martes, febrero 09, 2010

Gastronomía razonable

Me despierta un olor celestial: Diana está preparando tortitas. Eufórico, brinco de la cama, agarro la J-45 y comienzo a saltar a su alrededor mientras interpreto una versión desvergonzada de "Party Fears Two". The alcohol loves you while turning you blue, y deposita en la sartén dos cucharadas de la mezcla de huevo, leche y harina. My manners are failing me, y con mimo le da la vuelta a la tortita. Pero cuando me acerco a mi parte favorita, la de what's wrong's the wrong that's always in wrooong, suena la puerta, así que abandono mi interpretación y voy a abrir, y no es hasta que ya he abierto que me doy cuenta de que mi atuendo no es del todo apropiado: una imperio que bien pudiera haber pertenecido a Billy Mackenzie y unos boxer a juego. Es mi vecina, que viene a despedirse. Ayer vinieron dos tipos de otro hemisferio y metieron sus cosas en un montón de cajas. Se va, del todo. Me echa un vistazo y sonríe.
- A lo mejor al final sí que te echo de menos un poquito.
- Esto no es un adiós, sino un hasta luego - lo siento, en ese momento no doy con nada mejor.
- Por supuesto.
- Y piénsalo: ¡siempre nos quedará la bechamel! - broma privada.
Luego decimos cuatro paridas más, nos damos dos besos y cierro la puerta. Cuando vuelvo a la cocina noto que Diana está radiante. No ha salido a despedirse de la vecina y ahora está eufórica. No me consta que hayan tenido encontronazo alguno, así que sólo se me ocurre una forma de definir todo esto: celos. Y es absurdo. No quiero abundar en detalles que me harían parecer un estúpido, pero si ustedes las conociesen también encontrarían incomprensible que una mujer como mi vecina (no me lo digas: ¡funcionaria!) pueda resultar amenazante para una mujer como Diana (redoble). Pero eso parece. Y no tiene ninguna lógica. Que conste que yo nunca me acosté con mi vecina. Con ésta no. Jamás. Nuestra relación no se fundamentaba en el sexo sino en su extraordinaria tolerancia hacia mis ruidos y mis historias, y en las croquetas. Sí, las croquetas. Cuando preparábamos croquetas siempre hacíamos de más (mi especialidad son las de jamón, la suya las de bacalao) y llamábamos a la puerta del otro y abríamos una botella de vino y veíamos una peli mientras yo le decía cosas sin ningún interés y ella me decía cosas fascinantes como "la nueva de contabilidad es una trepa" o "la cuenta de resultados es importante pero no lo es todo" o "aún me quedan seis días y medio de vacaciones". Ah, aquellas noches, aquellos vinos. Sí, la verdad es que me molesta un poco que se vaya, y si no arrastrase esta ataraxia degenerativa creo que incluso podría afirmar que a lo mejor al final sí que la echo de menos un poquito.
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