viernes, enero 27, 2006

La lenta máquina del desamor

Sí, ya sé que les prometí el primer capítulo de la guía sado-maso de bolsillo, pero habrán de disculparme ya que sucede que estos días anda por esta nada santa casa una bella doncella revisando por encima de mi hombro lo que escribo, y aquí mi menda se ha lanzado a tratar de demorar en la medida de lo posible el descubrimiento por parte de la gachí de lo obvio: que soy un tarado. Entenderán por tanto que por ahora trate de marear la perdiz recitándole el "me diste la intemperie, la leve sombra de tu mano pasando por mi cara" y esas cositas que tanto les gustan, en vez de dejarle ver el lado oscuro de la luna, ese donde duendes klismafílicos se entretienen con descargas eléctricas genitales y roces de cuerda pelada. Y es que uno es de los que prefiere que le den la patada por lo que hace y no por lo que dice o escribe, y además prefiere, en este caso, que esa patada se la den lo más tarde posible, si puede ser, porque he de decir que la doncella en cuestión tiene un paso de boca, unos taninos y un retrogusto de los que merecen denominación de origen. Que cómo sé que lee lo que escribo, se preguntarán. Pues, primero, porque la veo deambular por el pasillo haciendo como que barre y de cuando en cuando entra en la habitación y con una agilidad que ni la Sharapova levantando una dejada se inclina la jodía para desviar mi mirada enferma hacia lo importante, la carne, y así ella mientras lanzarle un rápido vistazo a lo accesorio, la letra. Y segundo porque el otro día al volver del curro noté su mirada un tanto esquinada y deduje que, dado que sé que recuerda el tatuaje de aquella camarera, ahora anda tratando de adivinar quién demonios será la tal Laura. Además, ayer le dije que mañana por la tarde había quedado con Eva, que se viniese, que así la conocía, que no seas tonta que te vas a divertir, y se inventó una excusa de las que me pongo yo para no ir al dentista, temerosa quizás de enfrentarse a un psicoanálisis casual que la acabase convirtiendo en pasto de estas páginas. Pues lo siento, baby, pasto, como ves, ya lo eres.

Se masca la tragedia.

La fotografía se llama 'Adoration', y la hizo en 1988 Jan Saudek.

jueves, enero 26, 2006

¿Acaso era esto el futuro?

Ella dijo: "el futuro pasa por saber ponerle a cada cosa un punto más de emoción, por saber sortear con tiento las enormes distancias que median entre rutina y pasión, por encontrarle a cada disputa una compensación, por entregarse con ánimo a cada conversación, por conseguir de cuando en cuando tentar al otro con eso que a veces llamamos misterio y que al final, quizás, es tan sólo una forma más de enfrentarse a las cosas con el necesario grado de diversión, por intentar prestarle a las cosas del otro un punto más de atención, por lograr transformar soberbia en humildad y, claro, ira en comprensión. Por intentarlo, por saberlo posible, por vivirlo".

El respondió: "No, el futuro pasa porque tú ya no estés aquí".


Fotografía: Ahop2.
Banda sonora: Joy Division, 'The Eternal'.

sábado, enero 21, 2006

Elvis has left the building

Durante unos días, Elvis permanecerá alejado del edificio. De viaje, ajeno al uso de todo tipo de instrumentos digitales, añorando el ocio introspectivo de sol a sol. Así que si eres un hacker, aprovecha, este es tu momento, tienes tan sólo unos días. Pero no dejes rastros, que te crujo. Sí, como he dicho serán tan sólo unos días, cuatro o cinco, pero si por casualidad alguna pelirroja me alejase irremediablemente del camino de vuelta, que no sería la primera vez, mandadle flores a mi madre, que siempre le gustaron esas cosas. Y para entrenenerte, aquí te presento un puñadito de opciones: si eres un geek, pásate por Microsiervos. Si tienes ganas de bulla, por Escolar. Si te van los frontales rotundos, visita Boobster. Si eres un optimista sin remedio, en cuyo caso no entiendo que haces aquí, visita I Like. Y si te van las chavalas monas, pásate por Babes2Night.

Y para que no digais, os doy un avance de lo que os espera a mi vuelta en esta su bitácora amiga: nada menos y nada menos que, tatachán, la presentación en sociedad del manual "A la felicidad por el sufrimiento (una guía sado-maso de bolsillo)", a través de su primer capítulo, del cual les avanzo el título: "La electricidad, ese dolor".

I’m all shook up!

viernes, enero 20, 2006

The midnight hour

I'm gonna wait 'til the midnight hour
That's when my love comes tumbling down
I'm gonna wait 'til the midnight hour
When there's no one else around
I'm gonna take you girl and hold you
Do all things I told you
In the midnight hour
Yes I am, yes I am

I’m gonna wait 'til the stars come out
See them twinkle in your eyes
I'm gonna wait 'til the midnight hour
That's when my love begins to shine
You're the only girl I know
Really love you so
In the midnight hour

I'm gonna wait 'til the midnight hour
That's when my love comes tumbling down
I'm gonna wait 'til the midnight hour
That's when my love begins to shine
Just you and I, oh baby, just you and I

Wilson Pickett 1941-2006.

Pero de pronto salió la hermosura, ay cariño, pellízcame

Erase una vez un hombre que se equivocaba siempre. Lo hacía tan a menudo que errar había pasado en aquel hombre de ser una costumbre a ser una constante. A veces el fallo consistía simplemente en dejarse llevar, por personas inconvenientes, hacia lugares inadecuados, en momentos inoportunos; pero esas eran las menos, porque lo habitual era que se encontrase ante un cruce de caminos y tomase el equivocado, o que, viéndose obligado a decidir entre diferentes opciones, acabase eligiendo siempre la peor. No era capaz de ver como se dirigía al desastre, y este no se le revelaba hasta un segundo después de haber decidido, cuando todo era ya irremediable.

Sin embargo, llegó un día en el que eligió bien, en el que no erró. De hecho ese día, enfrentado a varias opciones, eligio no sólo la menos equivocada, sino la más acertada. Aquella decisión tenía que ver con una mujer, y tras tomarla pasó varias noches angustiado esperando descubrir el error, motivado como era costumbre por algún cálculo oculto que hubiese obviado. Pero los días pasaron y su decisión se acabó demostrando impecable, y durante un tiempo fue tan feliz que pensaba en sí mismo y le dolía el corazón, un tiempo durante el cual llegó a intuir que se tenía envidia. Por eso se sorprendió tanto el día que cogió aquel teléfono y alguien le dijo que había habido un terrible accidente, que habían intentado salvarla pero aquello había sido muy grave, que lo sentía mucho, que todo había acabado. Esa noche, imposible dormir, se levantó de la cama y al contemplar en el espejo su rostro bañado en lágrimas no le sorprendió distinguir una mueca de alivio. Llevaba tanto tiempo creyendo que luchaba contra sí mismo que la idea de conocer que su enemigo era el destino le resultó tranquilizadora. Sabía que aquella batalla era tan sencilla...

miércoles, enero 18, 2006

El bungalow

Lisbeth era mitad canadiense y mitad japonesa, una mezcla de razas de por sí exótica que alcanzaba en sus rasgos y su figura lo sublime. En aquel verano de los primeros 90, calurosísimo, en el que apenas corrió el aire, Lisbeth y yo trabajábamos como gogós en una famosa discoteca de Ibiza, y dado que pertenecíamos a la misma agencia y nos conocíamos de un verano anterior en el que compartimos no sólo trabajo sino también abandonos y destrezas, nos decidimos a alojarnos juntos en la misma vivienda, un bungalow pequeño y muy coqueto parte de una colonia veraniega en la que las casitas se distribuían unas frente a otras a lo largo de una calle de tráfico cerrado a los no residentes.

El hecho de ser veteranos en aquella discoteca nos permitió elegir turno y nos quedamos, claro, con el primero, el que comenzaba a las doce de la noche y finalizaba a las cuatro de la mañana, unas horas en las que el público aún estaba entero, lo que hacía nuestra labor más agradecida. Al terminar, ajenos a la subasta de cuerpos de cada noche, tomábamos apenas un par de copas, y antes del amanecer ya nos encontrábamos en nuestro bungalow. Allí, antes de acostarse, a Lisbeth le gustaba apoyarse sobre la parte trasera de un sofá que ocupaba el centro del salón y mirar por la ventana mientras fumaba un cigarrillo, y allí estaba cuando una noche mientras me duchaba oí su voz que gritaba "¡corre, B, corre, mira!", y con la toalla en la cintura y los pies aún mojados fui hasta ella. En la ventana del bungalow situado al otro lado de la calle aparecían dos cuerpos atléticos, hombre y mujer, muy jóvenes, fundidos en un acto sexual pleno de malabarismos. Tras las primeras risas fuí cayendo en una serie de detalles que me resultaron desasosegantes, y noté que lo mismo le ocurría a Lisbeth ya que su mano pasó de rozar sensualmente la mía a agarrarla como te la agarran los niños, buscando protección. Aquellos amantes apenas se miraban a los ojos a pesar de que la luz era excesiva, y en sus caras era difícil encontrar el menor gesto que denotase diversión. Sus movimientos eran perfectos y la compenetración grande, sí, pero había en su acto un elemento inhumano que incluso nos llevó a alejarnos de la ventana antes de que la acción finalizase. Esa noche no hicimos el amor sino que, mirando al techo, gastamos en silencio el breve instante que duró nuestro viaje hacia el sueño.

Al día siguiente seguimos nuestra rutina habitual: nos levantamos a eso de las tres, comimos en una cafetería cercana, fuimos a tomar el sol a una pequeña playa donde solíamos reunirnos los trabajadores de algunas discotecas de la zona, camareros, bailarines, seguridad, relaciones públicas; y al caer la tarde acudimos a cenar a un restaurante donde, a pesar de encontrarse a menudo repleto, siempre nos guardaban una buena mesa y nos trataban con inusual calidez. Más tarde llegamos a la discoteca, nos cambiamos de ropa y, subidos a nuestros mástiles, ondeamos. Al acabar la jornada, ya de vuelta en el coche, nos miramos con complicidad y descubrimos que compartíamos un elevado grado de excitación, deseosos de volvernos a asomar a aquella ventana. El embrujo de lo prohibido, supongo. Así que entramos casi a la carrera en el bungalow, llegamos a la ventana sin siquiera encender la luz, y sí: allí estaba de nuevo aquella pareja, besándose, en esta ocasión aún vestidos.

Lo siguiente ocurrió a gran velocidad, la escena completa duró apenas unos instantes, por lo que cabe la posibilidad de que haya olvidado algunos detalles. No habrían pasado ni dos minutos desde nuestra llegada cuando horrorizados contemplamos en aquella ventana la repentina presencia de dos hombres con pasamontañas y cuchillos, debían de haber permanecido escondidos en el interior de la casa porque no les vimos entrar, quienes con un movimiento rapidísimo inmovilizaron al hombre, torpe hasta el ridículo a pesar de su físico. Unos segundos después uno de ellos le agarraba por la espalda y apretaba el cuchillo contra su garganta, mientras el otro amenazaba a la mujer. Este último le hizo entonces un gesto brusco, le gritó algo, y ella comenzó a desvestirse. Entonces abandonamos aquella ventana y salimos de nuestro bungalow dispuestos a socorrer a aquella pareja, al carecer nuestra casa de teléfono supongo que ni nos llegamos a plantear el llamar a la policía. Llegamos corriendo hasta su puerta y, a pesar del evidente riesgo que nos aprestábamos a correr, qué locura, no dudamos en comenzar a golpearla, gritando frases inconexas, atropellándonos las palabras con una mezcla de indignación y miedo. Entonces, del otro lado de la puerta nos llegó una voz poderosa que nos aullaba, con un tono que aquel día me pareció autoritario pero que ahora recuerdo como hastiado, "¡corten, joder, corten!, ¡corten!... ¡¿pero quien coño llama a estas horas?!".

La fotografía de Roman Polanski y Sharon Tate, de este portfolio de Discos Antigos. Vía dadanoias.

Sabes que siempre he sido honrado, todos se unieron contra mí


Los hay que dicen que nada hay tan difícil en esta vida como conocerse a uno mismo, mientras otros opinan que lo más difícil es conocer el momento exacto en el que debe uno saber callar. Y otros, y ojo que estos no admiten que se les lleve la contraria, consideran que lo más difícil es aceptar la inevitabilidad del destino último que a todos nos espera. Yo no estoy de acuerdo con ninguno de ellos. En mi opinión no hay nada tan difícil en esta vida como entender el léxico de los manuales avanzados de instrucciones de las cámaras digitales Canon.

martes, enero 17, 2006

Sólo truena cuando llueve

La reunión de trabajo había finalizado con un importante retraso y tenía prisa por volver a casa. Subí al coche y me llamó la atención que, debido al frío, el viento, y la lluvia que acababa de cesar, la visibilidad era, a pesar de la oscuridad de la noche, inusualmente grande. Llegué a un semáforo cuando el disco estaba en ámbar y pensé en acelerar para pasarlo y ganarle unos segundos al reloj, pero en el último momento decidí frenar para así poder subir la calefacción y paliar en lo posible el frío que hacía en el interior del vehículo, tan intenso que ya apenas sentía las yemas de los dedos. Puse las manos frente al salpicadero para calentarlas ante la corriente de aire caliente recién provocada y, mientras el semáforo aún andaba clavado en rojo, contemplé en un expositor un anuncio de Chanel en el que una Nicole Kidman perfecta lucía un perfil impecable. En ese momento oí un ruido a mi espalda y en el retrovisor divisé una moto de escasa cilindrada avanzando hacia mí a gran velocidad. Una vez que ésta pasó junto al cristal de mi coche reparé en la presencia de una figura femenina, el pelo rubio largo alborotado bajo el casco y los brazos fuertemente amarrados a la cintura del conductor. Un motorista intrépido y una copiloto entregada. En aquel preciso instante apareció a mi derecha, surgiendo de aquella calle perpendicular que motivaba mi semáforo en rojo, un vehículo con cuatro ocupantes. El conductor mostraba un gesto aterrado ante lo irremediable. El copiloto, con el rostro invisible a mis ojos, adelantaba los brazos en un gesto tan instintivo como inútil. Y los habitantes de los asientos traseros reían ajenos a la escena mientras el que se hallaba más cerca del cristal me dedicaba una mueca tan irreverente como inoportuna.

El choque fue brutal. Parte del carenado de la moto cayó a escasos metros a mi derecha y una bufanda rayada se depositó suave sobre el cristal de mi coche. Pensé en el frío y la lluvia y el viento. Pensé en el ámbar de los semáforos. Pensé en Nicole Kidman y en la colonia que perfumaría aquella bufanda rayada. Dudé. Recordé aquel sueño. En la radio una cantante clamaba "sólo truena cuando llueve".

domingo, enero 15, 2006

Juguetes

Ella vivía con sus padres en el tercero B del número cinco de la Calle Distracciones y yo vivía con los míos en el tercero C del número seis, pares e impares, por lo que nuestras terrazas quedaban enfrentadas. Por aquella calle no circulaban vehículos ya que lo que había era un pequeño parquecito de arena y un mercado de esos mínimos con la mitad de los puestos cerrados y ratas veraniegas en el tejado, lo que hacía que fuese una calle bulliciosa durante el día, las madres comprando y los niños jugando, que pasaba a ser una delicia una vez que el mercado cerraba, con las jovencitas hablando sentadas en los portales y sus madres vigilando desde las terrazas, y que resultaba emocionantemente tranquila por las noches. Allí, incontables fueron las veladas que pasamos ella en su terraza leyendo un librito y yo en la mía escuchando música, e innumerables fueron las miradas calculadamente fugaces que cruzamos, parte de un juego de seducción tan cómplice que hace dificil de entender que jamás, y digo bien, jamás, nos dirigiésemos la palabra a lo largo de todos aquellos años, y fueron muchos. Vivimos toda una era sentados en aquellas terrazas, pasando de la infancia a la adolescencia y de ahí a lo que somos ahora, o a lo que alguna vez fuimos, y no cruzamos ni una sóla palabra, ni una sóla.

Había pasado mucho, muchísimo tiempo sin pensar en ella hasta que no hace mucho gasté unos días en casa de mis padres, y revisando las pocas cosas mías que aún quedan en esa casa descubrí escondido un diario que estuve escribiendo durante un tiempo, aproximadamente de los quince a los veinte años. Pasé unas horas releyendo algunas de las cosas que había escritas (por cierto, es sorprendente lo mucho que a uno le cambia la letra con el tiempo, está claro que las frases también envejecen, aún más rápido que la tinta), y entre temores adolescentes, relatos de fiestas iniciáticas, proyectos imposibles y amores no siempre correspondidos reparé en que una enorme proporción de lo escrito hablaba de ella. De alguna mirada furtiva que hubiésemos cruzado. De aquel novio suyo al que besó en el portal. De cómo respondió a un gesto de chulito que un día me atreví a hacerle. O de aquel día en el que murió su padre y me sostuvo la mirada por mucho más tiempo del habitual, transmitiéndome algo que aún hoy no he conseguido descifrar.

Ese día, el día que estuve repasando mi viejo diario, alguien me contó que ella vive ahora en Portugal, y que ha acabado sus estudios de ingeniería, y que se va a casar. Y ese mismo día al salir del portal de aquella casa miré hacia su terraza, y entonces caí en la cuenta de que eso es algo que hago de forma instintiva todas y cada una de las veces que he estado allí. En eso pensaba, en todas esas cosas que hacemos sin darnos cuenta y que al final lo significan todo, cuando bajé la mirada y reparé en que delante de aquel portal estaba ella, tan guapa como siempre y con el pelo de un color inédito, mirando a su vez hacia mi terraza, repitiendo el ritual que yo acababa de hacer. Cuando bajó la vista nuestras miradas se cruzaron, y ambos sonreímos como dos adolescentes sorprendidos, y luego bajamos la cabeza y ruborizados nos mordimos el labio inferior. Entonces emprendimos la marcha dando el primer paso casi al mismo tiempo, ella hacia un lado de la calle y yo hacia el otro, y aunque en ningún momento giré la cabeza para echarle un último vistazo a aquel juguete mío de juventud, sé perfectamente que ella tampoco lo hizo.

sábado, enero 14, 2006

Hoy quisiera tus dedos escribiéndome historias en el pelo


Para aquellos que lejos de estar de acuerdo con una expresión tan manida como esa que dice que la vida son dos días, lo que pensamos es todo lo contrario, y que en cada día caben dos vidas, para aquellos, decía, no hay nada más molesto que los toboganes que ésta te interpone aquí y allá, a modo de trampas contra la rutina. Eso que llamaba mi madre "vísperas de mucho...", así, sin acabar el refrán y con los puntos suspensivos. En fin, que quizás andar un camino sin desniveles pueda resultar poco romántico, pero hacerlo por uno sinuoso te acaba recordando demasiado a menudo que cada día has de pagar el alquiler de estar viviendo, y que a veces la elección entre noche y niebla no resulta tan obvia como parece...

Así que tras el atracón de hace unos días toca en esta ocasión como es de ley aguantar el indoloro y adormecedor abrazo del aburrimiento y, pues eso, que estoy un poco tonto, ustedes disculpen. He gastado el día planeando y luego llevando a cabo una comida intrascendente, como intrascendentes fueron el café y la sobremesa. Luego he encendido el ordenador y he parado un poco por Beautiful Agony, pero su catálogo de rostros encendidos en orgasmos interminables me ha dicho poco en esta ocasión y he acabado, como siempre que la cosa coge este color, flagelándome con el 'Come From Heaven' de Alpha. Básicamente, porque soy gilipollas, pues mira que sería fácil ponerme algo de Ella Fitzgerald y alegrar un poco el careto. Pero es que ese disco es una cosita deliciosa, otoñal como las uvas, y que logra obrar en mí el milagro de transformar la pereza en melancolía y el aburrimiento en ensueño. Y algo es algo, que al fin y al cabo yo siempre he preferido Malagón a Málaga.

Así que a continuación me haré un sandwich-minuto repleto de lechugas y queso y cosas así, y veré el fútbol en la televisión, y luego, no sé, igual me vuelo la tapa de los sesos. O veré la peliculita estúpida esa, Troya, que para el caso es lo mismo.