miércoles, octubre 18, 2006

Es fácil dejar de fumar si sabes cómo

El asunto no tiene nada que ver conmigo. Tiene que ver con un hombre que recostado en su sofá en lo más profundo de la madrugada escuchaba paciente el sonido de su teléfono. Un hombre que de nuevo decidía no descolgarlo, porque ya sabía quién llamaba. Bueno, en realidad no sabía exactamente quién era, pero sabía que era aquel a quien no conocía pero de quien llevaba recibiendo llamadas cada quince minutos, desde hace dos días. Era una voz extraña, desconocida, de un hombre de edad avanzada, no anciano pero sí de unos cincuenta y cinco o sesenta años, que cada vez, sin variación alguna, le decía: "yo sé lo que has hecho y de mí no puedes escapar".

No le parecía posible que pudiese nadie haber descubierto a esas alturas que habia descuartizado a su mujer y había guardado en la cámara frigorífica del sótano los pedazos metidos en bolsas de plástico duro verde. No había hecho ruido alguno, ni tampoco había nadie podido notar aún ninguna ausencia. Así que durante estas últimas horas había tratado de convencerse de que aquellas llamadas eran tan sólo producto de su enferma imaginación. Sugestión. Nada real. Sin embargo, cuando más cerca estaba de lograrlo volvía a sonar el teléfono, siempre igual, y al descolgarlo oía de nuevo, tan real como lo más real que hubiese oído jamás, esa voz que le decía "yo sé lo que has hecho y de mí no puedes escapar".

Así que comenzó a lamentarse de no poder llevar a cabo su idea primigenia, la de alimentarse de los restos de su mujer hasta que estos se agotasen para después acudir de alguna forma que aún no había planeado a unirse con ella donde quiera que estuviese. Si es que estaba en alguna parte. Un plan que ahora le resultaba de todo punto imposible ya que el sonido de aquel teléfono le resultaba absolutamente insoportable. Imposible. Totamente imposible. Decidió entonces cargar en su furgoneta las pesadas bolsas de plástico duro verde, después se encaminó hasta el descampado que había entre el chalet de los Arcata y la subestación eléctrica, y una vez allí cabó con una pala un hoyo no especialmente profundo donde enterró los pedazos de su mujer, recubiertos estos de una mezcla aleatoria de piedras y arena.

Al regresar a su casa se recostó de nuevo en su sofá y nervioso se limitó a esperar que sonase de nuevo el teléfono. Así transcurrió media hora. Nada. Apretó el puño e hizo un gesto victorioso. Siguió esperando. Dos horas más. Nada. Comenzó a inquietarse, nervioso por lo que suponía aquel silencio. La locura. Entonces fue cuando comprendió que acababa de cometer un gran error. Un inmenso error. Abatido, no se le ocurrió otra cosa que encender la radio. Una mujer de voz muy dulce que se anunciaba a sí misma como terapeuta, así, en genérico, recomendaba diferentes formas de abandonar el tabaco. Acupuntura, parches de nicotina, hipnosis. Nuestro hombre se dijo entonces en voz alta: "yo me sé otra".

Fotografía de Ali Smith.
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