
Otra cosa que les podría contar es que me he descubierto un nuevo fetiche: las mujeres que arrastran una maleta. Las encuentro irresistibles. En cuanto diviso una el corazón me da un vuelco y corro a ofrecer mi ayuda. Pero, claro, entonces yo arrastro su maleta y ellas dejan de hacerlo, y el hechizo se evapora. Soy un fetichista pésimo.
También les podría hablar de mi sobrina, a quien en las pasadas fiestas regalé una de mis guitarras, una acústica decente de la que se había encaprichado, y qué mejor destino para una guitarra que las manos de un crío. Hace unos días llamó mi hermana para decirme que la niña se hallaba inconsolable pues, decía, había roto el regalo de su tío. Tan sólo había roto una cuerda. Le dijeron que no era para tanto, que las cuerdas de las guitarras se rompen y se cambian y ya está, pero nada, que no abandonaba el melodrama. Así que al final me tocó ir y hacerle el cambio in situ para demostrar que la guitarra seguía funcionando. Mientras lo hacía recordé el día en que rompí mi primera cuerda, aquello sólo tenía cuatro, y los acostecimientos posteriores. Claro, eran otros tiempos más inhóspitos, otros entornos más exigentes.
Y también les podría comentar que en unas horas estoy convocado a una celebración que me tiene aterrado. Porque aquello estará repleto de mujeres de mal vivir, hombres de peor, criaturas abisales, vampiros y aspirantes a no sé qué. Y me conozco. Muy mal. En fin, si no vuelvo díganle a mis familiares que siento lo que les he hecho pasar, y procedan a repartirse mis bienes con urbanidad y buen criterio.