lunes, octubre 15, 2007

La India

Cuando al fin estamos todos sentados el tipo alto lleva la conversación a su terreno: las vacaciones. He pasado tres semanas en la India y os digo que aquello te cambia la vida, es increíble cuanta dignidad existe en la miseria. Menudo gilipollas. Estoy tentado de decirle que yo he pasado mis vacaciones encerrado en la habitación de un hotel de Benidorm con dos eslavas, tres caribeñas y un camerunés. Eso sí que te cambia la vida. Pero no lo hago, porque oigo que el tipo alto dice "yo en la India he encontrado la felicidad", y entonces ya no aguanto más, entonces invento una excusa muy mal elaborada y me voy. Compro unas cosas que necesito y me dirijo a casa. Silbo en el rellano mientras espero el ascensor. Aparece mi vecina. Dejo de silbar. ¡Hola! El ascensor no acaba de llegar, vendrá de arriba del todo. Quien sí llega es una mujer con traje chaqueta. Su cara me suena. Tú eres la de la asesoría. No, la inmobiliaria. ¿La inmobiliaria del quinto? Eso es un dermatólogo. ¿Del cuarto? El tercero. Eso, el tercero. ¿Y llevas mucho tiempo ahí? Cinco años, hace cinco años que somos vecinos. Le caigo fatal. Se produce un silencio incómodo, aunque no para mi vecina, quien ríe entre dientes. Yo también lo hago, por empatía, y al descubrirme la del traje chaqueta hace un gesto borde. Cree que me río de ella. Me odia. Al fin llega el ascensor. Entramos. Pulso el botón de mi piso. Luego hago la intención de pulsar el botón del piso al que va la mujer del traje chaqueta, pero ya no recuerdo si es el tercero o el cuarto. Dudo, con el dedo en el aire. El tercero. El ter-ce-ro. Me detesta. La puerta tarda un poco en cerrarse, el tiempo justo para que alguien desde fuera grite "¡un momento!". Pulso el botón de abrir. La puerta se abre. ¡Gracias! Es un señor que debe pesar unos ciento cincuenta kilos. El dermatólogo, creo. Mi vecina hace un gesto de desaprobación y pregunta un ¿cabemos? que en realidad quiere decir no cabemos. Pero el gordo sube. Pulsa un botón, la puerta se cierra y el ascensor comienza a ascender. No por mucho tiempo, ya que tras haber recorrido apenas unos metros suena un click y se detiene. Nos hemos quedado encerrados. Mi vecina mira al gordo con evidente reproche. Este confiesa a continuación que esa es la tercera vez que se queda encerrado en aquel ascensor. Mi vecina está a punto de comenzar a gritarle, pero la chica de la inmobiliaria -¿o era una asesoría?- hace un comentario, para relajar el ambiente. Bueno, si esto se prolonga al menos llevamos comida. Y señala la barra de pan que sobresale de la bolsa del dermatólogo. Este le responde que ha leído que el hombre aguanta más sin comer que sin beber. Y a continuación señala mi bolsa. Bueno, tú seguro que llevas ahí agua o algo. Yo respondo que agua no pero sí condones, así que si eso se prolonga podemos montar una buena fiesta. Mi vecina se ríe. El gordo también. La chica de la asesoría no. Definitivamente, me odia. Así que prosigo la broma. Aunque no tenemos mucho espacio; habrá que hacer turnos. Mi vecina se echa las manos a la cara. El gordo vuelve a reír. La chica de la asesoría -¿o era una inmobiiaria?- me mira fijamente y luego comienza a rascarse el cuello. Me odia. Me odia y la pongo nerviosa. Entonces suena otro click, y se va la luz. Nos quedamos a oscuras. Mi vecina, en un gesto instintivo, agarra mi brazo. La mujer del traje chaqueta chilla.

jueves, octubre 11, 2007

La penúltima

Juraría que no he dormido más de quince minutos, aunque en realidad lo he hecho durante cinco horas. Sufro una resaca espantosa. Horrible. Doy vueltas en la cama. No puedo dormir. Me levanto, abro el frigorífico, preparo un sandwich con una loncha de jamón y otra de queso, y le doy dos bocados. Me sienta fatal. Vuelvo a la cama. Nada. Imposible. No puedo dormir. Miro el reloj. Las nueve de la noche. Decido entonces hacer algo estúpido: me levanto, me ducho, me visto y me voy a la fiesta de la revista. Eran las diez de la mañana, ayer, hoy, cuando a todos prometí que no iría. ¡De ninguna manera! Y allí estoy. Cuando llego aún hay gente haciendo cola. Mientras espero, dos tipos delante de mí hablan.
- ¿Cómo? ¿Fuiste con una amiga? ¿Una amiga especial, acaso?
- No, especial no. Sólo me la follo.
Bien. Esto empieza bien. Buscan mi nombre en la lista. Entro al local. Miro alrededor. Me reconforta comprobar que ninguno de los míos alcanza el grado de insensatez necesario para presentarse allí tras lo de ayer. El grado de insensatez necesario, mi grado de insensatez. Oteo el horizonte en busca de caras conocidas, pero alguien llega por detrás y me tapa los ojos.
- ¿¡Quién soy!?
- Hmmm... ¿Maddie McCann?
Me suelta. Se sitúa delante de mí.
- No, tonto, soy yo.
Es una pelirroja resultona con la que estuve un tiempo hace ya unos cuantos años. Hace siglos que no hablamos, pero empieza a contarme una anécdota como si nos hubiésemos visto ayer mismo.
- ... y me dice que esa casa no le gusta porque es pequeña. ¡Pequeña! Y yo le digo que cómo va a ser pequeña si tiene tres habitaciones y va él y me dice que quiere cuatro. ¡Cuatro! Y yo le digo que para qué quiere cuatro y me dice que por si acaso y yo le digo que por si acaso ya está la tercera y él me dice que en la tercera quiere poner una mesa de billar. ¡Una mesa de billar! ¿Pero tú sabes lo que ocupa una mesa de billar?
No me explico cómo pude un día echarme eso a la boca. Niños, cuando alguien os ofrezca drogas, decid simplemente NO. Habla y habla, y yo mientras asiento con la cabeza aunque hace tiempo que he desconectado. Finalmente alguien llega y requiere su atención, gracias a Dios, momento que aprovecho para escabullirme. Me acerco a la mesa de las bebidas. Mezclo en una copa el líquido de las dos botellas más cercanas. No sé qué contienen, no me apetece leer. Doy un sorbo. Sabe a rayos. Alguien que conozco llega y choca su copa con la mía. ¡Salud! Me veo obligado a darle otro sorbo. Me dan arcadas.
- ¡Coño, pensé que no venías! Pues, mira, ya que estás aquí te voy a presentar a Marco...
- Genial, pero mejor luego, que ahora tengo que ir al servicio, tío, no sabes cómo me estoy meando. Después te busco, ¿vale?
¿Marco? ¿Qué mierda de nombre es ese? No quiero conocer a nadie que se llame Marco. Hoy no. Me alejo. Bajo unas escaleras. Me acerco a los servicios. Hay dos puertas, pero en ninguna indica a qué sexo corresponde. Dudo, y entonces se abre una de las puertas, sale la actriz, tropieza y cae justo delante de mí. Me agacho y le ofrezco mi brazo.
- No hace falta que te lances a mis pies, tampoco soy para tanto.
Se ríe. Se incorpora.
- Qué verguenza... creo que he bebido demasiado... oye, me gusta tu chaqueta... creo que estoy empezando a hacer el ridículo... oye, ¿por qué no me sacas de aquí?
Me agarra con fuerza y de esa guisa salimos del bar. Una vez fuera, la actriz se detiene.
- Me duele un poco el tobillo, igual me lo he torcido... qué ridículo, espero que no me haya visto nadie... putos tacones... oye, ¿tienes el coche muy lejos?... ¿te importa si mientras vas a por él yo te espero aquí?
Por supuesto que no, le digo. Echo a andar, doy la vuelta a la esquina, detengo un taxi y me voy a casa.

lunes, octubre 08, 2007

Diecisiete segundos

Salgo a la terraza. El cielo está negro, se va a poner a llover en cualquier momento, pero me da por irme a dar un paseo, con lo puesto. De repente la idea es que la lluvia me pille lo más lejos posible, para así verme condenado al aguacero. De repente la idea es un bautismo, eso es. Echo a andar y al rato me cruzo con una jovencita con un peinado estupendo que me busca la mirada y cuando la encuentra sonríe. Supongo que debería sentirme halagado por el gesto amable, pero la verdad es que siento... no sé. Nada. Recupero la certeza de que lo opuesto a la alegría no es la tristeza sino el vacío, la anestesia. Que lo opuesto a la felicidad no es la desdicha sino el vacío, el ir tirando. Mientras camino mi mente convoca metáforas. Pienso en la condición humana y su formidable resistencia. En ocasiones puede incluso llegar a parecer indestructible. Pero no lo es. Pienso en los diferentes peligros que la acechan. Pienso en esos sucesos que apenas dejan un rasguño imperceptible, mínimos saltos al vacío que aparecen de tanto en tanto, dificultades que apenas consiguen hacer mella y cuya importancia se difumina en cuestión de días. También pienso en esos otros que te sitúan al borde del delirio, debacles y desgracias que en el momento parecen insuperables. Pero se superan. Dejan cicatriz, a veces incluso suponen puntos de inflexión, pero no impiden seguir adelante. Y finalmente pienso en aquellos que compuestos de una aciaga mezcla de fatalidad, inoportunidad y tino se sitúan más allá de cualquier entendimiento. Esos son capaces de transformar los corazones en piedra. Esos no se superan nunca. Esos acaban con aquel que los padece. Esos transforman a su víctima en un zombi, alguien que vive un tiempo prestado, una prórroga inútil. Y están por todas partes, los zombis, vivimos rodeados de ellos. Aunque se hace difícil distinguirles del resto, porque a veces también sonríen.
Tras dos horas caminando vuelvo al punto de partida, a casa. Ya ha caído la noche. Llover, no ha llovido.

jueves, octubre 04, 2007

La mujer biónica

¿Recuerdan a la dependienta de la tienda de ropa de la esquina? Bah, ustedes qué van a recordar. Mejor les pongo en situación. Junto a mi bar de cabecera se encuentra una tienda de ropa cuya dependienta se llama Alicia. Alicia es morena, de ojos negros, y tiene mucho de todo, como un Corte Inglés. Un ejemplar mesetario de los que ya no se ven. Elegante en el vestir a pesar de una cierta tendencia al exceso, y exquisita en las maneras a pesar de la exhibición de una risa atronadora. Lo que los antiguos denominarían una mujer de bandera. Creo que es dueña de la tienda en cuestión, y digo que creo porque jamás he podido establecer con ella una conversación inteligente. Tan pronto me acerco a sus dominios mi proverbial facilidad para el mano a mano salta por los aires. Mi conversación se transforma en un lastimoso conjunto de balbuceos y mi simpatía torna en un puñado de muecas lamentables. Su anatomía desactiva todas mis habilidades sociales hasta dejarme reducido a una patética parodia de mí mismo. Ayer, sin embargo, animado por el efecto euforizante de cuatro combinados y la promesa de sus hombros desnudos, me decidí a intentarlo de nuevo, dispuesto esta vez a enfrentar el seísmo cargado de improvisación, sin nada preparado, confiado en que las palabras que brotasen de mi boca fuesen al fin las adecuadas. Así que me acerqué a la barra, me coloqué entre ella y su amiga, y comencé a hablar.
- Alicia, ¿sabes qué me apetecería ahora mismo? Me apetecería meterte en mi cama. Y no hablo de susurros y caricias bajo un edredón, no. Hablo de un maratón gimnástico, hablo de un vendaval de sudores y salivas, hablo de ponerte a hacer equilibrios encima de mi...
Y zas. Un bofetón. No lo vi venir. Hubiera debido, lo sé, pero no. El impacto me alcanzó de lleno. Si hubiera llevado gafas éstas habrían saltado por los aires. Me quedé petrificado. Alicia dejó su mano en alto, como advirtiéndome de que no acabara esa frase, ni esa ni ninguna otra. Tragué saliva. Vocalicé un tímido "ouch". Alicia relajó el gesto y perfiló una media sonrisa casi ministerial.
- ¿Eso es todo?
- S-sí, t-todo.
- Bien.
Me alejé, caminando despacio, la mirada gacha, la mejilla en carne viva. Llegué a mi mesa. Mis amigos sufrían convulsiones y espasmos, incapaces de dominar las carcajadas. El camarero también reía. Me puso otra copa. "¡Una para el valiente de parte de la casa!". Miré alrededor. Todo el mundo reía. Mis amigos, el camarero, el resto de clientes, la amiga de Alicia. También Alicia, con su risa estrepitosa.
La tengo en el bote.

martes, octubre 02, 2007

Yo me quedaré aquí siempre, viviendo del amor de las mujeres

Un tipo se acerca en el bar y me pide fuego. Se lo doy. Me ofrece un cigarro. Le digo que no fumo. Dice que es curioso que a pesar de no fumar lleve fuego. Ya ves, respondo. Luego me pregunta si voy mucho por allí. Eso es, está ligando conmigo. Escondiendo mi, creo, leve homofobia - todos los hombres heterosexuales la padecen, de una manera u otra, no crean al que les diga lo contrario, esto viene de las cavernas y no hay nada que hacer al respecto - invento una excusa poliédrica y me lo saco de encima. Me sucede a menudo. Martina dice que es porque tengo cara de niña, pero yo siempre le respondo que eso es una contradicción y un sinsentido, aunque igual no lo es, igual es de lo más normal, qué sé yo. Más madera: esta mañana he quedado con RL, amigo, maestro, titán, y hemos charlado de nuestras chiquilladas mientras empujábamos el carrito de su bebé por el parque. En un momento dado, un chaval se ha acercado y nos ha dado unos flyers para un garito con un nombre inconfundiblemente gay. Nos ha tomado por dos tíos paseando un hijo adoptado o inseminado a medias, supongo. RL ha dicho que eso sólo le pasa cuando va conmigo. "Cuando el río suena agua lleva", ha añadido, descojonándose. Y supongo que de alguna manera debería sentirme halagado, e igual es eso lo que pasa, igual es por eso por lo que ahora voy y escribo esto tan intuyo que vergonzante que escribo, por vanidad. No sé por qué coño me estoy justificando. En fin, también les puedo contar que más tarde me he sentado en un banco y he contemplado las correrías de una manada de niños que alborotaba junto a uno de esos columpios tan asépticos que se han puesto ahora de moda y que se asemejan a enormes correctores bucales. Les he visto empeñarse en persecuciones desestructuradas, brearse a empujones porque sí y desgranar gritos prehistóricos, hasta que me he fijado en sus madres, quienes me miraban de soslayo, dudando si no sería yo un pervertido al acecho de sus retoños. Así que me he levantado para irme de allí, para escapar, y al pasar junto a ellas he comprobado cómo sus expresiones viajaban rápidamente de la sospecha al alivio. "No hay de qué preocuparse, no es ningún pervertido. Tan sólo un pedazo de maricón".

domingo, septiembre 30, 2007

Mi vino de verano

Fresas, cerezas y el beso de un ángel en primavera, mi vino de verano está hecho de todas esas cosas. Bah, suena mejor en inglés: "strawberries, cherries and an angel's kiss in spring, my summer wine is really made from all these things". Grande Lee. Mi vino de verano. El otro día iba caminando con una manzana en la mano y la mente entregada a rememorar pasados amables y concitar futuros estremecedores cuando descubrí que estaba siendo absorbido por el asfalto. Literalmente. Me llegaba a la altura del mentón. Presa del miedo sincronicé pelvis, abdomen y torso, y con un movimiento de reptil me zafé del peligro. Y es que es jodido darle la espalda al presente, siquiera un breve instante, porque el presente no condesciende con la menor distracción. El presente es un tiesto que cae desde un cuarto. El presente es un lunes de dentista y es un empate en casa. Mi vino de verano. Inventario. Salvé a un perrito de morir atropellado y varios desconocidos aplaudieron y me dieron palmadas en la espalda. Trepé hasta lo alto de una escultura de Botero y un guardia con bigote, extranjero al término "arte pop", me obligó a bajar entre aspavientos y amenazas. Me zampé a una rusa de labios carnosos y anatomía de pescadera que tenía la costumbre de echar a correr y pedirme que la alcanzase. En una de estas eché a correr hacia el lado opuesto y ya no volvimos a vernos. Y creo que hubiera podido disfrutar de todo eso, de la rusa y del guardia y de los vítores, si no fuera porque no dejaba de vigilar el suelo bajo mis pies, no le diese por abrirse de nuevo. Y es que es jodido prestarle demasiada atención al presente, porque te marea y te vacía. El presente es un hijo torero. El presente es un sábado con gripe y es una noche en vela. Más. También estuve jugando a veo-veo. Durante dos de las tres horas de un vuelo, con una niña de siete años a quien había correspondido el asiento contiguo. Violeta, un cielo. Y cabezona, que no hubo manera de convencerla de que vaso no es una cosita que empiece con la letra B. En un momento dado su madre se levantó para ir al baño y me dijo "cuídamela", así que procedí a explicarle a la niña que aproveche, que aproveche ahora, que pronto le llegará el día en el que todas las efemérides a su alrededor lo sean de desgracias. Ante eso la niña abrió mucho los ojos y dijo veo-veo. Con la B. Ventanilla.

domingo, septiembre 16, 2007

La habitación del pánico

He pasado la noche del sábado asomado a un abismo. Hubiera preferido pasarla en un bar, por supuesto, pero la he pasado asomado a un abismo. Y no me refiero a un precipicio, una de esas ilusiones que se manifiestan a la luz del día y en las que el presente se distorsiona al ser contemplado a través del cristal del miedo. No, hablo de un abismo, de esos que se abren a oscuras, en los márgenes de un desvelo, en los que es el futuro lo que se distorsiona, en los que es de pánico el cristal, en los que todo pasado parece error y todo presente desierto. Minutos salpicados de sensaciones de pérdida, de la peor, la propia. Esta noche, en el interior de la sima, he comprendido que todos los pequeños éxitos que he logrado en la vida han tenido poco o nada que ver con el coraje y mucho con la verguenza, poco con la perseverancia y mucho con la vanidad. No tengo la sensación de haber logrado nada que quisiese lograr, sino más bien de haber resultado esporádicamente beneficiado por el hecho de que exista tanta gente que confunda el culo con las témporas. Exacto: la inteligencia está sobrevalorada, tanto que el mero concepto es ya una acuarela. Me estoy explicando de pena, lo sé, tengan compasión, ya les digo que he pasado la noche asomado a un abismo. Mi hermana se lo podría explicar mejor. Ella me conoce bien. Cuando me azotan los halagos, viene y me dice: "no te preocupes, ya se les pasará". Otra de las cosas que dice Eva es que todas las rupturas, incluso las más insignificantes, han de ser violentas, repletas de cerámica rota y dedos en la llaga. Y yo casi no recuerdo ninguna que no fuese civilizada y exquisita. No sé qué pensar. Tanta elegancia y tanto a ver si quedamos un día de estos a cenar es indicativo de que algo huele a muerto. A muerto o a tierra quemada. No sé. Ahora recuerdo un verso - olvida la nieve, vive con los tuyos, desciende a la ternura - que no viene a cuento, en absoluto. Como todo lo demás.

miércoles, septiembre 12, 2007

El final anticipado

Alzo la espada y amago un movimiento hacia el flanco izquierdo para acabar atacando por sorpresa el derecho. Mi adversario intuye la maniobra, detiene el golpe y contraataca con fuerza. Es un magnífico contrincante. El combate resulta espléndido. No es casual que los medios especializados hayan tildado el enfrentamiento de "final anticipada". De repente mi rival se quita la máscara, lanza la espada al suelo, me abraza y comienza a lamerme la cara. No entiendo nada. Los alrededores se vuelven nebulosos.
Un click.
Otro click.
Despierto. Abro los ojos. Quien me lame la cara es el perro de Ruth. Si el perro está aquí, Ruth ha de andar cerca, pienso. Estiro un brazo y palpo el cuerpo que tengo a mi lado. No es el cuerpo de Ruth. Ahora caigo: quien hay a mi lado es una gaditana, organiza exposiciones, le encanta hablar de sus sesiones de pilates, llevaba un par de meses tras ella. Un terror inaudito se apodera de mí. Ruth. ¿Dónde está Ruth? Me incorporo. Ruth está en la puerta, con la boca abierta. Ya la he cagado, pienso. Soy un mierda, me digo. Un ser que se arrastra por el mundo dañando a los demás, un golfo, un sinverguenza, alguien en quien no se puede confiar. Un cerdo.
La ventana está abierta.
Pienso en escapar, en huir deslizándome por la cornisa.
Entonces espabilo. Recupero al fin la plena consciencia y me hago una pregunta fundamental: ¿qué coño hace Ruth en mi casa? Yo no estoy con Ruth, yo no le debo fidelidad a Ruth, Ruth no debe entrar en mi casa, no soy yo quien sobra en esta escena.
La gaditana ya ha despertado.
Me dedica esa mirada. Luego se pone a toda velocidad los vaqueros ajustados y la camiseta negra sin mangas. Intenta calzarse sus nike plateadas, pero el perro de Ruth juguetea con los cordones. Lucha con él. Exclama un "¡por favor!" que no va dedicado a nadie, ni siquiera al perro. Yo le podría decir que esto no es culpa mía, que esto no es lo que parece, que no me mire así, que estamos juntos en esto. Pero la situación me provoca tal pereza que no digo nada. Finalmente se va, y al pasar junto a Ruth baja la mirada, avergonzada.
- Es muy guapa...
- Eres una hija de puta.
- Lo siento. Si quieres la alcanzo y le digo que todo es culpa mía, que tú no has hecho nada. No sabes cuánto lo siento.
Deja las llaves sobre la mesilla.
- Ya no lo vuelvo a hacer, ¿ves? Ya no tengo llaves. Lo siento, de verdad, no te imaginas cómo lo siento.
El perro de Ruth gruñe. Se encuentra a los pies de la cama, jugando a destrozar el sujetador que la gaditana ha dejado olvidado en la huida. Le miro. Me gustaría no reírme, pero no lo puedo evitar. Me río. Ruth también se ríe. Mierda.
- Espérame en el salón, anda. Me ducho en un minuto y bajamos a tomar un café.
Entro en el cuarto de baño. Comienzo a rememorar las últimas veinticuatro horas. La verdad es que la cosa tiene gracia. Bastante gracia. Comienzo a reirme. A carcajadas. Durante un par de minutos. Luego vuelve el desamparo.

lunes, septiembre 10, 2007

A house is not a home

Camino, mientras en mi interior tarareo "A house is not a home", versión Brook Benton. A lo lejos diviso a una pareja que pasea parsimoniosa, conversando mientras conducen un carrito de niño. Pienso: ah, la familia. La estabilidad, el refugio, la red bajo el trapecio. Pasan a mi lado, y oigo a la mujer que dice: "digo yo que no pasa nada porque por una vez le des un puto biberón a tu hija". Pienso: no es oro todo lo que reluce. Pienso: no importa la situación en la que nos encontremos, que siempre seremos capaces de fabricarnos un infierno a medida.
Sigo caminando. A lo lejos veo a dos chavales que sonríen y gesticulan, y que a continuación se despiden chocando las manos y haciendo aspavientos. Pienso: ah, la amistad. La diversión, el apoyo incondicional, la manada. Uno de los chavales pasa a mi lado, y le oigo que musita: "vaya pedazo de gilipollas". Pienso: las apariencias engañan. Pienso: no importa de quién consigamos rodearnos, que la puñalada decisiva siempre nos llegará desde donde menos lo esperemos.
Llego hasta la cafetería. La música de mi cabeza se mezcla con la del bar. JM está sentado a una mesa, leyendo un periódico. Me acerco. Me saluda.
- Hey.
- Hey, ¿qué tal?
- Ya ves, aquí, muerto de asco. ¿Y tú que tal?
- Igual. Aburrido como una maceta.
- Si quieres te dejo un trozo de periódico.
- Va.
Me siento. Pido un café. Ojeo la parte de periódico que me ha correspondido. Las primeras hojas y las últimas. Pienso en un reloj que guardo en un cajón, un reloj que he dejado de utilizar porque, aunque sigue funcionando perfectamente, le he perdido la confianza. Sigo leyendo. Pienso en una frase que he leído recientemente y que no consigo sacarme de la cabeza: "hay fuegos domésticos que arden más tiempo que otros porque, de hecho, hay más leña". Sigo leyendo. Pienso: mira, esta noche echan Freaks.

miércoles, septiembre 05, 2007

Descalzo otra vez, naturalmente

La chica de la zapatería sitúa un dedo en la puntera del zapato y dice que ese, sin duda, es mi número. Un poco más tarde, la chica de la zapatería dice que a pesar de haber pedido carne prefiere beber vino blanco, que está más fresquito. Y unas horas más tarde, la chica de la zapatería me dice "dame tu leche, papi". Y sé que eso, ahora, escrito, es de una obscenidad inapropiada, pero creo que es importante que sepan que al salir de su boca esas palabras me han hecho creer, por un instante, que podría derribar todos los tabiques de mi casa de un sólo soplido.
La chica de la zapatería tiene ideas sorprendentes sobre cada problema de nuestro tiempo. Dice que el terrorismo es producto de la falta de amor en las escuelas. Dice que los incendios son cosa de la propia naturaleza, que se entrega al sacrificio para expiar nuestros pecados. Y un poco más tarde también me dice "ahora hazme el culito, papi". Y sé que eso, ahora, escrito, es de una obscenidad inapropiada, pero creo que es importante que sepan que al salir de su boca esas palabras me han hecho creer, por un instante, que podría derribar todos los edificios de la manzana con un sólo parpadeo.
La chica de la zapatería me trae los botes de conservas para que yo los abra, y cuando lo hago me da un beso. La chica de la zapatería me pregunta la palabra que le falta para acabar el crucigrama, y cuando se la digo me da un beso. La chica de la zapatería me ha pedido que vayamos a la piscina, pero le he dicho que no podía porque necesito acabar un trabajo en el que voy muy retrasado, y me ha dado un beso. Y luego se ha puesto las sandalias y ha dicho "entonces ya ha llegado la hora de que lo dejemos, papi". Y eso, ahora, escrito, no es obsceno ni inapropiado, pero creo que es conveniente que sepan que al salir de su boca esas palabras me han hecho creer, por un instante, que soy el mayor gilipollas de mundo. Que soy como ese que saca tres seises seguidos en el parchís, muerto de un exceso de suerte, como ese que falla en el concurso televisivo sin haber llegado a utilizar ninguno de sus comodines, muerto de un exceso de confianza.
Supongo que nunca volveré a verla, a la chica de la zapatería, la que tiene el verbo de cama fluido y acierta el número que calzas con sólo mirarte. Es una pena. Me hubiera gustado llevarla al cine.