viernes, enero 13, 2006

La Pareja

(y antes de nada, les ruego me disculpen el atrevimiento de dispararles un poco más de prosa ajena...)

No huelga indicar que la torpeza puede, en ocasiones, ser fruto de un exceso de sincronización; Elisa y Elías eran sin duda un caso ejemplar. Incapaces de abrazarse sin que sus respectivos brazos izquierdo y derecho chocasen en el aire junto a sus cabezas, ambos despertaban la admiración de sus amistades. Tenían los mismos hábitos. Les gustaba la misma música. Sus opiniones políticas no diferían ni siquiera en lo accesorio: simpatía por tal o cual ministro, fobia hacia este o aquel diputado. Se reían con parecidas bromas, y en los restaurantes cualquiera de ellos podía pedir dos menús idénticos sin consultar al otro. Jamás tenían sueño a horas distintas; lo cual, si estimulante sexualmente, resultaba fastidioso desde un punto de vista estratégico: Elisa y Elías competían en secreto por ocupar primero el cuarto de baño, por el último vaso de leche o por leer antes esa novela que, la semana anterior, ambos habían decidido comprar en su librería predilecta. Teóricamente, no cabe duda de que Elisa podía alcanzar el orgasmo junto con Elías sin ningún esfuerzo; pero, en la práctica, no eran pocas las veces en que acababan trenzados en incómodas posturas, derivadas de su deseo simultáneo de colocarse encima o debajo del otro. Hacéis una pareja perfecta; dos medias naranjitas, les solía decir la madre de Elisa, a lo que ambos respondían sonrojándose un poco, y pisándose un pie al adelantarse para ir a besarla.

Te odio más que a nadie en este mundo, quiso aullar Elías cierta noche accidentada, sin conseguir que Elisa lo escuchase, o, mejor dicho, sin poder distinguir su propia voz de la de ella. Tras un sueño inhóspito, pleno de pesadillas con espejos, desayunaron en silencio y no necesitaron discutir para saber. Aquella tarde, al regresar del trabajo, a ella no la sorprendió encontrarse con la mitad del armario vacío mientras se disponía a llenar sus maletas.

Como es natural, Elisa y Elías han intentado reconciliarse en más de una ocasión. Sus teléfonos, no obstante, suelen estar ocupados. Cuando en cambio han conseguido fijar un encuentro, tal vez ofendidos por la excesiva demora del otro en dar el paso, ninguno de los dos ha acudido a la cita.

Este relato se llama 'La Pareja', y es obra de Andrés Neuman. Y los ojazos de la foto son de Karmas Melody.

Nada. No he dicho nada.

Tom Marshall apagó la luz del diminuto cuarto de baño, se le acercó y se quedó justo detrás de ella; llevaba un pijama azul abotonado. Le tocó los hombros desnudos y se le acercó más, hasta que Nancy notó su erección.

- Entiendo por qué están abiertas las tiendas a la una de la mañana -dijo Nancy-, pero no por qué viene la gente.

Algo en la conspicua y cálida presencia de Tom le provocó un escalofrío. Se cubrió los pechos, que estaban cerca del cristal de la ventana. Se imaginó que su marido sonreía.

- Supongo que les encanta -dijo Tom. Ahora Nancy lo notó con toda claridad: estaba tremendamente empalmado-. Eso es lo que significa Maine. Una visita a Bean's después de medianoche. Es la cultura global. Casi seguro que se dirigen a Atlantic City.

- De acuerdo -dijo Nancy. Porque tenía frío, dejó que él la atrajera hacia sí. No estaba mal. Se sentía agotada. La polla de Tom encajaba entre sus piernas: en el lugar preciso. Le gustaba. Era una sensación familiar-. Te he hecho la pregunta equivocada.

Ninguno de los dos se reflejaba en el cristal mientras se la introducía lentamente. Nancy estaba completamente inmóvil.

-¿Cuál sería la pregunta adecuada?

Tom empujó contra ella y dobló una pizca las rodillas para podérsela meter. Sí que sonreía.

- No sé -dijo ella-. A lo mejor la pregunta es: ¿qué saben ellos que nosotros no sepamos? ¿Qué estamos haciendo a este lado de la calle? Está claro que es allí donde hay movimiento.

Oyó que Tom suspiraba, y acto seguido se apartó de ella. Nancy estaba a punto de abrir las piernas, de inclinarse un poco hacia delante.

- No era eso. -Miró a su alrededor, buscándole-. No quería decir eso. -Nancy se puso la mano entre las piernas, sólo para tocarse un poco, y sus dedos le taparon por completo la entrepierna. Volvió a mirar hacia la calle. Los dos conductores de autocar, que ella había creído que no podían ver a través de los árboles en sombras, la miraban fíjamente. No se movió-. No quería decir eso -le dijo a Tom en voz muy baja.

- Mañana veremos algunas cosa que nos gustarán -dijo él alegremente. Ya estaba en la cama. Así de rápido era a veces.

- Bien. -Tanto le daba que dos cascaciruelas la vieran desnuda; era exactamente igual que si ella les viera vestidos. Tenía cuarenta y cinco años. No estaba muy delgada, pero era alta, esbelta. Que miraran-. Eso está bien -dijo otra vez-. Me alegro de que hayas disfrutado.

- ¿Perdona? -dijo Tom soñoliento. Ya estaba casi roque; tenía una especie de don, esa bendición de los policías que les permite dormirse en cuanto su cabeza toca la almohada.

- Nada -dijo ella en la ventana, aún observada por los dos hombres-. No he dicho nada.

Tom permaneció en silencio. Respiraba profundamente. Los dos conductores menearon la cabeza y bajaron la vista. Uno lanzó un cigarrillo a la calle. Los dos volvieron a alzar los ojos y a continuación desaparecieron de su vista detrás de los autobuses con el motor en marcha.


Texto extraído de "Charity", relato de Richard Ford incluído en "A Multitude Of Sins" (en España traducido como "Pecados Sin Cuento", no me pregunteis por qué). Ilustración de Saturno Butto.

jueves, enero 12, 2006

Que pase el siguiente

Ayer quedé con Eva, un ser adorable al que me apetecía muchísimo ver ya que hacía siglos que no hablábamos. Eva es psicóloga, ella dice que de las buenas, y sabe de mi pasión por esa gente que logra moverse sin apenas llamar la atención por el fino hilo que une cordura y locura (que no les llames piraos, que tú sí que estás pirao, me dice con asiduidad), por lo que en cuanto tiene una buena historia quedamos y me la relata, con su innato talento para ello. Porque hay que reseñar que Eva es una excelente conversadora, una delicia de mujer, que maneja como nadie las pausas, las entonaciones de su magnífica voz, los certeros movimientos de sus manos o las expresiones faciales con las que acompañar cada frase. En fin, que yo diría que su marido tiene suerte, suerte de que sea mi hermana.

En esta ocasión Eva me estuvo hablando de un caso del que se había ocupado durante un tiempo, el de un caballero que aseguraba llevar dos vidas, dos vidas que a duras penas avanzaban, siempre paralelas y separadas tan sólo por el abrazo de la noche. Aquel hombre se acostaba cada día siendo Jose, arquitecto, casado, con dos hijos, y al día siguiente se levantaba siendo Oscar, informático, separado, con una hija. Se acostaba Jose y se levantaba Oscar, y cuando Oscar caía en la cama al llegar la noche, volvía a ser Jose el día posterior el que amanecía. Eva a quien trataba en su consulta era, me dijo, a Jose, y éste aseguraba que él, mientras era Jose, era tan sólo vagamente consciente de los problemas e inquietudes de Oscar. Que quizás no podría trabajar como informático, no, pero que sentía que manejaba unos conceptos de esa profesión que en principio no debería manejar. Y aseguraba también que al día siguiente a Oscar le sucedía lo mismo: que trataba de llevar su vida de hombre separado levemente infeliz pero esperanzado, pero que también era a su vez consciente, de forma vaga pero constante, de lo que le había sucedido tan sólo unas horas antes (¿o después? ¿o al mismo tiempo?), cuando aquel Oscar no era Oscar, sino Jose.

Tras un par de disquisiciones filosóficas de las de café de media mañana y algún que otro diagnóstico médico lanzado al azar y recibido por Eva con una sonrisa displicente, le pregunté a ésta si aún seguía tratando a aquel paciente y me respondió que ya no, que sin quererlo había cometido un error. Y es que una tarde le había preguntado a Jose si en esa otra vida ese Jose convertido entonces en Oscar también recibía la ayuda de un psicólogo. Jose al parecer se levantó entonces visiblemente airado, y sintiéndose grávemente insultado le espetó "¿acaso le he dado motivos para que piense que Oscar no está bien de la cabeza?, ¿me está usted insinuando que Oscar necesita ayuda médica?", y tras decir esto dio media vuelta y salió de la consulta para no volver más. Así que tras un breve silencio, y ante la expresión burlona que un servidor había adoptado al escuchar el final de aquel relato, Eva me dijo con un gesto que era a la vez amenazante y divertido: "mira, B, que no, que te calles, que ni se te ocurra llamarle pirao... que tú sí que estas pirao".

La fotografía, del genial Darren Holmes, que me llegó vía algo, pero no me acuerdo vía qué.

miércoles, enero 11, 2006

Confianza

No sé si seré un caso raro, y admito que eso me importa bien poco, pero siempre he guardado mejor recuerdo de la gente en la que confié y me falló, que de la gente en la que desde el principio creí que no debía confiar. Será porque siempre he sentido más simpatía por los enrevesados que por los normales. O será porque tengo un más alto concepto de mis errores que de los errores de los demás, que también puede ser, no digo que no.

La fotografía, llamada 'Car For Two', es obra de Chris Leschinsky.

martes, enero 10, 2006

Nada de nada

Era viernes, y en esas horas en las que ya es demasiado tarde para todo te acercaste a mí, llorando y bastante borracha, y por todo saludo me soltaste un "los tíos son unos cerdos". "Entonces creo que yo no soy lo que necesitas ahora", te respondí como un machito idiota, pero tú negaste con la cabeza, muy despacio, y me dijiste con una serenidad que me hizo dudar de la veracidad de tu borrachera: "tú tan sólo hazme reir". Y te hice reir, porque me lo pediste, y porque me gustaba tu risa, tan sonora y desacomplejada, como de muñeco antiguo, una sonrisa de las que seducen y desarman. Y me gustaba cómo te limpiabas las lágrimas con el dorso de la mano, y como fuiste pasando del llanto a la risa, y cómo se te guiñaban los ojos, y cómo te caía el pelo sobre la cara, y cómo te llevabas la mano derecha al escote cuando te retorcías suplicando "para ya, por favor, para ya".

Me contaste que te llamabas Claudia, que eras azafata en presentaciones de una marca de telefonía móvil, que vivías en Valencia, y yo te conté que me llamaba Alfredo, que trabajaba doblando películas japonesas, que vivía en Barcelona. Yo me reí con tus mentiras y tú, los ojos guiñados, el pelo en la cara y la mano en el escote, te reíste con las mías. Te hice reir aquella noche, y te hice reír aún más el día siguiente, y no se me va de la cabeza la forma en la que aún reías el domingo mientras te ponías los zapatos y te abrochabas el abrigo, mientras desaparecías, mientras me decías que nunca olvidarías aquellos tres días de Enero.

Fotografía de Shannon Harigan.

domingo, enero 08, 2006

Is this one thing...

It's this 1 thing that's got me trippin, it's this 1 thing that's got me trippin, this 1 thing my soul may be feeling, it's this 1 thing you did.
It's this 1 thing that caught me slippin, it's this 1 thing I want to admit it, this 1 thing and I was so with it, it's this 1 thing you did.

Una de esas canciones que se te meten en la cabeza y no eres capaz de sacártela en una semana. Una de esas canciones que sonaban aquel-día-que. Una de esas canciones que son tan simples y cuyo gancho es tan facilón que incluso te da verguenza que te guste, a tí, que eres capaz de soltar de carrerilla los nombres de los componentes de los Who, los Jam y los Clash, a tí, que de vez en cuando te da por el micro-house. Y ya estás perdido y sabes que es mejor no luchar contra lo que queda: una semana con su estribillo incrustado en cada cosa que haces, en cada despertar, en cada tiempo muerto del día... Una semana, toda una semana, y luego... a otra cosa mariposa. Viva el pop, coño, viva el pop.

sábado, enero 07, 2006

Del olivo me retiro, del esparto yo me aparto

A Laura la conocí hace poco más de diez años, y comenzaré por decir que durante un tiempo incluso compartimos apartamento y veladas frente al televisor. No diré que estuvimos saliendo porque lo mucho que cada uno de nosotros detestaba los defectos del otro hizo que aquello apenas durase un suspiro. Sin embargo, hemos sido capaces de mantener una relación bastante cordial a lo largo de todo este tiempo, y de vez en cuando, un sábado cada dos o tres meses, quedamos para cenar o ir al cine o tomar una copa, o todo a la vez. Yo suelo preferir lo del cine, porque hay que decir en este punto que Laura no sólo tiene un tono de voz bastante cómico, sino que lo redondea con una conversación que roza la insoportable. ¿Que por qué pensando eso sigo quedando con ella? Seré prosaico: porque está como un tren.

Hace unos días quedamos para cenar en un restaurante italiano, y una vez allí, Laura gastó una gran parte de la velada en hablar de algo que al parecer le resultaba fascinante: los gnocchis, esas bolitas de patata que hacen los italianos. "Porque te voy a decir una cosa, B, cuando estuve en Roma aluciné con toda la patata que se come allí. Fli-pe, te lo juro. Aquí pensamos que somos los que más, pero es mentira, te digo yo que es mentira, que son los italianos los más patatosos, o los más patateros, o los más patatinos, o... ¿cómo se dice?. Bueno, eso". Y yo que se como se dice, seguro que de ninguna de esas maneras, pero cállate ya, por favor, y cómetelos.

Y en esas o alguna parecida andaba yo, dándole vueltas ensimismado al hecho de haber malgastado aquel sábado hablando de patatas e italianos y mirando como un baboso el sobresaliente escote de alguien a quien a duras penas soporto cuando, y ya en un club cercano, reparé en Inés ("hola guapo, soy Inés, tu camarera, ¿qué os traigo?"), quien había traído tres chupitos y se había sentado en una butaca frente a nosotros, y hablaba entonces del tatuaje que lucía bien visible en su homóplato derecho, un águila, que Laura comparaba en tamaño, haciendo así con los dedos, con el que ella, un leopardo esta vez, reconocía lucir bajo su ombligo. Y a esa misma comparación me dedicaba yo unas horas más tarde, serían las cuatro y ya en mi casa, cuando esforzado me encaramaba al trasero de Inés mientras ésta hundía el doble piercing de su lengua en la entrepierna de Laura, quien con la espalda arqueada como un ciprés y el gesto transformado por el placer en una mezcla imposible de ausencia y entusiasmo me gritaba "párteselo, párteselo".

Fotografía de ERYK.

miércoles, enero 04, 2006

Una máscara de coña y una pistola cargada

Durante mucho tiempo, al cruzarse con una mujer que llevase de la mano un niño se deleitaba imaginando cómo sería su vida si él fuese su marido y aquel su hijo. Al cruzarse con un hombre bien vestido, bien parecido, se mostraba dispuesto a intercambiar sin dudarlo los momentos más felices de su vida por los más desgraciados de aquel hombre. Al cruzarse con un grupo de amigas adolescentes caminando altivas y hablando en un dialecto juvenil imposible, ridículo, soñaba con ser, de todas ellas, siquiera la que en las fiestas se quedaba siempre sóla en la mesa cuidando de los abrigos. Al cruzarse con las trabajadoras del centro comercial más cercano, siempre uniformadas, con sus peinados lacados, soñaba con ser al menos aquella que no se atrevía a dejar aquel empleo tan aburrido por miedo únicamente a la soledad. Al entrar en un bar abarrotado de gente soñaba con ser tan sólo aquella camarera a la que aquellos imbéciles del grupito que había junto a la barra trataban como a una colilla. Y al llegar a su casa, con todo el tiempo del mundo por delante para echárselo a las espaldas, echaba de menos todo lo que no había tenido y detestaba todo lo que había vivido.

Y en todo ello pensaba mientras en la puerta de aquella joyería se ajustaba la careta de Aznar que regalaban con el último número de El Jueves y comprobaba que la pistola que le habían vendido estaba bien cargada y dispuesta para permitirle tener una oportunidad, al menos una, de cobrarse al fin todas sus deudas.

Fotografía de Philippe Bréson.

martes, enero 03, 2006

La sinceridad y una cantante francesa


Ella le dijo: lo que más me gusta de tí es que siempre, en cada contexto, eres capaz de elegir la frase adecuada. El respondió: si ahora mismo me comunicasen que esta es la última vez en mi vida que te veo, la verdad, no me importaría en absoluto.

De fondo, la voz de una cantante francesa apostilla: L'amour, c'est rien quand c'est politiquement correct, on s'aime bien, on n' sait même pas quand on se blesse. L'amour c'est rien quand tout est sexuellement correct, on s'ennuie bien, on crie avant pour qu' ça s'arrête.

Fotografía de Guy Bourdin.

lunes, enero 02, 2006

Y la indiferencia que con algún dolor se aliviase

La costumbre conduce irremediablemente al descuido, y supongo que fue eso, un descuido, lo que hizo que mis entonces compañeros de piso, con quienes apenas llevaba viviendo un par de meses, descubriesen la sangre de las heridas de mis muslos, una escena que interpretaron como un intento de suicidio, lo que, dada su buena voluntad, les hizo llamar a una ambulancia y llevarme a urgencias. Una vez en el hospital el médico me recetó un buen arsenal de antidepresivos, y además, ante lo que interpretó como los efectos de un brote agudo de agarofobia, me recomendó que durante unos días, y hasta que la medicación surtiese efecto, permaneciese en casa, tranquilo, sin salir, sin pisar la calle. "Y dentro de unos días comenzaremos la recuperación, hijo", me dijo. Hijo.

El apartamento en el que consumí aquellos días, propiedad de un buen amigo, entonces fuera de la ciudad, era pequeño pero muy cómodo y contaba con un ventanal que daba a una concurrida calle madrileña y, dado que siempre me ha resultado terriblemente tedioso sentarme frente al televisor, acabé gastando la mayor parte de aquel tiempo observando por el ventanal, día y noche, a los viandantes. Una noche, desvelado por la continuada inactividad y la potencia de la medicación, eché una manta sobre mis hombros y me senté frente al ventanal con un vaso de agua con gas, dispuesto a dar cuenta de un paquete de tabaco. Y serían alrededor de las cuatro de la mañana cuando ví a aquel hombre por vez primera. Tendría unos 50 años, tenía el pelo escaso y canoso, y hacía ademán de llamar a un botón concreto de un portal vecino. Nunca llegaba a finalizar con éxito la maniobra, y acompañaba cada uno de esos intentos frustrados con violentos golpes con el puño en lo alto de su cabeza. Tras repetir estos movimientos durante unos minutos se acercaba mucho al portal, bajaba la cabeza y los brazos, y comenzaba a, resultaba evidente, masturbarse. Aquello duraba apenas unos instantes y tras los últimos espasmos caía de rodillas, se llevaba las manos a la cara, y comenzaba a llorar desconsoladamente, tirándose del pelo y dando puñetazos en el suelo. Unos segundos después se levantaba, se colocaba el abrigo, miraba con miedo alrededor, supongo que temeroso de repente de que alguien pudiera haberle visto, y emprendia el paso hasta salir, casi corriendo, de mi campo visual.

Al no tener nadie a quien contarle lo visto, y al no estar aún de ánimo como para coger el teléfono y adornarlo, no volví a reparar en ello durante el resto del día. Sin embargo al día siguiente, de nuevo desvelado, de nuevo a la misma hora, volví a contemplar al mismo hombre enfrentándose al mismo ritual, cosa que se repitió con absoluta precisión horaria durante toda una semana. Y sin duda lo más curioso era que mientras mi estado mejoraba (tras muchos meses de vacío, al acostarme había vuelto a soñar despierto, a imaginar futuros, y volvía a tener ganas de leer y escribir), el de aquel hombre parecía ir a peor, ya que su angustia parecía alargarse, ensancharse, parecía encontrar nuevas formas de doblarse sobre sí misma. Llegué a tener la sensación de que de alguna forma, mediante algún proceso de ósmosis maldita, su pena me estaba alimentando. Lo cierto es que el Tryptizol es capaz de conseguir eso, y mucho más.

Sin embargo, pronto llegó un día en el que logré dormir de un tirón, en el que no me encontré desvelado a aquella hora, y por ello, arrebatado por la intriga, al día siguiente decidí ponerme el despertador para asistir a mi cita con tan dolorosa escena. Ese día estuve esperando un largo rato frente a la ventana, y llegaron las cuatro, y luego las cinco, e incluso las seis, pero el hombre que se masturbaba y lloraba no apareció. Contra lo que cabría esperar, no me pregunté entonces qué habría ocurrido con él el día anterior, el día que falté, el día que me dormí, sino que me metí tranquilo en la cama, y al día siguiente muy animado recogí mis cosas, eché un último vistazo a aquella habitación y salí al fin de aquella casa, alejado de aquel ventanal, dispuesto a buscar nuevos dolores con los que aliviar mi indiferencia.

Fotografía de David La Chapelle.