viernes, julio 11, 2008

Verde

Pedimos una, brindamos por el amigo caído, pedimos otra, y volvemos a brindar. Cogemos muchos taxis y visitamos domicilios de personas que se encuentran en busca y captura. Llego a casa a las siete de la mañana. Me tumbo en la cama y comienza la zozobra. Me sujeto con firmeza al cabecero y grito "¡agárrense, vamos a volcar!". Consigo dormir unas cuatro horas, repartidas en intervalos de unos cuarenta y cinco minutos. En uno de ellos sueño que estoy haciendo al amor con una mujer y ésta se transforma en un viscoso monstruo verde y me come. En otro sueño que entro en una mercería y la dependienta se transforma en un viscoso monstruo verde y me come. En otro sueño con ella. Cuando me levanto siento un profundísimo odio por mí mismo. Me ducho, me lavo los dientes, vomito, me lavo los dientes y me ducho. Me preparo una tostada y abro una lata de cerveza. Me visto, bajo al bar, pido un café y le echo un vistazo al Marca. Allí un tipo con un considerable retraso mental junta frases dignas de un crío de siete años, y en páginas polideportivas se anuncia el triunfo en no sé qué disciplina de una chavala de catorce años. Me encanta el Marca. Luego suena el teléfono, y es Sebas que me propone ir a una piscina. Acepto, lo que supone una muestra evidente de que aún sigo borracho. ¡No hace falta que subas a por un bañador, yo te dejo uno, espérame ahí!. En los vestuarios de la piscina me pongo el bañador, un bañador rojo, largo y con estampados. Parezco el Hasselhoff del remake gayer de Los Vigilantes de la Playa. Sebas, eres un hijo de puta. Buscamos una sombra y extendemos nuestras toallas. Mi idea es tumbarme y dormir no menos de cien horas. Oriento mi toalla buscando una sombra duradera, y entonces una tía muy impertinente se acerca y, obviando cualquier prolegómeno, me dice: "en bañador estás más feo". Yo, raudo, le respondo "tú sin embargo estás igual vestida o en bikini", pero se lo toma como un piropo, y le hace un gesto a su amiga, y ésta acerca sus dos toallas, también un radiocasette, y sacan un parchís, y me tocan las amarillas. Vaya plan. Jugamos. Cada pocos minutos ellas gritan cosas como "¡seis, tira otra vez!" o "¡esa no, que las tuyas son las amarillas!" y Sebas responde "disculpad a mi amigo, por lo general no es tan tonto". El sol y los dados en movimiento y los colores del tablero consiguen que me suba lo de ayer, y llega un momento en que el parchís me parece un juego indescifrable. Las casillas, los números. Dios mío, ¿a quién le toca ahora?. Cuando descubro que he perdido un sentido tan elemental como el sentido de las agujas del reloj me levanto, echo a correr, y me lanzo a la piscina. Llego hasta el fondo. Me quedo sentado. Se está bien. Pienso en mujeres que se transforman en viscosos monstruos verdes, y en viscosos monstruos verdes que se transforman en fichas de parchís, y en fichas de parchís que se transforman en bikinis de colores luminosos. También pienso que no parece la mejor de las ideas el estar flipando mientras aguanto la respiración en el fondo de una piscina. Entonces veo un remolino, y de él surge la muchacha impertinente. Se sienta a mi lado y sonríe. Las burbujas de aire que salen de su boca se le enredan en las pestañas. Con las manos comienza a hacer una cuenta atrás.
- Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco.
A saber por qué cojones hace eso.
- Cuatro, tres, dos, uno.
Cero. Verde.
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