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Martes. Acababa de pedir un café, cortado, y comenzaba a ojear un periódico del día anterior que había sacado del revistero de la cafetería cuando alguien me tocó en el hombro y me dijo "vaya pedo que llevabas el otro día, machote, hubiera apostado a que no te ibas a acordar de que tenías una cita". Me giré, y comprobé que aquella voz salía de los labios de una mujer de pelo corto moreno, con el flequillo sobre la cara, una cara llena de pecas en la que destacaban dos ojos color miel y unas pestañas larguísimas. Llevaba una camiseta negra de tirantes que dejaba ver un tatuaje de unas flores que le llegaba desde el hombro hasta el codo, y en el escote unas gafas de color amarillo. Me quedé embobado mirando su tatuaje y ella dijo "son rosas negras, me encantan las rosas. ¿Te has acordado de traerme rosas?". Noté que se me secaba la boca y que mis cuerdas vocales se hinchaban. Estaba tan mareado que comencé a dudar de si no estaría metido en algún sueño, por lo que me limité a esperar que aquellas pecas comenzasen a ponerse azules, o que la cafetería se convirtiese de repente en una catedral, o algo así. Ella inclinó entonces la cabeza, frunció el ceño, sonrió, y finalmente dijo "¿y bien? Si eres mudo, siento decir que en lenguaje de signos sólo sé decir gracias, hola, y mi nombre, mira". Hizo algo con las manos, y yo respondí al fin "esto... yo... verás... Dios, eres preciosa". Ella dijo "y tú eres un encanto. En cuanto te ví supe que eras un cielo. Oye, aquí hace calor, ¿por qué no vamos a dar un paseo?".
Y seguro que no, que yo no era ningún cielo, y que aquello muy pronto dejaría de parecer un sueño, pero al salir de aquella cafetería y durante un instante, os juro que durante un instante el aire olió a rosas y en el ambiente se dibujó el hecho cierto de que era ya, sí, al fin, Mayo.
Fotografía de Fernando Milani.