
- ¡Mirad, éste, éste es el tío que no me deja dormir!
Me recibió con una recriminación - desde que te has echado novia no se te ve el pelo -, y luego, sin tapujos, con la autoridad moral que le conceden los numerosos inconvenientes que le he causado, me dijo que le caía mejor aquella otra, la rubita. Me invitó a un café, al parecer era su cumpleaños, y luego me agasajó con todo tipo de reproches, censurando comportamientos, actitudes y compañías, un trato que no me es desconocido, al parecer tiendo a provocarlo, y que la verdad es que tampoco me disgusta: por alguna razón cada reproche me sabe a halago. Me acabé el café, me despedí, y subí a casa. Me sentía melancólico y decidí prepararme una especie de ensalada César.
[En una fuente de horno se disponen dos muslos de pollo, sobre los cuales se vierte la mitad de una mezcla de aceite de oliva, miel, pimienta, el zumo de una lima, tomillo y romero. Una hora a 200. Cuando restan unos diez minutos se incorporan un par de rebanadas de pan untado en mantequilla. Pasada la hora se sacan los muslos, los del pollo, se limpian de huesos y piel, se trocean pollo y pan asados, los cuales se disponen sobre un lecho de lechugas, aliñado el conjunto con la otra mitad de la mezcla, y rematado con unas virutas de parmesano].
Cuando me acabé la ensalada la melancolía aún seguía allí. Una mezcla de melancolía, tristeza, el zumo de una lima, tomillo y romero. También de aburrimiento y ganas de romper algo. Pensé en el pasado, en el presente y en que un día de estos le tengo que pedir a mi vecina el teléfono de esa amiga suya, la morena de pelo corto y dedos finos.