jueves, junio 28, 2007

Kodomotachi

¿Alguna vez habeis recibido una noticia laboral nefasta, por inesperada, y cuando habeis llegado a casa vuestra pareja había elegido exactamente ese día para explotar, y entonces habeis comenzado a notar un intenso dolor renal? Si, yo también. O parecido. Pero hoy no ha sido un día de esos. Hoy cuando he abierto la puerta de mi casa he oído proveniente del salón la voz de Ruth. He pensado que hay demasiada gente que tiene la llave de esta puerta y que un día vamos a tener un disgusto de los gordos, pensamientos que han sido sustituídos por otro bastante más primitivo apenas he llegado al salón y he visto a Ruth con un bikini amarillo. De un tirante se desprendía una etiqueta.
- Mira, me lo acabo de comprar. ¿Te gusta?
Que si me gusta. Había pasado la mañana realizando diversas gestiones, fingiendo la más absoluta normalidad, mezclándome sin problema con mis conciudadanos en marquesinas y detectores de metales, y resulta que en mí las burocracias despiertan la bestia parda que tan bien disimulo en casi cualquier otra circunstancia. Y es que no hay cosa que me encienda más que una señorita con gafas de telefonista proponiéndome un papeleo, diciendo lo de firme aquí y aquí, y de esas he tenido hoy un par. Así que allí, en el salón, no he tenido por más que quitarme el polo con un movimiento soviético y aprestarme a dar cuenta del banquete. Ruth me ha parado en seco.
- ¿Pero tú has visto lo blancucho que estás? ¿No tendrás una hepatitis...?
La impertinencia era tan sólo la entradilla de su plan, el cual ha ejecutado a partir de ese instante con absoluta maestría. Me ha dicho que había quedado con unas amigas y sus novios en la piscina de la casa de una de ellas, me ha dicho que le acercase la falda vaquera, y me ha dicho que nos íbamos a dar un baño. Cuando he querido reaccionar ya había metido uno de mis bañadores en una bolsa y estábamos en camino. Hubiera querido negarme, exigir un preámbulo, negociar, pero he descubierto que soy incapaz de llevarle la contraria a una señorita ataviada de tal guisa. En fin, una vez junto al agua he tardado poco en constatar que sus amigas eran unas estiradas y sus novios unos gilipollas. Demonios, he tenido freidoras con mejor conversación. Pero bah, igualmente ha resultado ser un buen día: me he tumbado sobre mi toalla y me he dado un chapuzón y he fingido que estaba dormido cuando empezaban a hablar de no se qué concurso televisivo y me he puesto morenito y Ruth me ha aplicado un aftersun que olía a parque de atracciones acuático y ahora me pica un poco aquí pero me da igual. Un buen día. Sí, eso, un buen día.
Ultimamente me cuesta dormir, me gustaría tener a mano algún tipo de somnífero.
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