¿Les he contado ya que fui niño prodigio? Sí, claro que se lo he contado, han sido tantas las palabras que resulta casi imposible encontrar ninguna nueva. Me temo que nuestra amistad está tocando a su fin. Bah, superaremos esta pérdida, claro que sí, como hemos superado casi todas. Somos seres habituados a la pérdida. Hubo un día en el que llegamos a pensar que éramos intocables, invencibles, y al día siguiente un giro del destino nos lo arrebató todo. Y enseguida perdimos también las ganas de encontrar algo nuevo. Habría de ser muy torpe una gitana que nos leyese la mano como para no dar con la clave de todo, pues nuestra linea de la vida nace entre el índice y el pulgar con una verticalidad exquisita, y desciende majestuosa hasta que llega a un punto en el que dramática se parte en cuatro: la de lo que pudo ser, la de lo que fue, la de lo que no quisimos que fuese, y la de la segunda oportunidad que se nos escapó por no estar atentos. No sé. De un tiempo a esta parte me gusta pensarme como una gran madeja, como meter cuatro cordones en la lavadora y que salgan hechos una bola, cada uno anudado consigo mismo y con los demás. Y en ocasiones me planteo la posibilidad de ir, paciente, deshaciendo nudos, uno a uno, con cada nudo una manía, hasta llegar al primero. Pero no estoy seguro, demasiada vanidad, demasiado miedo. La vida es una sucesión de azares, y como tal en ocasiones desemboca en un hecho trágico, que ni siquiera será ironía, tan sólo el habitual devenir de las cosas. Y a partir de entonces uno acarrea su hecho trágico bajo el esternón, y le da de respirar y de dormir, e incluso alcanza con él un grado de entendimiento razonable, y está bien que así sea. Lo que ya no está tan bien es que uno considere la tragedia el hecho fundacional de toda su vida, o, peor aún, que llegue a considerarse un privilegiado por portarla, que deje de considerar obscena su exhibición, que piense que de alguna manera le hace mejor que el resto. Miren, ahí tienen un buen ejemplo de que se puede ser brillante de crío, y de adulto un tarado. Si ahora me preguntan mi número favorito es posible que les diga que es el 11 de Ayala, o el 22 del día en que te conocí. Si me lo hubiesen preguntado a los quince les habría dicho que mi número favorito era EL UNO. Ahí tienen otro.
miércoles, octubre 29, 2008
Yo no quiero tener un millón de amigos
¿Les he contado ya que fui niño prodigio? Sí, claro que se lo he contado, han sido tantas las palabras que resulta casi imposible encontrar ninguna nueva. Me temo que nuestra amistad está tocando a su fin. Bah, superaremos esta pérdida, claro que sí, como hemos superado casi todas. Somos seres habituados a la pérdida. Hubo un día en el que llegamos a pensar que éramos intocables, invencibles, y al día siguiente un giro del destino nos lo arrebató todo. Y enseguida perdimos también las ganas de encontrar algo nuevo. Habría de ser muy torpe una gitana que nos leyese la mano como para no dar con la clave de todo, pues nuestra linea de la vida nace entre el índice y el pulgar con una verticalidad exquisita, y desciende majestuosa hasta que llega a un punto en el que dramática se parte en cuatro: la de lo que pudo ser, la de lo que fue, la de lo que no quisimos que fuese, y la de la segunda oportunidad que se nos escapó por no estar atentos. No sé. De un tiempo a esta parte me gusta pensarme como una gran madeja, como meter cuatro cordones en la lavadora y que salgan hechos una bola, cada uno anudado consigo mismo y con los demás. Y en ocasiones me planteo la posibilidad de ir, paciente, deshaciendo nudos, uno a uno, con cada nudo una manía, hasta llegar al primero. Pero no estoy seguro, demasiada vanidad, demasiado miedo. La vida es una sucesión de azares, y como tal en ocasiones desemboca en un hecho trágico, que ni siquiera será ironía, tan sólo el habitual devenir de las cosas. Y a partir de entonces uno acarrea su hecho trágico bajo el esternón, y le da de respirar y de dormir, e incluso alcanza con él un grado de entendimiento razonable, y está bien que así sea. Lo que ya no está tan bien es que uno considere la tragedia el hecho fundacional de toda su vida, o, peor aún, que llegue a considerarse un privilegiado por portarla, que deje de considerar obscena su exhibición, que piense que de alguna manera le hace mejor que el resto. Miren, ahí tienen un buen ejemplo de que se puede ser brillante de crío, y de adulto un tarado. Si ahora me preguntan mi número favorito es posible que les diga que es el 11 de Ayala, o el 22 del día en que te conocí. Si me lo hubiesen preguntado a los quince les habría dicho que mi número favorito era EL UNO. Ahí tienen otro.
viernes, octubre 24, 2008
Skip a life completely, stuff it in a cup
Ayer pasé el día batido en retirada, recluído, ajeno al escrutinio de los satélites de vigilancia, haciendo recuento de bajas y entregado a las labores de intendencia menos exigentes en lo intelectual, caldo de cultivo ideal para pensamientos de entretanto. Así, mientras fregaba el suelo del baño se me ocurrió que no existe peor soledad que la que se vive en compañía, y mientras limpiaba los cristales del salón se me ocurrió que los que gustamos de hablar sólos pasamos mucho más desapercibidos desde la irrupción de la tecnología bluetooth, y mientras probaba el punto de sal de los spaghettis con ragú de emperador y salsa de pimiento rojo se me ocurrió que semejante manjar merecía más de un piropo, por lo que, ataviado con mi delantal de 'Toledo calidade' y espumadera en ristre, salí de casa, atravesé el descansillo y llamé al timbre de mi vecina. Mi vecina es una persona de verdad, una persona de las de aumento salarial, vacaciones en la playa y mañana me voy a la boda de un primo lejano, muy distinta a las personas de trapo que suelo tratar, una persona cuya compañía me resulta en ocasiones reconfortante. Pero esta vez quien abrió la puerta no fue mi vecina, sino una mujer considerablemente más joven, una muchacha de pelo negro y tez pálida.- ¡Tú!, ¿qué has hecho con mi vecina?
Su contestación fue algo así como "mio entiende español poco", así que repetí la pregunta en inglés, bajando la espumadera, no fuese a tomarla por prueba de hostilidad. Y me contó que, al parecer, mi vecina y ella pertenecen a una comunidad online cuyos miembros gustan de intercambiar sus viviendas durante periodos establecidos. Y yo me voy a tu casa y tú te vienes a la mía. En este caso, durante diez días. Como en la peli esa tan absurda. Una vez aclarado el asunto nos presentamos, y a continuación le dije que acababa de elaborar un plato exquisito, que sería una pena desperdiciarlo, que había vino, y que mi son era de paz. Y sin pensarlo dos veces y en muestra de carácter abierto cerró la puerta tras de sí, y pasamos a mi salón, y mientras yo servía los platos ella puso la mesa, y abrimos la botella de vino, y brindamos, y cenamos.
- El pescado estaba un poco seco, pero por lo demás todo muy rico.
La muchacha pálida me contó que en su Bergen natal hay un mercado de pescado que ofrece una variedad de género infinita, y me contó que un familiar cercano resultó el único superviviente de un naufragio de gran impacto mediático, y me contó que este viaje no estaba resultando exactamente como esperaba, que quizás había puesto demasiadas esperanzas en él, y que, en definitiva, se sentía embargada por un considerable sentimiento de decepción. Hablamos de todo eso, y después hablamos de muchas más cosas.
Esta mañana cuando he abierto los ojos la noruega estaba sentada al borde de la cama, mirando a través de la ventana en gesto de evidente melancolía.
- Oye, ¿en esta ciudad amanece siempre tan nublado?
- Siempre.
jueves, octubre 16, 2008
Pintando tu retrato, con un seis y con un cuatro
Hoy me ha llamado Marta y me ha dicho que Nueva York está cada vez peor, a pesar de que en esta estación la gente parece empeñada en vestir ropas de colores, lo cual debiera significar (esto lo dice ella, yo no estoy de acuerdo) algo bueno. Luego me ha contado que sorteó con sus dos compañeras de piso las habitaciones, y que quedó última y que por eso le ha correspondido la habitación menos luminosa, y, en general, ha insistido mucho en destacar los aspectos más negativos de su presente, creo que dando por ciertas demasiadas cosas. Más tarde, en la misma tónica, se ha empeñado en disculparse por algunas cosas que me dijo el día en que le di todas las razones para marcharse que necesitaba, y que si no debí llamarte esto y que si no debí llamarte aquello, todo demasiado serio, todo demasiado gris, por lo que cambiando de tema le he comentado que su voz me sonaba como si estuviese tumbada en la cama. "Pues sí", ha afirmado, algo desconcertada, y a continuación, suavizando la voz y espaciando mis palabras, le he preguntado: "¿y qué llevas puesto?". Y ella se ha reído, se ha reído mucho, con su risa perfecta ("tu risa perfecta, y tu boca lejana"; bah, tengo que dormir más), y después todo ha ido mejor, y hemos hablado del calzado marca D.A.T.E, de la codicia como virtud, y de una canción de los Ramones.
Tras colgar he recordado, no sé muy bien por qué, cierta ocasión en la que, fruto de una apuesta estúpida ideada por gente estúpida en su momento de mayor estupidez, entré en una tienda de moda, una boutique, y le pedí a la dependienta, una mujer a la que no había visto en mi vida, que se casase conmigo. Y me dijo que sí. Y aún hoy sigo pensando que lo decía en serio. Luego estuvimos un tiempo saliendo, y ella alargaba la broma y decía cosas como "este fin de semana vienen mis padres de Vitoria, podías aprovechar para pedirles mi mano", o "¿tú que has hecho hoy? yo he estado en Pronovias". Y ahora mismo no recuerdo cómo acabó todo, supongo por tanto que sería por mi culpa, pero lo que sí recuerdo de aquello es una considerable dicha y, por más que lo intento, ni un sólo sinsabor. Y, pues eso, que yo de verdad que ya no entiendo nada.
lunes, octubre 06, 2008
A la realidad le gustan las simetrías
Las personas decentes van al cine. Las personas decentes quedan en el Rodilla, y se saludan con contención, y devoran a toda prisa unos sandwiches antes de entrar en una sala en la que ven una película de buen trato crítico y alto contenido moralizante, y después van a la cafetería que hay frente al cine, una cafetería fea de cojones, de las de franquicia, y allí hablan de la película y de más cosas, y después empiezan a bostezar y dicen cosas como "esta semana se me está haciendo larguísima" o "mañana tengo que levantarme a las ocho", y se van a su casa.Yo a veces me mezclo con la gente decente. Yo a veces quedo en el Rodilla, y saludo con besos y abrazos, y devoro a toda prisa unos sandwiches antes de entrar en una sala en la que veo una película que me aburre con su retrato de dolores obvios y su esclerótica filosofía de playa almeriense, un bodrio firmado por algún melendi del celuloide, perezosos hijos de puta que no entienden que el arte no está para calmar conciencias, sino para inflamarlas. Y después voy a la cafetería que hay frente al cine, una cafetería fea como un diciembre feo, de las de franquicia, y allí hablo de la película y de más cosas. Y luego todos empiezan a bostezar, y entonces a mí me sobrecoge un pánico atroz, como un vértigo indescriptible. Y me despido de mala manera, y salgo de la cafetería a toda prisa, y llamo a quien no debo, y me juro que nunca volveré a quedar con personas decentes. Y mientras avanza la noche, una noche que dura semanas, me maldigo por esta incapacidad mía para dejar cuatro cosas básicas sin cuestionar, para delegar en lugares comunes, el barrio, la familia, para no ir siempre a ciegas, para dejarme ir en lo básico, para aceptar que hay cosas que son como son y además está bien que así sean. Y me pregunto cómo demonios he llegado a este punto en el que la semana la componen siete domingos de resaca, siete domingos que huelen a botella de vino sin cerrar y a tabaco de otro y a coños de vispera, siete putos domingos en los que hay espacio para muchas cosas, pero nunca para una flexibilidad lo suficientemente grande como para abrigar a dos.
Pues sí. Aquel día pensé que lo perdía todo, pero en realidad perdí mucho más.
miércoles, septiembre 24, 2008
Los tiburones
Me despierta el sonido de la puerta de la calle, alguien ha entrado en casa. Miro el reloj, casi la una de la tarde, me habría gustado dormir al menos otro par de horas. Unos segundos después entra Marta en la habitación y sin decir nada comienza a meter sus cosas en una gran bolsa de viaje, así que me levanto, me pongo lo primero que pillo y salgo de casa. Recuerdo entonces que hoy he quedado con mi hermana en la puerta de su consulta para ir a comer juntos, pero aún me resta una hora, así que compro tres periódicos, entro en una cafetería y me siento en la mesa más alejada del ventanal. Pido un café sólo, luego otro y más tarde un doble. Una hora más tarde estoy en el metro, y unos veinte minutos después descubro que acabo de pasarme de parada, así que me bajo, subo unas escaleras, giro una esquina, bajo otras escaleras y subo en otro vagón. Y en cuanto se cierran las puertas me doy cuenta de que esta vez me he equivocado de linea. Me bajo en la siguiente parada, tomo la dirección contraria, una estación, hago el trasbordo, otra estación, y finalmente, veinte minutos tarde, estoy en el punto de encuentro. Eva sacude la cabeza al verme llegar. Le explico que me he equivocado de parada, pero no me cree. Hace un comentario sobre mi aspecto y le digo que no es resaca sino sueño. Tampoco me cree. Vamos a un restaurante, ella pide lasaña y yo un filete, y pido que le pongan ensalada en lugar de patatas. Me lo traen con patatas, y durante unos instantes trato de recordar si llegé a pedir la ensalada o si en cambio tan sólo pensé en pedir la ensalada. No estoy seguro. Durante la comida hablamos de mis sobrinos, hablamos de un frigorífico estropeado y hablamos de Berlín. Luego ella vuelve a su consulta y yo vuelvo a casa. En autobús. Ya de vuelta, voy hasta el salón y allí descubro que Marta me ha dejado una nota en la mesa. Le echo un vistazo, pero es un folio escrito por las dos caras, así que lo dejo para después. Me siento en el sofá. Me levanto. Me vuelvo a sentar. Agarro el teléfono, marco un número y cuelgo. Vuelvo a marcar y vuelvo a colgar. Dejo el teléfono descolgado. Enciendo el televisor. Echan una especie de documental en el que una mujer bastante guapa confiesa su mayor miedo: los tiburones. Me cuesta creer que nadie considere tal cosa una fobia en lugar de simple prudencia. La mujer dice que ha decidido afrontar su miedo y que piensa nadar entre tiburones, por absurdo que parezca, así que se dirige a alta mar en un bonito barco junto a un grupo de expertos en la materia que le dan los consejos necesarios. Nunca les des la espalda y utiliza este palo si ves que alguno se acerca demasiado, le dicen. Finalmente llegan al lugar indicado. En un primer plano repleto de tensión la mujer reconoce su nerviosismo ante el reto. Luego se pone un traje de neopreno y se zambulle en el agua. A través de un micrófono nos va relatando sus emociones. El agua está clara. La vegetación es escasa. A lo lejos se divisan unas manchas oscuras. Los tiburones se acercan.
lunes, septiembre 15, 2008
Perdidos
Sujeta con suavidad mis dedos y me dice que tengo manos de pianista. Al comenzar la tarde éramos siete, luego cinco y ahora sólo quedamos los dos, y bebemos, y nos entregamos a una conversación destartalada, propia de las horas en las que nos encontramos. Ella habla sin parar, pero mi interés se centra en el neón que brota bajo la barra y se enreda en sus ajustados pantalones blancos, en las cremalleras que elegantes alivian la estrechez de sus tobillos, en la tira dorada de sus sandalias. Cuando vuelvo a prestarle atención está diciendo que todas las personas tenemos algo que nos hace únicas, y que en su caso ese algo es su habilidad para manejarse con los demás, su empatía, o su simpatía, no entiendo bien qué palabra utiliza, y luego me pregunta qué es lo que pienso que me hace único a mí. Y le respondo que lo que me hace único es que debo ser uno de los pocos tíos de este mundo a los que una novia haya dejado por un domador. Con trapecistas hay más. Y ella ríe a carcajadas, piropeando la ocurrencia muy por encima de su valor. Ríe y echa la cabeza hacia atrás y da pataditas en el suelo. Y después, teatral, pone el gesto serio y me mira a los ojos y sitúa una mano en mi nuca y me besa. Un beso que sabe a nada, que es a lo que saben los besos cuando unos labios se han bañado en ron y los otros en whisky. Y luego se equivoca: habla. Dice "he pensado mucho en esto", dice "en ocasiones estando en la cama con mi novio cerraba los ojos e imaginaba que eras tú". Y, claro, me asusto. Y me alejo de ella, sin moverme del sitio pero de manera muy ostensible, y ella se ofende. Y veo la ira en sus ojos e intento quitar hierro al asunto, pero ya es demasiado tarde. Y pienso que ahora va a dejar morir en silencio unos instantes antes de irse. Pero no, no está dispuesta a callarse.- Pues sí que debo ir borracha para que no te quieras liar conmigo ni tú, que eras capaz de follarte una puerta.
- Pero antes has dicho que piensas a menudo que...
- No te lo tengas tan subido, majo, que no eres para tanto.
Y descubro que, ahora sí, me estoy divirtiendo. Estoy en medio de una discusión que se asemeja a las que surgen a los pocos meses de iniciada una relación, cuando el otro ya ha descubierto que por dentro estás roto pero aún piensa que es posible ser arreglo o siquiera alivio, cuando aún hay estruendo; después llegará el silencio y más tarde la nada. Así que me animo a entrar en el cuerpo a cuerpo, con todo, en una discusión dura, cruenta, sólo nos falta agarrarnos de los pelos y echar a rodar. Yo hablo de su maquillaje y ella de mi acento. Yo hablo de su trabajo y ella de mi pasado. Yo hablo de sus orejas y ella de mis manos. ¿Dije pianista? Ya te gustaría, como mucho carterista. Y entonces me río. Y ella parece que va a explotar, pero al fin relaja el gesto, y también se ríe. Mucho. Y echa la cabeza hacia atrás y da patadas en el suelo. Y después, teatral, deja de reír y me mira a los ojos y sitúa una mano en mi nuca. Y me besa. Un beso que también sabe a nada, pero tras el que nadie hablará de lo que hacía ayer, ni con quién lo hacía, ni cuanto dolía. Porque ya existe una historia suficiente. Una historia que es aquí y es ahora y lo demás no existe.
viernes, septiembre 05, 2008
Buenas tardes: aquí un gilipollas
Cuando Laura sale de casa los cielos se despejan y los transeúntes aúllan hipnotizados. Cuando Laura abandona su portal la esquina de Velázquez y Goya se colapsa, los comerciantes hacen la ola y los motoristas, deslumbrados, van a dar con sus huesos en las marquesinas de las paradas de autobús. Cualquiera podría pensar que para la gente como Laura la vida es más sencilla que para el resto. Pues sí, es cierto, lo es. Bien diferente para los que la rodean. Para esos la vida puede llegar a asemejarse a un infierno, un infierno, un infierno. Mientras camino me lo repito tres, seis, diez veces. Un infierno, un infierno. Lo repito una y otra vez como hago siempre al día siguiente de verla, cuando sólo soy capaz de sacarme el hechizo obligándome a recordar aquellos seis meses de pesadilla, aquellos ocios incompatibles, aquellas conversaciones desastradas, aquel sopor. Al día siguiente de verla necesito llegar a una serie de acuerdos conmigo mismo, consignas que me eviten el desastre, y hoy mientras caminaba casi puedo asegurar que he llegado a todas las que necesitaba, pero ahora mismo no recuerdo cuales eran exactamente porque en ese mismo momento he sentido un fuerte golpe en la cabeza y he perdido pie y me he quedado sentado en el suelo. Enseguida he pensado "me han dado con un palo en la cabeza, normal", pero luego he abierto los ojos y he visto a una madre chillándole a un crío, y un balón botando, y otro crío tieso como un espantapájaros, y otra madre con la mano en la boca. Y la madre número uno se ha acercado.- ¿Estás bien? Ay, pobre. No sabes como lo siento.
- ¿Ha sido su hijo? Vaya disparo, está usted criando un figura.
- Ya, lo voy a matar, mira que le tengo dicho... ¿De verdad que estás bien?
- Sí, no se preocupe, no pasa nada.
La madre se ha girado y le ha gritado al niño "¡ven aquí ahora mismo a disculparte con este chico!", pues aunque transito ya la segunda mitad de mis treintas aún sigo siendo al parecer un chico, está visto que aquí no ayuda nadie, y el niño ha venido y se ha disculpado y le he dicho que no pasa nada y he echado a andar. Y mientras andaba he recordado aquel día en que siendo yo el niño que jugaba con un amigo le dí un balonazo a un señor muy alto, y éste recogió la pelota, se acercó hasta mí, me la ofreció, y cuando fui a cogerla la agarró con las dos manos y me la estampó en la cara, y cuando llegué a casa le dije a mi madre que me había caído, y ella no se lo creyó y pensó que me había pegado con algún otro crío. He recordado aquello, y antes de torcer la esquina me he girado y ahí estaban los niños jugando de nuevo, y las madres riendo, y aquí no ha pasado nada. Y he pensado que no es que estos tiempos sean peores que los anteriores, es sólo que éstos los habitamos gente mucho más de mentira.
viernes, agosto 29, 2008
Cae fiebre como nieve
Esquivar los halagos y revolcarse en las críticas. Olvidar al instante las alegrías y darle mil vueltas a cada decepción. Rodearse de locos, espantar a los tibios, incomodar a los felices, llenar las esquinas de demonios, hacerse daño. Discutirlo todo, especialmente aquello con lo que se está de acuerdo. Andar sólo cuando no se puede correr, y volar, y subir hasta donde no queda oxígeno, donde se pierde la razón, desde donde se cae a plomo. Escribir, componer, pintar huyendo de lo establecido, evitando lo correcto. Fotografiar al mentiroso en el momento de mentir, el arte no es un telediario. Es la fiebre, la fiebre que cae como nieve. Decirle a las chicas guapas que lo son, y a las que no lo son también, porque lo son. Tratar a todas las mujeres como si fuesen únicas y a todos los hombres como si nos debiesen dinero. Y no olvidar nunca a los que se fueron, no olvidarla a ella. Rehuir las nóminas, en lo laboral y en lo sentimental, evitar los créditos, en lo financiero y en lo sentimental, y sortear lo común, especialmente en lo sentimental. Mirarse en todos los espejos y jugar al ajedrez con la muerte. Fingir que todo importa, fingir que no sabemos cómo acaba esto, cortarse los hilos. Pedirse el lanzamiento decisivo, dar el paso al frente cuando llega el enemigo, hacer cima. La carne en el asador, el momento de la verdad, el ahora o nunca y todo eso. Existir con estrépito, buscar pelea, dormir lo justo, respirar a gritos, follar mirando a los ojos. Cuando nos aburrimos somos todos iguales, cuando nos movemos no nos parecemos en nada.
jueves, agosto 21, 2008
Luciano y el sexo
Si esto fuese un blog vigilante de la situación geopolítica ahora podríamos hablar de Gori, el Tibet o el disputado voto de los habitantes de Missouri. Si fuese un blog culinario les podría dar mi receta del escalope parmesana o un par de trucos para darle gracia a unas hamburguesas caseras. Pero esto es tan sólo un blog personal, o sea, un simple ejercicio de narcisismo, bochornoso como el diario de una quinceañera y asfixiante como las memorias de un filósofo sifilítico, sin espacio más allá del yo que para el mi y el me. Y si nada les sucede, ni al yo ni al mi ni al me, nada hay que contar. Estos días vivo sometido al canto de sirena de la rutina, habitante del postizo universo que conforma lo habitual. Estos días quedo con ésta y vamos a cenar a restaurantes con terraza, y quedo con estos y bebemos y hacemos el ridículo, y quedo con aquellos y alunizamos en tiendas de postín y saqueamos farmacias de guardia. Lo de siempre. El sopor. No sé. A ver, podría contarles que ayer noche trataba de conciliar el sueño, cosa harto complicada en días tan ociosos, serían las tres de la mañana, cuando comenzó a llegarme a través de la ventana un ruido, un leve susurro que en cuestión de segundos mutó en todo un surtido de alaridos primitivos y gemidos apasionados, una mujer proclamando a gritos su disfrute. Ahs y uhs y asís y ahoras. Media hora de función. Una cosa preciosa. Y esta mañana, cuando he salido de casa, la del séptimo me ha dedicado un gesto de desaprobación y el del tercero una mírada pícara. Al parecer todos han decidido adjudicarme un papel protagonista en el espectáculo nocturno. Y aunque me halaga el que me intuyan tal capacidad de proporcionar alegría, prefiero no dejarme llevar por la euforia pues sé que por las mismas pronto me responsabilizarán de una botella rota en el portal o una pintada en el espejo del ascensor. Eso se lo explicaba esta mañana a mi madre (tu hermana está de vacaciones, tengo que ir al banco, acompáñame) y ella ha dicho el ya clásico "algo habrás hecho". Como si este cuervo se hubiese criado sólo. Luego en el banco nos hemos sentado frente a una mujer vestida de azul y mi madre ha comenzado a hablar y la mujer de azul la ha mirado como si fuese una extraterrestre y luego me ha mirado a mí y luego a ella y luego a mí, así que no he tenido más remedio que tomar las riendas de la conversación. Y cuando hemos salido del banco he dicho "joder, mamá, llevas aquí casi veinte años y sigues hablando como el culo", y ella ha respondido "todos, para todo, tenemos nuestros días mejores y nuestros días peores". Lo cual, de acuerdo, ya sé que como anécdota no vale gran cosa, pero ya les avisé de que no tenía nada que contar, y, qué demonios, ¿verdad que en el fondo les resulta enternecedor ver a este desnutrido mental hablando de su madre?
martes, agosto 12, 2008
Tejiendo lunas
Pues sí, soy yo. El encargado de todas las mañanas subir a encender el sol. Así que lo siento, pero entiendan que yo jamás pedí esta responsabilidad, por lo que no les extrañe si tres, cuatro días al año no puedo cumplirla, porque tenga algo mejor que hacer, o simplemente porque se me olvide. Y además lo de hoy ni siquiera ha sido un olvido, ha sido que ayer me acosté tarde y hoy me he quedado dormido, y cuando me he despertado el responsable de plantar las nubes había aprovechado mi ausencia para poner lo suyo, a pesar de que en el programa venía especificado con absoluta claridad que hoy tocaba sol. Aqui el que no corre, vuela. Pero bueno, que ya está arreglado, que ahí tienen su sol y aquí no ha pasado nada.Sí, estos días duermo poco y a deshoras, soslayo mis obligaciones, muestro una peligrosa tendencia a meter la pata, y en general mi existencia viene siendo lo que se dice una zapatiesta. Para rematarlo, hace unos días un desalmado me hizo una oferta laboral muy jugosa, una cosa con muchos ceros, lo cual me obligó a volver a explicar que no, que a mí no se me compra con dinero, cosa que me pone de muy mala leche. Y sospecho que fue ese estado de malhumor, junto a otras tres o cuatro cosas que ahora no vienen al caso, las que motivaron que el mismo día, unas horas más tarde, en casa, mi chica me lanzase a la cabeza un paragüero. Exacto: intento de homicidio por agresión con objeto contundente. Esto marcha. El caso es que esquivé como buenamente pude el paragüero, uno bien macizo, que acabó estrellándose contra un ventanal, el cual saltó hecho añicos. Y ahí lo tengo, cubierto con un plástico hasta que el cristalero vuelva de Calpe, localidad donde pasa unas merecidas vacaciones. Y aunque he de reconocer que estos arrebatos de violencia incontrolada a mí me ponen cachondísimo, no es menos cierto que los suelo preferir si no llevan aparejado semejante dispendio. Que a mí no se me comprará con dinero, pero los cristales tampoco se compran con besos.
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