miércoles, enero 11, 2006

Confianza

No sé si seré un caso raro, y admito que eso me importa bien poco, pero siempre he guardado mejor recuerdo de la gente en la que confié y me falló, que de la gente en la que desde el principio creí que no debía confiar. Será porque siempre he sentido más simpatía por los enrevesados que por los normales. O será porque tengo un más alto concepto de mis errores que de los errores de los demás, que también puede ser, no digo que no.

La fotografía, llamada 'Car For Two', es obra de Chris Leschinsky.

martes, enero 10, 2006

Nada de nada

Era viernes, y en esas horas en las que ya es demasiado tarde para todo te acercaste a mí, llorando y bastante borracha, y por todo saludo me soltaste un "los tíos son unos cerdos". "Entonces creo que yo no soy lo que necesitas ahora", te respondí como un machito idiota, pero tú negaste con la cabeza, muy despacio, y me dijiste con una serenidad que me hizo dudar de la veracidad de tu borrachera: "tú tan sólo hazme reir". Y te hice reir, porque me lo pediste, y porque me gustaba tu risa, tan sonora y desacomplejada, como de muñeco antiguo, una sonrisa de las que seducen y desarman. Y me gustaba cómo te limpiabas las lágrimas con el dorso de la mano, y como fuiste pasando del llanto a la risa, y cómo se te guiñaban los ojos, y cómo te caía el pelo sobre la cara, y cómo te llevabas la mano derecha al escote cuando te retorcías suplicando "para ya, por favor, para ya".

Me contaste que te llamabas Claudia, que eras azafata en presentaciones de una marca de telefonía móvil, que vivías en Valencia, y yo te conté que me llamaba Alfredo, que trabajaba doblando películas japonesas, que vivía en Barcelona. Yo me reí con tus mentiras y tú, los ojos guiñados, el pelo en la cara y la mano en el escote, te reíste con las mías. Te hice reir aquella noche, y te hice reír aún más el día siguiente, y no se me va de la cabeza la forma en la que aún reías el domingo mientras te ponías los zapatos y te abrochabas el abrigo, mientras desaparecías, mientras me decías que nunca olvidarías aquellos tres días de Enero.

Fotografía de Shannon Harigan.

domingo, enero 08, 2006

Is this one thing...

It's this 1 thing that's got me trippin, it's this 1 thing that's got me trippin, this 1 thing my soul may be feeling, it's this 1 thing you did.
It's this 1 thing that caught me slippin, it's this 1 thing I want to admit it, this 1 thing and I was so with it, it's this 1 thing you did.

Una de esas canciones que se te meten en la cabeza y no eres capaz de sacártela en una semana. Una de esas canciones que sonaban aquel-día-que. Una de esas canciones que son tan simples y cuyo gancho es tan facilón que incluso te da verguenza que te guste, a tí, que eres capaz de soltar de carrerilla los nombres de los componentes de los Who, los Jam y los Clash, a tí, que de vez en cuando te da por el micro-house. Y ya estás perdido y sabes que es mejor no luchar contra lo que queda: una semana con su estribillo incrustado en cada cosa que haces, en cada despertar, en cada tiempo muerto del día... Una semana, toda una semana, y luego... a otra cosa mariposa. Viva el pop, coño, viva el pop.

sábado, enero 07, 2006

Del olivo me retiro, del esparto yo me aparto

A Laura la conocí hace poco más de diez años, y comenzaré por decir que durante un tiempo incluso compartimos apartamento y veladas frente al televisor. No diré que estuvimos saliendo porque lo mucho que cada uno de nosotros detestaba los defectos del otro hizo que aquello apenas durase un suspiro. Sin embargo, hemos sido capaces de mantener una relación bastante cordial a lo largo de todo este tiempo, y de vez en cuando, un sábado cada dos o tres meses, quedamos para cenar o ir al cine o tomar una copa, o todo a la vez. Yo suelo preferir lo del cine, porque hay que decir en este punto que Laura no sólo tiene un tono de voz bastante cómico, sino que lo redondea con una conversación que roza la insoportable. ¿Que por qué pensando eso sigo quedando con ella? Seré prosaico: porque está como un tren.

Hace unos días quedamos para cenar en un restaurante italiano, y una vez allí, Laura gastó una gran parte de la velada en hablar de algo que al parecer le resultaba fascinante: los gnocchis, esas bolitas de patata que hacen los italianos. "Porque te voy a decir una cosa, B, cuando estuve en Roma aluciné con toda la patata que se come allí. Fli-pe, te lo juro. Aquí pensamos que somos los que más, pero es mentira, te digo yo que es mentira, que son los italianos los más patatosos, o los más patateros, o los más patatinos, o... ¿cómo se dice?. Bueno, eso". Y yo que se como se dice, seguro que de ninguna de esas maneras, pero cállate ya, por favor, y cómetelos.

Y en esas o alguna parecida andaba yo, dándole vueltas ensimismado al hecho de haber malgastado aquel sábado hablando de patatas e italianos y mirando como un baboso el sobresaliente escote de alguien a quien a duras penas soporto cuando, y ya en un club cercano, reparé en Inés ("hola guapo, soy Inés, tu camarera, ¿qué os traigo?"), quien había traído tres chupitos y se había sentado en una butaca frente a nosotros, y hablaba entonces del tatuaje que lucía bien visible en su homóplato derecho, un águila, que Laura comparaba en tamaño, haciendo así con los dedos, con el que ella, un leopardo esta vez, reconocía lucir bajo su ombligo. Y a esa misma comparación me dedicaba yo unas horas más tarde, serían las cuatro y ya en mi casa, cuando esforzado me encaramaba al trasero de Inés mientras ésta hundía el doble piercing de su lengua en la entrepierna de Laura, quien con la espalda arqueada como un ciprés y el gesto transformado por el placer en una mezcla imposible de ausencia y entusiasmo me gritaba "párteselo, párteselo".

Fotografía de ERYK.

miércoles, enero 04, 2006

Una máscara de coña y una pistola cargada

Durante mucho tiempo, al cruzarse con una mujer que llevase de la mano un niño se deleitaba imaginando cómo sería su vida si él fuese su marido y aquel su hijo. Al cruzarse con un hombre bien vestido, bien parecido, se mostraba dispuesto a intercambiar sin dudarlo los momentos más felices de su vida por los más desgraciados de aquel hombre. Al cruzarse con un grupo de amigas adolescentes caminando altivas y hablando en un dialecto juvenil imposible, ridículo, soñaba con ser, de todas ellas, siquiera la que en las fiestas se quedaba siempre sóla en la mesa cuidando de los abrigos. Al cruzarse con las trabajadoras del centro comercial más cercano, siempre uniformadas, con sus peinados lacados, soñaba con ser al menos aquella que no se atrevía a dejar aquel empleo tan aburrido por miedo únicamente a la soledad. Al entrar en un bar abarrotado de gente soñaba con ser tan sólo aquella camarera a la que aquellos imbéciles del grupito que había junto a la barra trataban como a una colilla. Y al llegar a su casa, con todo el tiempo del mundo por delante para echárselo a las espaldas, echaba de menos todo lo que no había tenido y detestaba todo lo que había vivido.

Y en todo ello pensaba mientras en la puerta de aquella joyería se ajustaba la careta de Aznar que regalaban con el último número de El Jueves y comprobaba que la pistola que le habían vendido estaba bien cargada y dispuesta para permitirle tener una oportunidad, al menos una, de cobrarse al fin todas sus deudas.

Fotografía de Philippe Bréson.

martes, enero 03, 2006

La sinceridad y una cantante francesa


Ella le dijo: lo que más me gusta de tí es que siempre, en cada contexto, eres capaz de elegir la frase adecuada. El respondió: si ahora mismo me comunicasen que esta es la última vez en mi vida que te veo, la verdad, no me importaría en absoluto.

De fondo, la voz de una cantante francesa apostilla: L'amour, c'est rien quand c'est politiquement correct, on s'aime bien, on n' sait même pas quand on se blesse. L'amour c'est rien quand tout est sexuellement correct, on s'ennuie bien, on crie avant pour qu' ça s'arrête.

Fotografía de Guy Bourdin.

lunes, enero 02, 2006

Y la indiferencia que con algún dolor se aliviase

La costumbre conduce irremediablemente al descuido, y supongo que fue eso, un descuido, lo que hizo que mis entonces compañeros de piso, con quienes apenas llevaba viviendo un par de meses, descubriesen la sangre de las heridas de mis muslos, una escena que interpretaron como un intento de suicidio, lo que, dada su buena voluntad, les hizo llamar a una ambulancia y llevarme a urgencias. Una vez en el hospital el médico me recetó un buen arsenal de antidepresivos, y además, ante lo que interpretó como los efectos de un brote agudo de agarofobia, me recomendó que durante unos días, y hasta que la medicación surtiese efecto, permaneciese en casa, tranquilo, sin salir, sin pisar la calle. "Y dentro de unos días comenzaremos la recuperación, hijo", me dijo. Hijo.

El apartamento en el que consumí aquellos días, propiedad de un buen amigo, entonces fuera de la ciudad, era pequeño pero muy cómodo y contaba con un ventanal que daba a una concurrida calle madrileña y, dado que siempre me ha resultado terriblemente tedioso sentarme frente al televisor, acabé gastando la mayor parte de aquel tiempo observando por el ventanal, día y noche, a los viandantes. Una noche, desvelado por la continuada inactividad y la potencia de la medicación, eché una manta sobre mis hombros y me senté frente al ventanal con un vaso de agua con gas, dispuesto a dar cuenta de un paquete de tabaco. Y serían alrededor de las cuatro de la mañana cuando ví a aquel hombre por vez primera. Tendría unos 50 años, tenía el pelo escaso y canoso, y hacía ademán de llamar a un botón concreto de un portal vecino. Nunca llegaba a finalizar con éxito la maniobra, y acompañaba cada uno de esos intentos frustrados con violentos golpes con el puño en lo alto de su cabeza. Tras repetir estos movimientos durante unos minutos se acercaba mucho al portal, bajaba la cabeza y los brazos, y comenzaba a, resultaba evidente, masturbarse. Aquello duraba apenas unos instantes y tras los últimos espasmos caía de rodillas, se llevaba las manos a la cara, y comenzaba a llorar desconsoladamente, tirándose del pelo y dando puñetazos en el suelo. Unos segundos después se levantaba, se colocaba el abrigo, miraba con miedo alrededor, supongo que temeroso de repente de que alguien pudiera haberle visto, y emprendia el paso hasta salir, casi corriendo, de mi campo visual.

Al no tener nadie a quien contarle lo visto, y al no estar aún de ánimo como para coger el teléfono y adornarlo, no volví a reparar en ello durante el resto del día. Sin embargo al día siguiente, de nuevo desvelado, de nuevo a la misma hora, volví a contemplar al mismo hombre enfrentándose al mismo ritual, cosa que se repitió con absoluta precisión horaria durante toda una semana. Y sin duda lo más curioso era que mientras mi estado mejoraba (tras muchos meses de vacío, al acostarme había vuelto a soñar despierto, a imaginar futuros, y volvía a tener ganas de leer y escribir), el de aquel hombre parecía ir a peor, ya que su angustia parecía alargarse, ensancharse, parecía encontrar nuevas formas de doblarse sobre sí misma. Llegué a tener la sensación de que de alguna forma, mediante algún proceso de ósmosis maldita, su pena me estaba alimentando. Lo cierto es que el Tryptizol es capaz de conseguir eso, y mucho más.

Sin embargo, pronto llegó un día en el que logré dormir de un tirón, en el que no me encontré desvelado a aquella hora, y por ello, arrebatado por la intriga, al día siguiente decidí ponerme el despertador para asistir a mi cita con tan dolorosa escena. Ese día estuve esperando un largo rato frente a la ventana, y llegaron las cuatro, y luego las cinco, e incluso las seis, pero el hombre que se masturbaba y lloraba no apareció. Contra lo que cabría esperar, no me pregunté entonces qué habría ocurrido con él el día anterior, el día que falté, el día que me dormí, sino que me metí tranquilo en la cama, y al día siguiente muy animado recogí mis cosas, eché un último vistazo a aquella habitación y salí al fin de aquella casa, alejado de aquel ventanal, dispuesto a buscar nuevos dolores con los que aliviar mi indiferencia.

Fotografía de David La Chapelle.

sábado, diciembre 31, 2005

viernes, diciembre 30, 2005

Música de baile

Corre el año 1971, y Dee Dee Warwick (nacida Delia Warwick, hermana de Dionne "I'll never fall in love again" Warwick y prima de Whitney "sí, esa Whitney" Houston), es enviada por el que entonces era su sello, Atlantic, a Alabama para grabar unas canciones. Allí, junto a un puñado de los más extraordinarios músicos de soul de todos los tiempos, los que habitaban los legendarios estudios Muscle Shoals (que ese mismo año grabarían el "Sticky Fingers" de los Stones), daría una nueva vuelta de tuerca al ya enorme "Suspicious Minds", ese himno a la desconfianza y los celos escrito por Mark James que en 1969 proporcionase a Elvis Presley uno de los más grandes éxitos de su carrera.

Una voz extraordinaria, una base rítmica que se mueve a medio camino entre el soul sureño y el funk, las cuerdas de Wade Marcus y unos vientos marca de la casa conforman una grabación extraordinaria. Y cuando Dee Dee afirma dolorida "¿por qué no puedes ver, lo que me estás haciendo, cuando no crees ni una palabra de lo que te digo?" ganas dan de coger de la pechera a su amante, el celoso, el de la mente que sospecha, y soltarle un "que la creas, coño, que te dice la verdad, ¿es que no lo ves?".


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jueves, diciembre 29, 2005

Cuarenta mil watios

Me limitaré a exponer fríamente los hechos, a pesar de que el hecho de ser el narrador podría permitirme darle al protagonista, yo mismo, un perfil más amable. Y no quiero entrar en la génesis del asunto, pero sí diré que fue un asunto que finalizó con ella diciéndome (más o menos) eres insoportable, no sé cómo pude confiar en tí, eres un impresentable, mira que me lo dijeron y no me lo creí, de dónde coño saliste, lo tuyo es grave, no sé cómo puedo ser tan idiota, y además (y esto, textualmente) preferiría que me descargasen cuarenta mil watios en el higo antes que pasar un sólo minuto más contigo. Sí, como suena, no dijo voltios, dijo watios.

Aquella tarde, presa de un agudo sentimiento de culpa, y con lo de los cuarenta mil watios retumbándome en los oídos, procedí a vender en acto de penitencia mi copia original del 'Kinda Kinks' de los, eso, Kinks, por ocho mil pesetas, para, a los tres meses, comprar de nuevo la misma copia por doce mil. Lo que me lleva a preguntar: ¿alguna vez le habeis puesto precio a vuestra catadura moral?, ¿alguna vez habeis medido cuánto vale vuestro arrepentimiento? Yo sí, ya veis, y el mío vale cuatro mil pesetas. Veinticuatro euros de nada.

La ilustración, de Thorsten Hasenkamm.