Ya casi no me acuesto con gente que acabo de conocer. Aún arrastro algunos comportamientos claramente inapropiados para alguien que transita la segunda mitad de sus treintas y tiene una hija de casi veinte, pero supongo que se me irá pasando. Supongo.
Ayer mi hermana me invitó a que le hiciese de acompañante en la inauguración de una galería de arte que han abierto al lado de su consulta, invitación que cursó con su peculiar estilo: "enano, mañana me acompañas a". Como acompañante en bodas, inauguraciones y otras celebraciones de similar jaez doy el pego, pues no causo una mala primera impresión y el carácter fugaz de tales eventos impide que al personal le de tiempo a descubrir que debajo está todo negro. Así que fuimos a la inauguración, y gran parte de la misma la pasé constatando, una vez más, que Eva es un ser humano sobresaliente. Su habilidad para el intercambio social, su intuición para saber cuándo y cómo cambiar de registro, su facilidad para saltar de una conversación a otra. Y, como siempre, a continuación procedí a buscar en mí todas esas virtudes, deberían estar, ¿no?, deberían estar pero no están. La genética es una mierda.
La genética es una mierda, la genética es una mierda. Seamos sinceros, escribir un blog como éste es una soplapollez. Puede tener su gracia si hablas de toros o política, pero si de lo que hablas es de tí mismo al final cada frase acaba por convertirse en una cuerda, a veces soga y a veces tirador de cisterna. En fin. ¿Dónde estábamos? La inauguración. La inauguración tuvo algo bueno: conocí a gente de muchísimo dinero. A mí me encanta la gente con dinero. Y no hablo de aquellos que se hicieron a sí mismos sudando sangre, esos me aburren sobremanera, sino de aquellos que nacieron con el dinero puesto. El común de los mortales transita por la vida acarreando una certeza absoluta: si se te acaba el dinero te mueres. Pero los que siempre lo tuvieron desconocen ese axioma, y siendo como es un principio fundamental, ese desconocimiento acaba por moldearles personalidades inverosímiles, marcianas. Goyo, su novia Nines y su buen amigo Víctor. Goyo en particular me pareció un personaje deslumbrante, y no sólo por el horrendo pullover color salmón que vestía. Su nada empática conversación, su absoluto desprecio por todo aquello que no saliese de su propia boca, su verbo entumecido. Lo pasé tan bien que cuando mi hermana anunció que se iba yo le dije que me quedaría un rato más. E hice bien, pues resultó todo la mar de interesante, una velada repleta de momentos memorables y frases para el recuerdo. En un momento dado Goyo dijo "todo lo que se dice de los internados ingleses es cierto" y "la democracia es un placebo". En un momento dado Víctor dijo "como en España, en ninguna parte" y "Dire Straits son una banda a redescubrir". En un momento dado Nines dijo "súbeme la cremallera" y "por favor te lo pido, esto no se lo cuentes a nadie".
domingo, febrero 21, 2010
martes, febrero 09, 2010
Gastronomía razonable
Me despierta un olor celestial: Diana está preparando tortitas. Eufórico, brinco de la cama, agarro la J-45 y comienzo a saltar a su alrededor mientras interpreto una versión desvergonzada de "Party Fears Two". The alcohol loves you while turning you blue, y deposita en la sartén dos cucharadas de la mezcla de huevo, leche y harina. My manners are failing me, y con mimo le da la vuelta a la tortita. Pero cuando me acerco a mi parte favorita, la de what's wrong's the wrong that's always in wrooong, suena la puerta, así que abandono mi interpretación y voy a abrir, y no es hasta que ya he abierto que me doy cuenta de que mi atuendo no es del todo apropiado: una imperio que bien pudiera haber pertenecido a Billy Mackenzie y unos boxer a juego. Es mi vecina, que viene a despedirse. Ayer vinieron dos tipos de otro hemisferio y metieron sus cosas en un montón de cajas. Se va, del todo. Me echa un vistazo y sonríe.
- A lo mejor al final sí que te echo de menos un poquito.
- Esto no es un adiós, sino un hasta luego - lo siento, en ese momento no doy con nada mejor.
- Por supuesto.
- Y piénsalo: ¡siempre nos quedará la bechamel! - broma privada.
Luego decimos cuatro paridas más, nos damos dos besos y cierro la puerta. Cuando vuelvo a la cocina noto que Diana está radiante. No ha salido a despedirse de la vecina y ahora está eufórica. No me consta que hayan tenido encontronazo alguno, así que sólo se me ocurre una forma de definir todo esto: celos. Y es absurdo. No quiero abundar en detalles que me harían parecer un estúpido, pero si ustedes las conociesen también encontrarían incomprensible que una mujer como mi vecina (no me lo digas: ¡funcionaria!) pueda resultar amenazante para una mujer como Diana (redoble). Pero eso parece. Y no tiene ninguna lógica. Que conste que yo nunca me acosté con mi vecina. Con ésta no. Jamás. Nuestra relación no se fundamentaba en el sexo sino en su extraordinaria tolerancia hacia mis ruidos y mis historias, y en las croquetas. Sí, las croquetas. Cuando preparábamos croquetas siempre hacíamos de más (mi especialidad son las de jamón, la suya las de bacalao) y llamábamos a la puerta del otro y abríamos una botella de vino y veíamos una peli mientras yo le decía cosas sin ningún interés y ella me decía cosas fascinantes como "la nueva de contabilidad es una trepa" o "la cuenta de resultados es importante pero no lo es todo" o "aún me quedan seis días y medio de vacaciones". Ah, aquellas noches, aquellos vinos. Sí, la verdad es que me molesta un poco que se vaya, y si no arrastrase esta ataraxia degenerativa creo que incluso podría afirmar que a lo mejor al final sí que la echo de menos un poquito.
- A lo mejor al final sí que te echo de menos un poquito.
- Esto no es un adiós, sino un hasta luego - lo siento, en ese momento no doy con nada mejor.
- Por supuesto.
- Y piénsalo: ¡siempre nos quedará la bechamel! - broma privada.
Luego decimos cuatro paridas más, nos damos dos besos y cierro la puerta. Cuando vuelvo a la cocina noto que Diana está radiante. No ha salido a despedirse de la vecina y ahora está eufórica. No me consta que hayan tenido encontronazo alguno, así que sólo se me ocurre una forma de definir todo esto: celos. Y es absurdo. No quiero abundar en detalles que me harían parecer un estúpido, pero si ustedes las conociesen también encontrarían incomprensible que una mujer como mi vecina (no me lo digas: ¡funcionaria!) pueda resultar amenazante para una mujer como Diana (redoble). Pero eso parece. Y no tiene ninguna lógica. Que conste que yo nunca me acosté con mi vecina. Con ésta no. Jamás. Nuestra relación no se fundamentaba en el sexo sino en su extraordinaria tolerancia hacia mis ruidos y mis historias, y en las croquetas. Sí, las croquetas. Cuando preparábamos croquetas siempre hacíamos de más (mi especialidad son las de jamón, la suya las de bacalao) y llamábamos a la puerta del otro y abríamos una botella de vino y veíamos una peli mientras yo le decía cosas sin ningún interés y ella me decía cosas fascinantes como "la nueva de contabilidad es una trepa" o "la cuenta de resultados es importante pero no lo es todo" o "aún me quedan seis días y medio de vacaciones". Ah, aquellas noches, aquellos vinos. Sí, la verdad es que me molesta un poco que se vaya, y si no arrastrase esta ataraxia degenerativa creo que incluso podría afirmar que a lo mejor al final sí que la echo de menos un poquito.
martes, febrero 02, 2010
Oro parece, plata no es
"Deposita el cuchillo ensangrentado encima de la mesa y durante unos instantes lucha por controlar el estupor. Luego se sienta y encience el televisor, donde varios tipos ataviados con ropas de colores se disputan la posesión de una pelota. Se lleva las manos a la cara y sacude la cabeza en gesto de evidente desesperación.Cierro el editor de texto y ante la pregunta "¿desea guardar los cambios?" presiono el "no" ante la inexistencia de un "por supuesto que no". Me llevo las manos a la cara y sacudo la cabeza en gesto de evidente desesperación. De nuevo voy a fallarle a alguien que no lo merece, alguien que a mí nunca me fallaría, alguien a quien le debo diez. Acepté el compromiso y en cuanto me comprometí olvidé que me había comprometido, y no es hasta hoy, los plazos expirados, mañana el último día, que lo recuerdo. Demasiado tarde. Las dos únicas cosas de las que puedo hablar con cierta propiedad son la muerte y las resacas, y no es plan. Para todo lo demás soy un turista, cuando no un impostor. Qué asco, de verdad. Cierro el ordenador y salgo de casa. En el bar me reúno con dos amigos y bebemos y hablamos de mujeres, un tema que siempre me deja mal parado. Porque las frecuento bellas, lo cual despierta las simpatías de mis congéneres, pero a partir de ahí es todo un desastre. Porque me gustan las peores. Esa niña de papá que nunca tuvo que luchar por nada, esa vanidosa que se mira hasta en el reverso de los retrovisores, esa niñata que con un acento desastroso desgrana argumentos que bordean el puro retraso mental. Esas me vuelven loco. Supongo que no hace falta ser psicólogo para verle al asunto la moraleja.
- No me lo puedo creer, ¿otra vez fútbol?"
Vuelvo a casa y abro el ordenador. Las resacas y la muerte. Y las mujeres desastrosas. Y ese que sólo siente la soledad cuando está acompañado. Y ese que sale a cenar y en un momento dado siente que su mente le abandona, y el mareo y la nausea, y, desesperado, sin que nadie se de cuenta, se clava un tenedor en el muslo hasta sangrar, consciente de que sólo una experiencia física rotunda conseguirá mantenerle anclado a la realidad.
"- ¿Y vas a hacerme daño?No, esto no va a acabar nada bien.
- Sólo si tú me lo pides."
martes, enero 12, 2010
Las trepidantes aventuras de los ases lacrimógenos
Disculpen que últimamente me muestre tan poco comunicativo, es que me ha dado por la marihuana. ¿Mi fin de año? De acuerdo, mi fin de año. La cena de fin de año se celebró en casa de mis padres, presentes también mi hermana, su marido y mis sobrinos. Mi madre preparó su habitual ensalada de arenques, y todo resultaba tan cálido, tan reconfortante y tan seguro que me dio un ataque de pánico que me mantuvo encerrado en el baño durante media hora. Al final mi hermana gritó "¡niño, las uvas!" y salí del baño y me comí las uvas y después hicimos el primer brindis con vodka como es tradición familiar. Ante el cambio de año los hay que hacen balance y los hay que hacen propósitos. Yo soy de los segundos, así que podría asegurar que ese resulta siempre un instante esperanzador. Arrebatado por la ilusión pedí a mis sobrinos que hiciesen cada uno un propósito para el nuevo año, y la mayor dijo que quería aprender tantos idiomas como su madre, pobrecita mía, la mediana dijo que quería aprender a jugar al voleybol, y el pequeño, ante mi insistencia, se puso nervioso, me llamó idiota y empezó a llorar. Al cabo de un rato me fui, pues había quedado con unos amigos para llevar a cabo una celebración que se pretendía discreta con las excusas de cada año: hoy no hay quien salga, hoy está todo lleno de domingueros de la noche, los que salen hoy no saben beber. El plan era juntarnos unos pocos en una casa y pasar una velada tranquila, pero aquello pronto se nos fue de las manos, hasta el punto de que acabamos en un sitio inverosímil llamado Leganés, un lugar en cuyos bares no importa lo que pidas que siempre te ponen lo mismo, o al menos sabe igual. En Leganés interactuamos con seres incomprensibles y bailamos al son de canciones wtf de Paloma San Basilio o Rocío Durcal, hasta que invitados acudimos a una casa en la que seguir la fiesta. Allí todos seguimos bebiendo, y unos charlaban y otros jugaban al karaoke ese de la playstation, y me senté en un tresillo y me dije "¿a que me quedo frito?", y unas horas después desperté con dos chavalas elegantes y con peinados festivos a medio deshacer tumbadas encima de mí, jovencitas a las que juro por Dios que no toqué. Miré alrededor y vi a mis dos amigos durmiendo apretujados en un sofá, y tras hacerles con el móvil una foto que me viene dando grandes alegrías estos primeros días del año, y sintiendome reconfortado en un aroma mezcla de perfume del año pasado y toneladas de alcohol comencé a pensar mediante el método de hablar conmigo mismo en tercera persona como si yo y yo en total sumásemos tres.
¿Os acordais de aquellos veranos en los que bailábamos? Dos meses aquí, otro allí y otro allá. Lo que nos pagaban apenas nos llegaba para lo mucho que gastábamos, pero, joder, qué fácil era gustarse entonces. Las personalidades desastradas por doquier, los paseos en barco a mediodía, un sueño en la playa por la tarde, la moda subvencionada y aguja e hilo. Qué fácil era gustarse entonces, ¿verdad? ¿Os acordais? No, claro que no os acordais. Qué os vais a acordar.
¿Os acordais de aquellos veranos en los que bailábamos? Dos meses aquí, otro allí y otro allá. Lo que nos pagaban apenas nos llegaba para lo mucho que gastábamos, pero, joder, qué fácil era gustarse entonces. Las personalidades desastradas por doquier, los paseos en barco a mediodía, un sueño en la playa por la tarde, la moda subvencionada y aguja e hilo. Qué fácil era gustarse entonces, ¿verdad? ¿Os acordais? No, claro que no os acordais. Qué os vais a acordar.
jueves, diciembre 31, 2009
Fulanito de tal
Las personas que bien me quieren andan estos días pendientes de los regalos, de los menús, de los viajes y de mí. ¿Es eso algo de lo que me sienta orgulloso? Todo lo contrario. ¿Es eso algo que me haga sentirme bien? En absoluto. Pero ese es otro tema y hoy no toca.
La gente con hijos pequeños tiene en ellos un motivo para seguir adelante, una estupenda razón para creer en la especie, y también una excusa universal y una coartada perfecta. Nos vamos de vacaciones a tal sitio porque los niños... Hoy no me puedo quedar porque mañana los niños... Ayer por la tarde se presentó en mi casa Martina, con su hijo. Andábamos cerca y nos hemos dicho: vamos a hacerle una visita a éste. Sentó al niño a mi lado, dejó un junco de churros encima de la mesa, sacó un paquete del bolso y se metió en la cocina a preparar chocolate. Luego me estuvo contando que hace unos días al salir de un comercio una señora mayor y un tanto desarrapada la detuvo y, cuando pensaba que le iba a pedir dinero, le pidió un abrazo. Y se emocionó un poco, y se lo dio, y durante unos instantes se sintió presa del más gozoso espíritu navideño, hasta que se dio cuenta de que la señora estaba aprovechando el abrazo para meterle la mano en los bolsillos. Ah, qué mundo éste.
Apenas media hora después de que se fuese Martina apareció mi hermana, con los niños. Andábamos cerca y los niños tenían ganas de mear, y nos hemos dicho: vamos a hacerle una visita a éste. Y sentó a los niños a mi lado, jugad un poco con el tío, y se metió en la cocina a preparar café. Y en un momento dado la mayor me llevó a un aparte y me dijo que tenía información muy importante sobre los Reyes Magos, pero que no me podía decir nada en ese momento porque su hermana se podía enterar. Y su hermana, mientras, a su espalda, me hacía gestos girando un dedo cerca de la sien. No le hagas ni caso, está loca. Y a continuación mi hermana me dijo...
Mi hermana me dijo que...
O también puedo contarles que luego acabé sólo, a las tantas de la madrugada, en un garito de lesbianas, hablando de sujetadores de uso deportivo y fútbol vasco de los ochenta con un puñado de simpáticas lugareñas.
La gente con hijos pequeños tiene en ellos un motivo para seguir adelante, una estupenda razón para creer en la especie, y también una excusa universal y una coartada perfecta. Nos vamos de vacaciones a tal sitio porque los niños... Hoy no me puedo quedar porque mañana los niños... Ayer por la tarde se presentó en mi casa Martina, con su hijo. Andábamos cerca y nos hemos dicho: vamos a hacerle una visita a éste. Sentó al niño a mi lado, dejó un junco de churros encima de la mesa, sacó un paquete del bolso y se metió en la cocina a preparar chocolate. Luego me estuvo contando que hace unos días al salir de un comercio una señora mayor y un tanto desarrapada la detuvo y, cuando pensaba que le iba a pedir dinero, le pidió un abrazo. Y se emocionó un poco, y se lo dio, y durante unos instantes se sintió presa del más gozoso espíritu navideño, hasta que se dio cuenta de que la señora estaba aprovechando el abrazo para meterle la mano en los bolsillos. Ah, qué mundo éste.
Apenas media hora después de que se fuese Martina apareció mi hermana, con los niños. Andábamos cerca y los niños tenían ganas de mear, y nos hemos dicho: vamos a hacerle una visita a éste. Y sentó a los niños a mi lado, jugad un poco con el tío, y se metió en la cocina a preparar café. Y en un momento dado la mayor me llevó a un aparte y me dijo que tenía información muy importante sobre los Reyes Magos, pero que no me podía decir nada en ese momento porque su hermana se podía enterar. Y su hermana, mientras, a su espalda, me hacía gestos girando un dedo cerca de la sien. No le hagas ni caso, está loca. Y a continuación mi hermana me dijo...
Mi hermana me dijo que...
O también puedo contarles que luego acabé sólo, a las tantas de la madrugada, en un garito de lesbianas, hablando de sujetadores de uso deportivo y fútbol vasco de los ochenta con un puñado de simpáticas lugareñas.
miércoles, diciembre 23, 2009
Al fondo de una piscina que ni una gotita de agua tenía
De repente me doy cuenta de que he sido incapaz de cuadrar un sólo pensamiento coherente en todo el día. No hablo de ideas creativas sino de los más básicos procesos mentales. Así que vuelvo a preguntarme si no será que se me ha gastado la cabeza, que estoy seco. En todo caso, decido seguir entregado al instinto, o el azar, o come se llame, y de su mano reservo mesa para esta noche en ese restaurante que tanto le gusta a Diana. Luego la llamo. ¿Sabes? He reservado mesa para esta noche en ese restaurante que tanto te gusta. Pero me dice que esta noche no puede, que ha quedado con unas amigas, que es la última vez que se van a ver antes de las fiestas, que me lo dijo, que hace dos días me lo dijo, que cómo es que no me acuerdo. Luego propone que llame al restaurante y cambie la reserva para mañana.
- Pero no te enfadas, ¿verdad?
- No seas tonta, si es culpa mía, qué me voy a enfadar...
- ¿Seguro?
- Seguro.
- ¿Mañana entonces?
- Mañana.
Cuelgo y llamo a Laura. No está muy habladora, así que voy al grano y le pregunto si le apetece que la inviten a cenar esta noche. Acepta. Quedamos unas horas más tarde, y el tiempo que resta lo paso frente al ordenador, en un foro de críos, haciéndome pasar por una adolescente anoréxica enamorada de su profesor de gimnasia. Las nuevas tecnologías y esos momentos de ocio.
Llego media hora tarde al lugar de encuentro, y aún así lo hago quince minutos antes que Laura. Cuando la veo entrar en el bar, quitándose un gorro de lana, con el pelo revuelto y la nariz colorada del frío, me parece la mujer más bella del mundo.
- Con el pelo revuelto y la nariz colorada me pareces la mu...
Y me interrumpe de un guantazo que hace que se gire medio bar. Luego empiezan los reproches y los insultos. Que si llevas tres meses sin cogerme el teléfono, que si no contestas a mis mensajes, que si quién te has creído que eres, que si eres un hijo de puta. Y yo pidiendo perdón e inventando excusa tras excusa. Afortunadamente, cuando llegamos al restaurante ya se ha calmado, y todo se torna más agradable. Compartimos varios platos y dos botellas de vino, y Laura me pregunta qué tal me va la vida y yo se lo cuento y ella, y esto es novedad, presta atención.
Cuando me levanto de la mesa es cuando me doy cuenta de que quizás he bebido demasiado. Luego vamos a un club. Hay bastante gente. Al acercarme a la barra choco con hasta tres personas y por un momento me planteo si me habré vuelto invisible. No, quiero decir que REALMENTE me planteo si me habré vuelto invisible. Ya digo que había bebido mucho vino. Cuando vuelvo hasta donde se encuentra Laura ella ha adoptado su clásica pose para esa clase de lugares, una pose entre altiva e insultante que parece decirle a los demás que debieran dar las gracias por tener la suerte de respirar el mismo aire que ella. A lo largo de un par de horas, probablemente más, maneja la conversación con sus temas habituales: que si voy a ir no sé dónde, que si me voy a comprar no sé qué, que si fulanita es una zorra. Y a eso de las tres dice que se tiene que ir, que mañana ha quedado a las dos, y la acompaño hasta su casa. En el portal nos damos un beso largo y sentido, y luego ella dice sube, y luego dice no subas, y luego dice sube, y luego dice no subas y cierra la puerta. Paro un taxi y me voy a casa. Cuando llego hay luz en la habitación. Es muy tarde, pero Diana está despierta, leyendo un libro. Sin levantar la vista me pregunta dónde he estado, y le digo que he ido a bajar la basura. Y ella se gira y me mira como si fuese el ser más incomprensible del universo. Luego sonríe, no me parece una sonrisa sarcástica, y vuelve a su libro, y doy un salto y me tumbo a su lado.
- Oye, ¿tú alguna vez has tenido una sensación como muy física de ser invisible? ¿Realmente invisible?
- Alguna vez.
- Y está muy bien, ¿verdad?
- Depende.
- Pero no te enfadas, ¿verdad?
- No seas tonta, si es culpa mía, qué me voy a enfadar...
- ¿Seguro?
- Seguro.
- ¿Mañana entonces?
- Mañana.
Cuelgo y llamo a Laura. No está muy habladora, así que voy al grano y le pregunto si le apetece que la inviten a cenar esta noche. Acepta. Quedamos unas horas más tarde, y el tiempo que resta lo paso frente al ordenador, en un foro de críos, haciéndome pasar por una adolescente anoréxica enamorada de su profesor de gimnasia. Las nuevas tecnologías y esos momentos de ocio.
Llego media hora tarde al lugar de encuentro, y aún así lo hago quince minutos antes que Laura. Cuando la veo entrar en el bar, quitándose un gorro de lana, con el pelo revuelto y la nariz colorada del frío, me parece la mujer más bella del mundo.
- Con el pelo revuelto y la nariz colorada me pareces la mu...
Y me interrumpe de un guantazo que hace que se gire medio bar. Luego empiezan los reproches y los insultos. Que si llevas tres meses sin cogerme el teléfono, que si no contestas a mis mensajes, que si quién te has creído que eres, que si eres un hijo de puta. Y yo pidiendo perdón e inventando excusa tras excusa. Afortunadamente, cuando llegamos al restaurante ya se ha calmado, y todo se torna más agradable. Compartimos varios platos y dos botellas de vino, y Laura me pregunta qué tal me va la vida y yo se lo cuento y ella, y esto es novedad, presta atención.
Cuando me levanto de la mesa es cuando me doy cuenta de que quizás he bebido demasiado. Luego vamos a un club. Hay bastante gente. Al acercarme a la barra choco con hasta tres personas y por un momento me planteo si me habré vuelto invisible. No, quiero decir que REALMENTE me planteo si me habré vuelto invisible. Ya digo que había bebido mucho vino. Cuando vuelvo hasta donde se encuentra Laura ella ha adoptado su clásica pose para esa clase de lugares, una pose entre altiva e insultante que parece decirle a los demás que debieran dar las gracias por tener la suerte de respirar el mismo aire que ella. A lo largo de un par de horas, probablemente más, maneja la conversación con sus temas habituales: que si voy a ir no sé dónde, que si me voy a comprar no sé qué, que si fulanita es una zorra. Y a eso de las tres dice que se tiene que ir, que mañana ha quedado a las dos, y la acompaño hasta su casa. En el portal nos damos un beso largo y sentido, y luego ella dice sube, y luego dice no subas, y luego dice sube, y luego dice no subas y cierra la puerta. Paro un taxi y me voy a casa. Cuando llego hay luz en la habitación. Es muy tarde, pero Diana está despierta, leyendo un libro. Sin levantar la vista me pregunta dónde he estado, y le digo que he ido a bajar la basura. Y ella se gira y me mira como si fuese el ser más incomprensible del universo. Luego sonríe, no me parece una sonrisa sarcástica, y vuelve a su libro, y doy un salto y me tumbo a su lado.
- Oye, ¿tú alguna vez has tenido una sensación como muy física de ser invisible? ¿Realmente invisible?
- Alguna vez.
- Y está muy bien, ¿verdad?
- Depende.
jueves, diciembre 10, 2009
A mí su último disco no me parece tan malo
Estos días tengo a Zoe en casa, de paso hacia otra parte, como siempre. Siempre en tránsito. De hecho, si me pidiesen que definiese nuestra relación con una sóla palabra, esa palabra sería "maleta". Esta vez a Zoe le ha dado por decir que tiene los labios finos, y no porque ni uno sólo de sus genes haya nacido por debajo del paralelo 40N sino porque no da los suficientes besos, así que ahora anda repartiéndolos a diestro y siniestro. La llevo a casa de mis padres y les da cien besos a cada uno, bajamos a tomar un café y le da cuatro besos al camarero. Y al niño de los del tercero, al dentista, a la panadera, a la chica que reparte publicidad, al quiosquero y a la señora de la farmacia. Besos para todos. Hoy he llegado a casa y ahí estaban las tres, Zoe, Diana y mi hermana, tomando un té. Habían quedado para ir de compras. Y ha salido el tema de los besos y a mi natural antipático han reaccionado besándome Zoe por un lado y Diana por otro, mientras Eva, que sabe lo mucho que sufro las demostraciones espontaneas de cariño, lo celebraba a carcajadas, la muy asquerosa. Luego se han puesto sus abrigos y se han ido, y si me pidiesen que definiese con una sóla palabra lo que he sentido al verlas salir juntas no podría, pues lo que he sentido era más bien una pregunta: ¿y cómo demonios me las he apañado para llegar hasta aquí?.Cuando se han ido me he dedicado a rematar unos trabajos pendientes, porque me conozco y sé que en breve llegará el vendaval y con el vendaval el quedar como el culo con todo el mundo, y la verdad es que me ha cundido. Un buen día. Luego han vuelto a casa las señoritas con un montón de bolsas, me han traído una bufanda preciosa en dos colores, #20B2AA y #87CEFA, y hemos estado hablando de las fiestas que se avecinan. Diana ha dicho que las va a pasar en Huelva con su madre que está pachucha (mentira, se va para evitar que le salpique), y Zoe ha dicho que ella las tiene que pasar en Malta, pero que aunque no tuviese ningún compromiso antes prefiere coger un hacha y cortarse un brazo a la altura del codo que pasarlas conmigo. Y, joder, me ha parecido todo tan bonito que he estado a punto de echarme a llorar. De hecho, si ahora me pidiesen que definiese el amor diría que es exactamente eso: el saber cuando toca estar y cuando toca apartarse.
miércoles, diciembre 02, 2009
Tanto continente para tan poco contenido
En mi casa se pueden echar en falta algo de mesura y sentido común, pero lo que nunca falta es una buena botella de vino blanco. Eso me parece fundamental. Mi casa puede parecer en ocasiones un lugar anclado al infierno o la guarida de un majara, pero los colchones son de una calidad excelente y el plato de ducha traga perfectamente. Es cuestión de dónde sitúe cada cual sus prioridades. Efectivamente, en mi casa hay cosas que no se pueden tocar, ese tablero de ajedrez, esa funda de violín, ese álbum de fotos, y no se puede porque lo digo yo y punto, y se acabó la discusión, y no te pongas pesada que no te voy a decir quien es la chica del retrato. Cuando cierren el último bar y a nosotros aún nos quede noche podemos ir a mi casa, y escuchar discos viejos y hacer el amor como si estuviésemos cometiendo un delito, pero luego no me pidas que sólo tenga ojos para tí, que yo los ojos me los dejé mirando al sol.Hoy Diana, con el pelo revuelto y las mejillas encendidas, bellísima, lejísimos, ha fijado sus ojos en los míos y me ha dicho "te quiero". Y a mí, que en otra de esas no me pillan, me ha faltado tiempo para aguantar la mirada y, sin pestañear, sin permitirme el menor titubeo, responder "ni la mitad de lo que te quiero yo".
Dicen que en esta vida todos tenemos lo que nos merecemos. Yo tengo bastante más.
martes, noviembre 24, 2009
Otra vez como ayer perdido el vuelo
A ella le gustaba mirar hacia el interior de las ventanas iluminadas. Cuando paseábamos al atardecer llevaba siempre un ojo puesto en las alturas, y cada luz llamaba su atención. La mayoría de aquellas viviendas eran liquidadas, tras apenas un vistazo, con una mueca de desprecio, pero cuando encontraba una de su agrado, la iluminación adecuada, una decoración afortunada, me apretaba con fuerza el brazo y decía "¡mira! ¡mira!", y su cara se iluminaba. Yo no acababa de entender qué era aquello que le llamaba tanto la atención, pero su entusiasmo resultaba tan contagioso que empecé a participar del juego, y pronto aprendí a reconocer las casas que más despertaban su interés, y si las divisaba antes que ella le decía "mira, ahí" y ella decía "¡sí! ¡sí!". Creo que en el fondo lo que le gustaba era situarse por un instante en su propio futuro, e imaginarse como habitante de esos hogares perfectos, marco, no podía ser de otra manera, de vidas a su vez perfectas.Sus favoritos eran los áticos con grandes ventanales. Yo ahora vivo en un ático, y en ciertas ocasiones, en el marco de una resaca melancólica o en un atardecer de entretiempo o en un diciembre nefasto como todos los diciembres, me asomo al ventanal y me pregunto qué vería ella si estuviese ahí abajo. Seguramente le llamaría la atención la luz rotunda de alguna fiesta absurda o la luz tenue del día a día o los fogonazos a oscuras de un televisor encendido. Y vería las estanterías llenas de libros y discos, y las fotos enmarcadas, y la total ausencia de flora decorativa. Y todo le resultaría muy sugerente, seguro, y probablemente se situaría en ese futuro que jamás fue, y desde allí malinterpretaría una vida que de perfecta no tiene ni las ganas de serlo.
Últimamente no sé muy bien qué es lo que hago ni por qué, ni falta que hace.
lunes, noviembre 02, 2009
Cariño, me aburro
Para Diana el último ritual del día consiste siempre en poner en hora el despertador. Si es día de diario, esa preciosa redundancia, lo pone a las ocho, y si es fin de semana lo pone a las once, aunque no le hace falta porque los fines de semana siempre se levanta al menos una hora antes. Se levanta, se recoje el cabello con un pañuelo, pone música española y empieza a pasar el polvo. Algo que no sé si es ritual, rutina o manía, pero que me viene estupendamente, así que por mí bien.Cuando suena el despertador intento alcanzarlo pero los brazos me pesan una tonelada. El malestar es total. Diana entra en la habitación y lo apaga, y yo emito varios sonidos guturales y después profiero un lamento.
- Dios, ¡me muero!
- Te jodes.
Me levanto a duras penas. Con una mano me sujeto el estómago y con la otra la frente, y abatido, casi a rastras, la viva imagen de la inutilidad, a cada paso una queja, llego hasta el baño. Salgo unos veinte minutos después. La transformación es formidable. De repente vuelvo a ser un ejemplar macho envidiable. La viva imagen del vigor. Me marco un baile breve pero intenso al ritmo de una canción de los Nikis. En medio del pasillo. En bolas. Diana se esmera con una escoba y un recogedor, y quedo hipnotizado ante el vaivén de su culito respingón encerrado en un pantaloncito amarillo. Exclamo: ¡Mujer! ¡Mujer! Se gira y sonríe.
- Anda, deja de hacer el idiota y vístete.
- ¡Mujer! ¡MUJER!
Me doy unos golpes en el pecho y empiezo a perseguirla por toda la casa, hasta que finalmente la acorralo en un extremo del salón. Me abalanzo sobre ella y la manoseo. Y ella me atiza con el palo de la escoba. Me llevo una mano al hombro.
- Joder, me has hecho daño...
- ¿Te he dado muy fuerte?
- Ya te digo...
Se acerca y me besa en la zona dolorida. Lo que sucede a continuación no es de su incumbencia.
Un rato después entra en el armario y saca unos pantalones grises y una camisa negra. Ponte esto, dice. Luego entro yo y le saco un vestido de cintura alta y unas botas marrones. Yo me pongo lo que ella dice. Ella se pone unos vaqueros. Bajamos a desayunar.
Cuando estoy solo desayuno en una cafetería y cuando bajo acompañado voy a otra distinta. En la que desayuno solo, a veces se producen pliegues temporales que me llevan a encontrarme conmigo mismo hace quince años o dentro de diez, y esa no es una visión que quiera compartir con otros. Así que con Diana suelo ir a otra cafetería en la que no hay pliegues temporales pero sí una gran variedad de bizcochos caseros. Diana pide un zumo de naranja y una tostada. Yo pido un café y un trozo de tarta de queso. La contemplo mientras extiende la mermelada por su tostada. Se da cuenta de que la estoy mirando y me sonríe. Sigo mirándola y se pone un poco nerviosa.
- ¿Qué?
- Cariño, me aburro.
- Pues coge un periódico.
- No, quiero decir que me aburro.
- No empieces...
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