lunes, mayo 28, 2007

Cicatriz

Mientras la enfermera me asea suelo recordar antiguas vacaciones. Tal vez sea el olor a limpio o quizás el efecto tranquilizador de la rutina lo que me lleve a asociar esa acción con los largos periodos que pasaba con Isabel y los niños en aquel pueblecito costero, no lo sé. En todo caso no son pensamientos estructurados. No recuerdo anécdotas concretas; son más bien sensaciones. Desde el accidente, las pocas capacidades que lo sobrevivieron se han desarrollado hasta el punto de ser ahora capaz de recordar olores y sonidos en los que en el pasado no reparaba. Cosas que dejaban en mi interior su huella imperceptible, y que ahora brotan: el roce de la brisa marina mientras recorro el paseo marítimo, la pesadez en cada músculo tras volver de trotar por la playa, una risa proveniente de la piscina infantil.
En cosas así pienso cuando estoy con la enfermera.
Pero no siempre. En ocasiones la enfermera entra en mi habitación y cierra con llave. Entonces me obligo a estar alerta. Cuando la enfermera cierra con llave y deja sus bragas sobre la silla y conduce mis dedos inertes hasta su entraña y me insulta y me golpea y me llama por un nombre que tan sólo existe en su pasado, en esas ocasiones me prohibo todo recuerdo, toda divagación. Cuando eso sucede utilizo mis renacidos sentidos para lograr que el sonido de cada golpe sustituya la ausencia de sensibilidad, para lograr que el aroma salado y floral de su sexo sustituya la ausencia de tacto. Y cuando toma mi inútil mano derecha y se la lleva hasta la cicatriz que ocupa el lugar de su pecho vacío (¿esto te gusta más, hijo de puta, esto te gusta más?), en esos momentos, hostia puta, en esos momentos me siento más útil de lo que me haya sentido jamás. Mil veces más poderoso. Intocable.
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