidad no sabría decir si es un recuerdo o el recuerdo de una fantasía. Cada vez me pasa más a menudo. Miro una fotografía y pienso que fue tomada un día determinado, y recuerdo el día entero, un viaje, unas vacaciones, una boda. Pero al final no estoy seguro de si ese viaje fue así, de si esas vacaciones existieron, de si alguna vez fuimos juntos a una boda. Y así todo. El verdadero dolor llega cuando ya no recuerdas qué era exactamente lo que te dolía. Se llama vacío. Estamos a 31 de Diciembre y aún no he roto nada. Feliz año.
miércoles, noviembre 17, 2010
Whatever words I say, I will always love you
Hago así con los brazos y de repente me siento estúpido, mediocre, muy mayor. La chica que baila conmigo no piensa igual, mira qué bien, y celebra la maniobra levantando una mano y pegando un grito. Woohoo. Luego mueve las caderas de derecha a izquierda y de izquierda a derecha con una cadencia exquisita, y de inmediato decido que preferiría morirme ahora mismo a no acabar con ella esta noche. Se acerca y nos miramos a los ojos, y sonreímos y bajamos la cabeza, y volvemos a subirla y de nuevo nos miramos, pero ya no sonreímos, y luego nos besamos, un beso de amanecer torpe, de narices desacompasadas y ojos abiertos.
- Sabes a kikos.
- Tú sabes a patatas fritas.
- Dicen que en los bares ponen frutos secos para que tengamos sed y bebamos más.
- Eso dicen.
A continuación se produce un silencio incómodo, como de reproche.
- Tengo chicles, ¿quieres uno?
- Vale.
Después me cuenta que le acaba de salir un papel humilde en minutaje pero de capital importancia. Que se acuesta con el protagonista, una escena muy tórrida, luego no quiero problemas, eso le han dicho, y después se levanta de la cama y se acerca al baño desnuda y el público al verle el culo de repente lo entiende todo, a la vez que lo hace también el protagonista. Pues está muy bien, le digo, y ella asiente. Sí que está bien. Luego me cuenta que desde su ventana se ve el dormitorio de un chaval que se masturba mucho, y me cuenta no sé qué de unas becas, y también me dice que lo que más le gusta de mí es que sé escuchar, lo cual es mentira pero me lo callo, que tampoco es cuestión de llevarle la contraria. Y algo más tarde, mientras juego a revolver a soplidos el discreto vello rubio que se le eriza en el remate de la columna dorsal, se me ocurre que quizás alcancé demasiado joven ese punto en el que uno comienza a arrastrar más entierros que bautizos, y de paso concluyo que hay algo en mí que me haría el candidato perfecto para un buen programa de protección de testigos.
- Sabes a kikos.
- Tú sabes a patatas fritas.
- Dicen que en los bares ponen frutos secos para que tengamos sed y bebamos más.
- Eso dicen.
A continuación se produce un silencio incómodo, como de reproche.
- Tengo chicles, ¿quieres uno?
- Vale.
Después me cuenta que le acaba de salir un papel humilde en minutaje pero de capital importancia. Que se acuesta con el protagonista, una escena muy tórrida, luego no quiero problemas, eso le han dicho, y después se levanta de la cama y se acerca al baño desnuda y el público al verle el culo de repente lo entiende todo, a la vez que lo hace también el protagonista. Pues está muy bien, le digo, y ella asiente. Sí que está bien. Luego me cuenta que desde su ventana se ve el dormitorio de un chaval que se masturba mucho, y me cuenta no sé qué de unas becas, y también me dice que lo que más le gusta de mí es que sé escuchar, lo cual es mentira pero me lo callo, que tampoco es cuestión de llevarle la contraria. Y algo más tarde, mientras juego a revolver a soplidos el discreto vello rubio que se le eriza en el remate de la columna dorsal, se me ocurre que quizás alcancé demasiado joven ese punto en el que uno comienza a arrastrar más entierros que bautizos, y de paso concluyo que hay algo en mí que me haría el candidato perfecto para un buen programa de protección de testigos.
martes, octubre 26, 2010
Ahora no me irás a montar una escena
Ultimamente apenas despierto sobresaltado. Supongo que estaré pasando una mala racha. Ultimamente apenas me asalta ningún recuerdo, en ocasiones me pregunto si debería sacarme el carnet de conducir, y en general he de reconocer que vengo encontrando solaz en las más estúpidas rutinas de la vida. Supongo que estaré deprimido. Ayer fuimos al cine, y después nos tomamos dos coca-colas mientras comentábamos la jugada, y luego me metí en la cama más contento que unas castañuelas. Más tarde, en silencio y a oscuras, llegué a la conclusión de que casi todos los que considero los momentos más preciados de mi vida tienen algo que ver con el fracaso. Que los éxitos los he vivido siempre como si fuesen de otro, como si fuese un espectador, y que menudo desperdicio. Luego me acordé de aquella preciosidad que bailaba el True Blue en lo alto de una escalera, y también de aquel breve encuentro con un ángel, cuando atravesaba uno de los peores momentos de mi vida y un ángel se acercó y me puso la mano en un hombro y me dijo "¡no te preocupes, todo va a salir bien!" y luego me dijo "¡soy de Murcia!" y mientras se alejaba me lanzó un cinematográfico beso con la mano. En eso estuve pensando, en el True Blue de Madonna y en un ángel de Murcia, qué tontería. El problema es que pensé tan fuerte que desperté a Diana.
- ¿Qué dices?
- Nada. Sigue durmiendo.
Esta mañana he salido pronto de casa resuelto a finiquitar unos trámites mundanos, y al cerrar la puerta he visto allí pegada una nota amarilla, un post-it con un escueto "te quiero" escrito en minúsculas. No era la letra de Diana, eso seguro, así que he empezado a preguntarme la identidad del remitente. He pensado en la chica de los del tercero, que ha resultado ser un bombón, y con la que hace unos días estuve de risas en la cola del supermercado. Ahí tendríamos un problema. He pensado en la mujer del dentista, entregada de un tiempo a esta parte a los graves peligros de lo ambiguo. Y también he pensado en la chica de la inmobiliaria, o la gestoría, o lo que sea, que vuelve a saludarme cuando nos encontramos en el ascensor. Y así he pasado media hora, pensando en ésta y en aquella, y no ha sido hasta entonces, tras media hora de elucubraciones, cuando por primera vez se me ha ocurrido que quizás la nota no fuese para mí.
- ¿Qué dices?
- Nada. Sigue durmiendo.
Esta mañana he salido pronto de casa resuelto a finiquitar unos trámites mundanos, y al cerrar la puerta he visto allí pegada una nota amarilla, un post-it con un escueto "te quiero" escrito en minúsculas. No era la letra de Diana, eso seguro, así que he empezado a preguntarme la identidad del remitente. He pensado en la chica de los del tercero, que ha resultado ser un bombón, y con la que hace unos días estuve de risas en la cola del supermercado. Ahí tendríamos un problema. He pensado en la mujer del dentista, entregada de un tiempo a esta parte a los graves peligros de lo ambiguo. Y también he pensado en la chica de la inmobiliaria, o la gestoría, o lo que sea, que vuelve a saludarme cuando nos encontramos en el ascensor. Y así he pasado media hora, pensando en ésta y en aquella, y no ha sido hasta entonces, tras media hora de elucubraciones, cuando por primera vez se me ha ocurrido que quizás la nota no fuese para mí.
jueves, julio 29, 2010
Manos arriba, esto es un atraco
Ayer estuve sentado a una mesa llena de gilipollas. Probablemente ellos pensaban lo mismo de mí, pero eso no cambia mucho las cosas. Un gilipollas pidió un batido de vainilla, otro un zumo de pera y el resto pidieron otras cosas. Y mientras daban cuenta de sus meriendas los gilipollas mantenían acaloradas discusiones sobre lo que denominaban los males endémicos del mercado laboral, para a continuación pasar a avanzar sus inminentes vacaciones en hoteles con piscina en primera linea de playa. Así de gilipollas. Yo en esas situaciones me pongo muy nervioso, y rompo palillos y elaboro retorcidísimos fractales con servilletas y digo cosas en extremo inapropiadas. En esta ocasión me dio por narrar, con pelos y señales, con demasiados pelos y señales, la bonita historia del despertar al amor homosexual de dos hombres maduros, en un relato que incluyó en hasta cinco ocasiones la palabra esperma. Así que cuando me levanté de la mesa todos me odiaban casi tanto como yo a ellos. Bueno, todos no. Diana no me odiaba. Diana, mientras nos alejábamos, apoyaba su cabeza en mi brazo, y lo agarraba con fuerza, y luego me tomaba de la mano y la balanceaba como si esto fuese Paris, Paris en domingo, un domingo de mayo. Y me miraba y sonreía, y me volvía a mirar y volvía a sonreír.
- ¿¡Qué!?
- Nada.
Cuando le abro la puerta del supermercado o le canto "Are You Lonesome Tonight" después de cenar, Diana me quiere un poco. Pero cuando hago el ridículo, cuando meto la pata, entonces me quiere con locura. Si le regalo un bolso me quiere un rato, si monto una bronca con un taxista me saca el alma a besos. Si le salvase la vida a una anciana me daría un abrazo, si me cayese por las escaleras y me partiese la clavícula me pediría un hijo. Tengo la sensación de que me quiere bien, pero por razones completamente equivocadas. ¿Es eso conveniente? ¿Es eso bueno? Yo no lo sé. Lo que sé es que me siento como si hubiese metido un gol con la mano.
- ¿¡Qué!?
- Nada.
Cuando le abro la puerta del supermercado o le canto "Are You Lonesome Tonight" después de cenar, Diana me quiere un poco. Pero cuando hago el ridículo, cuando meto la pata, entonces me quiere con locura. Si le regalo un bolso me quiere un rato, si monto una bronca con un taxista me saca el alma a besos. Si le salvase la vida a una anciana me daría un abrazo, si me cayese por las escaleras y me partiese la clavícula me pediría un hijo. Tengo la sensación de que me quiere bien, pero por razones completamente equivocadas. ¿Es eso conveniente? ¿Es eso bueno? Yo no lo sé. Lo que sé es que me siento como si hubiese metido un gol con la mano.
martes, junio 08, 2010
Todo lo que quieras
- ¿Cómo que no?
- Pues eso, que no.
- ¿Y se puede saber por qué?
- Para empezar, porque tengo por norma no liarme con nadie que vaya más borracho que yo.
- Yo no estoy borracha.
- Has tirado dos copas.
- Se me resbalan.
- Ya.
- Venga, te dejo que me hagas lo que quieras.
- Muy amable, pero no, gracias.
- Todo lo que quieras.
- Gracias, pero no.
- Pero no me puedes rechazar, ¡soy famosa!
Me llevo la mano al bolsillo y finjo que me vibra el teléfono. Disculpa, tengo que coger esta llamada, digo, y me alejo con el móvil pegado a la oreja, fingiendo que alguien me habla. Una vez fuera del bar, apoyo la espalda en una pared, resoplo y guardo el teléfono. Luego lo vuelvo a sacar y llamo a Marta. Hola, hola, qué tal, qué tal.
- Vaya sorpresa. ¿Cuánto hacía que no hablábamos, seis meses?
- ¿Tanto?
- Tanto. Ahí será tardísimo, ¿no? ¿Qué hora es, las cuatro?
- Las dos. Es que estoy en un bar, y me estaba agobiando y he salido y he pensado en llamarte.
- Agobiado, ya. ¿Y cómo se llama el agobio? ¿La conozco?
- Pues a lo mejor sí, dice que es famosa. A mí no me suena.
La borracha sale del bar y con dos certeros movimientos de tobillo se saca los zapatos de tacón. Luego se agacha y los recoge. Va de la mano de un tío que viste una camisa espantosa, de esas azules con el cuello y los puños blancos. Detienen un taxi y se suben. Ella baja la ventanilla, y cuando el taxi arranca repara en mi presencia, apoyado en la pared, el teléfono en la mano. Nos miramos, y por un instante tengo la absoluta certeza de que me va a sacar un dedo y me va dedicar un jódete o un tú te lo pierdes o algo así. En cambio, lo que hace es bajarse un tirante del vestido y enseñarme un pecho. Me echo a reír.
- ¿Qué pasa?
- La famosa. Se ha subido a un taxi y me ha enseñado las tetas.
- Qué guarra. Venga, cuelga, que esto te va a salir por un ojo.
- Vale. Sólo una cosa más. Oye, ¿tú piensas que la culpa de todo fue exclusivamente mía?
- No sé, ¿tú qué piensas?
- Yo pienso que sí.
- Sí. Yo también.
- Pues eso, que no.
- ¿Y se puede saber por qué?
- Para empezar, porque tengo por norma no liarme con nadie que vaya más borracho que yo.
- Yo no estoy borracha.
- Has tirado dos copas.
- Se me resbalan.
- Ya.
- Venga, te dejo que me hagas lo que quieras.
- Muy amable, pero no, gracias.
- Todo lo que quieras.
- Gracias, pero no.
- Pero no me puedes rechazar, ¡soy famosa!
Me llevo la mano al bolsillo y finjo que me vibra el teléfono. Disculpa, tengo que coger esta llamada, digo, y me alejo con el móvil pegado a la oreja, fingiendo que alguien me habla. Una vez fuera del bar, apoyo la espalda en una pared, resoplo y guardo el teléfono. Luego lo vuelvo a sacar y llamo a Marta. Hola, hola, qué tal, qué tal.
- Vaya sorpresa. ¿Cuánto hacía que no hablábamos, seis meses?
- ¿Tanto?
- Tanto. Ahí será tardísimo, ¿no? ¿Qué hora es, las cuatro?
- Las dos. Es que estoy en un bar, y me estaba agobiando y he salido y he pensado en llamarte.
- Agobiado, ya. ¿Y cómo se llama el agobio? ¿La conozco?
- Pues a lo mejor sí, dice que es famosa. A mí no me suena.
La borracha sale del bar y con dos certeros movimientos de tobillo se saca los zapatos de tacón. Luego se agacha y los recoge. Va de la mano de un tío que viste una camisa espantosa, de esas azules con el cuello y los puños blancos. Detienen un taxi y se suben. Ella baja la ventanilla, y cuando el taxi arranca repara en mi presencia, apoyado en la pared, el teléfono en la mano. Nos miramos, y por un instante tengo la absoluta certeza de que me va a sacar un dedo y me va dedicar un jódete o un tú te lo pierdes o algo así. En cambio, lo que hace es bajarse un tirante del vestido y enseñarme un pecho. Me echo a reír.
- ¿Qué pasa?
- La famosa. Se ha subido a un taxi y me ha enseñado las tetas.
- Qué guarra. Venga, cuelga, que esto te va a salir por un ojo.
- Vale. Sólo una cosa más. Oye, ¿tú piensas que la culpa de todo fue exclusivamente mía?
- No sé, ¿tú qué piensas?
- Yo pienso que sí.
- Sí. Yo también.
viernes, mayo 28, 2010
Rozaduras
Cuando mi hija venía a visitarme al hospital le gustaba jugar a hacerse pasar por otros. Su abuela la traía de la mano, la soltaba cuando llegaba a la puerta, ella se quedaba fuera, y la niña entraba corriendo y empezaba la función. Cuando me encontraba en buen estado, sentado, leyendo, jugaba a hacerse pasar por otras personas de su entorno. Soy la profesora, decía, y hablando muy despacio me explicaba la forma correcta de lavarse los dientes. Soy la enfermera, decía, y hacía como que barría la habitación, y yo le decía tonta, que las enfermeras no barren, y ella se reía desconfiada. En cambio, cuando me encontraba en mal estado, las muñecas atadas con correas a los laterales de la cama, un tubo asomando por la boca, siempre se hacía pasar por objetos inanimados. Soy una ventana muy muy alta y me baña un señor subido en un columpio. Un día dijo que era un espejo, y se subió encima, imitándome, los brazos en cruz y la boca entreabierta, mirándome a los ojos, muy seria (¡pierde el primero que se ría!), y por un instante tuve la certeza de que, efectivamente, estaba frente a un espejo, un espejo mágico que sólo reflejaba las cosas buenas. Algo así como un filtro bondadoso. Algo así como un milagro.
Ahora, cuando me llama por teléfono, casi siempre dedica los primeros minutos de conversación a hacerse pasar por alguien. Buenas tardes, le llamamos de la web tetas enormes culos inmensos para agradecerle sus numerosas visitas. Cosas así. Y yo le sigo el juego y al final siempre acabamos riéndonos, aunque en realidad a mi todo eso me parte el corazón, porque siempre acabo acordándome de aquel día en que le dije que la culpa de todo era suya, aquel día en el que si en el mundo hubiese justicia alguien habría entrado de inmediato en la habitación para hacerme tragar esas y todas las palabras existentes, todas las que ya se han dicho y todas las que queden por decir. No debería de acordarme, estaba atiborrado de medicamentos, pero me acuerdo. Ella no debería de acordarse, sólo tenía cinco años, pero se acuerda. Cómo no se va a acordar.
Hace un par de semanas pasamos unos días juntos. Fuimos a cenar al restaurante mejicano de Lychener, y luego estuvimos tomando una copa en un bar cercano. Y allí, acodados en la barra, hablando de nuestras cosas, ella moviendo un pie al ritmo de la música, pensé: joder, qué raro es todo esto, y qué raro es todo siempre.
Ahora, cuando me llama por teléfono, casi siempre dedica los primeros minutos de conversación a hacerse pasar por alguien. Buenas tardes, le llamamos de la web tetas enormes culos inmensos para agradecerle sus numerosas visitas. Cosas así. Y yo le sigo el juego y al final siempre acabamos riéndonos, aunque en realidad a mi todo eso me parte el corazón, porque siempre acabo acordándome de aquel día en que le dije que la culpa de todo era suya, aquel día en el que si en el mundo hubiese justicia alguien habría entrado de inmediato en la habitación para hacerme tragar esas y todas las palabras existentes, todas las que ya se han dicho y todas las que queden por decir. No debería de acordarme, estaba atiborrado de medicamentos, pero me acuerdo. Ella no debería de acordarse, sólo tenía cinco años, pero se acuerda. Cómo no se va a acordar.
Hace un par de semanas pasamos unos días juntos. Fuimos a cenar al restaurante mejicano de Lychener, y luego estuvimos tomando una copa en un bar cercano. Y allí, acodados en la barra, hablando de nuestras cosas, ella moviendo un pie al ritmo de la música, pensé: joder, qué raro es todo esto, y qué raro es todo siempre.
lunes, mayo 03, 2010
Los amores mal curados y lo inevitable
Sobre la mesa hay varias tazas de café y un tarro con azucar. En el suelo hay un niño que juega a unir grandes piezas de goma espuma. Disfrutamos de la escasa exigencia de los momentos de ocio y participamos de conversaciones cruzadas que versan en su mayor parte sobre la idea del recuerdo. Las sonrisas son sinceras y los esfuerzos mínimos. En un momento dado Martina pide la palabra y sofoca una sonrisa y luego me pregunta si me acuerdo de aquello que hice para Calvin Klein. Todos me miran con interés. Sin perder la sonrisa respondo: ¿Calvin Klein? Yo no he hecho nada para Calvin Klein. Martina me mira, divertida, como si esperase un guiño de complicidad. Joder, Marti, que yo no he hecho nada para Calvin Klein. Miro alrededor y nadie parece creerme, lo cual me pone de muy mal humor.
Entonces oigo un chirrido estruendoso, como de tren frenando en una vía llena de piedras. Cuando el ruido se difumina estoy de pie en una habitación con las paredes cubiertas de telas. Estoy desnudo y abrazo a una muchacha que también está desnuda, salvo porque viste unos calzoncillos de hombre. Me abraza al tiempo que intenta que el roce sea lo más leve posible. No hay el menor cariño en el abrazo, tan sólo la intención de ocultar nuestra desnudez del objetivo de un fotógrafo que nos grita: ¡no expreseis nada, soy perfectos, no teneis sentimientos!
Entonces oigo otro chirrido, otro chirrido estruendoso. Y cuando vuelve el silencio estoy de pie en una habitación con las paredes cubiertas de telas. Delante de mí hay dos chavales abrazados. El está desnudo y ella lleva unos calzoncillos de hombre. Estoy de muy mal humor, porque ella es novata y está muy nerviosa y me temo que acabaremos perdiendo todo el día. Intento explicarles lo que quiero. Quiero que no muestren nada, que parezcan indescifrables, inalcanzables, de otra especie. Pero no va a servir de nada. Veo que vamos a perder todo el día.
Entonces oigo un chirrido. Luego el chirrido desaparece. Ahora la luz entra por una ventana. En la mesa varias tazas de café. En el suelo un niño jugando sólo. Mi enfado va en aumento. ¡Joder, que yo no he hecho nada para Calvin Klein!, grito. Todos me miran sorprendidos. ¿Calvin Klein? ¿Qué dices de Calvin Klein? ¿Qué te pasa, cariño? No entiendo nada. Me siento desorientado. Entonces suena un chirrido. Un chirrido estruendoso. Como de tren frenando en una vía llena de piedras. Cierro los ojos y cuando los vuelvo a abrir lo que hay, efectivamente, es exactamente eso. Un tren que descarrila. Ni más ni menos.
Entonces oigo un chirrido estruendoso, como de tren frenando en una vía llena de piedras. Cuando el ruido se difumina estoy de pie en una habitación con las paredes cubiertas de telas. Estoy desnudo y abrazo a una muchacha que también está desnuda, salvo porque viste unos calzoncillos de hombre. Me abraza al tiempo que intenta que el roce sea lo más leve posible. No hay el menor cariño en el abrazo, tan sólo la intención de ocultar nuestra desnudez del objetivo de un fotógrafo que nos grita: ¡no expreseis nada, soy perfectos, no teneis sentimientos!
Entonces oigo otro chirrido, otro chirrido estruendoso. Y cuando vuelve el silencio estoy de pie en una habitación con las paredes cubiertas de telas. Delante de mí hay dos chavales abrazados. El está desnudo y ella lleva unos calzoncillos de hombre. Estoy de muy mal humor, porque ella es novata y está muy nerviosa y me temo que acabaremos perdiendo todo el día. Intento explicarles lo que quiero. Quiero que no muestren nada, que parezcan indescifrables, inalcanzables, de otra especie. Pero no va a servir de nada. Veo que vamos a perder todo el día.
Entonces oigo un chirrido. Luego el chirrido desaparece. Ahora la luz entra por una ventana. En la mesa varias tazas de café. En el suelo un niño jugando sólo. Mi enfado va en aumento. ¡Joder, que yo no he hecho nada para Calvin Klein!, grito. Todos me miran sorprendidos. ¿Calvin Klein? ¿Qué dices de Calvin Klein? ¿Qué te pasa, cariño? No entiendo nada. Me siento desorientado. Entonces suena un chirrido. Un chirrido estruendoso. Como de tren frenando en una vía llena de piedras. Cierro los ojos y cuando los vuelvo a abrir lo que hay, efectivamente, es exactamente eso. Un tren que descarrila. Ni más ni menos.
jueves, abril 15, 2010
La farmacia de Ursula Bogner
Yo no estoy acostumbrado a que las cosas vayan a esta velocidad. Yo así me aburro. Y no hablo de un aburrimiento de los de empezar a buscar a tu padre biológico, hablo de un aburrimiento de los de meterte veinte kilos de explosivo debajo de la camisa. No es por dármelas de nada, pero a mí siempre me han pasado cosas. Muchas, y no todas me las he buscado ni las merecía. Desde que tengo uso de razón, si es que alguna vez lo he tenido, me he visto lidiando sin descanso con la exigencia, la expectativa, el éxito y el drama. Pero ahora va todo demasiado despacio. Hace unos días, al caer la tarde, bajé al supermercado, compré una pizza, subí a casa, cené, vi una película y me acosté. Al día siguiente, al caer la tarde, baje al supermercado, compré pan y embutido, subí a casa, cené, vi una película y me acosté. Y a las cuatro de la mañana desperté, los ojos como platos, y exclamé: oh, Dios mío. No es fácil hacerse pasar por zapato cuando siempre fuiste rueda.
Ayer vinieron a casa Sebas y su chica, y JM y la suya, y celebramos una cena de tres parejas con comida china y mucho vino, una cosa muy de treintañeros. En el transcurso de la misma, la chica de JM nos narró, con su habitual simpatía, escenas cotidianas de su lugar de trabajo, y Sebas nos habló de una chica de ojos azules natural de Coslada y de un director de cine medio imbécil. Más tarde, como sucede siempre, cada conversación fue convirtiéndose en dos y a veces hasta tres. Se estaba a gusto. En un momento dado entré en la cocina para rellenar la cubitera, y detrás entró la chica de Sebas. Se puso a mi lado y me dio un codazo amistoso.
- ¿Qué tal, forastero?
- Ya ves, aquí picando hielo.
- Hace mucho que no hablamos, tú y yo.
- Sí que hace, sí. ¿Tú qué tal estás?
- Yo bien, pero a tí te veo raro.
- ¿Raro?
- Sí, no sé, distinto.
- ¿Distinto?
- Sí. Distinto. No sé cómo explicarlo. Como... inofensivo.
Inofensivo. Exacto. Ahí lo tienen. Si quieren ya pueden presentarme a sus hermanas. A las diez en punto estarán de vuelta en casa. Si quieren salir a cenar me pueden dejar al cuidado de sus hijos. Les ayudaré con los deberes y les obligaré a lavarse las manos antes de cenar. Inofensivo. Exacto. Ahí lo tienen.
Ayer vinieron a casa Sebas y su chica, y JM y la suya, y celebramos una cena de tres parejas con comida china y mucho vino, una cosa muy de treintañeros. En el transcurso de la misma, la chica de JM nos narró, con su habitual simpatía, escenas cotidianas de su lugar de trabajo, y Sebas nos habló de una chica de ojos azules natural de Coslada y de un director de cine medio imbécil. Más tarde, como sucede siempre, cada conversación fue convirtiéndose en dos y a veces hasta tres. Se estaba a gusto. En un momento dado entré en la cocina para rellenar la cubitera, y detrás entró la chica de Sebas. Se puso a mi lado y me dio un codazo amistoso.
- ¿Qué tal, forastero?
- Ya ves, aquí picando hielo.
- Hace mucho que no hablamos, tú y yo.
- Sí que hace, sí. ¿Tú qué tal estás?
- Yo bien, pero a tí te veo raro.
- ¿Raro?
- Sí, no sé, distinto.
- ¿Distinto?
- Sí. Distinto. No sé cómo explicarlo. Como... inofensivo.
Inofensivo. Exacto. Ahí lo tienen. Si quieren ya pueden presentarme a sus hermanas. A las diez en punto estarán de vuelta en casa. Si quieren salir a cenar me pueden dejar al cuidado de sus hijos. Les ayudaré con los deberes y les obligaré a lavarse las manos antes de cenar. Inofensivo. Exacto. Ahí lo tienen.
domingo, abril 04, 2010
Qué voy a hacer contigo
Zoe decidió pasar aquí las fiestas, y lo hizo a traición. Estoy en el aeropuerto, en media hora estoy ahí. Ya lleva aquí una semana, tiempo en el que no he dejado de estar lentísimo, patoso, metiéndome hasta la cintura en cada charco, en ocasiones rozando sensaciones tan peligrosas como la alegría. Pero supongo que eso es algo que más bien debiera tratar con un terapeuta, así que volvamos a empezar.
Zoe decidió pasar aquí las fiestas, y lo hizo a traición. Estoy en el aeropuerto, en media hora estoy ahí. Ya lleva aquí una semana, por lo que mis padres han aprovechado para organizar una de esas comidas íntimas, prohibida la entrada a todo aquel que no comparta vínculo sanguineo, que tanto suelen molestar a los más allegados, que no acaban de entender que las familias nómadas se acostumbraron a buscar refugio en la desconfianza y sus rituales excluyentes.
En la comida hay entrantes fríos, platos para compartir y buen vino. Zoe nos cuenta que ha leído que hay un estudio que dice que nuestros ojos (nuestros: de mi madre, suyos y míos, gen recesivo saltarín) parecen proceder de un humano que habitó hace varios siglos en centroeuropa y que padecía una enfermedad que por esos milagros de la naturaleza pasó a su código genético. Luego, con aire teatral, exclama "¡resulta que mi rasgo más distintivo es una malformación!". Y acto seguido mi hermana cambia de tema. Siempre me ha resultado divertida la manera en la que se jerarquizan estas comidas, en las que la importancia que se le da a cada tema depende no del tema sino de quién lo saque. Así, lo que diga Zoe será menos importante que lo que diga yo, y lo que diga yo que lo que diga mi hermana, y lo que diga mi hermana que lo que digan mis padres, quienes comparten un equilibrio en base a utilizar tácticas opuestas: mi padre tiene un tono de voz rotundo que hace que todo el mundo se calle, por respeto, y mi madre tiene un tono de voz extremadamente dulce que hace que todo el mundo se calle, porque si no no se oye. Mi hermana interrumpe a Zoe, y ésta hace un mohín de fastidio y otro de burla. Eva no le hace ni caso y nos cuenta que hace unos días, en una panadería, mantuvo una fuerte discusión con una señora mayor. Dice que al llegar su turno la señora en cuestión se le coló, acción que ella le afeó (dice que con buenas palabras, yo no me lo creo), por lo que la señora montó en colera y le gritó cosas como "os pensais que todo el mundo tiene que bailar a vuestro alrededor", y luego la llamó "pija" y "jirafa". Me hace mucha gracia lo de "jirafa", así que me río, y Zoe me ve y me hace un gesto de fastidio. Me ha interrumpido, no le rías las gracias, tú con quién vas. Así que yo le hago otro de disculpa. Qué quieres, es que me ha hecho gracia. Y ella se muerde el labio inferior, y niega con la cabeza, y mira al cielo. Qué voy a hacer contigo.
Eso deflagra en mi cabeza un recuerdo muy antiguo y poco relevante que no pensé que guardase. Vuelvo de entrenar, y llevo una camiseta de manga corta y una gran bolsa de deporte al hombro. Ella sale de una cafetería y me grita. ¡Ven, estamos aquí! Lleva el pelo recogido. Las pecas, la sonrisa. Hace un comentario sobre mi indumentaria. Ponte algo, vas a coger una pulmonía, dice. Imposible, soy indestructible, respondo. Y ella se muerde el labio inferior, y niega con la cabeza, y mira al cielo. Qué voy a hacer contigo.
Mal.
Zoe decidió pasar aquí las fiestas, y lo hizo a traición. Estoy en el aeropuerto, en media hora estoy ahí. Ya lleva aquí una semana, por lo que mis padres han aprovechado para organizar una de esas comidas íntimas, prohibida la entrada a todo aquel que no comparta vínculo sanguineo, que tanto suelen molestar a los más allegados, que no acaban de entender que las familias nómadas se acostumbraron a buscar refugio en la desconfianza y sus rituales excluyentes.
En la comida hay entrantes fríos, platos para compartir y buen vino. Zoe nos cuenta que ha leído que hay un estudio que dice que nuestros ojos (nuestros: de mi madre, suyos y míos, gen recesivo saltarín) parecen proceder de un humano que habitó hace varios siglos en centroeuropa y que padecía una enfermedad que por esos milagros de la naturaleza pasó a su código genético. Luego, con aire teatral, exclama "¡resulta que mi rasgo más distintivo es una malformación!". Y acto seguido mi hermana cambia de tema. Siempre me ha resultado divertida la manera en la que se jerarquizan estas comidas, en las que la importancia que se le da a cada tema depende no del tema sino de quién lo saque. Así, lo que diga Zoe será menos importante que lo que diga yo, y lo que diga yo que lo que diga mi hermana, y lo que diga mi hermana que lo que digan mis padres, quienes comparten un equilibrio en base a utilizar tácticas opuestas: mi padre tiene un tono de voz rotundo que hace que todo el mundo se calle, por respeto, y mi madre tiene un tono de voz extremadamente dulce que hace que todo el mundo se calle, porque si no no se oye. Mi hermana interrumpe a Zoe, y ésta hace un mohín de fastidio y otro de burla. Eva no le hace ni caso y nos cuenta que hace unos días, en una panadería, mantuvo una fuerte discusión con una señora mayor. Dice que al llegar su turno la señora en cuestión se le coló, acción que ella le afeó (dice que con buenas palabras, yo no me lo creo), por lo que la señora montó en colera y le gritó cosas como "os pensais que todo el mundo tiene que bailar a vuestro alrededor", y luego la llamó "pija" y "jirafa". Me hace mucha gracia lo de "jirafa", así que me río, y Zoe me ve y me hace un gesto de fastidio. Me ha interrumpido, no le rías las gracias, tú con quién vas. Así que yo le hago otro de disculpa. Qué quieres, es que me ha hecho gracia. Y ella se muerde el labio inferior, y niega con la cabeza, y mira al cielo. Qué voy a hacer contigo.
Eso deflagra en mi cabeza un recuerdo muy antiguo y poco relevante que no pensé que guardase. Vuelvo de entrenar, y llevo una camiseta de manga corta y una gran bolsa de deporte al hombro. Ella sale de una cafetería y me grita. ¡Ven, estamos aquí! Lleva el pelo recogido. Las pecas, la sonrisa. Hace un comentario sobre mi indumentaria. Ponte algo, vas a coger una pulmonía, dice. Imposible, soy indestructible, respondo. Y ella se muerde el labio inferior, y niega con la cabeza, y mira al cielo. Qué voy a hacer contigo.
Mal.
jueves, marzo 25, 2010
Sitio en construcción
Los inviernos inclementes resultan devastadores para casas como la mía. Así que ahora llevo quince días en los que esto es un continuo vaivén de obreros, una sinfonía infinita de trajines y martillazos. Levantar la terraza, impermeabilizar los tejados, reparar los alféizares de las ventanas, cambiar los vierteaguas, sanear los canalones, renovar los sumideros. Para no tener que andar pendiente de las horas de entrada, bocadillo, comida y salida les he hecho a los obreros un duplicado de las llaves, cosa que a Diana no le ha hecho ninguna gracia. En otras circunstancias habría liquidado el asunto con una broma que reflejase mi carácter desprendido, pero resulta que arrastra en la familia una historia truculenta al respecto, por lo que me he visto obligado a prometerle que cuando acaben los trabajos cambiaré las cerraduras. Los obreros son todos muy bajitos y extremadamente educados, y cuando me cruzo con ellos nos sonreímos con amabilidad y mantenemos conversaciones de entretanto. Yo les pregunto "ahora estareis hasta arriba de curro, ¿no?" y ellos responden "¡y que no falte!". Yo les digo "a ver si hoy aguanta el día" y ellos responden "¡vaya invierno que llevamos!". Cuando se cruzan conmigo sonríen, y cuando se cruzan con Diana bajan la cabeza como si temiesen convertirse en estatuas de sal, lo cual he de reconocer que es un pensamiento que también ha cruzado mi mente en determinados momentos de delirio.
Ayer por la noche estuvimos viendo "Speak" mientras dábamos cuenta de una bandeja de makis, acomodados en el sofá en la posición habitual: yo sentado en un extremo y Diana tumbada con un cojín entre su cabeza y mi estómago. En un momento dado le pregunté si era feliz, lo cual es no sólo una pregunta estúpida, sino también una pregunta que no me pega nada, y como tal la recibió, incorporándose sorprendida y deslizando una sonrisa sarcástica. Luego respondió:
- Feliz no lo sé, pero sí sé que me siento especial.
Y a continuación permaneció unos instantes en silencio mientras sopesaba, lo sé, los pros y contras de plantear el correspondiente "¿y tú?". Luego cogió un maki con dos dedos, lo bañó en salsa de soja, se lo metió en la boca y volvió a tumbarse. Preguntar, no preguntó nada.
Ayer por la noche estuvimos viendo "Speak" mientras dábamos cuenta de una bandeja de makis, acomodados en el sofá en la posición habitual: yo sentado en un extremo y Diana tumbada con un cojín entre su cabeza y mi estómago. En un momento dado le pregunté si era feliz, lo cual es no sólo una pregunta estúpida, sino también una pregunta que no me pega nada, y como tal la recibió, incorporándose sorprendida y deslizando una sonrisa sarcástica. Luego respondió:
- Feliz no lo sé, pero sí sé que me siento especial.
Y a continuación permaneció unos instantes en silencio mientras sopesaba, lo sé, los pros y contras de plantear el correspondiente "¿y tú?". Luego cogió un maki con dos dedos, lo bañó en salsa de soja, se lo metió en la boca y volvió a tumbarse. Preguntar, no preguntó nada.
lunes, marzo 15, 2010
Small talk
- Yo a tí te conozco.
- No sé, quizás...
- ¡Ya sé! ¡Eres camarero de Le Pain Quotidien!
- ¿Qué?
- Camarero de Le Pain Quotidien, el de Velázquez.
- ¿Qué?
- La panadería... cafetería... ¿no?
- Pues no.
- ¿Seguro?
- ¿Tú que crees?
Se dio la vuelta y se marchó. Eso sucedió ayer. Quizás la chica sólo pretendía ser simpática, pero yo tenía otras cosas en la cabeza y me comporté como un imbécil. Me pasa muy a menudo. Me hago el listo o el simpático o el borde cuando no toca, y no es hasta que ya lo he hecho que me doy cuenta de que lo he estado haciendo. Más tarde, en la cama, he soñado que llevaba un delantal y sobre la mano derecha una bandeja repleta de zumos de naranja, cafés de distintos tamaños y bollería diversa, y entonces unos tipos encapuchados entran en el local y me acribillan a balazos, y la gente que grita y las tazas que se hacen añicos contra el suelo y yo que pienso "¡menudo desperdicio!". Cuando he despertado Diana ya estaba levantada, y le he preguntado si ha estado alguna vez en Le Pain Quotidien, el de Velázquez.
- Didi, ¿tú has estado alguna vez en Le Pain Quotidien, el de Velázquez?
- Alguna vez.
- ¿Te apetece que vayamos a desayunar?
- Claro.
Cuando hemos llegado estaba bastante lleno, pero aún así hemos cogido una buena mesa, junto a la ventana. He recorrido con la vista el local, fijándome detenidamente en cada empleado, pero allí nadie se me parecía ni en lo más remoto. Quizás hoy libre. Y me he sentido un poco decepcionado, como si hubiese faltado a mi propia cita. Luego me he imaginado a mí mismo, a la mitad de mí mismo, en su día libre, en mi día libre, empapelando el salón, leyendo un libro en un cercanías, pidiendo la vez en una frutería. Y he empezado a marearme, así que he intentado salir del embrujo diciendo lo primero que se me ocurriera, lo cual es siempre una muy mala idea.
- Oye, ¿tú has hecho alguna vez el amor en los baños de una discoteca o un bar o algo así?
- ¿Qué tipo de pregunta es esa?
- Bueno... no sé... es lo primero que se me ha ocurrido... no sé por qué...
- ¿Qué coño me quieres decir? ¿Que lo hiciste ayer? ¿Es eso?
- ¿Qué? ¡No! ¿Ayer? ¡No, joder, no!
Y no miento, no fue ayer. Yo sólo quería decirle que si no lo ha hecho nunca, que no lo haga, porque la leve melancolía que nos atrapa en ese instante postrero se convierte en tales circunstancias en un torrente de pena, en una profundísima sensación de inutilidad. Eso es lo que quería decirle. Pero ya no tiene sentido. No sé por qué he sacado el tema. Soy imbécil. Ahora sólo me queda escapar de ésta como pueda. Fingir, mentir, inventar. Y aún no son ni las doce de la mañana.
- No sé, quizás...
- ¡Ya sé! ¡Eres camarero de Le Pain Quotidien!
- ¿Qué?
- Camarero de Le Pain Quotidien, el de Velázquez.
- ¿Qué?
- La panadería... cafetería... ¿no?
- Pues no.
- ¿Seguro?
- ¿Tú que crees?
Se dio la vuelta y se marchó. Eso sucedió ayer. Quizás la chica sólo pretendía ser simpática, pero yo tenía otras cosas en la cabeza y me comporté como un imbécil. Me pasa muy a menudo. Me hago el listo o el simpático o el borde cuando no toca, y no es hasta que ya lo he hecho que me doy cuenta de que lo he estado haciendo. Más tarde, en la cama, he soñado que llevaba un delantal y sobre la mano derecha una bandeja repleta de zumos de naranja, cafés de distintos tamaños y bollería diversa, y entonces unos tipos encapuchados entran en el local y me acribillan a balazos, y la gente que grita y las tazas que se hacen añicos contra el suelo y yo que pienso "¡menudo desperdicio!". Cuando he despertado Diana ya estaba levantada, y le he preguntado si ha estado alguna vez en Le Pain Quotidien, el de Velázquez.
- Didi, ¿tú has estado alguna vez en Le Pain Quotidien, el de Velázquez?
- Alguna vez.
- ¿Te apetece que vayamos a desayunar?
- Claro.
Cuando hemos llegado estaba bastante lleno, pero aún así hemos cogido una buena mesa, junto a la ventana. He recorrido con la vista el local, fijándome detenidamente en cada empleado, pero allí nadie se me parecía ni en lo más remoto. Quizás hoy libre. Y me he sentido un poco decepcionado, como si hubiese faltado a mi propia cita. Luego me he imaginado a mí mismo, a la mitad de mí mismo, en su día libre, en mi día libre, empapelando el salón, leyendo un libro en un cercanías, pidiendo la vez en una frutería. Y he empezado a marearme, así que he intentado salir del embrujo diciendo lo primero que se me ocurriera, lo cual es siempre una muy mala idea.
- Oye, ¿tú has hecho alguna vez el amor en los baños de una discoteca o un bar o algo así?
- ¿Qué tipo de pregunta es esa?
- Bueno... no sé... es lo primero que se me ha ocurrido... no sé por qué...
- ¿Qué coño me quieres decir? ¿Que lo hiciste ayer? ¿Es eso?
- ¿Qué? ¡No! ¿Ayer? ¡No, joder, no!
Y no miento, no fue ayer. Yo sólo quería decirle que si no lo ha hecho nunca, que no lo haga, porque la leve melancolía que nos atrapa en ese instante postrero se convierte en tales circunstancias en un torrente de pena, en una profundísima sensación de inutilidad. Eso es lo que quería decirle. Pero ya no tiene sentido. No sé por qué he sacado el tema. Soy imbécil. Ahora sólo me queda escapar de ésta como pueda. Fingir, mentir, inventar. Y aún no son ni las doce de la mañana.
domingo, febrero 21, 2010
Haciendo la estatua
Ya casi no me acuesto con gente que acabo de conocer. Aún arrastro algunos comportamientos claramente inapropiados para alguien que transita la segunda mitad de sus treintas y tiene una hija de casi veinte, pero supongo que se me irá pasando. Supongo.
Ayer mi hermana me invitó a que le hiciese de acompañante en la inauguración de una galería de arte que han abierto al lado de su consulta, invitación que cursó con su peculiar estilo: "enano, mañana me acompañas a". Como acompañante en bodas, inauguraciones y otras celebraciones de similar jaez doy el pego, pues no causo una mala primera impresión y el carácter fugaz de tales eventos impide que al personal le de tiempo a descubrir que debajo está todo negro. Así que fuimos a la inauguración, y gran parte de la misma la pasé constatando, una vez más, que Eva es un ser humano sobresaliente. Su habilidad para el intercambio social, su intuición para saber cuándo y cómo cambiar de registro, su facilidad para saltar de una conversación a otra. Y, como siempre, a continuación procedí a buscar en mí todas esas virtudes, deberían estar, ¿no?, deberían estar pero no están. La genética es una mierda.
La genética es una mierda, la genética es una mierda. Seamos sinceros, escribir un blog como éste es una soplapollez. Puede tener su gracia si hablas de toros o política, pero si de lo que hablas es de tí mismo al final cada frase acaba por convertirse en una cuerda, a veces soga y a veces tirador de cisterna. En fin. ¿Dónde estábamos? La inauguración. La inauguración tuvo algo bueno: conocí a gente de muchísimo dinero. A mí me encanta la gente con dinero. Y no hablo de aquellos que se hicieron a sí mismos sudando sangre, esos me aburren sobremanera, sino de aquellos que nacieron con el dinero puesto. El común de los mortales transita por la vida acarreando una certeza absoluta: si se te acaba el dinero te mueres. Pero los que siempre lo tuvieron desconocen ese axioma, y siendo como es un principio fundamental, ese desconocimiento acaba por moldearles personalidades inverosímiles, marcianas. Goyo, su novia Nines y su buen amigo Víctor. Goyo en particular me pareció un personaje deslumbrante, y no sólo por el horrendo pullover color salmón que vestía. Su nada empática conversación, su absoluto desprecio por todo aquello que no saliese de su propia boca, su verbo entumecido. Lo pasé tan bien que cuando mi hermana anunció que se iba yo le dije que me quedaría un rato más. E hice bien, pues resultó todo la mar de interesante, una velada repleta de momentos memorables y frases para el recuerdo. En un momento dado Goyo dijo "todo lo que se dice de los internados ingleses es cierto" y "la democracia es un placebo". En un momento dado Víctor dijo "como en España, en ninguna parte" y "Dire Straits son una banda a redescubrir". En un momento dado Nines dijo "súbeme la cremallera" y "por favor te lo pido, esto no se lo cuentes a nadie".
Ayer mi hermana me invitó a que le hiciese de acompañante en la inauguración de una galería de arte que han abierto al lado de su consulta, invitación que cursó con su peculiar estilo: "enano, mañana me acompañas a". Como acompañante en bodas, inauguraciones y otras celebraciones de similar jaez doy el pego, pues no causo una mala primera impresión y el carácter fugaz de tales eventos impide que al personal le de tiempo a descubrir que debajo está todo negro. Así que fuimos a la inauguración, y gran parte de la misma la pasé constatando, una vez más, que Eva es un ser humano sobresaliente. Su habilidad para el intercambio social, su intuición para saber cuándo y cómo cambiar de registro, su facilidad para saltar de una conversación a otra. Y, como siempre, a continuación procedí a buscar en mí todas esas virtudes, deberían estar, ¿no?, deberían estar pero no están. La genética es una mierda.
La genética es una mierda, la genética es una mierda. Seamos sinceros, escribir un blog como éste es una soplapollez. Puede tener su gracia si hablas de toros o política, pero si de lo que hablas es de tí mismo al final cada frase acaba por convertirse en una cuerda, a veces soga y a veces tirador de cisterna. En fin. ¿Dónde estábamos? La inauguración. La inauguración tuvo algo bueno: conocí a gente de muchísimo dinero. A mí me encanta la gente con dinero. Y no hablo de aquellos que se hicieron a sí mismos sudando sangre, esos me aburren sobremanera, sino de aquellos que nacieron con el dinero puesto. El común de los mortales transita por la vida acarreando una certeza absoluta: si se te acaba el dinero te mueres. Pero los que siempre lo tuvieron desconocen ese axioma, y siendo como es un principio fundamental, ese desconocimiento acaba por moldearles personalidades inverosímiles, marcianas. Goyo, su novia Nines y su buen amigo Víctor. Goyo en particular me pareció un personaje deslumbrante, y no sólo por el horrendo pullover color salmón que vestía. Su nada empática conversación, su absoluto desprecio por todo aquello que no saliese de su propia boca, su verbo entumecido. Lo pasé tan bien que cuando mi hermana anunció que se iba yo le dije que me quedaría un rato más. E hice bien, pues resultó todo la mar de interesante, una velada repleta de momentos memorables y frases para el recuerdo. En un momento dado Goyo dijo "todo lo que se dice de los internados ingleses es cierto" y "la democracia es un placebo". En un momento dado Víctor dijo "como en España, en ninguna parte" y "Dire Straits son una banda a redescubrir". En un momento dado Nines dijo "súbeme la cremallera" y "por favor te lo pido, esto no se lo cuentes a nadie".
martes, febrero 09, 2010
Gastronomía razonable
Me despierta un olor celestial: Diana está preparando tortitas. Eufórico, brinco de la cama, agarro la J-45 y comienzo a saltar a su alrededor mientras interpreto una versión desvergonzada de "Party Fears Two". The alcohol loves you while turning you blue, y deposita en la sartén dos cucharadas de la mezcla de huevo, leche y harina. My manners are failing me, y con mimo le da la vuelta a la tortita. Pero cuando me acerco a mi parte favorita, la de what's wrong's the wrong that's always in wrooong, suena la puerta, así que abandono mi interpretación y voy a abrir, y no es hasta que ya he abierto que me doy cuenta de que mi atuendo no es del todo apropiado: una imperio que bien pudiera haber pertenecido a Billy Mackenzie y unos boxer a juego. Es mi vecina, que viene a despedirse. Ayer vinieron dos tipos de otro hemisferio y metieron sus cosas en un montón de cajas. Se va, del todo. Me echa un vistazo y sonríe.
- A lo mejor al final sí que te echo de menos un poquito.
- Esto no es un adiós, sino un hasta luego - lo siento, en ese momento no doy con nada mejor.
- Por supuesto.
- Y piénsalo: ¡siempre nos quedará la bechamel! - broma privada.
Luego decimos cuatro paridas más, nos damos dos besos y cierro la puerta. Cuando vuelvo a la cocina noto que Diana está radiante. No ha salido a despedirse de la vecina y ahora está eufórica. No me consta que hayan tenido encontronazo alguno, así que sólo se me ocurre una forma de definir todo esto: celos. Y es absurdo. No quiero abundar en detalles que me harían parecer un estúpido, pero si ustedes las conociesen también encontrarían incomprensible que una mujer como mi vecina (no me lo digas: ¡funcionaria!) pueda resultar amenazante para una mujer como Diana (redoble). Pero eso parece. Y no tiene ninguna lógica. Que conste que yo nunca me acosté con mi vecina. Con ésta no. Jamás. Nuestra relación no se fundamentaba en el sexo sino en su extraordinaria tolerancia hacia mis ruidos y mis historias, y en las croquetas. Sí, las croquetas. Cuando preparábamos croquetas siempre hacíamos de más (mi especialidad son las de jamón, la suya las de bacalao) y llamábamos a la puerta del otro y abríamos una botella de vino y veíamos una peli mientras yo le decía cosas sin ningún interés y ella me decía cosas fascinantes como "la nueva de contabilidad es una trepa" o "la cuenta de resultados es importante pero no lo es todo" o "aún me quedan seis días y medio de vacaciones". Ah, aquellas noches, aquellos vinos. Sí, la verdad es que me molesta un poco que se vaya, y si no arrastrase esta ataraxia degenerativa creo que incluso podría afirmar que a lo mejor al final sí que la echo de menos un poquito.
- A lo mejor al final sí que te echo de menos un poquito.
- Esto no es un adiós, sino un hasta luego - lo siento, en ese momento no doy con nada mejor.
- Por supuesto.
- Y piénsalo: ¡siempre nos quedará la bechamel! - broma privada.
Luego decimos cuatro paridas más, nos damos dos besos y cierro la puerta. Cuando vuelvo a la cocina noto que Diana está radiante. No ha salido a despedirse de la vecina y ahora está eufórica. No me consta que hayan tenido encontronazo alguno, así que sólo se me ocurre una forma de definir todo esto: celos. Y es absurdo. No quiero abundar en detalles que me harían parecer un estúpido, pero si ustedes las conociesen también encontrarían incomprensible que una mujer como mi vecina (no me lo digas: ¡funcionaria!) pueda resultar amenazante para una mujer como Diana (redoble). Pero eso parece. Y no tiene ninguna lógica. Que conste que yo nunca me acosté con mi vecina. Con ésta no. Jamás. Nuestra relación no se fundamentaba en el sexo sino en su extraordinaria tolerancia hacia mis ruidos y mis historias, y en las croquetas. Sí, las croquetas. Cuando preparábamos croquetas siempre hacíamos de más (mi especialidad son las de jamón, la suya las de bacalao) y llamábamos a la puerta del otro y abríamos una botella de vino y veíamos una peli mientras yo le decía cosas sin ningún interés y ella me decía cosas fascinantes como "la nueva de contabilidad es una trepa" o "la cuenta de resultados es importante pero no lo es todo" o "aún me quedan seis días y medio de vacaciones". Ah, aquellas noches, aquellos vinos. Sí, la verdad es que me molesta un poco que se vaya, y si no arrastrase esta ataraxia degenerativa creo que incluso podría afirmar que a lo mejor al final sí que la echo de menos un poquito.
martes, febrero 02, 2010
Oro parece, plata no es
"Deposita el cuchillo ensangrentado encima de la mesa y durante unos instantes lucha por controlar el estupor. Luego se sienta y encience el televisor, donde varios tipos ataviados con ropas de colores se disputan la posesión de una pelota. Se lleva las manos a la cara y sacude la cabeza en gesto de evidente desesperación.Cierro el editor de texto y ante la pregunta "¿desea guardar los cambios?" presiono el "no" ante la inexistencia de un "por supuesto que no". Me llevo las manos a la cara y sacudo la cabeza en gesto de evidente desesperación. De nuevo voy a fallarle a alguien que no lo merece, alguien que a mí nunca me fallaría, alguien a quien le debo diez. Acepté el compromiso y en cuanto me comprometí olvidé que me había comprometido, y no es hasta hoy, los plazos expirados, mañana el último día, que lo recuerdo. Demasiado tarde. Las dos únicas cosas de las que puedo hablar con cierta propiedad son la muerte y las resacas, y no es plan. Para todo lo demás soy un turista, cuando no un impostor. Qué asco, de verdad. Cierro el ordenador y salgo de casa. En el bar me reúno con dos amigos y bebemos y hablamos de mujeres, un tema que siempre me deja mal parado. Porque las frecuento bellas, lo cual despierta las simpatías de mis congéneres, pero a partir de ahí es todo un desastre. Porque me gustan las peores. Esa niña de papá que nunca tuvo que luchar por nada, esa vanidosa que se mira hasta en el reverso de los retrovisores, esa niñata que con un acento desastroso desgrana argumentos que bordean el puro retraso mental. Esas me vuelven loco. Supongo que no hace falta ser psicólogo para verle al asunto la moraleja.
- No me lo puedo creer, ¿otra vez fútbol?"
Vuelvo a casa y abro el ordenador. Las resacas y la muerte. Y las mujeres desastrosas. Y ese que sólo siente la soledad cuando está acompañado. Y ese que sale a cenar y en un momento dado siente que su mente le abandona, y el mareo y la nausea, y, desesperado, sin que nadie se de cuenta, se clava un tenedor en el muslo hasta sangrar, consciente de que sólo una experiencia física rotunda conseguirá mantenerle anclado a la realidad.
"- ¿Y vas a hacerme daño?No, esto no va a acabar nada bien.
- Sólo si tú me lo pides."
martes, enero 12, 2010
Las trepidantes aventuras de los ases lacrimógenos
Disculpen que últimamente me muestre tan poco comunicativo, es que me ha dado por la marihuana. ¿Mi fin de año? De acuerdo, mi fin de año. La cena de fin de año se celebró en casa de mis padres, presentes también mi hermana, su marido y mis sobrinos. Mi madre preparó su habitual ensalada de arenques, y todo resultaba tan cálido, tan reconfortante y tan seguro que me dio un ataque de pánico que me mantuvo encerrado en el baño durante media hora. Al final mi hermana gritó "¡niño, las uvas!" y salí del baño y me comí las uvas y después hicimos el primer brindis con vodka como es tradición familiar. Ante el cambio de año los hay que hacen balance y los hay que hacen propósitos. Yo soy de los segundos, así que podría asegurar que ese resulta siempre un instante esperanzador. Arrebatado por la ilusión pedí a mis sobrinos que hiciesen cada uno un propósito para el nuevo año, y la mayor dijo que quería aprender tantos idiomas como su madre, pobrecita mía, la mediana dijo que quería aprender a jugar al voleybol, y el pequeño, ante mi insistencia, se puso nervioso, me llamó idiota y empezó a llorar. Al cabo de un rato me fui, pues había quedado con unos amigos para llevar a cabo una celebración que se pretendía discreta con las excusas de cada año: hoy no hay quien salga, hoy está todo lleno de domingueros de la noche, los que salen hoy no saben beber. El plan era juntarnos unos pocos en una casa y pasar una velada tranquila, pero aquello pronto se nos fue de las manos, hasta el punto de que acabamos en un sitio inverosímil llamado Leganés, un lugar en cuyos bares no importa lo que pidas que siempre te ponen lo mismo, o al menos sabe igual. En Leganés interactuamos con seres incomprensibles y bailamos al son de canciones wtf de Paloma San Basilio o Rocío Durcal, hasta que invitados acudimos a una casa en la que seguir la fiesta. Allí todos seguimos bebiendo, y unos charlaban y otros jugaban al karaoke ese de la playstation, y me senté en un tresillo y me dije "¿a que me quedo frito?", y unas horas después desperté con dos chavalas elegantes y con peinados festivos a medio deshacer tumbadas encima de mí, jovencitas a las que juro por Dios que no toqué. Miré alrededor y vi a mis dos amigos durmiendo apretujados en un sofá, y tras hacerles con el móvil una foto que me viene dando grandes alegrías estos primeros días del año, y sintiendome reconfortado en un aroma mezcla de perfume del año pasado y toneladas de alcohol comencé a pensar mediante el método de hablar conmigo mismo en tercera persona como si yo y yo en total sumásemos tres.
¿Os acordais de aquellos veranos en los que bailábamos? Dos meses aquí, otro allí y otro allá. Lo que nos pagaban apenas nos llegaba para lo mucho que gastábamos, pero, joder, qué fácil era gustarse entonces. Las personalidades desastradas por doquier, los paseos en barco a mediodía, un sueño en la playa por la tarde, la moda subvencionada y aguja e hilo. Qué fácil era gustarse entonces, ¿verdad? ¿Os acordais? No, claro que no os acordais. Qué os vais a acordar.
¿Os acordais de aquellos veranos en los que bailábamos? Dos meses aquí, otro allí y otro allá. Lo que nos pagaban apenas nos llegaba para lo mucho que gastábamos, pero, joder, qué fácil era gustarse entonces. Las personalidades desastradas por doquier, los paseos en barco a mediodía, un sueño en la playa por la tarde, la moda subvencionada y aguja e hilo. Qué fácil era gustarse entonces, ¿verdad? ¿Os acordais? No, claro que no os acordais. Qué os vais a acordar.
jueves, diciembre 31, 2009
Fulanito de tal
Las personas que bien me quieren andan estos días pendientes de los regalos, de los menús, de los viajes y de mí. ¿Es eso algo de lo que me sienta orgulloso? Todo lo contrario. ¿Es eso algo que me haga sentirme bien? En absoluto. Pero ese es otro tema y hoy no toca.
La gente con hijos pequeños tiene en ellos un motivo para seguir adelante, una estupenda razón para creer en la especie, y también una excusa universal y una coartada perfecta. Nos vamos de vacaciones a tal sitio porque los niños... Hoy no me puedo quedar porque mañana los niños... Ayer por la tarde se presentó en mi casa Martina, con su hijo. Andábamos cerca y nos hemos dicho: vamos a hacerle una visita a éste. Sentó al niño a mi lado, dejó un junco de churros encima de la mesa, sacó un paquete del bolso y se metió en la cocina a preparar chocolate. Luego me estuvo contando que hace unos días al salir de un comercio una señora mayor y un tanto desarrapada la detuvo y, cuando pensaba que le iba a pedir dinero, le pidió un abrazo. Y se emocionó un poco, y se lo dio, y durante unos instantes se sintió presa del más gozoso espíritu navideño, hasta que se dio cuenta de que la señora estaba aprovechando el abrazo para meterle la mano en los bolsillos. Ah, qué mundo éste.
Apenas media hora después de que se fuese Martina apareció mi hermana, con los niños. Andábamos cerca y los niños tenían ganas de mear, y nos hemos dicho: vamos a hacerle una visita a éste. Y sentó a los niños a mi lado, jugad un poco con el tío, y se metió en la cocina a preparar café. Y en un momento dado la mayor me llevó a un aparte y me dijo que tenía información muy importante sobre los Reyes Magos, pero que no me podía decir nada en ese momento porque su hermana se podía enterar. Y su hermana, mientras, a su espalda, me hacía gestos girando un dedo cerca de la sien. No le hagas ni caso, está loca. Y a continuación mi hermana me dijo...
Mi hermana me dijo que...
O también puedo contarles que luego acabé sólo, a las tantas de la madrugada, en un garito de lesbianas, hablando de sujetadores de uso deportivo y fútbol vasco de los ochenta con un puñado de simpáticas lugareñas.
La gente con hijos pequeños tiene en ellos un motivo para seguir adelante, una estupenda razón para creer en la especie, y también una excusa universal y una coartada perfecta. Nos vamos de vacaciones a tal sitio porque los niños... Hoy no me puedo quedar porque mañana los niños... Ayer por la tarde se presentó en mi casa Martina, con su hijo. Andábamos cerca y nos hemos dicho: vamos a hacerle una visita a éste. Sentó al niño a mi lado, dejó un junco de churros encima de la mesa, sacó un paquete del bolso y se metió en la cocina a preparar chocolate. Luego me estuvo contando que hace unos días al salir de un comercio una señora mayor y un tanto desarrapada la detuvo y, cuando pensaba que le iba a pedir dinero, le pidió un abrazo. Y se emocionó un poco, y se lo dio, y durante unos instantes se sintió presa del más gozoso espíritu navideño, hasta que se dio cuenta de que la señora estaba aprovechando el abrazo para meterle la mano en los bolsillos. Ah, qué mundo éste.
Apenas media hora después de que se fuese Martina apareció mi hermana, con los niños. Andábamos cerca y los niños tenían ganas de mear, y nos hemos dicho: vamos a hacerle una visita a éste. Y sentó a los niños a mi lado, jugad un poco con el tío, y se metió en la cocina a preparar café. Y en un momento dado la mayor me llevó a un aparte y me dijo que tenía información muy importante sobre los Reyes Magos, pero que no me podía decir nada en ese momento porque su hermana se podía enterar. Y su hermana, mientras, a su espalda, me hacía gestos girando un dedo cerca de la sien. No le hagas ni caso, está loca. Y a continuación mi hermana me dijo...
Mi hermana me dijo que...
O también puedo contarles que luego acabé sólo, a las tantas de la madrugada, en un garito de lesbianas, hablando de sujetadores de uso deportivo y fútbol vasco de los ochenta con un puñado de simpáticas lugareñas.
miércoles, diciembre 23, 2009
Al fondo de una piscina que ni una gotita de agua tenía
De repente me doy cuenta de que he sido incapaz de cuadrar un sólo pensamiento coherente en todo el día. No hablo de ideas creativas sino de los más básicos procesos mentales. Así que vuelvo a preguntarme si no será que se me ha gastado la cabeza, que estoy seco. En todo caso, decido seguir entregado al instinto, o el azar, o come se llame, y de su mano reservo mesa para esta noche en ese restaurante que tanto le gusta a Diana. Luego la llamo. ¿Sabes? He reservado mesa para esta noche en ese restaurante que tanto te gusta. Pero me dice que esta noche no puede, que ha quedado con unas amigas, que es la última vez que se van a ver antes de las fiestas, que me lo dijo, que hace dos días me lo dijo, que cómo es que no me acuerdo. Luego propone que llame al restaurante y cambie la reserva para mañana.
- Pero no te enfadas, ¿verdad?
- No seas tonta, si es culpa mía, qué me voy a enfadar...
- ¿Seguro?
- Seguro.
- ¿Mañana entonces?
- Mañana.
Cuelgo y llamo a Laura. No está muy habladora, así que voy al grano y le pregunto si le apetece que la inviten a cenar esta noche. Acepta. Quedamos unas horas más tarde, y el tiempo que resta lo paso frente al ordenador, en un foro de críos, haciéndome pasar por una adolescente anoréxica enamorada de su profesor de gimnasia. Las nuevas tecnologías y esos momentos de ocio.
Llego media hora tarde al lugar de encuentro, y aún así lo hago quince minutos antes que Laura. Cuando la veo entrar en el bar, quitándose un gorro de lana, con el pelo revuelto y la nariz colorada del frío, me parece la mujer más bella del mundo.
- Con el pelo revuelto y la nariz colorada me pareces la mu...
Y me interrumpe de un guantazo que hace que se gire medio bar. Luego empiezan los reproches y los insultos. Que si llevas tres meses sin cogerme el teléfono, que si no contestas a mis mensajes, que si quién te has creído que eres, que si eres un hijo de puta. Y yo pidiendo perdón e inventando excusa tras excusa. Afortunadamente, cuando llegamos al restaurante ya se ha calmado, y todo se torna más agradable. Compartimos varios platos y dos botellas de vino, y Laura me pregunta qué tal me va la vida y yo se lo cuento y ella, y esto es novedad, presta atención.
Cuando me levanto de la mesa es cuando me doy cuenta de que quizás he bebido demasiado. Luego vamos a un club. Hay bastante gente. Al acercarme a la barra choco con hasta tres personas y por un momento me planteo si me habré vuelto invisible. No, quiero decir que REALMENTE me planteo si me habré vuelto invisible. Ya digo que había bebido mucho vino. Cuando vuelvo hasta donde se encuentra Laura ella ha adoptado su clásica pose para esa clase de lugares, una pose entre altiva e insultante que parece decirle a los demás que debieran dar las gracias por tener la suerte de respirar el mismo aire que ella. A lo largo de un par de horas, probablemente más, maneja la conversación con sus temas habituales: que si voy a ir no sé dónde, que si me voy a comprar no sé qué, que si fulanita es una zorra. Y a eso de las tres dice que se tiene que ir, que mañana ha quedado a las dos, y la acompaño hasta su casa. En el portal nos damos un beso largo y sentido, y luego ella dice sube, y luego dice no subas, y luego dice sube, y luego dice no subas y cierra la puerta. Paro un taxi y me voy a casa. Cuando llego hay luz en la habitación. Es muy tarde, pero Diana está despierta, leyendo un libro. Sin levantar la vista me pregunta dónde he estado, y le digo que he ido a bajar la basura. Y ella se gira y me mira como si fuese el ser más incomprensible del universo. Luego sonríe, no me parece una sonrisa sarcástica, y vuelve a su libro, y doy un salto y me tumbo a su lado.
- Oye, ¿tú alguna vez has tenido una sensación como muy física de ser invisible? ¿Realmente invisible?
- Alguna vez.
- Y está muy bien, ¿verdad?
- Depende.
- Pero no te enfadas, ¿verdad?
- No seas tonta, si es culpa mía, qué me voy a enfadar...
- ¿Seguro?
- Seguro.
- ¿Mañana entonces?
- Mañana.
Cuelgo y llamo a Laura. No está muy habladora, así que voy al grano y le pregunto si le apetece que la inviten a cenar esta noche. Acepta. Quedamos unas horas más tarde, y el tiempo que resta lo paso frente al ordenador, en un foro de críos, haciéndome pasar por una adolescente anoréxica enamorada de su profesor de gimnasia. Las nuevas tecnologías y esos momentos de ocio.
Llego media hora tarde al lugar de encuentro, y aún así lo hago quince minutos antes que Laura. Cuando la veo entrar en el bar, quitándose un gorro de lana, con el pelo revuelto y la nariz colorada del frío, me parece la mujer más bella del mundo.
- Con el pelo revuelto y la nariz colorada me pareces la mu...
Y me interrumpe de un guantazo que hace que se gire medio bar. Luego empiezan los reproches y los insultos. Que si llevas tres meses sin cogerme el teléfono, que si no contestas a mis mensajes, que si quién te has creído que eres, que si eres un hijo de puta. Y yo pidiendo perdón e inventando excusa tras excusa. Afortunadamente, cuando llegamos al restaurante ya se ha calmado, y todo se torna más agradable. Compartimos varios platos y dos botellas de vino, y Laura me pregunta qué tal me va la vida y yo se lo cuento y ella, y esto es novedad, presta atención.
Cuando me levanto de la mesa es cuando me doy cuenta de que quizás he bebido demasiado. Luego vamos a un club. Hay bastante gente. Al acercarme a la barra choco con hasta tres personas y por un momento me planteo si me habré vuelto invisible. No, quiero decir que REALMENTE me planteo si me habré vuelto invisible. Ya digo que había bebido mucho vino. Cuando vuelvo hasta donde se encuentra Laura ella ha adoptado su clásica pose para esa clase de lugares, una pose entre altiva e insultante que parece decirle a los demás que debieran dar las gracias por tener la suerte de respirar el mismo aire que ella. A lo largo de un par de horas, probablemente más, maneja la conversación con sus temas habituales: que si voy a ir no sé dónde, que si me voy a comprar no sé qué, que si fulanita es una zorra. Y a eso de las tres dice que se tiene que ir, que mañana ha quedado a las dos, y la acompaño hasta su casa. En el portal nos damos un beso largo y sentido, y luego ella dice sube, y luego dice no subas, y luego dice sube, y luego dice no subas y cierra la puerta. Paro un taxi y me voy a casa. Cuando llego hay luz en la habitación. Es muy tarde, pero Diana está despierta, leyendo un libro. Sin levantar la vista me pregunta dónde he estado, y le digo que he ido a bajar la basura. Y ella se gira y me mira como si fuese el ser más incomprensible del universo. Luego sonríe, no me parece una sonrisa sarcástica, y vuelve a su libro, y doy un salto y me tumbo a su lado.
- Oye, ¿tú alguna vez has tenido una sensación como muy física de ser invisible? ¿Realmente invisible?
- Alguna vez.
- Y está muy bien, ¿verdad?
- Depende.
jueves, diciembre 10, 2009
A mí su último disco no me parece tan malo
Estos días tengo a Zoe en casa, de paso hacia otra parte, como siempre. Siempre en tránsito. De hecho, si me pidiesen que definiese nuestra relación con una sóla palabra, esa palabra sería "maleta". Esta vez a Zoe le ha dado por decir que tiene los labios finos, y no porque ni uno sólo de sus genes haya nacido por debajo del paralelo 40N sino porque no da los suficientes besos, así que ahora anda repartiéndolos a diestro y siniestro. La llevo a casa de mis padres y les da cien besos a cada uno, bajamos a tomar un café y le da cuatro besos al camarero. Y al niño de los del tercero, al dentista, a la panadera, a la chica que reparte publicidad, al quiosquero y a la señora de la farmacia. Besos para todos. Hoy he llegado a casa y ahí estaban las tres, Zoe, Diana y mi hermana, tomando un té. Habían quedado para ir de compras. Y ha salido el tema de los besos y a mi natural antipático han reaccionado besándome Zoe por un lado y Diana por otro, mientras Eva, que sabe lo mucho que sufro las demostraciones espontaneas de cariño, lo celebraba a carcajadas, la muy asquerosa. Luego se han puesto sus abrigos y se han ido, y si me pidiesen que definiese con una sóla palabra lo que he sentido al verlas salir juntas no podría, pues lo que he sentido era más bien una pregunta: ¿y cómo demonios me las he apañado para llegar hasta aquí?.Cuando se han ido me he dedicado a rematar unos trabajos pendientes, porque me conozco y sé que en breve llegará el vendaval y con el vendaval el quedar como el culo con todo el mundo, y la verdad es que me ha cundido. Un buen día. Luego han vuelto a casa las señoritas con un montón de bolsas, me han traído una bufanda preciosa en dos colores, #20B2AA y #87CEFA, y hemos estado hablando de las fiestas que se avecinan. Diana ha dicho que las va a pasar en Huelva con su madre que está pachucha (mentira, se va para evitar que le salpique), y Zoe ha dicho que ella las tiene que pasar en Malta, pero que aunque no tuviese ningún compromiso antes prefiere coger un hacha y cortarse un brazo a la altura del codo que pasarlas conmigo. Y, joder, me ha parecido todo tan bonito que he estado a punto de echarme a llorar. De hecho, si ahora me pidiesen que definiese el amor diría que es exactamente eso: el saber cuando toca estar y cuando toca apartarse.
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