Ayer estuve sentado a una mesa llena de gilipollas. Probablemente ellos pensaban lo mismo de mí, pero eso no cambia mucho las cosas. Un gilipollas pidió un batido de vainilla, otro un zumo de pera y el resto pidieron otras cosas. Y mientras daban cuenta de sus meriendas los gilipollas mantenían acaloradas discusiones sobre lo que denominaban los males endémicos del mercado laboral, para a continuación pasar a avanzar sus inminentes vacaciones en hoteles con piscina en primera linea de playa. Así de gilipollas. Yo en esas situaciones me pongo muy nervioso, y rompo palillos y elaboro retorcidísimos fractales con servilletas y digo cosas en extremo inapropiadas. En esta ocasión me dio por narrar, con pelos y señales, con demasiados pelos y señales, la bonita historia del despertar al amor homosexual de dos hombres maduros, en un relato que incluyó en hasta cinco ocasiones la palabra esperma. Así que cuando me levanté de la mesa todos me odiaban casi tanto como yo a ellos. Bueno, todos no. Diana no me odiaba. Diana, mientras nos alejábamos, apoyaba su cabeza en mi brazo, y lo agarraba con fuerza, y luego me tomaba de la mano y la balanceaba como si esto fuese Paris, Paris en domingo, un domingo de mayo. Y me miraba y sonreía, y me volvía a mirar y volvía a sonreír.
- ¿¡Qué!?
- Nada.
Cuando le abro la puerta del supermercado o le canto "Are You Lonesome Tonight" después de cenar, Diana me quiere un poco. Pero cuando hago el ridículo, cuando meto la pata, entonces me quiere con locura. Si le regalo un bolso me quiere un rato, si monto una bronca con un taxista me saca el alma a besos. Si le salvase la vida a una anciana me daría un abrazo, si me cayese por las escaleras y me partiese la clavícula me pediría un hijo. Tengo la sensación de que me quiere bien, pero por razones completamente equivocadas. ¿Es eso conveniente? ¿Es eso bueno? Yo no lo sé. Lo que sé es que me siento como si hubiese metido un gol con la mano.
jueves, julio 29, 2010
martes, junio 08, 2010
Todo lo que quieras
- ¿Cómo que no?
- Pues eso, que no.
- ¿Y se puede saber por qué?
- Para empezar, porque tengo por norma no liarme con nadie que vaya más borracho que yo.
- Yo no estoy borracha.
- Has tirado dos copas.
- Se me resbalan.
- Ya.
- Venga, te dejo que me hagas lo que quieras.
- Muy amable, pero no, gracias.
- Todo lo que quieras.
- Gracias, pero no.
- Pero no me puedes rechazar, ¡soy famosa!
Me llevo la mano al bolsillo y finjo que me vibra el teléfono. Disculpa, tengo que coger esta llamada, digo, y me alejo con el móvil pegado a la oreja, fingiendo que alguien me habla. Una vez fuera del bar, apoyo la espalda en una pared, resoplo y guardo el teléfono. Luego lo vuelvo a sacar y llamo a Marta. Hola, hola, qué tal, qué tal.
- Vaya sorpresa. ¿Cuánto hacía que no hablábamos, seis meses?
- ¿Tanto?
- Tanto. Ahí será tardísimo, ¿no? ¿Qué hora es, las cuatro?
- Las dos. Es que estoy en un bar, y me estaba agobiando y he salido y he pensado en llamarte.
- Agobiado, ya. ¿Y cómo se llama el agobio? ¿La conozco?
- Pues a lo mejor sí, dice que es famosa. A mí no me suena.
La borracha sale del bar y con dos certeros movimientos de tobillo se saca los zapatos de tacón. Luego se agacha y los recoge. Va de la mano de un tío que viste una camisa espantosa, de esas azules con el cuello y los puños blancos. Detienen un taxi y se suben. Ella baja la ventanilla, y cuando el taxi arranca repara en mi presencia, apoyado en la pared, el teléfono en la mano. Nos miramos, y por un instante tengo la absoluta certeza de que me va a sacar un dedo y me va dedicar un jódete o un tú te lo pierdes o algo así. En cambio, lo que hace es bajarse un tirante del vestido y enseñarme un pecho. Me echo a reír.
- ¿Qué pasa?
- La famosa. Se ha subido a un taxi y me ha enseñado las tetas.
- Qué guarra. Venga, cuelga, que esto te va a salir por un ojo.
- Vale. Sólo una cosa más. Oye, ¿tú piensas que la culpa de todo fue exclusivamente mía?
- No sé, ¿tú qué piensas?
- Yo pienso que sí.
- Sí. Yo también.
- Pues eso, que no.
- ¿Y se puede saber por qué?
- Para empezar, porque tengo por norma no liarme con nadie que vaya más borracho que yo.
- Yo no estoy borracha.
- Has tirado dos copas.
- Se me resbalan.
- Ya.
- Venga, te dejo que me hagas lo que quieras.
- Muy amable, pero no, gracias.
- Todo lo que quieras.
- Gracias, pero no.
- Pero no me puedes rechazar, ¡soy famosa!
Me llevo la mano al bolsillo y finjo que me vibra el teléfono. Disculpa, tengo que coger esta llamada, digo, y me alejo con el móvil pegado a la oreja, fingiendo que alguien me habla. Una vez fuera del bar, apoyo la espalda en una pared, resoplo y guardo el teléfono. Luego lo vuelvo a sacar y llamo a Marta. Hola, hola, qué tal, qué tal.
- Vaya sorpresa. ¿Cuánto hacía que no hablábamos, seis meses?
- ¿Tanto?
- Tanto. Ahí será tardísimo, ¿no? ¿Qué hora es, las cuatro?
- Las dos. Es que estoy en un bar, y me estaba agobiando y he salido y he pensado en llamarte.
- Agobiado, ya. ¿Y cómo se llama el agobio? ¿La conozco?
- Pues a lo mejor sí, dice que es famosa. A mí no me suena.
La borracha sale del bar y con dos certeros movimientos de tobillo se saca los zapatos de tacón. Luego se agacha y los recoge. Va de la mano de un tío que viste una camisa espantosa, de esas azules con el cuello y los puños blancos. Detienen un taxi y se suben. Ella baja la ventanilla, y cuando el taxi arranca repara en mi presencia, apoyado en la pared, el teléfono en la mano. Nos miramos, y por un instante tengo la absoluta certeza de que me va a sacar un dedo y me va dedicar un jódete o un tú te lo pierdes o algo así. En cambio, lo que hace es bajarse un tirante del vestido y enseñarme un pecho. Me echo a reír.
- ¿Qué pasa?
- La famosa. Se ha subido a un taxi y me ha enseñado las tetas.
- Qué guarra. Venga, cuelga, que esto te va a salir por un ojo.
- Vale. Sólo una cosa más. Oye, ¿tú piensas que la culpa de todo fue exclusivamente mía?
- No sé, ¿tú qué piensas?
- Yo pienso que sí.
- Sí. Yo también.
viernes, mayo 28, 2010
Rozaduras
Cuando mi hija venía a visitarme al hospital le gustaba jugar a hacerse pasar por otros. Su abuela la traía de la mano, la soltaba cuando llegaba a la puerta, ella se quedaba fuera, y la niña entraba corriendo y empezaba la función. Cuando me encontraba en buen estado, sentado, leyendo, jugaba a hacerse pasar por otras personas de su entorno. Soy la profesora, decía, y hablando muy despacio me explicaba la forma correcta de lavarse los dientes. Soy la enfermera, decía, y hacía como que barría la habitación, y yo le decía tonta, que las enfermeras no barren, y ella se reía desconfiada. En cambio, cuando me encontraba en mal estado, las muñecas atadas con correas a los laterales de la cama, un tubo asomando por la boca, siempre se hacía pasar por objetos inanimados. Soy una ventana muy muy alta y me baña un señor subido en un columpio. Un día dijo que era un espejo, y se subió encima, imitándome, los brazos en cruz y la boca entreabierta, mirándome a los ojos, muy seria (¡pierde el primero que se ría!), y por un instante tuve la certeza de que, efectivamente, estaba frente a un espejo, un espejo mágico que sólo reflejaba las cosas buenas. Algo así como un filtro bondadoso. Algo así como un milagro.
Ahora, cuando me llama por teléfono, casi siempre dedica los primeros minutos de conversación a hacerse pasar por alguien. Buenas tardes, le llamamos de la web tetas enormes culos inmensos para agradecerle sus numerosas visitas. Cosas así. Y yo le sigo el juego y al final siempre acabamos riéndonos, aunque en realidad a mi todo eso me parte el corazón, porque siempre acabo acordándome de aquel día en que le dije que la culpa de todo era suya, aquel día en el que si en el mundo hubiese justicia alguien habría entrado de inmediato en la habitación para hacerme tragar esas y todas las palabras existentes, todas las que ya se han dicho y todas las que queden por decir. No debería de acordarme, estaba atiborrado de medicamentos, pero me acuerdo. Ella no debería de acordarse, sólo tenía cinco años, pero se acuerda. Cómo no se va a acordar.
Hace un par de semanas pasamos unos días juntos. Fuimos a cenar al restaurante mejicano de Lychener, y luego estuvimos tomando una copa en un bar cercano. Y allí, acodados en la barra, hablando de nuestras cosas, ella moviendo un pie al ritmo de la música, pensé: joder, qué raro es todo esto, y qué raro es todo siempre.
Ahora, cuando me llama por teléfono, casi siempre dedica los primeros minutos de conversación a hacerse pasar por alguien. Buenas tardes, le llamamos de la web tetas enormes culos inmensos para agradecerle sus numerosas visitas. Cosas así. Y yo le sigo el juego y al final siempre acabamos riéndonos, aunque en realidad a mi todo eso me parte el corazón, porque siempre acabo acordándome de aquel día en que le dije que la culpa de todo era suya, aquel día en el que si en el mundo hubiese justicia alguien habría entrado de inmediato en la habitación para hacerme tragar esas y todas las palabras existentes, todas las que ya se han dicho y todas las que queden por decir. No debería de acordarme, estaba atiborrado de medicamentos, pero me acuerdo. Ella no debería de acordarse, sólo tenía cinco años, pero se acuerda. Cómo no se va a acordar.
Hace un par de semanas pasamos unos días juntos. Fuimos a cenar al restaurante mejicano de Lychener, y luego estuvimos tomando una copa en un bar cercano. Y allí, acodados en la barra, hablando de nuestras cosas, ella moviendo un pie al ritmo de la música, pensé: joder, qué raro es todo esto, y qué raro es todo siempre.
lunes, mayo 03, 2010
Los amores mal curados y lo inevitable
Sobre la mesa hay varias tazas de café y un tarro con azucar. En el suelo hay un niño que juega a unir grandes piezas de goma espuma. Disfrutamos de la escasa exigencia de los momentos de ocio y participamos de conversaciones cruzadas que versan en su mayor parte sobre la idea del recuerdo. Las sonrisas son sinceras y los esfuerzos mínimos. En un momento dado Martina pide la palabra y sofoca una sonrisa y luego me pregunta si me acuerdo de aquello que hice para Calvin Klein. Todos me miran con interés. Sin perder la sonrisa respondo: ¿Calvin Klein? Yo no he hecho nada para Calvin Klein. Martina me mira, divertida, como si esperase un guiño de complicidad. Joder, Marti, que yo no he hecho nada para Calvin Klein. Miro alrededor y nadie parece creerme, lo cual me pone de muy mal humor.
Entonces oigo un chirrido estruendoso, como de tren frenando en una vía llena de piedras. Cuando el ruido se difumina estoy de pie en una habitación con las paredes cubiertas de telas. Estoy desnudo y abrazo a una muchacha que también está desnuda, salvo porque viste unos calzoncillos de hombre. Me abraza al tiempo que intenta que el roce sea lo más leve posible. No hay el menor cariño en el abrazo, tan sólo la intención de ocultar nuestra desnudez del objetivo de un fotógrafo que nos grita: ¡no expreseis nada, soy perfectos, no teneis sentimientos!
Entonces oigo otro chirrido, otro chirrido estruendoso. Y cuando vuelve el silencio estoy de pie en una habitación con las paredes cubiertas de telas. Delante de mí hay dos chavales abrazados. El está desnudo y ella lleva unos calzoncillos de hombre. Estoy de muy mal humor, porque ella es novata y está muy nerviosa y me temo que acabaremos perdiendo todo el día. Intento explicarles lo que quiero. Quiero que no muestren nada, que parezcan indescifrables, inalcanzables, de otra especie. Pero no va a servir de nada. Veo que vamos a perder todo el día.
Entonces oigo un chirrido. Luego el chirrido desaparece. Ahora la luz entra por una ventana. En la mesa varias tazas de café. En el suelo un niño jugando sólo. Mi enfado va en aumento. ¡Joder, que yo no he hecho nada para Calvin Klein!, grito. Todos me miran sorprendidos. ¿Calvin Klein? ¿Qué dices de Calvin Klein? ¿Qué te pasa, cariño? No entiendo nada. Me siento desorientado. Entonces suena un chirrido. Un chirrido estruendoso. Como de tren frenando en una vía llena de piedras. Cierro los ojos y cuando los vuelvo a abrir lo que hay, efectivamente, es exactamente eso. Un tren que descarrila. Ni más ni menos.
Entonces oigo un chirrido estruendoso, como de tren frenando en una vía llena de piedras. Cuando el ruido se difumina estoy de pie en una habitación con las paredes cubiertas de telas. Estoy desnudo y abrazo a una muchacha que también está desnuda, salvo porque viste unos calzoncillos de hombre. Me abraza al tiempo que intenta que el roce sea lo más leve posible. No hay el menor cariño en el abrazo, tan sólo la intención de ocultar nuestra desnudez del objetivo de un fotógrafo que nos grita: ¡no expreseis nada, soy perfectos, no teneis sentimientos!
Entonces oigo otro chirrido, otro chirrido estruendoso. Y cuando vuelve el silencio estoy de pie en una habitación con las paredes cubiertas de telas. Delante de mí hay dos chavales abrazados. El está desnudo y ella lleva unos calzoncillos de hombre. Estoy de muy mal humor, porque ella es novata y está muy nerviosa y me temo que acabaremos perdiendo todo el día. Intento explicarles lo que quiero. Quiero que no muestren nada, que parezcan indescifrables, inalcanzables, de otra especie. Pero no va a servir de nada. Veo que vamos a perder todo el día.
Entonces oigo un chirrido. Luego el chirrido desaparece. Ahora la luz entra por una ventana. En la mesa varias tazas de café. En el suelo un niño jugando sólo. Mi enfado va en aumento. ¡Joder, que yo no he hecho nada para Calvin Klein!, grito. Todos me miran sorprendidos. ¿Calvin Klein? ¿Qué dices de Calvin Klein? ¿Qué te pasa, cariño? No entiendo nada. Me siento desorientado. Entonces suena un chirrido. Un chirrido estruendoso. Como de tren frenando en una vía llena de piedras. Cierro los ojos y cuando los vuelvo a abrir lo que hay, efectivamente, es exactamente eso. Un tren que descarrila. Ni más ni menos.
jueves, abril 15, 2010
La farmacia de Ursula Bogner
Yo no estoy acostumbrado a que las cosas vayan a esta velocidad. Yo así me aburro. Y no hablo de un aburrimiento de los de empezar a buscar a tu padre biológico, hablo de un aburrimiento de los de meterte veinte kilos de explosivo debajo de la camisa. No es por dármelas de nada, pero a mí siempre me han pasado cosas. Muchas, y no todas me las he buscado ni las merecía. Desde que tengo uso de razón, si es que alguna vez lo he tenido, me he visto lidiando sin descanso con la exigencia, la expectativa, el éxito y el drama. Pero ahora va todo demasiado despacio. Hace unos días, al caer la tarde, bajé al supermercado, compré una pizza, subí a casa, cené, vi una película y me acosté. Al día siguiente, al caer la tarde, baje al supermercado, compré pan y embutido, subí a casa, cené, vi una película y me acosté. Y a las cuatro de la mañana desperté, los ojos como platos, y exclamé: oh, Dios mío. No es fácil hacerse pasar por zapato cuando siempre fuiste rueda.
Ayer vinieron a casa Sebas y su chica, y JM y la suya, y celebramos una cena de tres parejas con comida china y mucho vino, una cosa muy de treintañeros. En el transcurso de la misma, la chica de JM nos narró, con su habitual simpatía, escenas cotidianas de su lugar de trabajo, y Sebas nos habló de una chica de ojos azules natural de Coslada y de un director de cine medio imbécil. Más tarde, como sucede siempre, cada conversación fue convirtiéndose en dos y a veces hasta tres. Se estaba a gusto. En un momento dado entré en la cocina para rellenar la cubitera, y detrás entró la chica de Sebas. Se puso a mi lado y me dio un codazo amistoso.
- ¿Qué tal, forastero?
- Ya ves, aquí picando hielo.
- Hace mucho que no hablamos, tú y yo.
- Sí que hace, sí. ¿Tú qué tal estás?
- Yo bien, pero a tí te veo raro.
- ¿Raro?
- Sí, no sé, distinto.
- ¿Distinto?
- Sí. Distinto. No sé cómo explicarlo. Como... inofensivo.
Inofensivo. Exacto. Ahí lo tienen. Si quieren ya pueden presentarme a sus hermanas. A las diez en punto estarán de vuelta en casa. Si quieren salir a cenar me pueden dejar al cuidado de sus hijos. Les ayudaré con los deberes y les obligaré a lavarse las manos antes de cenar. Inofensivo. Exacto. Ahí lo tienen.
Ayer vinieron a casa Sebas y su chica, y JM y la suya, y celebramos una cena de tres parejas con comida china y mucho vino, una cosa muy de treintañeros. En el transcurso de la misma, la chica de JM nos narró, con su habitual simpatía, escenas cotidianas de su lugar de trabajo, y Sebas nos habló de una chica de ojos azules natural de Coslada y de un director de cine medio imbécil. Más tarde, como sucede siempre, cada conversación fue convirtiéndose en dos y a veces hasta tres. Se estaba a gusto. En un momento dado entré en la cocina para rellenar la cubitera, y detrás entró la chica de Sebas. Se puso a mi lado y me dio un codazo amistoso.
- ¿Qué tal, forastero?
- Ya ves, aquí picando hielo.
- Hace mucho que no hablamos, tú y yo.
- Sí que hace, sí. ¿Tú qué tal estás?
- Yo bien, pero a tí te veo raro.
- ¿Raro?
- Sí, no sé, distinto.
- ¿Distinto?
- Sí. Distinto. No sé cómo explicarlo. Como... inofensivo.
Inofensivo. Exacto. Ahí lo tienen. Si quieren ya pueden presentarme a sus hermanas. A las diez en punto estarán de vuelta en casa. Si quieren salir a cenar me pueden dejar al cuidado de sus hijos. Les ayudaré con los deberes y les obligaré a lavarse las manos antes de cenar. Inofensivo. Exacto. Ahí lo tienen.
domingo, abril 04, 2010
Qué voy a hacer contigo
Zoe decidió pasar aquí las fiestas, y lo hizo a traición. Estoy en el aeropuerto, en media hora estoy ahí. Ya lleva aquí una semana, tiempo en el que no he dejado de estar lentísimo, patoso, metiéndome hasta la cintura en cada charco, en ocasiones rozando sensaciones tan peligrosas como la alegría. Pero supongo que eso es algo que más bien debiera tratar con un terapeuta, así que volvamos a empezar.
Zoe decidió pasar aquí las fiestas, y lo hizo a traición. Estoy en el aeropuerto, en media hora estoy ahí. Ya lleva aquí una semana, por lo que mis padres han aprovechado para organizar una de esas comidas íntimas, prohibida la entrada a todo aquel que no comparta vínculo sanguineo, que tanto suelen molestar a los más allegados, que no acaban de entender que las familias nómadas se acostumbraron a buscar refugio en la desconfianza y sus rituales excluyentes.
En la comida hay entrantes fríos, platos para compartir y buen vino. Zoe nos cuenta que ha leído que hay un estudio que dice que nuestros ojos (nuestros: de mi madre, suyos y míos, gen recesivo saltarín) parecen proceder de un humano que habitó hace varios siglos en centroeuropa y que padecía una enfermedad que por esos milagros de la naturaleza pasó a su código genético. Luego, con aire teatral, exclama "¡resulta que mi rasgo más distintivo es una malformación!". Y acto seguido mi hermana cambia de tema. Siempre me ha resultado divertida la manera en la que se jerarquizan estas comidas, en las que la importancia que se le da a cada tema depende no del tema sino de quién lo saque. Así, lo que diga Zoe será menos importante que lo que diga yo, y lo que diga yo que lo que diga mi hermana, y lo que diga mi hermana que lo que digan mis padres, quienes comparten un equilibrio en base a utilizar tácticas opuestas: mi padre tiene un tono de voz rotundo que hace que todo el mundo se calle, por respeto, y mi madre tiene un tono de voz extremadamente dulce que hace que todo el mundo se calle, porque si no no se oye. Mi hermana interrumpe a Zoe, y ésta hace un mohín de fastidio y otro de burla. Eva no le hace ni caso y nos cuenta que hace unos días, en una panadería, mantuvo una fuerte discusión con una señora mayor. Dice que al llegar su turno la señora en cuestión se le coló, acción que ella le afeó (dice que con buenas palabras, yo no me lo creo), por lo que la señora montó en colera y le gritó cosas como "os pensais que todo el mundo tiene que bailar a vuestro alrededor", y luego la llamó "pija" y "jirafa". Me hace mucha gracia lo de "jirafa", así que me río, y Zoe me ve y me hace un gesto de fastidio. Me ha interrumpido, no le rías las gracias, tú con quién vas. Así que yo le hago otro de disculpa. Qué quieres, es que me ha hecho gracia. Y ella se muerde el labio inferior, y niega con la cabeza, y mira al cielo. Qué voy a hacer contigo.
Eso deflagra en mi cabeza un recuerdo muy antiguo y poco relevante que no pensé que guardase. Vuelvo de entrenar, y llevo una camiseta de manga corta y una gran bolsa de deporte al hombro. Ella sale de una cafetería y me grita. ¡Ven, estamos aquí! Lleva el pelo recogido. Las pecas, la sonrisa. Hace un comentario sobre mi indumentaria. Ponte algo, vas a coger una pulmonía, dice. Imposible, soy indestructible, respondo. Y ella se muerde el labio inferior, y niega con la cabeza, y mira al cielo. Qué voy a hacer contigo.
Mal.
Zoe decidió pasar aquí las fiestas, y lo hizo a traición. Estoy en el aeropuerto, en media hora estoy ahí. Ya lleva aquí una semana, por lo que mis padres han aprovechado para organizar una de esas comidas íntimas, prohibida la entrada a todo aquel que no comparta vínculo sanguineo, que tanto suelen molestar a los más allegados, que no acaban de entender que las familias nómadas se acostumbraron a buscar refugio en la desconfianza y sus rituales excluyentes.
En la comida hay entrantes fríos, platos para compartir y buen vino. Zoe nos cuenta que ha leído que hay un estudio que dice que nuestros ojos (nuestros: de mi madre, suyos y míos, gen recesivo saltarín) parecen proceder de un humano que habitó hace varios siglos en centroeuropa y que padecía una enfermedad que por esos milagros de la naturaleza pasó a su código genético. Luego, con aire teatral, exclama "¡resulta que mi rasgo más distintivo es una malformación!". Y acto seguido mi hermana cambia de tema. Siempre me ha resultado divertida la manera en la que se jerarquizan estas comidas, en las que la importancia que se le da a cada tema depende no del tema sino de quién lo saque. Así, lo que diga Zoe será menos importante que lo que diga yo, y lo que diga yo que lo que diga mi hermana, y lo que diga mi hermana que lo que digan mis padres, quienes comparten un equilibrio en base a utilizar tácticas opuestas: mi padre tiene un tono de voz rotundo que hace que todo el mundo se calle, por respeto, y mi madre tiene un tono de voz extremadamente dulce que hace que todo el mundo se calle, porque si no no se oye. Mi hermana interrumpe a Zoe, y ésta hace un mohín de fastidio y otro de burla. Eva no le hace ni caso y nos cuenta que hace unos días, en una panadería, mantuvo una fuerte discusión con una señora mayor. Dice que al llegar su turno la señora en cuestión se le coló, acción que ella le afeó (dice que con buenas palabras, yo no me lo creo), por lo que la señora montó en colera y le gritó cosas como "os pensais que todo el mundo tiene que bailar a vuestro alrededor", y luego la llamó "pija" y "jirafa". Me hace mucha gracia lo de "jirafa", así que me río, y Zoe me ve y me hace un gesto de fastidio. Me ha interrumpido, no le rías las gracias, tú con quién vas. Así que yo le hago otro de disculpa. Qué quieres, es que me ha hecho gracia. Y ella se muerde el labio inferior, y niega con la cabeza, y mira al cielo. Qué voy a hacer contigo.
Eso deflagra en mi cabeza un recuerdo muy antiguo y poco relevante que no pensé que guardase. Vuelvo de entrenar, y llevo una camiseta de manga corta y una gran bolsa de deporte al hombro. Ella sale de una cafetería y me grita. ¡Ven, estamos aquí! Lleva el pelo recogido. Las pecas, la sonrisa. Hace un comentario sobre mi indumentaria. Ponte algo, vas a coger una pulmonía, dice. Imposible, soy indestructible, respondo. Y ella se muerde el labio inferior, y niega con la cabeza, y mira al cielo. Qué voy a hacer contigo.
Mal.
jueves, marzo 25, 2010
Sitio en construcción
Los inviernos inclementes resultan devastadores para casas como la mía. Así que ahora llevo quince días en los que esto es un continuo vaivén de obreros, una sinfonía infinita de trajines y martillazos. Levantar la terraza, impermeabilizar los tejados, reparar los alféizares de las ventanas, cambiar los vierteaguas, sanear los canalones, renovar los sumideros. Para no tener que andar pendiente de las horas de entrada, bocadillo, comida y salida les he hecho a los obreros un duplicado de las llaves, cosa que a Diana no le ha hecho ninguna gracia. En otras circunstancias habría liquidado el asunto con una broma que reflejase mi carácter desprendido, pero resulta que arrastra en la familia una historia truculenta al respecto, por lo que me he visto obligado a prometerle que cuando acaben los trabajos cambiaré las cerraduras. Los obreros son todos muy bajitos y extremadamente educados, y cuando me cruzo con ellos nos sonreímos con amabilidad y mantenemos conversaciones de entretanto. Yo les pregunto "ahora estareis hasta arriba de curro, ¿no?" y ellos responden "¡y que no falte!". Yo les digo "a ver si hoy aguanta el día" y ellos responden "¡vaya invierno que llevamos!". Cuando se cruzan conmigo sonríen, y cuando se cruzan con Diana bajan la cabeza como si temiesen convertirse en estatuas de sal, lo cual he de reconocer que es un pensamiento que también ha cruzado mi mente en determinados momentos de delirio.
Ayer por la noche estuvimos viendo "Speak" mientras dábamos cuenta de una bandeja de makis, acomodados en el sofá en la posición habitual: yo sentado en un extremo y Diana tumbada con un cojín entre su cabeza y mi estómago. En un momento dado le pregunté si era feliz, lo cual es no sólo una pregunta estúpida, sino también una pregunta que no me pega nada, y como tal la recibió, incorporándose sorprendida y deslizando una sonrisa sarcástica. Luego respondió:
- Feliz no lo sé, pero sí sé que me siento especial.
Y a continuación permaneció unos instantes en silencio mientras sopesaba, lo sé, los pros y contras de plantear el correspondiente "¿y tú?". Luego cogió un maki con dos dedos, lo bañó en salsa de soja, se lo metió en la boca y volvió a tumbarse. Preguntar, no preguntó nada.
Ayer por la noche estuvimos viendo "Speak" mientras dábamos cuenta de una bandeja de makis, acomodados en el sofá en la posición habitual: yo sentado en un extremo y Diana tumbada con un cojín entre su cabeza y mi estómago. En un momento dado le pregunté si era feliz, lo cual es no sólo una pregunta estúpida, sino también una pregunta que no me pega nada, y como tal la recibió, incorporándose sorprendida y deslizando una sonrisa sarcástica. Luego respondió:
- Feliz no lo sé, pero sí sé que me siento especial.
Y a continuación permaneció unos instantes en silencio mientras sopesaba, lo sé, los pros y contras de plantear el correspondiente "¿y tú?". Luego cogió un maki con dos dedos, lo bañó en salsa de soja, se lo metió en la boca y volvió a tumbarse. Preguntar, no preguntó nada.
lunes, marzo 15, 2010
Small talk
- Yo a tí te conozco.
- No sé, quizás...
- ¡Ya sé! ¡Eres camarero de Le Pain Quotidien!
- ¿Qué?
- Camarero de Le Pain Quotidien, el de Velázquez.
- ¿Qué?
- La panadería... cafetería... ¿no?
- Pues no.
- ¿Seguro?
- ¿Tú que crees?
Se dio la vuelta y se marchó. Eso sucedió ayer. Quizás la chica sólo pretendía ser simpática, pero yo tenía otras cosas en la cabeza y me comporté como un imbécil. Me pasa muy a menudo. Me hago el listo o el simpático o el borde cuando no toca, y no es hasta que ya lo he hecho que me doy cuenta de que lo he estado haciendo. Más tarde, en la cama, he soñado que llevaba un delantal y sobre la mano derecha una bandeja repleta de zumos de naranja, cafés de distintos tamaños y bollería diversa, y entonces unos tipos encapuchados entran en el local y me acribillan a balazos, y la gente que grita y las tazas que se hacen añicos contra el suelo y yo que pienso "¡menudo desperdicio!". Cuando he despertado Diana ya estaba levantada, y le he preguntado si ha estado alguna vez en Le Pain Quotidien, el de Velázquez.
- Didi, ¿tú has estado alguna vez en Le Pain Quotidien, el de Velázquez?
- Alguna vez.
- ¿Te apetece que vayamos a desayunar?
- Claro.
Cuando hemos llegado estaba bastante lleno, pero aún así hemos cogido una buena mesa, junto a la ventana. He recorrido con la vista el local, fijándome detenidamente en cada empleado, pero allí nadie se me parecía ni en lo más remoto. Quizás hoy libre. Y me he sentido un poco decepcionado, como si hubiese faltado a mi propia cita. Luego me he imaginado a mí mismo, a la mitad de mí mismo, en su día libre, en mi día libre, empapelando el salón, leyendo un libro en un cercanías, pidiendo la vez en una frutería. Y he empezado a marearme, así que he intentado salir del embrujo diciendo lo primero que se me ocurriera, lo cual es siempre una muy mala idea.
- Oye, ¿tú has hecho alguna vez el amor en los baños de una discoteca o un bar o algo así?
- ¿Qué tipo de pregunta es esa?
- Bueno... no sé... es lo primero que se me ha ocurrido... no sé por qué...
- ¿Qué coño me quieres decir? ¿Que lo hiciste ayer? ¿Es eso?
- ¿Qué? ¡No! ¿Ayer? ¡No, joder, no!
Y no miento, no fue ayer. Yo sólo quería decirle que si no lo ha hecho nunca, que no lo haga, porque la leve melancolía que nos atrapa en ese instante postrero se convierte en tales circunstancias en un torrente de pena, en una profundísima sensación de inutilidad. Eso es lo que quería decirle. Pero ya no tiene sentido. No sé por qué he sacado el tema. Soy imbécil. Ahora sólo me queda escapar de ésta como pueda. Fingir, mentir, inventar. Y aún no son ni las doce de la mañana.
- No sé, quizás...
- ¡Ya sé! ¡Eres camarero de Le Pain Quotidien!
- ¿Qué?
- Camarero de Le Pain Quotidien, el de Velázquez.
- ¿Qué?
- La panadería... cafetería... ¿no?
- Pues no.
- ¿Seguro?
- ¿Tú que crees?
Se dio la vuelta y se marchó. Eso sucedió ayer. Quizás la chica sólo pretendía ser simpática, pero yo tenía otras cosas en la cabeza y me comporté como un imbécil. Me pasa muy a menudo. Me hago el listo o el simpático o el borde cuando no toca, y no es hasta que ya lo he hecho que me doy cuenta de que lo he estado haciendo. Más tarde, en la cama, he soñado que llevaba un delantal y sobre la mano derecha una bandeja repleta de zumos de naranja, cafés de distintos tamaños y bollería diversa, y entonces unos tipos encapuchados entran en el local y me acribillan a balazos, y la gente que grita y las tazas que se hacen añicos contra el suelo y yo que pienso "¡menudo desperdicio!". Cuando he despertado Diana ya estaba levantada, y le he preguntado si ha estado alguna vez en Le Pain Quotidien, el de Velázquez.
- Didi, ¿tú has estado alguna vez en Le Pain Quotidien, el de Velázquez?
- Alguna vez.
- ¿Te apetece que vayamos a desayunar?
- Claro.
Cuando hemos llegado estaba bastante lleno, pero aún así hemos cogido una buena mesa, junto a la ventana. He recorrido con la vista el local, fijándome detenidamente en cada empleado, pero allí nadie se me parecía ni en lo más remoto. Quizás hoy libre. Y me he sentido un poco decepcionado, como si hubiese faltado a mi propia cita. Luego me he imaginado a mí mismo, a la mitad de mí mismo, en su día libre, en mi día libre, empapelando el salón, leyendo un libro en un cercanías, pidiendo la vez en una frutería. Y he empezado a marearme, así que he intentado salir del embrujo diciendo lo primero que se me ocurriera, lo cual es siempre una muy mala idea.
- Oye, ¿tú has hecho alguna vez el amor en los baños de una discoteca o un bar o algo así?
- ¿Qué tipo de pregunta es esa?
- Bueno... no sé... es lo primero que se me ha ocurrido... no sé por qué...
- ¿Qué coño me quieres decir? ¿Que lo hiciste ayer? ¿Es eso?
- ¿Qué? ¡No! ¿Ayer? ¡No, joder, no!
Y no miento, no fue ayer. Yo sólo quería decirle que si no lo ha hecho nunca, que no lo haga, porque la leve melancolía que nos atrapa en ese instante postrero se convierte en tales circunstancias en un torrente de pena, en una profundísima sensación de inutilidad. Eso es lo que quería decirle. Pero ya no tiene sentido. No sé por qué he sacado el tema. Soy imbécil. Ahora sólo me queda escapar de ésta como pueda. Fingir, mentir, inventar. Y aún no son ni las doce de la mañana.
domingo, febrero 21, 2010
Haciendo la estatua
Ya casi no me acuesto con gente que acabo de conocer. Aún arrastro algunos comportamientos claramente inapropiados para alguien que transita la segunda mitad de sus treintas y tiene una hija de casi veinte, pero supongo que se me irá pasando. Supongo.
Ayer mi hermana me invitó a que le hiciese de acompañante en la inauguración de una galería de arte que han abierto al lado de su consulta, invitación que cursó con su peculiar estilo: "enano, mañana me acompañas a". Como acompañante en bodas, inauguraciones y otras celebraciones de similar jaez doy el pego, pues no causo una mala primera impresión y el carácter fugaz de tales eventos impide que al personal le de tiempo a descubrir que debajo está todo negro. Así que fuimos a la inauguración, y gran parte de la misma la pasé constatando, una vez más, que Eva es un ser humano sobresaliente. Su habilidad para el intercambio social, su intuición para saber cuándo y cómo cambiar de registro, su facilidad para saltar de una conversación a otra. Y, como siempre, a continuación procedí a buscar en mí todas esas virtudes, deberían estar, ¿no?, deberían estar pero no están. La genética es una mierda.
La genética es una mierda, la genética es una mierda. Seamos sinceros, escribir un blog como éste es una soplapollez. Puede tener su gracia si hablas de toros o política, pero si de lo que hablas es de tí mismo al final cada frase acaba por convertirse en una cuerda, a veces soga y a veces tirador de cisterna. En fin. ¿Dónde estábamos? La inauguración. La inauguración tuvo algo bueno: conocí a gente de muchísimo dinero. A mí me encanta la gente con dinero. Y no hablo de aquellos que se hicieron a sí mismos sudando sangre, esos me aburren sobremanera, sino de aquellos que nacieron con el dinero puesto. El común de los mortales transita por la vida acarreando una certeza absoluta: si se te acaba el dinero te mueres. Pero los que siempre lo tuvieron desconocen ese axioma, y siendo como es un principio fundamental, ese desconocimiento acaba por moldearles personalidades inverosímiles, marcianas. Goyo, su novia Nines y su buen amigo Víctor. Goyo en particular me pareció un personaje deslumbrante, y no sólo por el horrendo pullover color salmón que vestía. Su nada empática conversación, su absoluto desprecio por todo aquello que no saliese de su propia boca, su verbo entumecido. Lo pasé tan bien que cuando mi hermana anunció que se iba yo le dije que me quedaría un rato más. E hice bien, pues resultó todo la mar de interesante, una velada repleta de momentos memorables y frases para el recuerdo. En un momento dado Goyo dijo "todo lo que se dice de los internados ingleses es cierto" y "la democracia es un placebo". En un momento dado Víctor dijo "como en España, en ninguna parte" y "Dire Straits son una banda a redescubrir". En un momento dado Nines dijo "súbeme la cremallera" y "por favor te lo pido, esto no se lo cuentes a nadie".
Ayer mi hermana me invitó a que le hiciese de acompañante en la inauguración de una galería de arte que han abierto al lado de su consulta, invitación que cursó con su peculiar estilo: "enano, mañana me acompañas a". Como acompañante en bodas, inauguraciones y otras celebraciones de similar jaez doy el pego, pues no causo una mala primera impresión y el carácter fugaz de tales eventos impide que al personal le de tiempo a descubrir que debajo está todo negro. Así que fuimos a la inauguración, y gran parte de la misma la pasé constatando, una vez más, que Eva es un ser humano sobresaliente. Su habilidad para el intercambio social, su intuición para saber cuándo y cómo cambiar de registro, su facilidad para saltar de una conversación a otra. Y, como siempre, a continuación procedí a buscar en mí todas esas virtudes, deberían estar, ¿no?, deberían estar pero no están. La genética es una mierda.
La genética es una mierda, la genética es una mierda. Seamos sinceros, escribir un blog como éste es una soplapollez. Puede tener su gracia si hablas de toros o política, pero si de lo que hablas es de tí mismo al final cada frase acaba por convertirse en una cuerda, a veces soga y a veces tirador de cisterna. En fin. ¿Dónde estábamos? La inauguración. La inauguración tuvo algo bueno: conocí a gente de muchísimo dinero. A mí me encanta la gente con dinero. Y no hablo de aquellos que se hicieron a sí mismos sudando sangre, esos me aburren sobremanera, sino de aquellos que nacieron con el dinero puesto. El común de los mortales transita por la vida acarreando una certeza absoluta: si se te acaba el dinero te mueres. Pero los que siempre lo tuvieron desconocen ese axioma, y siendo como es un principio fundamental, ese desconocimiento acaba por moldearles personalidades inverosímiles, marcianas. Goyo, su novia Nines y su buen amigo Víctor. Goyo en particular me pareció un personaje deslumbrante, y no sólo por el horrendo pullover color salmón que vestía. Su nada empática conversación, su absoluto desprecio por todo aquello que no saliese de su propia boca, su verbo entumecido. Lo pasé tan bien que cuando mi hermana anunció que se iba yo le dije que me quedaría un rato más. E hice bien, pues resultó todo la mar de interesante, una velada repleta de momentos memorables y frases para el recuerdo. En un momento dado Goyo dijo "todo lo que se dice de los internados ingleses es cierto" y "la democracia es un placebo". En un momento dado Víctor dijo "como en España, en ninguna parte" y "Dire Straits son una banda a redescubrir". En un momento dado Nines dijo "súbeme la cremallera" y "por favor te lo pido, esto no se lo cuentes a nadie".
martes, febrero 09, 2010
Gastronomía razonable
Me despierta un olor celestial: Diana está preparando tortitas. Eufórico, brinco de la cama, agarro la J-45 y comienzo a saltar a su alrededor mientras interpreto una versión desvergonzada de "Party Fears Two". The alcohol loves you while turning you blue, y deposita en la sartén dos cucharadas de la mezcla de huevo, leche y harina. My manners are failing me, y con mimo le da la vuelta a la tortita. Pero cuando me acerco a mi parte favorita, la de what's wrong's the wrong that's always in wrooong, suena la puerta, así que abandono mi interpretación y voy a abrir, y no es hasta que ya he abierto que me doy cuenta de que mi atuendo no es del todo apropiado: una imperio que bien pudiera haber pertenecido a Billy Mackenzie y unos boxer a juego. Es mi vecina, que viene a despedirse. Ayer vinieron dos tipos de otro hemisferio y metieron sus cosas en un montón de cajas. Se va, del todo. Me echa un vistazo y sonríe.
- A lo mejor al final sí que te echo de menos un poquito.
- Esto no es un adiós, sino un hasta luego - lo siento, en ese momento no doy con nada mejor.
- Por supuesto.
- Y piénsalo: ¡siempre nos quedará la bechamel! - broma privada.
Luego decimos cuatro paridas más, nos damos dos besos y cierro la puerta. Cuando vuelvo a la cocina noto que Diana está radiante. No ha salido a despedirse de la vecina y ahora está eufórica. No me consta que hayan tenido encontronazo alguno, así que sólo se me ocurre una forma de definir todo esto: celos. Y es absurdo. No quiero abundar en detalles que me harían parecer un estúpido, pero si ustedes las conociesen también encontrarían incomprensible que una mujer como mi vecina (no me lo digas: ¡funcionaria!) pueda resultar amenazante para una mujer como Diana (redoble). Pero eso parece. Y no tiene ninguna lógica. Que conste que yo nunca me acosté con mi vecina. Con ésta no. Jamás. Nuestra relación no se fundamentaba en el sexo sino en su extraordinaria tolerancia hacia mis ruidos y mis historias, y en las croquetas. Sí, las croquetas. Cuando preparábamos croquetas siempre hacíamos de más (mi especialidad son las de jamón, la suya las de bacalao) y llamábamos a la puerta del otro y abríamos una botella de vino y veíamos una peli mientras yo le decía cosas sin ningún interés y ella me decía cosas fascinantes como "la nueva de contabilidad es una trepa" o "la cuenta de resultados es importante pero no lo es todo" o "aún me quedan seis días y medio de vacaciones". Ah, aquellas noches, aquellos vinos. Sí, la verdad es que me molesta un poco que se vaya, y si no arrastrase esta ataraxia degenerativa creo que incluso podría afirmar que a lo mejor al final sí que la echo de menos un poquito.
- A lo mejor al final sí que te echo de menos un poquito.
- Esto no es un adiós, sino un hasta luego - lo siento, en ese momento no doy con nada mejor.
- Por supuesto.
- Y piénsalo: ¡siempre nos quedará la bechamel! - broma privada.
Luego decimos cuatro paridas más, nos damos dos besos y cierro la puerta. Cuando vuelvo a la cocina noto que Diana está radiante. No ha salido a despedirse de la vecina y ahora está eufórica. No me consta que hayan tenido encontronazo alguno, así que sólo se me ocurre una forma de definir todo esto: celos. Y es absurdo. No quiero abundar en detalles que me harían parecer un estúpido, pero si ustedes las conociesen también encontrarían incomprensible que una mujer como mi vecina (no me lo digas: ¡funcionaria!) pueda resultar amenazante para una mujer como Diana (redoble). Pero eso parece. Y no tiene ninguna lógica. Que conste que yo nunca me acosté con mi vecina. Con ésta no. Jamás. Nuestra relación no se fundamentaba en el sexo sino en su extraordinaria tolerancia hacia mis ruidos y mis historias, y en las croquetas. Sí, las croquetas. Cuando preparábamos croquetas siempre hacíamos de más (mi especialidad son las de jamón, la suya las de bacalao) y llamábamos a la puerta del otro y abríamos una botella de vino y veíamos una peli mientras yo le decía cosas sin ningún interés y ella me decía cosas fascinantes como "la nueva de contabilidad es una trepa" o "la cuenta de resultados es importante pero no lo es todo" o "aún me quedan seis días y medio de vacaciones". Ah, aquellas noches, aquellos vinos. Sí, la verdad es que me molesta un poco que se vaya, y si no arrastrase esta ataraxia degenerativa creo que incluso podría afirmar que a lo mejor al final sí que la echo de menos un poquito.
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