jueves, diciembre 31, 2009

Fulanito de tal


Las personas que bien me quieren andan estos días pendientes de los regalos, de los menús, de los viajes y de mí. ¿Es eso algo de lo que me sienta orgulloso? Todo lo contrario. ¿Es eso algo que me haga sentirme bien? En absoluto. Pero ese es otro tema y hoy no toca.
La gente con hijos pequeños tiene en ellos un motivo para seguir adelante, una estupenda razón para creer en la especie, y también una excusa universal y una coartada perfecta. Nos vamos de vacaciones a tal sitio porque los niños... Hoy no me puedo quedar porque mañana los niños... Ayer por la tarde se presentó en mi casa Martina, con su hijo. Andábamos cerca y nos hemos dicho: vamos a hacerle una visita a éste. Sentó al niño a mi lado, dejó un junco de churros encima de la mesa, sacó un paquete del bolso y se metió en la cocina a preparar chocolate. Luego me estuvo contando que hace unos días al salir de un comercio una señora mayor y un tanto desarrapada la detuvo y, cuando pensaba que le iba a pedir dinero, le pidió un abrazo. Y se emocionó un poco, y se lo dio, y durante unos instantes se sintió presa del más gozoso espíritu navideño, hasta que se dio cuenta de que la señora estaba aprovechando el abrazo para meterle la mano en los bolsillos. Ah, qué mundo éste.
Apenas media hora después de que se fuese Martina apareció mi hermana, con los niños. Andábamos cerca y los niños tenían ganas de mear, y nos hemos dicho: vamos a hacerle una visita a éste. Y sentó a los niños a mi lado, jugad un poco con el tío, y se metió en la cocina a preparar café. Y en un momento dado la mayor me llevó a un aparte y me dijo que tenía información muy importante sobre los Reyes Magos, pero que no me podía decir nada en ese momento porque su hermana se podía enterar. Y su hermana, mientras, a su espalda, me hacía gestos girando un dedo cerca de la sien. No le hagas ni caso, está loca. Y a continuación mi hermana me dijo...
Mi hermana me dijo que...
O también puedo contarles que luego acabé sólo, a las tantas de la madrugada, en un garito de lesbianas, hablando de sujetadores de uso deportivo y fútbol vasco de los ochenta con un puñado de simpáticas lugareñas.

miércoles, diciembre 23, 2009

Al fondo de una piscina que ni una gotita de agua tenía


De repente me doy cuenta de que he sido incapaz de cuadrar un sólo pensamiento coherente en todo el día. No hablo de ideas creativas sino de los más básicos procesos mentales. Así que vuelvo a preguntarme si no será que se me ha gastado la cabeza, que estoy seco. En todo caso, decido seguir entregado al instinto, o el azar, o come se llame, y de su mano reservo mesa para esta noche en ese restaurante que tanto le gusta a Diana. Luego la llamo. ¿Sabes? He reservado mesa para esta noche en ese restaurante que tanto te gusta. Pero me dice que esta noche no puede, que ha quedado con unas amigas, que es la última vez que se van a ver antes de las fiestas, que me lo dijo, que hace dos días me lo dijo, que cómo es que no me acuerdo. Luego propone que llame al restaurante y cambie la reserva para mañana.
- Pero no te enfadas, ¿verdad?
- No seas tonta, si es culpa mía, qué me voy a enfadar...
- ¿Seguro?
- Seguro.
- ¿Mañana entonces?
- Mañana.
Cuelgo y llamo a Laura. No está muy habladora, así que voy al grano y le pregunto si le apetece que la inviten a cenar esta noche. Acepta. Quedamos unas horas más tarde, y el tiempo que resta lo paso frente al ordenador, en un foro de críos, haciéndome pasar por una adolescente anoréxica enamorada de su profesor de gimnasia. Las nuevas tecnologías y esos momentos de ocio.
Llego media hora tarde al lugar de encuentro, y aún así lo hago quince minutos antes que Laura. Cuando la veo entrar en el bar, quitándose un gorro de lana, con el pelo revuelto y la nariz colorada del frío, me parece la mujer más bella del mundo.
- Con el pelo revuelto y la nariz colorada me pareces la mu...
Y me interrumpe de un guantazo que hace que se gire medio bar. Luego empiezan los reproches y los insultos. Que si llevas tres meses sin cogerme el teléfono, que si no contestas a mis mensajes, que si quién te has creído que eres, que si eres un hijo de puta. Y yo pidiendo perdón e inventando excusa tras excusa. Afortunadamente, cuando llegamos al restaurante ya se ha calmado, y todo se torna más agradable. Compartimos varios platos y dos botellas de vino, y Laura me pregunta qué tal me va la vida y yo se lo cuento y ella, y esto es novedad, presta atención.
Cuando me levanto de la mesa es cuando me doy cuenta de que quizás he bebido demasiado. Luego vamos a un club. Hay bastante gente. Al acercarme a la barra choco con hasta tres personas y por un momento me planteo si me habré vuelto invisible. No, quiero decir que REALMENTE me planteo si me habré vuelto invisible. Ya digo que había bebido mucho vino. Cuando vuelvo hasta donde se encuentra Laura ella ha adoptado su clásica pose para esa clase de lugares, una pose entre altiva e insultante que parece decirle a los demás que debieran dar las gracias por tener la suerte de respirar el mismo aire que ella. A lo largo de un par de horas, probablemente más, maneja la conversación con sus temas habituales: que si voy a ir no sé dónde, que si me voy a comprar no sé qué, que si fulanita es una zorra. Y a eso de las tres dice que se tiene que ir, que mañana ha quedado a las dos, y la acompaño hasta su casa. En el portal nos damos un beso largo y sentido, y luego ella dice sube, y luego dice no subas, y luego dice sube, y luego dice no subas y cierra la puerta. Paro un taxi y me voy a casa. Cuando llego hay luz en la habitación. Es muy tarde, pero Diana está despierta, leyendo un libro. Sin levantar la vista me pregunta dónde he estado, y le digo que he ido a bajar la basura. Y ella se gira y me mira como si fuese el ser más incomprensible del universo. Luego sonríe, no me parece una sonrisa sarcástica, y vuelve a su libro, y doy un salto y me tumbo a su lado.
- Oye, ¿tú alguna vez has tenido una sensación como muy física de ser invisible? ¿Realmente invisible?
- Alguna vez.
- Y está muy bien, ¿verdad?
- Depende.

jueves, diciembre 10, 2009

A mí su último disco no me parece tan malo

Estos días tengo a Zoe en casa, de paso hacia otra parte, como siempre. Siempre en tránsito. De hecho, si me pidiesen que definiese nuestra relación con una sóla palabra, esa palabra sería "maleta". Esta vez a Zoe le ha dado por decir que tiene los labios finos, y no porque ni uno sólo de sus genes haya nacido por debajo del paralelo 40N sino porque no da los suficientes besos, así que ahora anda repartiéndolos a diestro y siniestro. La llevo a casa de mis padres y les da cien besos a cada uno, bajamos a tomar un café y le da cuatro besos al camarero. Y al niño de los del tercero, al dentista, a la panadera, a la chica que reparte publicidad, al quiosquero y a la señora de la farmacia. Besos para todos. Hoy he llegado a casa y ahí estaban las tres, Zoe, Diana y mi hermana, tomando un té. Habían quedado para ir de compras. Y ha salido el tema de los besos y a mi natural antipático han reaccionado besándome Zoe por un lado y Diana por otro, mientras Eva, que sabe lo mucho que sufro las demostraciones espontaneas de cariño, lo celebraba a carcajadas, la muy asquerosa. Luego se han puesto sus abrigos y se han ido, y si me pidiesen que definiese con una sóla palabra lo que he sentido al verlas salir juntas no podría, pues lo que he sentido era más bien una pregunta: ¿y cómo demonios me las he apañado para llegar hasta aquí?.
Cuando se han ido me he dedicado a rematar unos trabajos pendientes, porque me conozco y sé que en breve llegará el vendaval y con el vendaval el quedar como el culo con todo el mundo, y la verdad es que me ha cundido. Un buen día. Luego han vuelto a casa las señoritas con un montón de bolsas, me han traído una bufanda preciosa en dos colores, #20B2AA y #87CEFA, y hemos estado hablando de las fiestas que se avecinan. Diana ha dicho que las va a pasar en Huelva con su madre que está pachucha (mentira, se va para evitar que le salpique), y Zoe ha dicho que ella las tiene que pasar en Malta, pero que aunque no tuviese ningún compromiso antes prefiere coger un hacha y cortarse un brazo a la altura del codo que pasarlas conmigo. Y, joder, me ha parecido todo tan bonito que he estado a punto de echarme a llorar. De hecho, si ahora me pidiesen que definiese el amor diría que es exactamente eso: el saber cuando toca estar y cuando toca apartarse.

miércoles, diciembre 02, 2009

Tanto continente para tan poco contenido

En mi casa se pueden echar en falta algo de mesura y sentido común, pero lo que nunca falta es una buena botella de vino blanco. Eso me parece fundamental. Mi casa puede parecer en ocasiones un lugar anclado al infierno o la guarida de un majara, pero los colchones son de una calidad excelente y el plato de ducha traga perfectamente. Es cuestión de dónde sitúe cada cual sus prioridades. Efectivamente, en mi casa hay cosas que no se pueden tocar, ese tablero de ajedrez, esa funda de violín, ese álbum de fotos, y no se puede porque lo digo yo y punto, y se acabó la discusión, y no te pongas pesada que no te voy a decir quien es la chica del retrato. Cuando cierren el último bar y a nosotros aún nos quede noche podemos ir a mi casa, y escuchar discos viejos y hacer el amor como si estuviésemos cometiendo un delito, pero luego no me pidas que sólo tenga ojos para tí, que yo los ojos me los dejé mirando al sol.
Hoy Diana, con el pelo revuelto y las mejillas encendidas, bellísima, lejísimos, ha fijado sus ojos en los míos y me ha dicho "te quiero". Y a mí, que en otra de esas no me pillan, me ha faltado tiempo para aguantar la mirada y, sin pestañear, sin permitirme el menor titubeo, responder "ni la mitad de lo que te quiero yo".
Dicen que en esta vida todos tenemos lo que nos merecemos. Yo tengo bastante más.

martes, noviembre 24, 2009

Otra vez como ayer perdido el vuelo

A ella le gustaba mirar hacia el interior de las ventanas iluminadas. Cuando paseábamos al atardecer llevaba siempre un ojo puesto en las alturas, y cada luz llamaba su atención. La mayoría de aquellas viviendas eran liquidadas, tras apenas un vistazo, con una mueca de desprecio, pero cuando encontraba una de su agrado, la iluminación adecuada, una decoración afortunada, me apretaba con fuerza el brazo y decía "¡mira! ¡mira!", y su cara se iluminaba. Yo no acababa de entender qué era aquello que le llamaba tanto la atención, pero su entusiasmo resultaba tan contagioso que empecé a participar del juego, y pronto aprendí a reconocer las casas que más despertaban su interés, y si las divisaba antes que ella le decía "mira, ahí" y ella decía "¡sí! ¡sí!". Creo que en el fondo lo que le gustaba era situarse por un instante en su propio futuro, e imaginarse como habitante de esos hogares perfectos, marco, no podía ser de otra manera, de vidas a su vez perfectas.
Sus favoritos eran los áticos con grandes ventanales. Yo ahora vivo en un ático, y en ciertas ocasiones, en el marco de una resaca melancólica o en un atardecer de entretiempo o en un diciembre nefasto como todos los diciembres, me asomo al ventanal y me pregunto qué vería ella si estuviese ahí abajo. Seguramente le llamaría la atención la luz rotunda de alguna fiesta absurda o la luz tenue del día a día o los fogonazos a oscuras de un televisor encendido. Y vería las estanterías llenas de libros y discos, y las fotos enmarcadas, y la total ausencia de flora decorativa. Y todo le resultaría muy sugerente, seguro, y probablemente se situaría en ese futuro que jamás fue, y desde allí malinterpretaría una vida que de perfecta no tiene ni las ganas de serlo.
Últimamente no sé muy bien qué es lo que hago ni por qué, ni falta que hace.

lunes, noviembre 02, 2009

Cariño, me aburro

Para Diana el último ritual del día consiste siempre en poner en hora el despertador. Si es día de diario, esa preciosa redundancia, lo pone a las ocho, y si es fin de semana lo pone a las once, aunque no le hace falta porque los fines de semana siempre se levanta al menos una hora antes. Se levanta, se recoje el cabello con un pañuelo, pone música española y empieza a pasar el polvo. Algo que no sé si es ritual, rutina o manía, pero que me viene estupendamente, así que por mí bien.
Cuando suena el despertador intento alcanzarlo pero los brazos me pesan una tonelada. El malestar es total. Diana entra en la habitación y lo apaga, y yo emito varios sonidos guturales y después profiero un lamento.
- Dios, ¡me muero!
- Te jodes.
Me levanto a duras penas. Con una mano me sujeto el estómago y con la otra la frente, y abatido, casi a rastras, la viva imagen de la inutilidad, a cada paso una queja, llego hasta el baño. Salgo unos veinte minutos después. La transformación es formidable. De repente vuelvo a ser un ejemplar macho envidiable. La viva imagen del vigor. Me marco un baile breve pero intenso al ritmo de una canción de los Nikis. En medio del pasillo. En bolas. Diana se esmera con una escoba y un recogedor, y quedo hipnotizado ante el vaivén de su culito respingón encerrado en un pantaloncito amarillo. Exclamo: ¡Mujer! ¡Mujer! Se gira y sonríe.
- Anda, deja de hacer el idiota y vístete.
- ¡Mujer! ¡MUJER!
Me doy unos golpes en el pecho y empiezo a perseguirla por toda la casa, hasta que finalmente la acorralo en un extremo del salón. Me abalanzo sobre ella y la manoseo. Y ella me atiza con el palo de la escoba. Me llevo una mano al hombro.
- Joder, me has hecho daño...
- ¿Te he dado muy fuerte?
- Ya te digo...
Se acerca y me besa en la zona dolorida. Lo que sucede a continuación no es de su incumbencia.
Un rato después entra en el armario y saca unos pantalones grises y una camisa negra. Ponte esto, dice. Luego entro yo y le saco un vestido de cintura alta y unas botas marrones. Yo me pongo lo que ella dice. Ella se pone unos vaqueros. Bajamos a desayunar.
Cuando estoy solo desayuno en una cafetería y cuando bajo acompañado voy a otra distinta. En la que desayuno solo, a veces se producen pliegues temporales que me llevan a encontrarme conmigo mismo hace quince años o dentro de diez, y esa no es una visión que quiera compartir con otros. Así que con Diana suelo ir a otra cafetería en la que no hay pliegues temporales pero sí una gran variedad de bizcochos caseros. Diana pide un zumo de naranja y una tostada. Yo pido un café y un trozo de tarta de queso. La contemplo mientras extiende la mermelada por su tostada. Se da cuenta de que la estoy mirando y me sonríe. Sigo mirándola y se pone un poco nerviosa.
- ¿Qué?
- Cariño, me aburro.
- Pues coge un periódico.
- No, quiero decir que me aburro.
- No empieces...

jueves, octubre 22, 2009

Lo que me salve a mí también te salvará a tí

Pedimos unas cervezas y nos disponemos a pasar una agradable velada. Sin embargo, la conversación no acaba de arrancar. Nuestra amistad dura ya demasiado tiempo. Nuestros puntos de vista son similares. Echamos de menos el elemento sorpresa necesario para espolear cualquier intercambio. Nos cuesta hablar de fútbol. Nos cuesta hablar de mujeres. Nos cuesta hablar de cine.
- Qué a gusto se está sin una nueva película de Fernando León, ¿verdad?
- Sí.
Afortunadamente, al igual que para salvaguardar el matrimonio se inventaron el televisor y el sexo a oscuras, para salvaguardar la amistad se inventaron el alcohol y las drogas. Así que al cabo de unas horas la situación ha dado un giro radical. La conversación fluye con gracia. La compenetración es total. Cada ocurrencia del otro nos parece procedente de la mente de un genio. Hablamos de fútbol. Hablamos de mujeres. Hablamos de cine.
- Qué a gusto se está sin una nueva película de Fernando León, ¿verdad?
- ¡Amén, hermano!
Los momentos de complicidad se multiplican. Irradiamos una simpatía que emite un brillo cegador. Todo el mundo quisiera ser nuestro amigo. Los camareros comienzan a mirarnos mal. Nos vamos a otro bar.
En este bar no nos miran mal pero nos cobran el doble. Acabamos departiendo con dos señoritas que han decidido atizar su amistad haciendo uso de nuestra misma receta. Hablo con una de ellas, alta y esbelta. Me dice que trabaja en una tienda de ropa sita en Jorge Juan. Luego me pregunta por mi procedencia. Le digo que la última vez que miré podía pedir la nacionalidad en cuatro países distintos, y a ella todo eso le resulta fascinante, pero yo estoy harto de contar siempre la misma historia, así que introduzco hábilmente a JM en la conversación y empiezo a hablar con la otra, la rubia del pelo lacio. Aunque lo de hablar es mucho decir. Lo cierto es que no le entiendo ni una palabra. Su acento parece el resultado diabólico de unir en uno solo los de lo más profundo de las regiones de Murcia, Lleida y Badajoz. Trato de prestar más atención, pero nada, imposible. Así que decido recibir cada una de sus palabras con una sonrisa de empatía.
- El gato azul se metió a funcionario y acabó con el tabaco.
- (Sonrisa).
- Y la mañana complicada estuvo hablando con después de.
- (Sonrisa).
Al principio piensa que hemos conectado y gesticula feliz. Pero enseguida se da cuenta de que mis reacciones no casan con sus palabras y tuerce el gesto. Y comienza a preguntarme algo. "¿Están friendo un batín?". ¿Cómo que si están friendo un batín? Le pregunto a JM.
- ¿Qué dice?
- Dice que si te estás riendo de ella.
Me acerco, tomo su mano y mirandola fijamente a los ojos le digo: NO. Luego le pregunto si quiere jugar al futbolín. Acepta. Ponemos una moneda en el lateral de la mesa y esperamos nuestro turno. Cuando llega le damos la mano a nuestros rivales. Uno de ellos mira de manera poco elegante a mi pareja y le hago, los dedos bajo mis ojos, el gesto de "te tengo controlado". Él dice "¡tranqui tío!" y su compañero dice "¡no vale media ni guarra!". Empezamos a jugar. Resultamos ser bastante mejores de lo que cabría esperar. Nuestro juego es vertiginoso, vertical, explosivo. Celebramos cada gol con mucho alboroto y un cierto tono ofensivo. Yo levanto los brazos y grito "¡toma golazo!". Ella da saltos y también grita algo, pero no sabría decir qué.

jueves, octubre 15, 2009

Aitana Sánchez-Gijón

Si ahora mismo me preguntasen por mi mujer ideal, diría que es una mujer de belleza discreta, de vestir meditado aunque levemente conservador, en el ánimo la herencia de una infancia sin sobresaltos, apreturas ni exigencias fuera de lugar, la clase de mujer que cuando dan las once comienza a bostezar y para quien el sábado noche ideal consiste en ver una peli en casa con la cabeza apoyada en tu hombro mientras da cuenta de una cuatro estaciones. Sin embargo, un simple vistazo a mi trayectoria me encontrará junto a mujeres de apariencia cegadora, rompecuellos con gafas de Prada y cuarenta pares de zapatos, en el ánimo la herencia de una adolescencia traviesa y una juventud aventurera, la clase de mujeres que cuando dan las once preguntan "¿pillamos?" y para quienes el sábado noche ideal habrá de incluir el exhibirse, el medirse, el interactuar y el arriesgar todo lo posible. El por qué de esta diferencia entre lo que se desea y lo que se tiene quizás se halle en que uno no es tanto todo aquello que quiere ser como el anverso de todo aquello que no puede ser, aunque lo más probable, en mi caso concreto, es que el hecho de disponer de una personalidad fundamentada en principios morales tan livianos provoque el que me baste con contarme la misma mentira dos veces (mi mujer ideal es así) para que acabe por creermela.
O quizás esté siendo demasiado duro conmigo mismo. Alguien tiene que serlo.
Al hilo de todo esto, últimamente pienso mucho en esas personas que componen lo que se podría llamar la cara oculta de tu mundo. Seres que por circunstancias laborales, intelectuales y sociales no tienen la menor posibilidad de aparecer en tu vida, y que por ambiciones, ilusiones y modos acaban por conformar un negativo perfecto de tu persona. Gente que si tenemos la desgracia de encontrar frente a frente por medio de alguna de esas diabólicas puertas inter-mundos (una sucursal de La Caixa, una boda de acompañante, una desafortunada combinación de palabras en Google), nos hará constatar en cada una de sus virtudes el reflejo de nuestros mayores defectos, en cada una de sus habilidades el reverso perverso de cada una de nuestras taras. Todas nuestras verguenzas hechas persona. El horror. Nadie necesita que vengan a restregarle todo aquello que jamás podrá llegar a ser.

viernes, octubre 09, 2009

Ayer estaba depre y me compré una tele

De pequeño fui niño escapista. Aprovechaba el menor descuido de mis padres para escabullirme y desaparecer. Y no hablo de un hecho aislado, al contrario, la tontería me duró bastante tiempo, entre los diez y los doce más o menos. De hecho llegué a desarrollar una habilidad extraordinaria. En un restaurante desaparecí entre el postre y los cafés, mis padres sentados enfrente. En una tienda de ropa desaparecí de un probador, mi madre y la dependienta esperando fuera. Se trataba de dar los primeros pasos con extremo sigilo, y al burlar el radar echar a correr. Luego acababa en cualquier parte. Colándome en un estadio de fútbol, paseando por un centro comercial, en un parque jugando con otros niños. A veces algunos mayores se acercaban, pero en cuanto adivinaba la preocupación en su mirada echaba a correr y vuelta a empezar. Y tampoco hay que obviar los peligros que para un niño de once encierra la ciudad, todas las ciudades. En una localidad mediterranea unos chavales me asaltaron y me robaron la chaqueta y el reloj. En los grandes almacenes de una capital un viejo al cruzarse conmigo me tocó los testículos. No recuerdo, sin embargo, que todo aquello me asustase, si lo hubiese hecho supongo que habría dejado de escaparme. No, más bien lo que sentía era una intensísima excitación, los sentidos alerta, el qué viene ahora, ni rastro del aburrimiento. Después, al cabo de unas horas, me las ingeniaba para volver al hotel (en esa época vivíamos siempre en hoteles), y entonces mi madre lloraba y me abrazaba, y mi padre gritaba y me daba un bofetón.
Todo eso me vino ayer de nuevo a la mente, cuando después de una apasionada pelea con mi chica repleta de alaridos y mala baba (en tales lides ella es muy gritona y yo soy muy dañino) salí de casa dando un portazo y eché a andar y cuando me quise dar cuenta habían pasado dos horas y estaba tan lejos que tuve que coger un taxi para volver. Luego, ya de vuelta, llegaron las disculpas y la promesa de no volver a discutir, qué tontería, como si tal cosa fuese posible, y luego brillaron los besos, las delicias de la tarde, la cima de este poniente loco. Y fue todo muy bonito, ya lo creo, fue precioso. Pero no sé. Creo que me hubiera venido mejor el bofetón.

jueves, octubre 01, 2009

Todo esto lo hago antes de que despiertes

A Diana no le gusta salir con mis amigos. Dice que siempre se emborracha y acaba vomitando. Esta vez, sin embargo, hay un concierto de un artista que le gusta, y le digo que si se viene se lo presento, y ella dice "sí, seguro", pero aún así se viene. Cuando después del concierto el artista viene y me da un abrazo, Diana hace ese gesto suyo tan odioso de escenificar la sorpresa abriendo mucho la boca, y luego me dice "nunca dejarás de sorprenderme", y me hincho tanto que me paso el resto de la noche hecho un absoluto imbécil.
Más tarde vamos a un bar muy pequeño en el que suena muy buena música. Allí decimos paridas y reímos e interactuamos con otros seres humanos. A eso de las dos una borracha se me abalanza y Diana la espanta y luego me echa a mí la culpa y yo le digo que no he hecho nada, pero aún así acabo disculpándome. A eso de las tres un borracho se abalanza sobre Diana, y le miro y veo que es más fuerte que yo y seguro que me puede, así que hago como que no me entero, y es Diana la que tiene que espantarlo, y luego se me acerca y me dice "eres de lo que no hay", y me retuerce un brazo y se ríe. Después seguimos diciendo paridas y riendo e interactuando con otros seres humanos.
A eso de las cinco Diana sale del bar y vomita entre dos coches, así que paro un taxi y la llevo a casa. Le ayudo a desvertirse y se tumba en la cama y se queda frita. Hace poco me preguntó que era lo que más había echado de menos durante el tiempo en que estuvimos separados, y yo le hablé de su sonrisa y de su mirada, pero sólo lo hice porque a una mujer como ella no le puedes decir que lo que más te gusta es lo profundo que tiene el sueño. Pero así es. Me encanta que caiga redonda y no la despierte ni un terremoto. Porque entonces yo apago la luz y me siento a su lado y tomo su mano inerte. Y le cuento mis preocupaciones y mis dudas. Y le hablo de mis errores y de mis fantasmas. Y le hablo de ella. Y le digo que aunque esto parezca una cicatriz en realidad es una herida abierta, y que ya no sé qué más hacer para cerrarla. Que haga lo que haga no se cierra. Y que a mí todo esto me está matando.